Leibniz revisitado
Decía José Saramago, con toda razón, que los escritores crean las literaturas nacionales y los traductores hacen la literatura universal. Pero el papel de la traducción como elemento universalizador de la cultura va mucho más allá del terreno literario: todas las ramas del saber necesitan de los traductores y de la traducción para que el conocimiento pueda salir del ámbito lingüístico en que surge, y sea acogido, discutido, ampliado y desarrollado por estudiosos de cualquier lugar del mundo. Esto es particularmente importante en el caso de la filosofía, esa carrera de relevos del pensamiento humano, donde cada corriente, escuela, grupo o individuo va influyendo en los que le suceden. La historia de la filosofía, tal como la conocemos, no existiría sin la traducción.
La relevancia del quehacer filosófico de Gottfried Wilhelm Leibniz motivó que surgiera en España el proyecto “Leibniz en español”, que tuvo su arrancada en 2004, con el objetivo de traer a nuestro idioma y publicar las obras del gran pensador y científico alemán. Leibniz, que dominaba el latín, el inglés y el francés, escribió su vasta obra en esas lenguas y, por supuesto, en alemán. No abundan los autores a quienes haya que traducir desde cuatro idiomas. La traducción de los textos incluidos en el proyecto, asesorado por los institutos que se ocupan de las Obras completas de Leibniz en Alemania (Hannover, Münster, Berlín y Potsdam), se realiza partiendo de las ediciones originales en los idiomas mencionados. Hasta el momento se han publicado nueve volúmenes de los 20 que tendrá la edición, la cual deberá completarse en 2027.
Leibniz, nacido el primero de julio de 1646 en Leipzig, fue filósofo, matemático y un verdadero erudito universal. Su actividad abarcó la teología, el derecho, la política y la filología, y campos tan diversos como los de la biología, medicina, ingeniería y ciencias de la computación. Tres siglos después de su muerte, ocurrida el 14 de noviembre de 1716, la filosofía sigue abordando sus teorías, ya sea para afirmarlas o para discutirlas. La obra de Leibniz ha sido traducida y estudiada, entre otros, por los filósofos españoles Julián Marías y José Ortega y Gasset.
Leibniz estudió Derecho en la Universidad de Leipzig, y al graduarse en 1666 comenzó a trabajar al servicio del elector de Maguncia. Entre 1672 y 1676 residió en París, y desde allí realizó dos viajes a Londres; en ambas ciudades se codeó con los más destacados intelectuales y científicos del momento. En Londres presentó ante la Royal Society una máquina construida por él, la primera calculadora, capaz de realizar las cuatro operaciones aritméticas básicas; dicha sociedad le nombró miembro externo. Por su parte, la Academia de Ciencias de Francia lo admitió como miembro extranjero en 1700.
A partir de 1676 comenzó a trabajar para la casa ducal de Hannover. Viajó por varios países europeos; entre 1712 y 1714 residió en Viena, donde fue consejero de la corte imperial. En 1716 falleció en Hannover, dejando un extenso legado que incluía multitud de escritos filosóficos y científicos, dispersos en artículos de revistas, manuscritos y gran cantidad de cartas a diversos destinatarios. Durante su vida publicó solo dos libros de filosofía: De Ars combinatoria y la Teodicea, que es también de carácter teológico. Póstumamente aparecieron sus Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano.
Leibniz decía de sí mismo: “Al despertar se me ocurrían tantas cosas, que el día no me alcanzaba para escribirlas.” Entre sus aportes se cuentan la ya mencionada máquina calculadora, planos para un submarino, un aparato para medir la velocidad del viento, y el cálculo infinitesimal (del que discute la autoría con Newton; actualmente se emplea la notación del cálculo creada por Leibniz, no la de Newton). Los estudios filológicos de Leibniz sobre los orígenes de las lenguas germánicas y las eslavas, y sobre la importancia del sánscrito, le ubican entre los precursores de la lingüística moderna.
De la correspondencia de Leibniz se conservan unas 15 000 cartas a 1 100 destinatarios, las cuales forman parte del legado que se atesora en Hannover, junto a la biblioteca del erudito y el único ejemplar conservado de su máquina calculadora. Honrando su memoria, el gobierno alemán instituyó en 1985 el Premio Leibniz, que se entrega anualmente. Dotado con 1,55 millones de euros para resultados experimentales y 770 000 euros para resultados teóricos, está considerado el premio científico más importante a nivel mundial. En 2006, la Universidad de Hannover fue nombrada “Gottfried Wilhelm Leibniz”, y en 1970 la Unión Astronómica Internacional (IAU) nombró Leibnitz a un cráter lunar.
Sirvan estas líneas para rendir homenaje, al cumplirse tres siglos de su muerte, a este genio polifacético que ha sido llamado “arquitecto de la Modernidad”.
Editado por Heidy Bolaños