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Julieta
 

Jesús Dueñas Becerra, 27 de octubre de 2016

            

 

El poeta, escritor y dramaturgo inglés, William Shakespeare (1564-1616), es una de las figuras clave de las letras y la dramaturgia de todas las épocas y todos los tiempos. Las obras completas del genial autor de Hamlet recogen su prolífica producción intelectual y espiritual en el mundo de la cultura.

Por otra parte, es el creador de los tipos shakesperianos: si las flechas del dios Cupido hieren a los personajes, son capaces de ofrendar la vida por ese sentimiento universal, que todo lo puede y todo lo alcanza; y si —por el contrario— alimentan el odio o la venganza se convierten en victimarios, y hasta que no ven correr la sangre de las víctimas no satisfacen los instintos homicidas que yacen agazapados —cual bestia salvaje— en las regiones más primitivas del cerebro humano, envoltura material del psiquismo.  

Julieta, una versión contemporánea de esa tragedia clásica, revive la vieja rencilla entre las familias Montesco y Capuleto. Si bien en esa puesta prevalece el amor y no el odio, la coda —fiel al original shakespeariano— finaliza con la muerte de los eternos amantes de Verona.

El elenco estuvo integrado por los primerísimos actores Aurora Pita y Jorge Rivera, quienes se desdoblan en la madre, la nodriza y Julieta, así como en Capuleto y el Fraile, respectivamente, Claudia Gómez (Julieta-joven), Samuel Fernández (Romeo 1), Carlos Peña (Romeo 2), Irán Moya (Romeo 3), William Arango (Benvolio), Luis Peña Roig (Tibaldo y el boticario), George Abreu (Mercuccio y el monje), y Raidel Santana (príncipe Paris).

Ante todo, habría que destacar —con letras indelebles— las estelares actuaciones de Aurora Pita y Jorge Rivera, cuya excelencia artístico-profesional en cualquier medio masivo de comunicación es archiconocida y ovacionada por el público cubano. Son —en síntesis— paradigmas de las artes escénicas insulares y de mucho más allá de nuestras fronteras geográficas.

En cuanto a los actores que desempeñaran el papel de Romeo 1, 2 y 3, le imprimieron al personaje ese ímpetu que caracteriza a los espíritus juveniles, tanto en el escenario, como fuera de él.

No obstante, me pregunto: ¿por qué eran necesarios tres Romeo? Con un solo Romeo bien preparado desde el punto de vista técnico-interpretativo, hubiera sido suficiente, y por ende, hubiera satisfecho —con creces— las necesidades cognoscitivas y espirituales de los seguidores del teatro shakesperiano. No obstante, esos bisoños actores —al igual que el resto del elenco que participara en el desarrollo de la acción dramática— le ofrecieron al auditorio lo mejor de su yo artístico.

Como se trata de una versión libre, ¿Luis Enrique quiso mostrar varios prototipos de Romeo: el clásico (Samuel Fernández, y en menor escala, Carlos Peña), y el caribeño (Irán Moya)?

En cuanto al dominio de la técnica dramatúrgica y el lenguaje verbal y extraverbal o gestual, que identifica al medio teatral por excelencia, habría que señalar la convincente actuación de Peña Roig en el papel de Tibaldo. En mi opinión, fue el actor que con mayor vehemencia representara esa emoción negativa, que es el odio (o amor descentrado, como lo califica la Psicología Humanista), y que convierte al hombre en enemigo del otro o no yo.

A propósito, en las escenas signadas por la violencia física, se percibe un aumento de la tensión en los espectadores, quienes se involucran —desde la vertiente emocional— con las situaciones límite que atraviesan los personajes.   

En un aparte con la carismática artista Aurora Pita, la Premio Nacional de Radio expresó que «el personaje de Julieta, quien narra sus aventuras y desventuras en el plano sentimental, devino una sorpresa muy agradable que recibí en este verano, ya que, a mi edad (¿?), jamás pensé que me llamarían para interpretar semejante papel en la obra cumbre de William Shakespeare […]. Es un magnífico regalo que me han obsequiado Dios y la vida».

Foto: Raúl Olivera Hernández

Editado por Heidy Bolaños

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