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Literatura infantil: el difícil arte de escribir con la sonrisa a flor de piel

Leonardo Depestre Catony, 19 de julio de 2016

Difícil resulta concebir la vida sin unos cuantos gramos de humor. También difícil es concebir la literatura destinada a niños y a jóvenes sin la presencia del humor, que en modo alguno significa andar sonriendo a cada paso, sino asumir cuanto hacemos con optimismo. El optimismo no existiría sin el humor —el pesimista todo lo ve gris, el optimista lo ve en cualquier color, pero luminoso—, como tampoco sobreviviría la capacidad de amar y la capacidad de trabajar y hacerlo con espíritu creador.

“Los niños son la esperanza del mundo”, escribió José Martí. Y quienes escriben la literatura infantil comprenden que en los destinatarios de sus libros está el futuro. Así pues, tales lectores no pueden formarse sino sobre la base de afrontar la vida como un acto de felicidad y alegría, de amor y trabajo, cualesquiera sean las circunstancias: ahí precisamente tiene cabida el humor. Obsérvese cómo la literatura infantil, por su toque de fantasía e imaginación, por su lenguaje y concepción, establece un coqueteo sutil con el humor, es capaz de trocar el llanto en sonrisa.

La diversidad de autores cubanos de literatura para niños y adolescentes es pasmosa. Hemos seleccionado para ilustrar estos apuntes algunos fragmentos de la producción de tres autoras emblemáticas: Dora Alonso, Nersys Felipe y la compositora Teresita Fernández.

Al redactor de esta sección le cautiva la narrativa de Nersys Felipe, la escritora pinareña Premio Nacional de Literatura y dos veces Premio Casa de las Américas, cuya vena es inagotable. Solo a manera de ejemplo de gracia descriptiva y reflexión bien profunda, entresacamos este fragmento del libro Cuentos de Nato:

Al otro día, que era sábado, se aparece Gabriel Gabilucho con una perrita chulísima a más no poder, si la hubieras visto. Y claro, no más llega el animalito, se alborota mi hermana mayor, se alborota mi hermana menor, me alboroto yo, se preocupa mamá por lo de la higiene y se asusta abuela por lo de la limpieza. Pero dale que te dale y entre los cuatro, al fin las convencemos y se queda la perrita. Y como todos deciden que sea yo quien le busque nombre, aquella misma noche se lo encuentro y... sch... me lo callo.

(...) Pero cuando chulísima a más no poder y meneando su rabito, si la hubieras visto, ella se les plantó delante conmigo al lado, sí se enteraron de que ya no se llamaba Yuxisisbeidis, sino Careta. Y Careta se llama todavía.

La historia como tal es un divertimento, si bien nos alerta acerca de los excesos a que conduce esa corriente en boga entre los padres de inventar nombres propios para sus hijos y emular para ver cuál es más difícil de escribir y de pronunciar.

Dora Alonso, Premio Nacional de Literatura, fue una autora “curiosamente” millonaria, que se preciaba de serlo: millonaria no por el dinero que poseía sino porque las tiradas de sus numerosos libros superaban el millón de ejemplares. Y tal condición, para ella, llevaba implícita una enorme satisfacción.

La tan familiar historia de la gatica de María Ramos, “que tira la piedra y esconde la mano” la recrea Dora en versión propia, llena de gracia, para que los niños la disfruten con la sonrisa cómplice del galante gato con botas.

(… ) De tal modo sosegado y pacífico transcurrió la vida durante unos cuantos años, hasta que se torcieron las cosas al descubrir la barcina, dentro de un libro, un retrato del gato soñado. Embelesada lo reconoció: igual el sombrero emplumado, idéntica la espada ceñida al cinto, exactas las botas, ¡las preciosas botas coloradas! No lo pensó dos veces: ¡se casaría con él! ... Y la gatica de María Ramos hizo así, salió por la ventana, ganó la calle y se perdió de vista.

Por último, ¿qué niño cubano, a lo largo de generaciones, no ha escuchado y disfrutado con las canciones de la trovadora y poeta Teresita Fernández? Hay una, sin embargo, que alcanzó una popularidad extraordinaria y seguramente sabe ya el lector que nos referimos a “El gatico Vinagrito”. Humor y ternura destacan en los versos antológicos de la composición de Teresita:


Vinagrito es un gatico
que parece de algodón,
es un gato limpiecito,
relamido y juguetón,
le gustan las sardinas
y es amigo del ratón,
es un gato muy sociable,
mi gatico de algodón.


Sabe, quien cultiva la literatura infantil, que el humor, aun en sus formas más sutiles, es un componente insoslayable en la narrativa y en la poesía. Y sabe también que la sonrisa de un niño es el mejor de los premios.