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Loló y Ada: dos excelentes periodistas con sentido del humor

Leonardo Depestre Catony, 20 de agosto de 2016

Loló de la Torriente (1906-1983) y Ada Oramas (1936-2015) sobresalieron como periodistas. La primera, en su condición de crítica, ensayista, escritora, investigadora. La segunda, por su condición de crítica sobre los más diversos asuntos culturales. En una y en otra, el periodismo englobó su quehacer, lo nutrió de literatura y con ello contribuyó al enriquecimiento cultural de los lectores.

Muy variada resultó la labor periodística de Loló. Puede rastrearse en los diarios El País, Prensa Libre, El Mundo, Alerta, en las revistas Carteles, Gaceta del Caribe, Cuadernos Americanos, así como en publicaciones mexicanas. Pero en especial en la revista Bohemia su impronta es merecedora de un aparte por su continuada presencia en la sección “Esta es la historia”, donde publicó bajo el seudónimo María Luz de Nora.

Su trabajo La Habana de Cecilia Valdés la revela como ensayista, línea que continúa en su trabajo crítico titulado Estudios de las artes plásticas en Cuba (1954), Premio Nacional de la Secretaría de Educación Pública, y en El mundo ensoñado de Eduardo Abela (1956). Mi casa en la tierra, publicado en México en 1956, es un ameno recorrido por la vida de la autora, que va muy aparejada a sucesos importantes del siglo XX cubano. Tampoco olvidemos su biografía Torriente Brau. Retrato de un hombre, de 1968, sobre Pablo, quien fuera su primo, aunque tal relación no sea el asunto en que base su argumento y elegante prosa.

De la fibra narrativa de Loló de la Torrriente da cuenta este relato titulado “El hombre del escaparate y yo”, que dedica a Frida Kahlo, de quien fuera amiga, como también lo fue de Diego Rivera, el esposo de Frida e insigne muralista, a cuya obra dedicó el libro Memoria y razón de Diego Rivera, de 1959:

Estaba frente a un escaparate ubicado exactamente en la curva producida por una bocacalle que vertía a los peatones a la gran avenida. Observé aquel conglomerado humano y advertí que se componía en especial de mujeres jadeantes, jovencitas escolares u otoñales de pelo teñido y labios de corazón. Fui acercándome con cautela, a ligeros empujoncitos, hasta situarme en primera fila frente por frente a un hombre que metido en el escaparate anunciaba magnificas piezas de aluminio mágico para cocinar “sin.

El humor en Loló es apenas un guiño (un guiño crítico de la sociedad consumista), una leve sonrisa en el decir (irónico), un soplo vigorizante que recorre el argumento de principio a fin como bocanada de aire fresco (si bien algo ácido):


El hombre del escaparate anunciaba discos bailables y me pareció superficial, de miembros de resortes, mentecato y hasta grotesco.
(…) Mira, Doris, mira… Ese soy yo… Es un robot con mi figura y estudiadas maneras, con voz artificial. Una obra macabra de la mecánica moderna al servicio de este monopolio comercial. Me pagan bien y ya no necesito trabajar ni pensar en problemas.

Luciano tuvo que buscar en el maletín la colonia para dármela a oler. ¡Dios mío! Era cruel la jugada que me hacía el destino… Yo casada con un robot.

En cuanto a Ada Oramas, recientemente fallecida, su trayectoria en el periodismo cultural cubano fue extensa. Ada fue una asidua concurrente a las funciones de teatro y de ballet, a las exposiciones de artes plásticas y visuales; las disfrutaba y convertía en objeto de su crítica. Su labor periodística, muy profesional y reconocida, se alimentaba en su pasión por las artes. El periódico Tribuna de La Habana publicó sus innumerables crónicas, críticas y reseñas, tesoros del buen decir y el respeto. 

Firmadas con el seudónimo Eureka (no fue el único que utilizó) publicó simpáticas viñetas costumbristas que la hicieron familiar a los lectores, quienes siempre agradecen el toque de humor en las páginas de la prensa.

Aquí le va un ejemplo de “El picador”:

El ceremonioso es el que lo saluda a usted, le pregunta por la familia, por los vecinos, por el gato de enfrente, por su pasado, presente y futuro, y que necesita media hora para entrar en materia. A esos, muchas veces, uno no les da oportunidad ni de atacar: les brinda el cigarro por salir de ellos.
El buenagente es el tipo que le abraza efusivamente cuando lo encuentra y le habla como a su hermano, como si se hubieran criado juntos desde chiquitos —aunque no se hayan visto más de dos veces en la cola de la ruta 4—, y le pide un cigarro así, a cajas destempladas, “porque los amigos son los amigos”.


Aquí Ada, además de hacer gala de buen humor, incorpora un toque crítico reflexivo en una viñeta en el fondo no tan hiperbólica:

Me acuerdo del caso de un amigo mío que planteó  la demanda de divorcio a la semana de casado. Se enamoró de una muchacha preciosa. Tenía un pelo negro lindísimo, unos ojos rasgados y un cutis perfecto. Ella, en los primeros días del matrimonio, no se quitaba el maquillaje ni para dormir. Al fin, cuando creía haberlo conquistado, decidió lavarse la cara y quitarse la peluca. El marido se espantó y le dijo que si lo había engañado en eso, ya no podía tener más confianza en ella. (“El maquillaje”, en Palante).

Que dos de nuestras grandes periodistas del siglo XX nos hayan legado muestras de su quehacer humorístico es como para confirmar que también la mujer sabe cómo introducir en la rutina cotidiana los senderos de la sonrisa.