Manuel González Bello, maestro del costumbrismo de estos tiempos

Manuel González Bello, el tan leído periodista de la columna de la “Crónica del sábado” en la última página del diario Juventud Rebelde, es uno de los más recordados cultivadores del género costumbrista en su modo de realización actual, con nuestro catálogo vigente de las dificultades y el lenguaje cotidiano.
Manolo, así le llamaron sus amigos y colegas, fue un observador auténtico de cuanto le rodeaba y un disector mordaz de la sociedad. Que lo hiciera con gracia e ingenio, que la reflexión y el humor se repartieran los criterios, significa que como lectores estábamos ante un escritor, ante un periodista de sensibilidad aguzada.
A más de quince años de publicadas, las crónicas de González Bello conservan su actualidad y encanto. Compruébese si no:
Llego a Coppelia y hago la colita (es un eufemismo, claro), veo una dama esplendorosa y ataco. Resultados positivos, todo sobre ruedas. Ya me veía en la farmacia comprando un protector. Pero yo no estaba protegido; cuando ya nos vamos a despedir y vamos a pactar la inmediata cita, arranco el borde de un periódico y le anoto mi teléfono. Fatal. Me miró desencantada y comentó: Ay, ¿pero tú no tienes tarjeta? Moví la cabeza como lo hacen los elefantes. Y ella se fue como hacen las ardillas. Vi como estrujaba mi humilde papelito y lo lanzaba al suelo. (En “Tarjetas”)
Solo vivió poco más de 50 años. Nació en la provincia de Ciego de Ávila y de niño llegó a La Habana. De periodismo se graduó en la Universidad capitalina en 1974 y dentro de la profesión se dio el lujo de moverse por los géneros que quiso, como el pintor que trabaja sobre diversos materiales, que para él fueron el reportaje, la entrevista, el artículo, la crónica, el comentario. Su cultura y capacidad para asimilarlo todo contribuyeron a perfilar la condición de un periodista todoterreno.
Su huella, además de en la memoria, quedó en dos centros de trabajo donde sentó cátedra: Bohemia y Juventud Rebelde, uno y otro (opinión muy personal) los más exigentes y probatorios de capacidades profesionales. Porque por uno y otro han pasado las plumas más audaces del periodismo cubano.
Y de que para González Bello escribir era un ejercicio de comunicación, quedan numerosos ejemplos:
Digamos que el optimista siembra en su patio un limonero. Te lo encuentras y te dice eufórico: “Qué manera de producir esa mata. Este año parió ¡tres limones más que el año pasado!” Como tres, pese a la objetividad de las matemáticas, puede ser algo subjetivo, le pides precisiones, y te responde satisfecho, triunfador: “¿El año pasado? El año pasado parió uno”. Contento con sus cuatro limones. Y para colmo te anuncia con un golpe en el hombro: “Oye, y si el año próximo hace buen clima. Espero que esa mata para cinco limones más”.
El optimista es así. Vaya, que se le moja la camisa y la cuelga de madrugada en la azotea, porque quién sabe, a lo mejor de repente sale el sol”. (En “Optimista”)
La estampa sabatina de cada sábado en Juventud Rebelde, que arroja un total de más de cien crónicas, aún se recuerda, y no son pocos los lectores que las conservan en alguna gaveta, como tampoco eran pocos los que las releían, las comentaban y se divertían con ellas. Manolo era un escudriñador natural de los detalles, un observador del micromundo, un creador de imágenes, un “inventor” de palabras.
Mas no solo se trató de un periodista tocado por la magia de la gracia. También escribió ensayos, publicó libros de su autoría como El canciller, con Raúl Roa como protagonista; Pablo, entre la bruma y la muerte; y dejó algunos trabajos inéditos.
Ojalá fuera solo el nombre de una calle, porque bastaría con no transitar por ella para evitarla. Pero la amargura y sus dueños están en cualquier calle, en cualquier guagua, en cualquier casa. Como las cucarachas. Ya nadie discute que la chancleta es el mejor insecticida que se ha inventado. Es terrible que a uno lo despierten con un chancleteo de madera por el pasillo. Da la impresión de que llegó una invasión de marcianos. (En “Amargura”)
Sin saberlo ni pretenderlo, aunque sí por merecimientos propios, Manolo González Bello está consiguiendo algo casi insólito en el periodismo cubano del siglo XX. O expresado de un modo más claro: está en camino de convertirse en una leyenda, junto a los Víctor Muñoz, Emilio Roig de Leuchsenring, Eladio Secades, Enrique Núñez Rodríguez, Héctor Zumbado y otros inolvidables. He aquí una última bocanada, para que la disfrute:
Con el desarrollo tecnológico, disminuyen los cristales. El enlatamiento de las producciones otorga un nuevo elemento al paisaje playero: la lata. Se les ve sanas o aplastadas en la arena, o flotando en las aguas de la orilla. Con el tiempo, los científicos, matemáticos y arenólogos se las verán muy duro para determinar si en una playa hay más granos de arena o más latas. (En “Playa”)