El Cucalambé, humor y misterio en la literatura cubana
Puede Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, darse el lujo de gozar de buena salud a la altura del siglo XXI. La jornada que en su natal Las Tunas lo recuerda y honra es una manera de hacernos llegar su poesía y su leyenda, cultivada con el afecto de sus admiradores, que se multiplican en la medida misma que lo conocen mejor, porque lo cierto es que su producción en décimas, sonetos, letrillas, epigramas, fábulas en verso... es asombrosa y revela una inspiración siempre activada.
“Negar frescura y espontaneidad a los versos de El Cucalambé es negar frescura y fluidez al manantial —afirma la voz autorizada de Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí— No es cierto que sus rimas sean pobres y vulgares. Son ricas y variadas, constituidas por las palabras más próximas a los temas que canta. Eleva a categoría poética toda una terminología indígena, no con el único objetivo de enumerar nombres de árboles y animales de nuestros montes, sino descubriendo un mundo poético de asociaciones”.
El humor, la gracia, el juego de palabras, nutren la poesía de Nápoles Fajardo y es lógico que así fuera en quien alcanzó enorme popularidad. El tono zumbón de quien hasta lo serio toma en broma se percibe cuando expresa:
Estoy más pobre que Lázaro,
más pelado que una jícara,
más taciturno que un féretro
y más triste que una grímpola.
(“A mi amigo don Lorenzo Artime”, fragmento, 1850)
Juan Cristóbal Nápoles Fajardo nació en la ciudad de Las Tunas el 1ro de julio de 1829, y de su educación se encargó el abuelo materno, quien lo puso en contacto con los autores clásicos españoles y con varios de los cubanos de entonces. Se conoce que participó con proclamas en las conspiraciones separatistas de 1851 y que su actividad clandestina prosiguió en los años subsiguientes.
Después se trasladó con la esposa e hijos a Santiago de Cuba, para en el nuevo hogar continuar su quehacer literario, en pugna constante con la insuficiencia económica y la presión lógica de la supervivencia familiar. Aceptó entonces un cargo del gobierno colonial, el de pagador de Obras Públicas, decisión que quienes sabían de sus ideas separatistas le censuraron.
El amor y la mujer, la conquista romántica y el doble sentido, dan otro toque de gracia en la obra del autor de Rumores del Hórmigo, su único libro, publicado en 1856, cuando el poeta contaba 27 años.
Una tarde deliciosa
paseando estaba yo
y vi a una mujer hermosa
toda angustiada y llorosa
porque el marido perdió.
Yo la dije: -No se llora,
que el llanto aumenta el pesar,
y si quiere la señora
que ocupe yo sin demora
de su difunto el lugar…
Tantas gracias por su intento
y dispénseme por Dios;
dijo con agudo acento.
Mucho desairarlo siento
pero… ya tengo otros dos.
(“Anécdota epigramática”, 1854)
El renombre poético de El Cucalambé se extendió, proporcionándole un cierto respiro de bienestar económico. Su desaparición un día de 1862 a los 32 años, sin que se encontraran sus restos jamás es uno de los grandes misterios no ya de la literatura cubana, sino de su historia, y ha sido un elemento contribuyente a engrosar su leyenda. En verdad, todavía hoy nos preguntamos qué sucedió, aunque lógicamente existan diversas teorías al respecto. He aquí a El cucalambé en otro de sus bien logrados momentos de humor:
Trovadores sempiternos
existen en nuestros días,
que debieran, como el aura,
no cantar nunca en su vida.
El aura tiñosa siempre
va de pluma revestida,
lo que no es poco decoro
en ave que tiene tiña.
(Fragmento de “El aura tiñosa”, 1859)
Una de las teorías o suposiciones acerca de la desaparición del escritor es la del suicidio por deudas de juego, bastante cuestionable. Otra, la del asesinato, que tal vez se justifique mejor, aunque tampoco ha sido probada. No se descarta que se marchara repentinamente del país. Queda una cuarta hipótesis: que por alguna razón política o de otra índole se ocultara un tiempo antes de desaparecer o huir a otro país. Como observará el lector, si no se tratara de un asunto tan serio casi pudiera tomarse su desaparición como una humorada de El Cucalambé, a quien presentamos en este fragmento de “Mis caprichos y desgracias”, de 1858:
Quisiera ser un Quevedo,
un Aiguals o un Moratín,
y quisiera ser, en fin,
todo lo que ser no puedo.
Quisiera a fe de quien soy
tener un millón de duros
y salir de los apuros
en que sumergido estoy.
Yo confieso sin falacia,
pues de ella siempre me abstengo,
que estos caprichos que tengo
ocasionan mi desgracia.
Y por si alguien todavía cuestiona la versatilidad de El Cucalambé y su capacidad para desenvolverse en las diferentes composiciones estróficas, aquí les va un soneto con todas las de la ley.
Lastimosa desdicha es esta mía;
insólito pesar a mí me agobia;
no tengo ni un centavo ni una novia,
ni próxima a morir rica una tía.
Para alegre pasar la noche fría
nadie me da un colchón ni una Moscovia,
y si algún tuno mi conducta oprobia,
no falta quien secunde su osadía.
El cólera acabó con mis deudores,
ningún placer mi corazón arroba,
me persiguen ingratos acreedores.
Nadie me quiere dar la sopa boba;
y entre penas, congojas y disgustos,
no gano en este mundo para sustos.
Recomendamos la lectura de las Poesías Completas de El Cucalambé con la certeza de que descubrirá la presencia de un escritor auténticamente cubano y notablemente dotado para el humor.