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La recuperación de La Habana colonial

Fernando Carr Parúas, 30 de noviembre de 2016

Un libro con material muy interesante nos trajo la Feria del Libro de 2016: Ejército y Milicias en la Cuba colonial (1763-1783), de Gustavo Placer Cervera, miembro de número de la Academia de Historia de Cuba. En él se narra todo lo concerniente a estos dos cuerpos militares en los primeros veinte años después de ser devuelta por los ingleses la Ciudad de La Habana.

El libro pertenece a la Colección Historia, de la Editorial de Ciencias Sociales. Tuvo la edición de Lili Chi y el diseño de cubierta de Arianna Boris Cobas.

El texto que nos presenta Placer Cervera tiene su inicio en las conversaciones de paz para ponerle fin a  la después llamada “Guerra de los siete años”, que había comenzado en 1756, en la cual sus principales contendientes, por una de las partes, lo fue Inglaterra, y por otra de ellas, fueron Francia y España, aliadas por el borbónico Pacto de Familia.

En las cancillerías de París y Madrid, así como en la de Londres, iban y venían los negociadores plenipotenciarios; en algunos de ellos —en ciertos momentos— había un verdadero deseo de encontrar la paz, mientras que otros demoraban las negociaciones en espera de lograr mejores posiciones para la paz definitiva. En el libro se explican todas estas problemáticas, habidas desde las reuniones diplomáticas de abril de 1762. Pero Inglaterra asechaba a La Habana y ese mismo año golpeó fuerte en la capital cubana: le costó algún trabajo, pero logró tomarla.

Este hecho le dio un vuelco a las negociaciones, pues España tuvo que indemnizar a Inglaterra por la pérdida de La Habana y, para ello, les dio a cambio a los británicos sus dos colonias floridanas, tanto propiamente La Florida, así como Pensacola (que entonces se llamaba Panzacola).

Refiere el libro cómo fueron reubicados los soldados y sus respectivas familias de estas dos colonias españolas: los vecinos de San Agustín de La Florida, para Cuba, fueron destinados a tierras en Matanzas, que donó el conde de Jibacoa, en una cantidad muy cercana a las mil cuatrocientas cincuenta hectáreas, y los de Pensacola, para Veracruz, en México. También se le cedió a Inglaterra el fuerte de San Marcos, en la entrada de la ciudad de San Agustín.

Gustavo Placer Cervera laboró durante muchos años en la docencia de cuestiones navales y militares, y quizás por esta razón nos ha proporcionado libros interesantísimos desde hace más de veinte años, como El bloqueo naval norteamericano a Cuba en 1898; Guerra hispano-cubano-norteamericana. Operaciones navales; La explosión del Maine, el pretexto; El estreno del imperio: la guerra de 1898 en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, entre otros títulos.

Sobre esta base, el libro que ahora reseño trae la más extensa información acerca de las gestiones que tuvieron en sus manos los personeros que había enviado el rey Carlos III para recuperar La Habana, con el consejo y la encomienda de cumplir la estrategia trazada por Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, conde de Aranda, y la supervisión militar del ministro de Marina e Indias, don Julián de Arriaga. Estas personas fueron don Ambrosio Funes de Villalpando, conde de Ricla —primo hermano del conde de Aranda—, quien fue investido como capitán general de Cuba y gobernador de la plaza habanera; don Diego Antonio Manrique, como segundo jefe; y el general irlandés Alejandro O’Reilly, amigo personal de Aranda y quien venía a cargo de ejecutar una de las partes de su estrategia, la de completar el Ejército y la Milicia con muy pocos soldados españoles y con mayoría de personal criollo. Esto dio lugar a la creación de batallones de milicia de blancos, de pardos libres, y de morenos libres, como eufemísticamente se les llamó a estos últimos, a los mulatos, “pardos”, y a los negros, “morenos”.

Otra parte de esta estrategia era reparar en las mejores condiciones y en el menor tiempo posible todo el complejo militar que circundaba a La Habana y que fue casi totalmente destrozado por las embestidas del cañoneo inglés y, al unísono, comenzar la edificación de nuevas fortificaciones para que su sola presencia detuviera a los ingleses en sus próximas fechorías. Porque esa era la cuestión: La paz de París, de 1763, dejaba a la América —después de haber perdido Francia en favor de Inglaterra la colonia de Quebec y haber cedido a España la inmensa colonia de la Louisiana, que tenía el tamaño de la propia España multiplicado por cuatro veces, en compensación por las pérdidas sufridas al secundarla en la Guerra de los siete años— dejaba a la América —repito— con dos grandes imperios coloniales dueños de grandes territorios en la América del Norte y la zona del Caribe, que —era de esperar— se disputarían en el futuro la hegemonía de esta parte del Nuevo Mundo. Por tal motivo, tan pronto España tomó posesión de La Habana, se comenzó la reparación de las fortalezas que circundaban a la capital cubana, principalmente las más destruidas, como los castillos de El Morro y La Punta, y también La Fuerza, y así otros más, que fueron los primeros en caer ante los ingleses, como La Chorrera, San Lázaro, Cojímar y Bacuranao. Pero, a la vez, se comenzó la construcción de tres fortalezas que posiblemente lograrían guarnecer a La Habana: en la altura de Soto, el castillo de Atarés, que cuidaría el fondo de la bahía; en la altura de Aróstegui, el castillo de El Príncipe, que estaría al cuidado de la zona de El Vedado, al oeste; y en la altura de La Cabaña, la enorme fortaleza de San Carlos de La Cabaña, la cual sería la mayor y más fortificada de todos los imperios coloniales en América, de extensión inigualada.

Estos trabajos de reparaciones y constructivos —que, como quiera que fuera, trajeron un incentivo económico para la Isla, lo cual era otra parte de la estrategia diseñada por el conde de Aranda— se fueron terminando en los años sucesivos, pero la erección de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña fue la última de todas estas labores, pues finalizó esa obra en 1774, once años después de comenzada. El levantamiento de esta fortaleza costó tres millones y medio de pesos, cantidad increíblemente alta para la fecha. Tanto, que cuando le dieron la noticia al rey Carlos III, se dice  —cierto o no— que este pidió un telescopio en momentos que se dirigía a una de las ventanas de su palacio, y todos quedaron mudos, pero alguien le preguntó para qué y el rey contestó que era para ver si desde allí se veía el susodicho castillo, tanto le había costado.

El autor, al parecer, no le da crédito en su libro a lo que se ha dicho a través del tiempo, o por lo menos no lo cita, como sí cita este cierto o supuesto anterior. Me refiero a lo que pudiera, o no, ser cierto y a los efectos que pudiera tener: la carta que le envió al rey de España, Carlos III, la cubana doña Beatriz de Jústiz y Zayas, I marquesa de Jústiz de Santa Ana, en nombre suyo y de más de cien damas de la sociedad habanera, en la que expresaba que las autoridades españolas no habían hecho lo suficiente para impedir que los ingleses tomaran La Habana, y entre otros los principales, como el gobernador don Juan de Prado Portocarrero y don Gutierre de Hevia, marqués del Real Transporte, quien el año anterior había llegado a La Habana con tres navíos de guerra y, ante la inminente agresión de los ingleses, en vez de salir a enfrentarlos, decidió el poco juicioso hecho de hundir los navíos en la entrada de la bahía habanera. Estos dos funcionarios fueron juzgados posteriormente por alta traición.

Lo más importante de la carta es que se le pedía a Carlos III que hiciera lo imposible por recuperar la ciudad de manos de los ingleses. La marquesa de Jústiz de Santa Ana tenía fama de escribir hermosos versos. Y junto con la carta enviada al rey le acompañó un poema en que resumía la contienda y la pérdida de la plaza de La Habana. Y según se dice, esta carta y el poema motivaron  de tal forma al rey español que incidió fuertemente en el ofrecimiento a los ingleses del cambio del pequeño territorio tomado por ellos en Cuba, por el inmenso territorio que representaba las dos colonias españolas de La Florida.

España se haría cargo de los fusiles y el armamento artillero, pero también había enviado acero para reactivar el astillero de La Habana, y esta fábrica logró construir muy efectivos navíos de guerra en los años posteriores con maderas cubanas, que eran inmejorables y no permitían que los cañonazos en una guerra las astillaran de tal forma que las astillas pudieran —como así había ocurrido con otras maderas— salir volando por los aires y herir profundamente a los marinos que estaban cerca.

¿Cómo quedarían formados los regimientos de infantería de La Habana, tanto los correspondientes al Ejército y a las Milicias? ¿Y los batallones de infantería y de caballería de voluntarios blancos de La Habana, así como los batallones de pardos libres y morenos libres de La Habana?

Todo lo relacionado con estos datos militares está perfectamente detallado en el libro de Placer Cervera. Ejército y Milicias en la Cuba colonial (1763-1783), trae siete tablas en que se detallan cómo quedaron estructuradas estas formaciones militares. Además, se muestran unos veinte anexos con transcripciones de documentos, entre ellos un extracto del Tratado de Paz de París, de 1763: las Instrucciones secretas al conde de Ricla, del 29-03-1763; el Nombramiento de ingenieros para servir en las nuevas fortalezas que se erigirían en La Habana, entre otros valiosos documentos. También se podrán admirar distintas imágenes de la época, con las que cierra este libro.

El lector tendrá una magnífica información no solamente de todo lo que sucedió en La Habana después de la Paz de París, en el orden militar y de fortificación de la ciudad, sino también de lo que después se fue ejecutando en toda la América española —a semejanza de lo que se hizo en La Habana— para evitar que Inglaterra volviera a invadir alguna otra zona en poder de España. Y todo esto muy bien escrito, de forma que la lectura será un placer para quien la haga.
 

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas