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La sal del paraíso: la peor de todas
 

Jesús Dueñas Becerra , 20 de octubre de 2016

La sal del paraíso, con guión de Yaíma Sotolongo y Emilia Liñero, y dirección del actor, devenido director, Joel Infante (¿recuerdan los lectores al protagonista de la teleserie El guardián de la piedra?,1 exhibida en el defenestrado espacio Aventuras), es el título de la recién finalizada telenovela que transmitiera los martes y los jueves, en horas avanzadas de la noche, el canal Cubavisión de la Televisión Nacional, para disgusto de los amantes de ese género audiovisual, que tantos seguidores tiene en nuestro archipiélago y fuera de él.

Yaíma Sotolongo y Emilia Liñero son miembros activos de la Asociación de Cine, Radio y Televisión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y guionistas de espacios dramatizados en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Sotolongo colabora en la confección del guión de una teleserie, cuyo punto focal o eje central gira alrededor de las viles acciones desarrolladas por los contrarrevolucionarios que se alzaron en armas en las montañas del Escambray, con el siniestro objetivo de derrocar a la «Revolución de los Girasoles», como la calificara la Heroína del Moncada y la Sierra, Haydée Santamaría Cuadrado (1923-1980)

Integran el elenco de La sal del paraíso Jorge Ferdecaz, Claudia Álvarez, Beatriz Viñas (La Mayoral), Obelia Blanco, Rogelio Blaín, Yerlín Pérez, Juan Carlos Roque Moreno,2  Denys Ramos y Saúl Rojas,3 entre otros actores, tanto consagrados como noveles, quienes hicieron lo que estuvo humana y artísticamente a su alcance para salvar de un naufragio seguro un guión que acabó por sucumbir ante la violencia,4 la corrupción, la delincuencia, la infidelidad conyugal, la marginalidad; antivalores que solo caracterizan —desde una óptica objetivo-subjetiva— a un sector poblacional, pero —en modo alguno— a la sociedad cubana en su conjunto, ya que —si así fuera— los indignados televidentes no hubieran escrito por correo postal o electrónico al ICRT ni hubieran llamado por teléfono a la UNEAC, para quejarse de la violencia y la agresividad física, verbal y psicológica que mediatiza la mayoría de las escenas en que se estructura ese verdadero desastre audiovisual. 

La trama de La sal del paraíso, aparentemente, adopta como punto de referencia a un radialista (Jorge Ferdecaz), a una técnica en Medicina Veterinaria (Edenys Sánchez, la capitana de la teleserie dominical Tras la huella) y a la hija de ese ¿matrimonio?, que padece de autismo; afección genética que el progenitor se niega a aceptar, mientras que el Psicoanálisis Ortodoxo interpreta esa no aceptación de la realidad como un rechazo (explícito e implícito, en este caso) a la pequeña que presenta dicha dolencia. En el caso de esa niña, es necesario hacer una honrosa excepción, ya que la interpretación de tan encantadora criatura estuvo signada —básicamente— por la naturalidad con que asimilara e interiorizara a su forma sui generis de actuar las características psicopatogénicas de una paciente con autismo: retraimiento, indiferencia hacia el medio que la rodea, ausencia de vínculo emocional con el otro o no yo, escasa o ninguna comunicación con el entorno socio-familiar y escolar.

Por consiguiente, no me asiste la más mínima duda de que resultó la actuación más limpia y sincera dentro de esa parafernalia en que se convirtiera La sal del paraíso, y creo, honestamente, que merece sin discusión un Premio Caracol de Actuación.

Lo demás no hay que ser adivino para intuirlo: peleas de perros, homicidios, golpizas, deformaciones en el rostro a un adolescente de 17 o 18 años de edad, tortura (inmersión en el agua) a un estudiante de pre-universitario, robos, chantajes emocionales, práctica sistemática de actividades delictivas, recogidas y sancionadas en el vigente Código Penal de la República de Cuba, así como un sinfín de situaciones absurdas (la muerte de La Mayoral, por ejemplo), devenidas una bofetada en pleno rostro a la inteligencia global y emocional de los telerreceptores.
 

Por otra parte, la dirección de actores no pudo ser más deficitaria, ya que artistas con experiencia en el medio, se quedaban con el parlamento en la boca durante los diálogos que establecían en ese contexto audiovisual, porque se cambiaba de una escena otra, sin que guardaran relación alguna, y sin que la acción dramática lo justificara en lo más mínimo.

Por lo tanto, la calidad ideo-estético-artística de las telenovelas de producción nacional debe ser, de ahora en adelante, una asignatura pendiente para los decisores y demás funcionarios del ICRT que autorizan la salida al aire de un producto que, lejos de entretener educando y de educar entreteniendo (objetivos primordiales de la pantalla chica), lo que consiguió fue dejar en el paladar de los tele-espectadores un sabor excesivamente salado con respecto a los dramatizados cubanos, los cuales —no debemos olvidarlo jamás— fueron los mejores en Iberoamérica desde que, en la década de los 50 de la pasada centuria, se produjo la llegada triunfal de la televisión a la mayor isla de las Antillas.

Notas
1. Jesús Dueñas Becerra. El guardián de la piedra ¿aventura o farsa? Disponible en www.cubarte.cult.cu (Cine, Radio y Televisión)
2. Entrevistado en esta sección
3. Ídem
4. Jesús Dueñas Becerra. La violencia en los medios audiovisuales. Disponible en www.uneac.org.cu (Moviendo los Caracoles)

Editado por Heidy Bolaños

 

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