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Comulgar con la carne y el cuento

Elaine Vilar Madruga, 28 de noviembre de 2016

Malena Salazar, joven narradora, nos sorprende con el cuento "Todos somos mercancía". Desde el título, este texto se erige en una condición casi aforística, enseñanza textual de una circunstancia de vida que bien puede resumirse en un proverbio, tantas veces escuchado: “El pez grande se come al chico”.

En esta historia, la autora nos presenta un mundo donde los personajes se alzan como lobos, manadas enfrentadas a jaurías en busca de una carne simbólica, alimento existencial pero también del espíritu: carne como sangre, carne como materia, carne como satisfacción para nuestros múltiples mundos deshechos. Es este un universo de profundos ejes de desarraigo, donde los personajes deambulan como zombies de una de las tantas películas de terror que abundan en nuestra época.

"Todos somos mercancía" es, además, deudor temático del cine de autor con pocas pero sólidas locaciones, si bien sus recursos apuestan por una teatralidad de las sensaciones. Ha de apreciarse la influencia que juega dentro de esta textualidad una serie de cuentos y de filmes; entre ellos, podría señalarse buena parte de la obra narrativa de Virgilio Piñera y de Vladimir Hernández, así como —y quizás este sea el referente más comercial y/o conocido— establece hilos de paralelismo con Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, tanto en la versión musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler (a su vez inspirada en la obra de teatro de Christopher Bond) como en la más conocida película dirigida por Tim Burton y que el espectador cubano reconocerá sin dudas. El recurso simbólico de la carne es eje común de estas historias, donde el canibalismo es apreciado no como tabú social sino necesidad, lucha, vínculo comulgatorio, supervivencia en ambientes hostiles.

La construcción del escenario y los personajes es, quizás, el mayor éxito de este cuento que presentamos. La autora introduce personajes con pocas fisuras, que establecen sólidos nexos con la recreación de ambientes. No se habla aquí de un final sorpresa, inesperado en su tejido. No creo que sea intención de Malena Salazar Maciá reservar el grito final, ahogado, que todo cuento con una dosis comedida de temor pretende mostrar, sino lo contrario: propiciar la reflexión sobre la deshumanización, la alienación de la criatura tildada homo sapiens, los extremos de violencia y asco hacia los cuales nuestra condición de monstruos puede llevarnos.

Asistimos, aquí, a un retablo de posibilidades narrativas que muestran la mano de una autora en desarrollo, capaz de sintetizar parte del pensamiento humano más sórdido en pocas cuartillas de acción. Ha de apreciarse también el lenguaje cinematográfico y la capacidad que muestra para desarrollar ambientes de tensión, no precisamente marcados por el terror, sino por la condición dual de la extrañeza y la cercanía. De esta manera, el lector/espectador de este cuento/obra/película textual puede sentirse en vínculo comulgatorio, no solo con la carne simbólica del texto, sino también con los nexos que se muestran en la búsqueda de esta teatralidad cinematográfica.

Malena Salazar no pretende lo novedoso, es cierto, pero sí una estructura de solidez, tanto en el desarrollo de los ambientes como en la configuración de los personajes. Más importante aún, propicia el diálogo receptivo y la construcción conjunta de la realidad —a priori y a posteriori— entre el autor, la madeja textual y el lector. Adviértase que estamos en presencia de una autora prometedora que, con esta obra, suerte de ópera prima de su cuentística, nos grita sobre una realidad que quizás ya ha trascendido el ámbito del texto, para convertirse ya no en sueño, sino en pesadilla concretada. Queda por nosotros darnos cuenta de que su sentencia ya existe en nuestro cotidiano porque —al final del día— todos somos mercancía.

Malena Salazar Maciá (La Habana, 1988), es graduada del Centro de Formación de Escritores “Onelio Jorge Cardoso” y también de Informática. En la actualidad, se encuentra a punto de obtener su diploma de Licenciatura en Derecho. Ganadora de diversos premios nacionales, entre los que destaca el David 2015 en la categoría de ciencia-ficción, por su novela Nade y mención en el Premio Hydra de novela fantástica. Ha sido promovida en diversos espacios literarios de la capital, tales como “Punta de flecha”. Esta joven autora ya es miembro de la AHS y de la UNEAC.
                 


                     Todos somos mercancía
                     
                       Malena Salazar Maciá


La clientela se movía como abejas en una colmena; daban trabajo a sus bocas, salivaban, troceaban las empanadas de carne, se manchaban los dientes con el café.
No era uno de los mejores días a mi criterio, pero daría lo suficiente para abrir mañana. Con el aumento de los precios se dificultaba encontrar mercancía aceptable. Sin embargo, si no conseguía algo pronto, tendría que abandonar por un tiempo mis famosas empanadas de carne y mis mejores clientes desaparecerían antes de que me percatase.
Y en ese momento me fijé en él. Era alto, robusto, moreno de tanto sol. No tengo memoria fotográfica, pero lo recordaba vagamente de días atrás, en que intentó ofrecerme carne de cerdo fácil y barata, la cual rechacé por estar abastecida. Lo vi acercarse al mostrador para quedar entre dos vecinas que conversaban a viva voz.

—¿Todavía la policía no la encuentra?
—Nada, ¡y nadie sabe, Juana no estaba esclerótica para perderse! Ya van tres días… ¿Qué crees, Lily?
—Seguro se fue a Matanzas a casa de su hermana —respondí por cortesía—. ¿Otro cafecito?
—Yo quiero uno —intervino él—. Y una empanada.
Lo observé durante los minutos en que las vecinas dejaron de especular sobre la desaparición de Juana y se marcharon. Ahora estábamos solos. Lo dejé hablar primero mientras dejaba el cambio sobre el mostrador.
—Traigo lo mismo de hace tres días: carne de puerco, picadillo del bueno, queso y jamón de la tienda, ¿te cuadra?
Volví a mirarlo de arriba abajo. Sus brazos eran fuertes, fibrosos…
—¿Y los precios? —me interesé.
—No encontrarás más baratos en La Habana —se mojó los labios, no dejaba de mirarme—. ¿Vamos a mi casa por la tarde? También tengo algo que te cuadraría mucho más…
Hizo un símbolo de cuernos con la mano derecha. Arqueé una ceja, ¿carne de res? Procuré asentir con disimulo, ya que una inspectora de Salud Pública se acercaba tablilla en mano y bolígrafo al frente como si fuese un sable. Él dio unos golpecitos en el mostrador.
—Vengo a las seis —dijo, y fui atacada por la inspectora.

En contra de mi pronóstico mañanero, fue un día con bastante clientela, lo cual confirmó mi idea: necesitaba mercancía con urgencia. Un par de policías se acercaron a hablarme; querían saber si había visto a Juana antes de que desapareciera. No les di muchos datos pero parecieron satisfechos. Eran las cinco. Esperé paciente a que dos hombres se terminaran las empanadas y cerré el toldo en cuanto me dieron la espalda. Corrí a la casa, me di un buen baño, alimenté las ganancias de ese día con ahorros y bajé a esperar. Cerca de las seis y diez llegó él. En cuanto se acercó lo noté un poco ansioso.
—Vamos, son un par de cuadras.
Lo seguí sin preguntar. Andaba a grandes pasos, me era difícil ir a su ritmo. No dejaba de mirar alrededor casi como un paranoico.
—¿Cómo te llamas? —apenas gruñó.
—Lily, ¿y tú?
—Yosvany, por fin, ¿qué vas a llevar?
—Lo veo y te digo.

Yosvany asintió brusco. Después de caminar más o menos la distancia que me había anunciado se detuvo frente a una casa de dos plantas. Subimos por una escalera externa, me invitó a pasar primero. Todo estaba oscuro, apenas podía distinguir los muebles. Las ventanas cerradas, cortinas encima de ellas, las puertas de las habitaciones trancadas, un espacio reducido. Lo único amplio era la cocina, al fondo. Sentí caer el seguro en la puerta principal y me produjo un escalofrío.
—Entonces… —su mano se posó sobre mi hombro—, quieres ver lo mío.
—Sí, ¿podría ser rápido? Tengo un compromiso —inventé en un murmullo apagado.
—¿Por qué tanto apuro, Lily? —su aliento caliente en mi oído me puso la carne de gallina—. ¿Qué te parece si nos divertimos mientras ves lo mío?
Me zafé de su contacto en mi hombro con un manotazo y me volteé a la defensiva, sin dejar de buscar una salida entre tanto encierro. Yosvany se relamió, tenía los ojos como puntillas de luz, igual a los de una fiera.
—Tranquilita, Lily, sólo vamos a divertirnos, ¿eh? ¡Divertirnos, puta!
Se me abalanzó encima y de un golpe me rasgó la blusa, grité con la esperanza de que me escuchara algún vecino, pero él hundió una mano en mi boca a la par de hacerse con todo el dinero que tenía encima. Caí sobre una butaca, él se echó sobre mí, arañaba mis mulsos a través del pantalón, intentaba dominarme con una mano mientras con la otra me ahogaba. Yo golpeaba su espalda, me debatía, pero sus músculos y tamaño jugaban en mi contra.

Él emitió un alarido: mis uñas habían dado en sus ojos. Rodé fuera del butacón, tropecé con la mesa del centro en un intento por huir y ponerme en pie. Yosvany, medio ciego, lanzaba las manos al aire para atraparme de regreso. Corrí a la puerta y forcejeé porque había olvidado el horrible sonido del seguro puesto. Me di vuelta para quedar aplastada contra la madera, el sudor bañaba mi cuerpo, la presión de las manos de Yosvany me dejaron entumecida la boca, un sabor agrio.
Él se acercó lento, los ojos llorosos, rojos, sus movimientos de oso me hipnotizaron unos instantes.
—Eres una perra —rumió. Crispó los dedos—. Pero ahora vas a pagar por quererte hacer la simpática…
Se abalanzó sobre mí con un bramido pero sus manos quedaron a milímetros de mi cara. Yo le sonreía sensual.
—¿Q-Qué…?

Sin darle tiempo a más fui a su encuentro y lo besé, hundí la lengua en su boca, palpé sus brazos, sus muslos, sus nalgas… sí, sí… él… él era…
Yosvany emitió un sonido ahogado contra mis labios, paralizado en un espasmo. Me despegué de él y volví a sonreírle.
Él cayó sobre sus rodillas, su expresión denotaba que apenas podía creerse el agujero en su estómago, la sangre que manaba a torrentes manchaba el suelo de granito gris. Con un ronquido se desplomó a mis pies. Pasé sobre él, fui a la cocina, escogí el cuchillo más afilado y me dispuse a rasgarle la ropa. En cuanto di el primer corte en un brazo de Yosvany, comprobé las conclusiones de mi examen visual: poca grasa, mucha fibra.
Esta carne estaba mucho mejor que la de Juana; ya había recibido algunas quejas de que las empanadas estaban sosas. Sonreí complacida.
Nunca había encontrado mercancía tan buena.












 

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