Leidy González Amador: ¿con la cabeza en las nubes?
Aunque está dedicado a los niños, según su diseño de cubierta realizado por Alejandro Ordext a partir de la obra de Orestes Castro, y aunque la sencilla biografía que acompaña a este libro acredita a la autora como creadora para la infancia (Premio Hermanos Loynaz de narrativa infantil 2013 con su novela Hoy es martes), el poemario de la joven Leidy González Amador (Vueltas, 1988) que les traigo en esta oportunidad lleva, dentro de su aparente sencillez y poesía rimada, una carga interesante de significados que muy bien pueden satisfacer a los públicos de otras edades.
La rima y el verso cort
o y estrofado se han convertido en un prejuicio achacado actualmente al perfil de la literatura creada para la niñez, como si tantos insignes poetas a lo largo de la historia del arte nunca hubieran empleado estos recursos literarios para dictar sus excelsas métricas que han quedado para la posteridad: el Siglo de Oro español es un testimonio de ello.
En efecto, Leidy dedica su libro al abuelo, esa grata persona que quizás avivó su infancia con la fantasía necesaria para correr mundo, y entre otras personas más, incluye a Mildre Hernández Barrios, talentosa creadora procedente también del centro cubano, cuya obra ya es apreciada fuera de las fronteras del archipiélago caribeño. Sin embargo, como he postulado en otras ocasiones, la retadora editorial Sed de Belleza, de Villa Clara, provincia central de Cuba, sorprende una vez más con esta proposición. Publicada dentro de la colección de poesía de la Asociación Hermanos Saíz, su cuidadosa edición corre a cargo de Déborah García. La corrección de estilo es de Isaily Pérez y las ilustraciones interiores pertenecen al excelente dibujante Jorge Luis Mendoza.
La imagen de cubierta nos remite a los recuerdos de aquella película cubana tan gustada por su gran fantasía y simbólico humor: El elefante y la bicicleta, de Juan Carlos Tabío, donde los protagonistas percibían los contornos de estas figuras en las nubes como recurso para explicar y superar una realidad compleja y difícil. Pues quizás sea denominador común este de los buenos poetas y artistas: el hecho de que el mundo material les queda corto, y así son dados a las más caras imaginaciones.
Nuestra autora de hoy parece “sufrir” de ese mal cuando nos entrega sonetos de delicada sensibilidad, como este basado aparentemente en un archiconocido cuento de hadas, pero digno de una lectura culpable de poesía feminista:
Ser la bruja del mar
También lo vi esa noche, pues su barco
Pasó frente a las aguas de mi cueva.
Quise acercarlo y le mandé mis olas,
Formando, sin querer, una tormenta.
Me he vuelto torpe al paso de los años.
Todos nadan despacio. Nadie llega.
Ser la bruja del mar tiene su precio:
nadie viene hacia ti, nadie te espera.
También lo vi esa noche, mas su buque,
De tanta tempestad, ya no regresa.
¿Cómo hacerle entender que en esas olas
Solo quise acercarlo hasta mi puerta?
¿Cómo amar a una bruja torpe y triste
Cuando se puede amar a una sirena?
La escritora emplea con destreza distintos formatos y métricas, lo cual evidencia un dominio artístico total del género lírico y un amplio talento para abarcar tanto técnicas como temas diversos. Florecen en su hacer también sintéticas estrofas de seis y ocho versos, donde a manera de fábulas nos compendia un suceso ocurrente, feliz, doloroso o aleccionador, y retoma con total actualidad personajes humanos, animales o simples objetos personificados, así como historias paradigmáticas de la infancia, a veces con significados inversos y enfoques novedosos:
Decisión de capitán
Me persigue un cocodrilo.
Me atormenta Peter Pan.
Hasta una mano me falta
Y no he podido volar.
Me voy sin barco, sin sueños,
Sin volver Nunca Jamás.
La décima es un formato muy cubano que explota especialmente la autora en este libro. Ejemplo de esto es el título “Reflexión”, una evidente paronomasia que iguala el efecto de la luz a través del cristal con una frase o pensamiento profundo; lo mismo ocurre con el verso final, les invito:
“No hay en el mundo otra cosa
Más triste que estar borroso,
Empañado y pegajoso,
Viendo la vida nublosa.
De esta forma tormentosa,
Con manchas, no hay quien exista,
Ni cristal que lo resista
Aunque nos limpien pañuelos”.
Cuentan un par de espejuelos
Desde su punto de vista.
Con el empleo de prosopopeyas, metáforas, aliteraciones, onomatopeyas, alegorías, imágenes, ironías, entre otros recursos de estilo para transmitir su mensaje de manera creativa y brillante, la joven escritora Leidy González Amador nos regala este magnífico volumen que disfrutaremos bien, a solas o en familia, los adultos o los infantes del hogar.
Desde estas páginas están ya invitados.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas