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María Elena Llana, o el humor como parte de su estilo

Leonardo Depestre Catony, 07 de septiembre de 2016

María Elena Llana tiene una obra como narradora que permite valorar debidamente un quehacer literario que ronda ya el medio siglo, desde la aparición de su primer libro, La reja, en 1965, aun cuando su vena como cuentista se remonte aún más atrás, a su etapa adolescente. Sin embargo, entre aquel primer libro y el segundo, Casas del Vedado, de 1983, que ganó el Premio de la Crítica, transcurrieron casi dos décadas.

De la presencia del humor en su obra expresó hace ya unos cuantos años: “Mi prosa —y hasta lo que he hecho en poesía— tienen componentes satíricos; eso es parte de mi estilo, al que en todo caso definiría más como cosquilleo que como sacudida”.
Veamos:

-¿Molesto?
Lilita se encogió de hombros sin mirarlo, pero él estaba dispuesto a dialogar y se aventuró por caminos de pura emergencia.
-¿Usted es de por aquí?
Esta vez mereció una mirada de soslayo. La llegada del camarero solucionó un bocadito de queso y un refresco de limón. El inoportuno sonrió beatíficamente y solo dijo:
-Ídem.
El camarero asintió con profesional seriedad y anotó queso, melón y una cerveza fría. Poco después les servía pasteles de ciruela y limonada claretes. O bien Lilita no advirtió el cambio, o bien las palabras del hombrecito que había pedido un ídem la impresionaron:
-Yo soy marciano —dijo.

Afirma Lilita que su tono era tan metálicamente sincero que ella se quedó con la cucharilla a la altura de la boca. Después lo miró con el rabillo del ojo, tratando de corroborar sus palabras y evitando a toda costa mostrar asombro. Él volvió a sonreír y unos hacecitos de colores le brotaron de las pestañas al tiempo que dos pequeñas antenas se asomaron picarescas por sus sienes y se replegaban como si dijeran, “aquí estamos, yuju”. Ella probó el pastel, y, con aire de persona acostumbrada a merendar con marcianos, dijo displicentemente.
-Sabe a colorante, no se lo recomiendo.
             (“Encuentro en la Rampa”).

Entre la fantasía y el humor suave que se traduce en sonrisa, Llana entreteje sus historias imaginarias aunque en modo alguno distantes de la realidad. Esta autora, graduada en 1958 de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, ha trabajado en la redacción de varios órganos de la prensa plana, ha colaborado en otros, además de haber hecho trabajos de redacción en los noticieros de Radio Reloj y CMQ-TV.
Como humorista sus pinitos los hizo colaborando en el semanario El Pitirre y después participó en la fundación del semanario humorístico Palante.
Téngase aquí otra muestra de la narrativa de María Elena Llana, o Mariel, su seudónimo entonces. Pertenece al relato titulado “Brasas, baño, etcétera”, cuyo argumento se desarrolla en la Edad Media.

Mientras más encumbrada era la persona, menos se bañaba, pues disponía de más aceites y sustancias olorosas para combatir sus dificultades.
El resultado era que cuando la condesa se quitaba su traje de ceremonias, que por otra parte no se lavaba nunca, en el castillo feudal había dos o tres desvanecimientos. Y que una misa en la catedral, entre emanaciones de los vivos y de los difuntos que se descomponían bajo sus sagradas losas, fuera algo capaz de estremecer a las legiones celestiales…

Las dignidades eclesiásticas aprovechaban la ocasión para recordar a los ricos que debían ser hermanos de los pobres. Y por eso, cuando moría un notable, ya fuera de lepra o de vómito negro, sus vestiduras se repartían entre los desheredados de la fortuna. Con estos actos salían robustecidas la fe y las epidemias.

Además de los dos libros citados al inicio, María Elena Llana ha publicado Castillo de Naipes, en 1998; Ronda en el Malecón y Apenas murmullos, en 2004; Casi todo, 2008; En el Limbo, 2009, y Sueños, sustos y sorpresas, 2011, textos que afortunadamente la han traído de regreso, y con asiduidad, a los anaqueles de las librerías y a los incómodos estantes de las bibliotecas.

Nuestra autora, tiempos ha y después de cursar la primera enseñanza, emprendió estudios  de artes plásticas en la Escuela de San Alejandro. Es cierto que quedaron inconclusos, pero el detalle viene al caso cuando leemos su relato “Aquellos brazos perdidos”, centrado en la celebérrima Venus de Milo a quien ni siquiera la manquedad consiguió atenuar su belleza. Con un guiño, María Elena Llana nos ofrece una interesante y graciosa información al respecto: 


… Cuando los investigadores del año tres mil o cuatro mil busquen en los archivos verán que en el siglo veinte se creía que la estatua original tenía en una mano una manzanita y con la otra se sujetaba la túnica, empeño puramente superfluo pues ya no tenía nada que tapar.
Ahora bien, entre las cosas más significativas que encontrarán en esos archivos será la referencia a una búsqueda realizada por un millonario norteamericano, de ascendencia griega, llamado Mathos Kyritsis, quien lanzó a las aguas de Melos (Milo) varios hombres rana a la caza de los brazos perdidos.
Decidido a no regresar a su país con las manos sin brazos y ante la imposibilidad de sacar ni una uña del fondo del mar, el millonario inventó una historia según la cual en su propia casa de Grecia, años atrás, un abuelo suyo había enterrado unos brazos de mármol hallados cerca del puerto.  Ni corto ni perezoso se puso a demoler paredes hasta que dio con los citados brazos, que como es de suponer los había colocado allí él mismo. Muy ufano los entregó al Museo de Delos, y él volvió a su país de adopción seguro de haber dado un golpe de efecto tremendo. En cuanto volvió la cara, los del museo echaron los brazos apócrifos a la basura.


Tras la lectura de estos fragmentos estamos perfectamente acondicionados para comprender y certificar la certeza de estas palabras de Maria Elena Llana: “Me siento afortunada de haberme ganado mi salario en cosas que me han gustado: el periodismo y la literatura”. Todo ello, además, con un destello de simpatía y buen humor que sus lectores agradecen.