La gran tirana
La carismática actriz Anna Lucía González Valdés llevó a las tablas de la sala El Sótano la reposición del monólogo La gran tirana, Premio de la Popularidad en el V Festival Nacional del Monólogo Cubano, del actor y dramaturgo Carlos Padrón, expresidente de la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)
Carlos Padrón es Licenciado en Historia por la Universidad de Oriente, actor, director de teatro, radio y televisión, asesor dramático, guionista, dramaturgo, investigador y ensayista, así como miembro de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), de la Comisión Cultural Cubana de la UNESCO y del Tribunal Nacional de Evaluación a Actores.
Ha escrito 15 obras teatrales (once estrenadas y tres publicadas) para la pantalla chica, 2 telenovelas, 8 tele teatros, 12 cuentos y 40 guiones para espacios históricos, humorísticos y culturales. Para la radio, ha realizado adaptaciones de novelas, obras teatrales, cuentos y programas culturales, mientras que, para el séptimo arte, 4 largometrajes. Ha trabajado como actor para disímiles medios de comunicación. Ha dado a la estampa los volúmenes Apreciación e historia del teatro (1988) y Franceses en el suroriente de Cuba (1997), así como artículos, ensayos y críticas en revistas y periódicos cubanos, mexicanos y colombianos. Por sus notables aportes al desarrollo de la cultura cubana, ha recibido disímiles distinciones y reconocimientos, tanto nacionales como foráneos.
En La gran tirana, dirigida por Pablo Raúl Rodríguez Morell, Anna Lucía le presta piel y alma a la célebre cantante cubana Guadalupe Victoria Yolí Raymond (Santiago de Cuba 1939 – Nueva York, 1992), La Lupe (su nombre artístico).
Dicha historia ha sido valorada por la crítica especializada como reflejo de una vida llena de virtudes y defectos, aciertos y desaciertos, éxitos y fracasos, alegrías y tristezas, pero nadie en su sano juicio puede negar que deviene un acercamiento limpio y sincero a la gran diva de los escenarios cubanos y extranjeros, los cuales conquistara con el talento que Dios, los orishas africanos y Madre Natura le concedieran con creces.
La Lupe, quien convirtiera en hits números antológicos de la cancionística cubana contemporánea: Puro teatro, Qué te pedí y La Mala, los cuales interpretó con un estilo enérgico, dramático e inconfundible, que hacía vibrar de emoción a los amantes de los géneros musicales por ella cultivados, así como a no pocos colegas de la prensa local e internacional, quienes —en sus crónicas, artículos o comentarios periodísticos— elogiaban esa forma única e irrepetible de vocalizarlos y gesticularlos.
En un contexto dramatúrgico por excelencia, La Lupe se le «escapa» a Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo), para evocar su existencia como un ser humano común y corriente que, en su excepcional condición de artista, llegara a ocupar un lugar cimero en el mundo del espectáculo. En plazas fuertes como La Habana, Caracas, New York y San Juan, el público de esos países de la América continental y la cuenca caribeña pudo aplaudir y disfrutar al máximo su indiscutible excelencia artístico-profesional.
En esa puesta en escena, habría que señalar, más allá de los pasajes reveladores de la existencia terrenal de La Lupe, la forma en que se engarzan las canciones de la artista con los elementos más puramente dramáticos y con el azaroso discurrir de su historia personal y afectivo-sentimental.
La protagonista de ese unipersonal se destaca por su versatilidad (actúa, interpreta canciones en español e inglés, y baila ritmos genuinamente cubanos), y porque logra apropiarse gradual y progresivamente de los principales rasgos caracterogénicos que identificaran a La Lupe, en los escenarios insulares y fuera de ellos, así como en la intimidad del hogar.
Por otra parte, Anna Lucía le transmite al auditorio —con el que interactúa en un determinado momento de la acción dramática— el éxito fugaz y el lacerante dolor que le produjera, en la mente y en el alma, la emigración con todas y cada una de sus terribles secuelas biopsicosocioculturales y espirituales, hasta los posibles traumas psíquicos de la infancia que influyeron — ¡y de qué manera!— en la formación y consolidación de su enrevesada personalidad.
Mención aparte merece —sin duda alguna— la magnífica caracterización que Anna Lucía hace de tan controversial figura del pentagrama sonoro caribeño y de mucho más allá de nuestras fronteras geográficas, a la que encarna en el proscenio y utiliza para ello los recursos técnico-expresivos aportados por la experiencia en el medio teatral, así como los conocimientos teórico-conceptuales, metodológicos y prácticos adquiridos en la academia.
Desde que sale a escena, se introduce en el mundo interior de La Lupe; universo subjetivo signado por luces y sombras, y desde donde explora su archivo mnémico, donde registrara buenos y malos momentos existenciales que la acompañarían hasta el fin de sus días…, pero —en modo alguno— pierde la identidad que la particulariza e individualiza. Con otras palabras, no deja de ser ella misma, lo cual constituye una de las mayores virtudes que distinguen a la actriz Anna Lucía González Valdés.
En La gran tirana, los amantes del buen teatro y de la música cubana, la auténtica, la verdadera, tendrán la oportunidad de reencontrarse con las emblemáticas canciones y pasajes de la vida de La Lupe, que se fundían en una sola pasión: su inmenso amor al arte.
Editado por Heidy Bolaños