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La poesía de Miguel Navarro Díaz

Roberto Manzano, 18 de julio de 2016

Hoy prima en todas partes, como corresponde a una época que asienta sus ejes invisibles en la angustia íntima, el dominio expresivo de la vivencia. Y un arte que la tenga como zócalo y soplo estructurante, trabaja inevitablemente con delectación y prioridad absolutas el mundo interior. Pero en esa representación nunca deja de plasmarse con firme denuncia la sociedad y la época en que se vive.

Así, en los versos de Miguel Navarro Díaz está vigorosamente descrita la vivencia suya, inalienable y profunda; pero también se transparenta nuestra compleja época, donde el sujeto, de modo oblicuo, y desde la angustia interior, da su inclaudicable testimonio. En verso pautado, propenso a la simetría, se ofrece el torbellino y el caos de la atmósfera general en que transcurren nuestros destinos.
 
                                                                                                              Roberto Manzano

 

Miguel Navarro Díaz (Puerto Padre, Las Tunas, 1966). Poeta y  narrador. Miembro de la UNEAC y del Grupo Iberoamericano de Amigos de la Décima  Espinel Cucalambé. Ha obtenido diversos premios en concursos  provinciales y nacionales. Textos suyos aparecen en Árbol de rimas (España, 1993), Navegas, isla de oro (Editorial Gente  Nueva, 2010) y Esta cárcel de aire puro ( Editora Abril, 2010). Ha publicado el plaquette La última cena (2000) y los libros de poesía La voz del ausente (2005), Los sueños sobre las olas (2008), ambos en la Editorial Sanlope. Es profesor del Taller de Repentismo Infantil y Juvenil Chino Velazqueño. Formó parte de la delegación cubana al Encuentro Iberoamericano de Niños y Jóvenes Troveros y Versadores (México, 2013).


 

 

 

MENSAJES

 
 

I

Hoy somos más las ovejas espantadas al desierto, dormidas en el concierto de la flauta.

 

II

Hoy las quejas son campanadas ya viejas en una voz quejumbrosa.

 

III

Ni una tabla milagrosa en el naufragio aparece. La mano arriba adormece.

 

IV

Abajo todo destroza una mano prometida donde va a fundirse el hierro.

 

V

Son el látigo y destierro esta cena repartida para duendes.

 

VI

Estampida es el camino a la luz,  pero arrastrando la cruz que se hunde en la garganta por donde el pecado espanta ojos, carnes, huesos, cruz.

 

VII

Hoy la procesión es falsa, sin sueños en los desvanes, y busca ansiosa los panes para una ilusión descalza.

 

VIII

Ahora un fariseo alza sus manos, retoma el vaso, y sorbe todo el ocaso pero le arrecia la suerte.

 

IX

La palabra es una inerte plegaria para otro paso que se inunda en el abismo (espacio que te aniquila) cuando el tiempo se deshila con la luz del espejismo.

 

X

Gota a gota, este bautismo de agonías es un muro, es un desandar oscuro, es una arcilla sin nombre.

 

XI

No basta la cruz y el hombre para cumplir el conjuro.

 

XIII

Qué será cuando amanezca y algún rostro inquisidor muestre huellas del dolor y una cicatriz ya crezca.

 

XIV

Quién podrá calmar el frío cuando lo triste no escampa.

 

XV

Quién podrá evadir la trampa después de un salto al vacío.

 

 

 

HERMANO:

 

 

Nieva en la sed de otra noche sin palmar. El recuerdo cruza el mar y me atrapa con su red. Estuve un día a merced de la marea que abruma y soñaba sin la bruma en los ojos, vi las luces, pero hermano, nunca cruces por los rieles de la espuma. En esta orilla un letargo es sombra que cubre el alba. Mi latido no se salva. La soledad es amargo amanecer. Sin embargo, en las fotos te me acercas. Un día rompió las cercas de sal mi suerte en las olas, pero hoy navego a solas junto a las olas más tercas. Quise jugar a Simbad, olvidé los catalejos, rebusco almanaques viejos donde sueña la ciudad y siento que la humedad viene al rostro. Y quién legisla a este pecho que se aísla sin el corazón en marcha. Nieva, hermano. Soy escarcha. Soy un  náufrago sin isla. Miro el árbol de ojos tiernos que aquel niño me devuelve.  El calendario ahora vuelve a regresar los eternos minutos, pero hay inviernos camino hacia el pecho y llueve la tristeza. Quién se atreve a arrancarme las raíces. Hoy tiendo mis cicatrices a doler bajo la nieve. Dime si a mamá le aqueja otro tiempo de alfileres, si en medio de sus quehaceres habita el frío y la queja. Hoy siento que se me aleja su pupila, que me anuda, y pido su mano acuda para borrar la añoranza. El reloj hunde su lanza en mi carne ya desnuda.

 

 

 

 

LA ÚLTIMA CENA

 

 

I

Sobre los hombros la mesa

como una cruz que se clava

¿Por dónde la herida lava

este corazón que reza?

La campana dobla ilesa

para una salmodia en yugo.

Suena en manos del verdugo

el grillete. Reina el tedio.

Voy a morir sin remedio

por el último mendrugo.

 

II

Ya no hay pecados perdidos

bajo el brazo. Se desnuda

cada costilla en que anuda

la herrumbre. Ya los latidos

magullados son servidos

para el pacto de la ronda.

Escasas las piedras, honda

la cicatriz; me lacera

tanta ceniza. Y la hoguera

arde sin que Dios responda.

 

III

En la corte suena el arpa

para los sordos. Bufón,

espero tras el telón

que se levante la carpa,

tal vez se me aleja, zarpa

la fe en esta lluvia grave.

No existen tablas. No sabe

del arca el tiempo. Braceo

en el diluvio :soy reo

atrapado sin la nave.

 

IV

Me conducen. ¿Qué migaja

de tiempo queda al reloj

por devorar? El tarot

es mi única mortaja.

La cuerda lenta que baja

al escenario es un brote

de agonías. El barrote

tiende su garra. Me ahoga

el calendario y la toga

y Dios no asiste al azote.

 

V

¿Qué causa si no hay testigo?

¿Por qué se empina el cadalso?

Ladra en mi vientre descalzo

la soledad del mendigo.

Pasto de ovejas. Abrigo

será mi piel para el cuervo.

Otra herida me reservo.

En el costado, la fecha

es silbido de una flecha.

Soy un moribundo ciervo.

 

VI

Sin embargo, el laberinto

me encierra más a su gruta,

se va haciendo diminuta

la escalera. Cedo instinto.

Poco queda en el recinto.

Ruge al viento la condena.

La llaga con la cadena

supura. Qué triste, Dios,

sin el mando de tu voz

anuncian la última cena.

 

VII

Sembrada en la piel la huella

con su enterrado latido.

Subo otro peldaño, pido

olvidarme de la mella

prendida al pecho. No sella

el hueso por tanto asombro:

procesión por donde nombro

el dolor ante la horca.

Soy el paria que se ahorca

con la cruz cargada al hombro.

 

VIII

Odisea, el desafío

de los dioses fue mi luna,

lejos voló la fortuna,

del polizón. Qué navío

se destrozó por el río

de fuego ¿Dónde hallarán

los hombres su talismán?

Voy a entregar mi pecado:

es viernes crucificado.

No tengo vino ni pan.

 

IX

Hora sin lumbre, despojo

ante la luz de la venda.

El almanaque remienda

minutos, todo de rojo

se tiñe, gotea el ojo

ante una nueva tortura.

Sufro de secuestro. Dura

penitencia, si no existo,

¿Por qué camino va Cristo

 a repartir la cordura?

 

X

Llega el fin. Nada socorre

a la tierra prometida

ante mis pies. La estampida

de la muerte me recorre.

Dejo que la cruz me borre

del reloj que al cuello salta.

Un hombre mira, le asalta

tanto frío y es septiembre;

deja que la suerte siembre,

tira de la cuerda y salta.