Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 7 de diciembre de 2019; 2:44 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 326 | ver otros artículos en esta sección »
Página

De Deborah Ellis, Soy un taxi

Alina Iglesias Regueyra, 12 de septiembre de 2016

En la Bolivia de 1999 un matrimonio joven con un hijo pequeño es condenado a 17 años de cárcel por las autoridades del país, tras encontrar bajo su asiento en el transporte colectivo que los conducía un paquete de pasta de coca elaborada, o cocaína. Ambos padres eran cultivadores de la hoja en cuestión, cuyo té natural es bebido tanto en la embajada de los Estados Unidos en La Paz, como estimulante contra el frío, hasta entre los más pobres indígenas de la cordillera andina, como alivio al hambre y la debilidad causada por la deficiencia de oxígeno en las alturas. Pero ninguno de los dos eran productores ni traficantes de la droga, producida a partir de mezclar con químicos la hoja natural.

El hijo de ambos se nombra Diego, y en la prisión de mujeres de San Sebastián, a donde fue conducida su madre, nacerá su pequeña e inquieta hermana. En este ambiente, parecido a la vida en una paupérrima ciudadela urbana, con normas no escritas la mayoría, pero muy puntuales y estrictas, sobrevive el menor a fuerza de hacer mandados para todas las prisioneras y carceleras, lo que se define en la jerga carcelaria como “trabajar de taxi”.

Como el chico no está realmente preso, se le permite salir y realizar compras, intercambios, ventas y otros encargos, además de ir a la escuela. Allí se codea con otros niños, ya sean hijos de presos, de otros cultivadores de coca –libres-, o de acomodados habitantes de la ciudad. Dada su despierta inteligencia, Diego cobra por hacerles los deberes a otros estudiantes, incluso de grados superiores y así ayuda a la familia consiguiendo con esas ganancias más alimentos para su madre y su hermana, que permanecen encerradas, en el momento que se narra, por cuatro años.

También se le permite visitar al padre, ubicado en una institución aparte. Con él aprende “cosas de hombres” y conoce a otros adolescentes en similar situación, pero cuyo sentido de la justicia y la bondad es muy inferior al de Diego.

A grandes rasgos, este es el inicio de Soy un taxi, imponente y desgarrador testimonio en formato de novela infantojuvenil, de la autora canadiense Deborah Ellis, multipremiada escritora nacida en 1960, quien construye su obra de primera mano, al participar directamente como voluntaria ayudando a las víctimas en conflictos bélicos o sociales, ya sea en el Medio Oriente o en América del Sur.

En esta ocasión expone la vida de los hijos de los cocaleros, quienes eran perseguidos por cultivar en los montes la hoja que, sanadora en manos benignas, puede volverse letal en poderes errados. Centra el argumento en el personaje protagónico de doce años, un símbolo de los menores que se encuentran en esta difícil situación, esperanzado siempre porque una mano divina abra la puerta de las prisiones para liberar a sus familias como regalo de Año Nuevo.

Debido al cansancio que a veces hace presa de él, en una ocasión descuida a su hermana y causa un revuelo en la prisión de mujeres, con riesgo de que su madre pierda la situación ventajosa de poseer un cuarto propio para ella y sus hijos. Los trabajos de taxi le son suspendidos temporalmente, y ante la desesperada necesidad de dinero, se deja convencer por su amigo Mando de aceptar cierta encomienda misteriosa donde iba a lograr hacerse rico en poco tiempo con el objetivo posterior de mejorar la vida de sus padres en prisión o comprarles la libertad. Así, desconfiado pero urgido de dinero, junto a su amigo es involucrado en el peligroso negocio de transportar y producir droga pura en el corazón de la Amazonia, junto a otros jóvenes mayores, ya drogadictos y vagabundos.

El variopinto grupo es engañado y esperanzado con vanas y exageradas promesas por dos delincuentes nacionales que trabajan al servicio de Smith, estadounidense a cargo de la evasión del alucinógeno hacia su propio país, sustancia que será fabricada por los muchachitos, quienes son abusivamente explotados en jornadas interminables de carga, apisonamiento y envase de la hoja junto a tóxicos que la convertirán en una pasta adictiva y peligrosa para la vida.

Diego y sus compañeros verán lastimarse su piel y aflorar el cansancio tras días de trabajo sin descanso y alimento, al cesar el efecto de la toxina que les suministran. Serán atacados por gusanos, murciélagos vampiro y otros animales de la selva. Sabiéndose atrapado, Diego trama un plan temerario de escape, que le cuesta la vida a su amigo más querido y un gran riesgo para su propia existencia, al ser perseguido con armas de fuego por el extranjero jefe de la misión y sus secuaces.

El final es apenas el puente para una segunda parte, y la meditación en calma, junto a una familia muy semejante a la suya antes del infeliz suceso, de las consecuencias de vivir en un entorno social donde el concepto de libertad se convierte, por momentos y con gran facilidad, en libertinaje, y cuyos postulados de justicia son relativos en dependencia de a quién sean aplicados.

La obra fue publicada en el año 2014 dentro de la colección Veintiuno de la editorial Gente Nueva, creada y mantenida al cuidado de Enrique Pérez Díaz, la cual mantiene su diseño de portada original, propuesto por María Elena Cicard Quintana, esta vez con las simbólicas ilustraciones y la composición de Alejandro Rodríguez Fornés y Leandro Rodríguez Romay. Goza de la edición y corrección de estilo de Odette González Villaescusa, y se enriquece con un Glosario final y Notas de la Autora que aclaran muchas cuestiones específicas del contenido, como son los giros idiomáticos y palabras en lenguas nativas, y la propia historia del país, su geografía y sus tradiciones culturales, respectivamente. Entre estas se incluye el cultivo de la hoja de coca, una tradición muy diferente del consumo y la adicción a la cocaína, droga creada a partir de la planta en 1860 por el científico alemán Albert Nieman para su uso médico como analgésico y estimulante, por lo cual fue un ingrediente legal de la fórmula original del popular refresco Coca-Cola. Un siglo después era usada como diversión entre los ricos y como crack, por los pobres, como mecanismo de evasión, uso que puede costar la vida y la salud física y mental de las personas.

Con dieciséis capítulos –a partir del ocho crece rápidamente la tensión y del doce al quince se dibuja perfectamente el clímax de la acción dramática- la obra podría encajar en un clásico formato de aventuras, con la inclusión del pretexto del viaje como leitmotiv. La amistad, el respeto a la vida, el cuidado de la infancia, la unión de la familia, son valores positivos que defiende el texto, recomendado desde la adolescencia para conocer muy de cerca los peligros de la explotación infantil y las consecuencias de la exposición a sustancias dañinas en la niñez y la juventud, pues el conocimiento entraña la mitad de la solución de los problemas en el mundo, al hacerlos visibles para quienes los ignoran.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas