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Yves Bonnefoy: poesía y traducción

Olga Sánchez Guevara, 05 de julio de 2016

El viernes 1 de julio falleció en París, a los 93 años, el gran poeta francés Yves Bonnefoy. Autor de un centenar de volúmenes traducidos a 30 lenguas, ensayista, crítico de arte y profesor universitario, Bonnefoy había nacido en Tours en 1923. Desde 1943 se trasladó a París, donde se relacionó con el círculo surrealista nucleado por André Breton, pero se distanció de ellos en 1947. Entre sus primeras publicaciones se encuentran Del movimiento y la inmovilidad de Douve (poesía, 1953) y el ensayo con elementos autobiográficos El territorio interior (1971). Varias de sus obras han sido traducidas al español, como Relatos en sueños, Principio y fin de la nieve, La lluvia de verano y el ensayo La traducción de la poesía. Bonnefoy alternó la escritura con la traducción, y realizó versiones al francés de Shakespeare, Keats, Yeats, Petrarca, Leopardi y otros.

En 1981 recibió el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa, y en 1987, el Goncourt de Poesía. En 2013 le fue otorgado el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México. Del discurso pronunciado por Bonnefoy en esa ocasión, y de una entrevista concedida en 2004 al periodista Octavi Marti, tomamos los siguientes fragmentos referentes a la poesía y al oficio de traducir.
***

[La traducción] Es una actividad específicamente poética. En efecto, traducir no es igual que leer. Cuando se lee se está obligado a ir relativamente deprisa, es imposible dedicarse a un intercambio con detenimiento con el autor de la obra. Y si se quiere profundizar ese intercambio a través de la reflexión crítica, entonces se escribe un análisis de la obra, un ensayo, es decir, hay que embarcarse en ese pensamiento conceptual que priva, tal y como he intentado explicar antes, de la intuición poética, la del otro ser humano como presencia en el absoluto de un instante compartido. El traductor tiene, sin embargo, otras obligaciones que pueden constituir una gran fortuna, pues si por un lado está obligado a ceñirse al menor detalle de los textos, a conocer todos sus aspectos, aunque le obligue a dedicar a ello largos momentos de su vida, estableciendo así con el poeta que traduce una relación de tú a tú fundada en la búsqueda de la verdad, una relación verdaderamente íntima que no tiene equivalente en nuestras vidas, pues la relación amorosa no es necesariamente lúcida, por otro lado, en la medida en que traduce -dentro de lo posible- poemas por otros poemas, puede realizar ese acercamiento al otro a través de esos sonidos y ritmos que constituyen la escritura poética, una escritura que trasciende desde el interior mismo de las palabras a su condición de meros conceptos y permite comprender una trascendencia parecida en el poeta traducido. Y esto es tanto más enriquecedor cuanto que la interrelación de conceptos entre un idioma y otro es distinta. Ello sugiere al traductor que debe considerar esas interrelaciones relativas y no absolutas y darse cuenta de que la mirada conceptual no aborda la totalidad de nuestra práctica del mundo. El traductor, de entrada, vive una experiencia auténticamente poética. Su propio proyecto le prepara para revivir la poesía que ha escogido traducir.

La poesía ama las palabras, debe amarlas, debe reconocer y encontrar en ellas la memoria de la plena realidad existencial. Y luego, como consecuencia de esta evidencia primordial, una segunda observación. Las palabras, pues, las palabras cuyo lugar poético es el poema. ¿Pero qué son esas palabras que no se reducen a su contenido conceptual? La vida que ha alentado a través de los siglos a hombres y mujeres en las circunstancias particulares de su lengua, entre ellos los datos geográficos y climáticos, los hechos históricos, y las grandes ideas, y a veces los momentos de ceguera. Las palabras no son el simple reflejo de una naturaleza igual en todos lados, han trabajado en esos lugares diversos de maneras diversas, en cada lengua tienen una historia que les hace reencontrar el mundo fundamental con ojos que cambian de una lengua a otra. En francés yo digo “le soleil”, “la pierre”; y no será exactamente lo que ustedes ven cuando dicen “sol” y “piedra”.

De aquí se desprende que es importante para la poesía, la poesía de cada nación, de cada lengua, es importante saber que hay otras lenguas. El hecho es que los grandes vocablos fundamentales de una lengua son una aproximación particular a la realidad, con intuiciones que pueden ir directo a la verdad de la vida pero que también pueden dejarse obnubilar por sus ardides y así cada una de las lenguas que existen pueden dar lugar a comparaciones, tomando conciencia de sus propias insuficiencias y así la posibilidad de acceder a una mayor comprensión verdadera de la vida. ¡Que maravilla que la Torre de Babel se haya derrumbado! Habríamos sido prisioneros de una lengua única, que nunca habría tomado conciencia de sus límites en el contacto con otra. Fatalmente esa lengua solitaria no habría sido sino un gran sueño, encerrada en una ideología.

Escuchémonos unos a otros, ya que hablamos lenguas diferentes. Y antes que nada, traduzcámonos. ¡Pero cuidado! El interés por la traducción que es tan felizmente característico de la poesía hoy, en Francia en todo caso, no debe ignorar que traducir es también una tarea tan difícil como la invención poética original. Transportar a su lengua las significaciones de un texto escrito en otra es pasar al lado de la poesía, ya que ella misma es precisamente la transgresión de la significación conceptual. Cuando encontramos un poema en otra lengua es necesario revivir la lucha de su autor sostuvo con o en contra de las palabras. Y como esas palabras del poeta hablan en él de su pasado a la vez que de su presente, es preciso que la traducción de su obra se dé tomando en cuenta toda la historia de esa lengua, lo que no es posible evidentemente y en todo caso afortunado, sino amando la lengua.

Amemos las otras lenguas. Amémoslas hoy, en este siglo en el que son tan accesibles a todos, el aprecio por las lenguas supuestamente extranjeras es uno de los raros grandes recursos que nos quedan. Por mi parte, siempre quise hacer de la traducción de poesía una actividad estrechamente complementaria a la escritura poética propia.

Editado por Heidy Bolaños