Mildre Hernández y sus cerdos cómplices
Adrián el bibliotecario me prestó El niño congelado “por tratarse de mí”, como recalcó. “Es que está dedicado. Pero te vas a divertir mucho”. Así comencé a adentrarme en el mundo de cosas y animales que hablan, del cual ha hecho la escritora Mildre Hernández un original cuaderno de fantasía, imaginación y gracia, mucho más allá de las edades infantil y juvenil.
El niño congelado, Premio Casa de las Américas 2015 en el género de literatura para niños y jóvenes, de seguro hizo sonreír, soñar y reflexionar a los miembros del jurado. Ella lo considera “una novela entre la ficción, la aventura, lo detectivesco”:
-¿Está segura que su cerdo habla?
-Segura.
-Tráigalo mañana al set.
No habló, ni esa noche ni en toda la semana. La semana anterior a la prueba, Eurípides le regaló huesos de pollo. El cerdo no estaba acostumbrado a trozar. Miró a su dueña, medio atragantado, pero no quiso delatar a su compañero. No era bueno disgustarse con un gato oportunista.
Begonia suspiró y, pensando en el premio, fue por su botella de vino. Betún no conseguía dormir. Cualquier situación que excediera su rutina lo desvelaba. Al sentir los pasos de Eurípides se puso en pie.
-¿Por qué lo hiciste?
-No convenía —dijo el gato entre ronroneos.
Y se marchó estirando sus cuatro patas, como si caminara sobre vidrio molido. “Sin duda, un gato raro”, pensó Betún. “¿Por qué si tantos animales van a ese programa no puedo hacerlo yo?”
Desde la sala Eurípides le respondió a sus pensamientos:
-Porque eres El cerdo que habla.
Mas no quedó ahí mi deslumbramiento. Adrián —uno de esos bibliotecarios que disfruta su profesión— fue depositando sobre la mesa una verdadera lluvia de libros pequeños y bellamente ilustrados, todos de la autoría de Mildre. Y de tal forma, lo que preví fuera una consulta de un rato se convirtió en una sesión de varias horas de lectura. “Siéntate allí, en el tiro de aire para que no sufras con el calor”. Entre el fresco y los textos de Mildre me divertí muchísimo. Lo invito a leer este fragmento:
Sentí pánico de haber nacido vaca. Pero le oí decir a Brunilda que en la India somos sagradas. Y en Irlanda hay más vacas que personas. Concentré mi energía en un pasaporte para la India o Irlanda. En cualquier momento iba a amanecer hecha carne prensada. Brunilda me dijo: “No es necesario ir tan lejos. Aquí, en Vaquislavia del Norte, también hay vacas sagradas, pero esas le escriben loas al patrón. Entonces no se las comen porque las guardan para los actos culturales. Así los ministros de otras regiones ven la cultura animal de esta gran Vaquislavia”. Quise saber cómo podía convertirme en una de ellas. (En Diario de una vaca).
Sobre la mesa, para escoger, tengo un surtido (no completo) de los libros publicados por Mildre Hernández. Por el estado me percato de lo mucho que han sido manipulados por los jóvenes lectores. Estos son algunos de los títulos: Despertar del viento, Es raro ser niña, La novia más bella del mundo, Diario de una vaca, Noticias de brujas, Cuentos para dormir un elefante, Cartas celestes, Memorias de un sombrero… El festín de narrativa, y también de poesía, nos descubre a una autora de producción abundante e imaginación desbordada, con un delicado toque de ternura en cuanto escribe, capaz de ganarse también a los lectores adultos.
La cafetera no había mirado a otro utensilio de cocina después de la decepción con el caldero. Él la abandonó para casarse con una sartén que dejaba crudas las tortillas, por tener el fondo muy frío.
-Ojalá lo deje por una gallina, dijo la cafetera muy dolida, cuando su amado pidió el mango de la sartén en matrimonio. (En La novia más bella del mundo).
Me entero también de los premios que Mildre ha ganado, además del ya citado Casa de las Américas (¡casi nada!): el Abril más de una vez, Pinos Nuevos, Fayad Jamís, Eliseo Diego, Sed de Belleza, La Edad de Oro… Además, el muy cotizado y fuerte Jara Carrillo, en España, que pone a prueba la vena de nuestro humor en las tierras de ultramar:
Las señoras de la casa empezaron con sus preguntas. “¿Qué vas a ser cuándo crezcas?” ¡Todo era tan aburrido! Ningún niño quería ser chofer de patinetas, médico de perros callejeros, ni equilibrista de matas de aguacate. Por eso cuando dije que quería boxear todos hicieron el mismo silencio de una despedida de duelo. Mi mamá, en ese momento, iba a llevarse una cucharada de sopa a la boca que nunca llegó a su destino. Entonces, una señora, llamada Encarnación, se encarnó en mí. Comenzó a reírse mostrando sus dientes postizos. “Esa niña va a ser actriz”. “Actriz no, señora, boxeadora, peso mosca para pelear en un cuadrilátero, ponerme dientes como los suyos y colocar un gancho, con la izquierda, en la panza de alguien que me caiga mal. ¿Entiende?”
La señora cerró la boca. (En Es raro ser niña).
-¿Qué te parece? — era Adrián, que me observaba desde hacía rato.
Le respondí con otra pregunta:
-¿Conoces a Mildre? Bueno, si la conoces dile que la admiro, que tiene en mí a un lector de la tercera edad… y que me gustaría mucho conocerla.