La venganza no es un documento distópico
Es la poética de Eric Flores Taylor un verbo que lija. Puedo afirmarlo porque tal vez sea una de las estéticas jóvenes que ha estado más cercana a mi creación y trabajo individual en los últimos años. Eric y yo hemos compartido — en el mismo vaso— el ácido y la dulzura de la escritura desde los primeros días en que ambos hablábamos de la ciencia ficción con mucho, todavía, de soñadores. Él no ha renunciado a creer que la imaginación es aún terreno fértil para los creadores: su cuento Casa de cristal es testimonio verdadero de esta aseveración.
Casa de cristal condensa, en pocas páginas, el temor que todos los seres humanos enfrentaríamos si nos viéramos, cara a cara, con un escenario x de catástrofe: la reclusión, la soledad, el instinto de supervivencia que ha de imponerse (sí o sí) sobre la piedad, el amor, los ecos casi moribundos de la compasión, la traición y el orgullo. Pero Eric —no contento con la exposición de estos asuntos— da un paso más hacia el vacío: muestra desnudos a sus personajes, en enfrentamiento con una humanidad limitada tras las barreras simbólicas de la cercana muerte (para algunos) o tal vez las barreras físicas de una casa —escudo, refugio, protección, claustrofobia— (para otros).
Su amplio sentido del diálogo y la acción cinematográfica nos obliga, como lectores, a sumergirnos en un mundo de imágenes que bebe de la cosmovisión generada por las historias de post-apocalipsis, los múltiples universos Z e, incluso, de la distopía. Casa de cristal no adolece, tampoco, de cierta tendencia a convertirse en las páginas de un libro de cómic para adultos, pues su imaginario es capaz de resemantizarse en visualidad, sinergia, cruce de fronteras.
No ha de verse este cuento como puro genéricamente, pues en él confluyen algunas de las más conocidas aproximaciones literarias al fantástico como estética literaria. Puede que el lector —a ojos cerrados— ignore qué mundo acontece, cuál es la peripecia, el alcance de los actos de estos personajes que se enfrentan al teatro de la vida, pero este no es un obstáculo para que el consumidor avezado de literatura transite el mar de estos avatares y asuma, de esa manera, la historia que Eric Flores propone.
En Casa de cristal no avistamos un final de moralejas, un final con respiración boca-a-boca, que ayude a creer que nuestro futuro como especie humana no está del todo condenado. Imposible sería si se esperara algo así. Percibimos —poco a poco— la degradación de lo mejor del hombre mientras sus expectativas de vida se van disolviendo en el aire. A pesar de esto, y quizás por el hecho de que somos humanidad voluble, es que un concepto tan antiguo como la venganza se coloca, todavía, en el centro del círculo de esta narración: es el eje invisible sobre el cuál gira la historia, los personajes, los puntos de inflexión de cada hecho. Venganza cruda, papel de lija, verbo de lija, que no perdona. Venganza ubicada en ese futuro cercano, casi imprevisible, casi a la vuelta de la esquina, que Eric Flores nos propone en Casa de cristal. Venganza que es, precisamente, como esos cristales filosos y rotos que, si pisamos, han de manchar de sangre nuestros pasos por el mundo.
CASA DE CRISTAL
Un nuevo amanecer. Jenny sale de la cama y observa por la ventana. Todo igual. Los rescatistas de las Naciones no han llegado aún. Afuera, en las calles, las brigadas de exterminio rondan por el vecindario. En ocasiones fingen buscar sobrevivientes del cataclismo, pero ella sabe que no es así.
Sus trajes amarillos son fáciles de distinguir y Jenny, al divisar la cruz carmín estampada en las pecheras, recuerda las palabras de Hiram: «el rojo es el color de la muerte. Debes esperar por la cruz azul, el nuevo emblema de las Naciones. Solo tienes que ser paciente, ellos vendrán».
Abandona la recamara, baja a la sala. Por ahora evita el hall que da acceso a la entrada, ya tendrá tiempo más tarde. Sentada frente al panel de controles, comienza la inspección matutina de los componentes esenciales en la vivienda: generador de electricidad, filtro atmosférico, purificador de agua, procesador de alimentos, seguridad. Todo en orden. Cumplida la rutina diaria, ya puede ir a verlo.
Al llegar a la entrada, activa el dispositivo de visión externa. La puerta pierde su inmaculado color blanco mientras se torna transparente como el más fino de los cristales. La visión unidireccional le permite a Jenny ver la figura del hombre en el pórtico. Hiram mantiene la misma postura de siempre: tumbado de espaldas contra el tabique del vestíbulo. En silencio, Jenny extiende una mano a la altura de la cabeza de él, acaricia la pared y trata de imaginar la sensación del contacto con los cabellos.
Una vez más, agradece al cielo por su presencia. No sabe que haría si en algún momento las brigadas recolectaran el cadáver apartándolo de ella. ¿Sería capaz de luchar por él? ¿Tendría el valor de enfrentarse a los asesinos? ¿Saldría afuera? No lo sabe y esa duda le hace desear con más fuerza el arribo de los rescatistas. Quizás estén cerca. Quizás lleguen a tiempo y pueda darle un entierro digno a Hiram.
******
Hiram fue uno de los muchos que golpearon la puerta buscando ayuda durante los primeros días de la contaminación. En aquel entonces, el paso de la estampida humana por el portal parecía no tener fin. En varias ocasiones Jenny temió por la integridad de la casa y de sí misma. Por suerte la enfermedad actuaba tan rápido que casi siempre los intrusos preferían gastar sus últimas fuerzas en llegar a un sanatorio antes que derribar los muros de una casa en apariencia impenetrable.
Más de uno comenzó a experimentar los espasmos finales en el clausurado vestíbulo. Jenny los vio a todos: a los que murieron junto a la entrada, a los que apenas pudieron desandar sus pasos hasta la acera o la calle, a los que se marcharon, a los que nunca volvieron. Ella los vio a todos.
Sin embargo, era incapaz de recordar el rostro de Hiram en aquellos momentos. Jenny no podía decir si fue de los que tiraron piedras contra los cristales de plastiacero o si por el contrario, estaba entre los que llamaron con decencia implorando refugio. No, Jenny no tenía forma de saberlo, porque ella nunca respondió a las súplicas. Ni hombres, ni mujeres, niños, ancianos o conjuntos mixtos, pudieron ablandar su corazón, tan hermético como la casa en que vivía. Para ella todos eran iguales: pecadores condenados por el apocalipsis, víctimas insalvables de la decadencia humana, carne infectada cuyo roce atraería sobre ella el castigo divino.
En cierta medida, no dejaba de tener razón, pero aun estando equivocada y aunque no fuera el fin de los días anunciado por las escrituras, aun así, ella no iba a abrirles la puerta.
De todos ellos, Hiram fue el único que regresó, días después del primer brote de contagio. Jenny lo sorprendió una mañana, mientras intentaba hackear con un microcomputador el sistema de seguridad de la entrada. Parecía conocer bien aquella labor, incluso llevaba consigo un set energético para alimentar los paneles del portón previamente desconectados por ella.
Fiel a su costumbre anónima, Jenny se acercó en silencio por el hall hasta alcanzar los controles manuales de la puerta. Entonces, desinstaló un par de componentes más del sistema para asegurarse de que nada, ni nadie, desde el exterior, fuera capaz de irrumpir en la casa. No obstante, sin importar la discreción impuesta a cada una de sus acciones, él la descubrió.
—¿Hay alguien ahí? —esa fue la primera vez que Jenny escuchó su voz, pero por supuesto, no contestó.
—Por favor, responda —insistió él —Sé que está allá dentro, sé que desconectó la energía de la puerta y ahora quitó los pernos electrónicos del sistema. Escúcheme, mi nombre es Hiram y no estoy contagiado. Puede examinarme, solo le pido que me deje entrar. Por favor, no soy un ladrón, no soy un asesino y no estoy enfermo. Solo necesito un lugar estéril donde esperar por las brigadas de salvamento. Se lo suplico, déjeme entrar. Haré todo lo que me pida.
Por un instante Jenny estuvo a punto de suspender la visión externa del portal y retirarse a su habitación. Sin embargo, algo en aquellos ojos negros la hizo desistir y esperar por la reacción del hombre.
Al no obtener respuesta alguna, Hiram dejó a un lado las herramientas electrónicas, apoyó sus manos en la superficie y recostó un oído contra la fachada.
—¿Sigue ahí? ¿Me oye? —silencio del otro lado —Puedo probarle que estoy sano. Mire, por favor.
El intruso se separó de la puerta y ante los recatados ojos de Jenny, comenzó a desvestirse.
—Como ya sabe, la plaga es producto de un proto-hongo —iba explicando él al tiempo que se deshacía de sus ropas —no recuerdo el nombre… es algo raro. Lo importante es que el hongo se aloja en el sistema sanguíneo, ¿no es así? y luego devora las paredes de arterias y venas.
Jenny quedó prendada con la visión del cuerpo del joven, pero cuando él comenzó desabrocharse el pantalón, su férrea enseñanza la obligó a voltearse escandalizada.
—¿Lo ve? —continuó exponiendo el intruso —Cualquiera que estuviera infestado tendría hematomas visibles, producto de hemorragias internas. Por supuesto, tampoco viviría lo suficiente como para explicar todo esto. ¿Ve lo que le digo? Yo no estoy enfermo. Míreme bien, por favor.
Ante la insistencia, Jenny giró levemente la cabeza, solo para encontrarse con la imagen de la espalda y los glúteos del desconocido. Reprimiendo un grito de pudor, regresó a su anterior postura, no sin antes sentir la mordedura del bochorno en las mejillas.
—Por favor, observe bien cada parte de mi cuerpo —seguía diciendo Hiram —Convénzase…
De repente, la voz del hombre se cortó como si le hubieran arrebatado la capacidad del habla. Incitada por la curiosidad, Jenny volvió una vez más la cabeza para ver qué sucedía con el extraño en su portal. Ante ella, el intruso llamado Hiram se cubría con las manos los genitales mientras una máscara de terror desfiguraba su rostro.
—¿No será que usted…? —balbuceó tratando de recoger con los pies el reguero de ropa a su alrededor —Usted… usted no está enfermo, ¿verdad?
Jenny encontró graciosa la manera torpe e infantil con que Hiram intentó vestirse a toda velocidad y huir del vestíbulo. Pensó que nunca más volvería a ver al simpático intruso. Como es de suponer, estaba en un error.
*******
Están dentro de ella. Los puede sentir, diminutas agujas pinchándole cada microscópico milímetro de su cuerpo. ¿Cómo llegaron? ¿Cómo se contagió? ¿De dónde viene la inexorable muerte? ¿Del agua, de la comida? ¿Acaso algún contacto fatal envenenó su epidermis o es un factor atmosférico? ¿Está en el aire?
Jenny no tiene respuesta para ninguna de las preguntas. Solo sabe que ha sido contagiada y que su existencia ha llegado a su fin. Entonces comienza el verdadero suplicio de la infección. Se encoge de dolor, cierra los ojos, pero las imágenes continúan atormentando su cerebro y como una explosión de diapositivas, golpean sin descanso la oscura pantalla en que se han convertido los parpados.
Reconoce las esporas invasoras en el torrente sanguíneo del cuerpo. Son tan pequeñas, más que los glóbulos rojos, más que los leucocitos, los cuales ni siquiera reconocen el patógeno. Con el camino libre de obstáculos, la colonia de hongos inicia los procesos naturales de la vida: nacer, crecer, reproducirse, morir y volver a empezar.
Nada fuera de lo común, nada contrario a los designios de la biología moderna. La única inconveniencia es que estas fases se encuentran en evolución dentro del sistema circulatorio de una mujer indefensa.
Las esporas despiertan del letargo, se adhieren a las paredes de los capilares. Para Jenny es como si diminutos pulpos la aprisionaran con sus ventosas y eso es solo el principio. La siguiente etapa inicia cuando el hongo extiende sus filamentos. Los incontables componentes de la colonia se unen en una feroz telaraña carnívora que con gran rapidez va ocupando toda la red capilar.
El próximo paso del letal organismo es reproducirse y otra vez el cuerpo contagiado se satura de esporas asesinas. Sin embargo, en esta ocasión las minúsculas células contaminantes no solo viajan por las carreteras sanguíneas. En su lugar aprovechando la debilidad de las vías, escapan, atraviesan las paredes carcomidas y embisten a las venas desde el exterior.
El organismo hospedero trata de reaccionar, pero ya es muy tarde. El sistema linfático es incapaz de crear una respuesta efectiva contra la infección y una tras otra, las oleadas de leucocitos son engullidas por el atacante. En medio del caos celular, las plaquetas intentan remendar los daños en las estructuras arteriales. Sin embargo no logran otra cosa que emular la suerte de los glóbulos blancos. Todo es en vano.
A simple vista, parece que los micelios del hongo han formado una capa inexpugnable sobre las venas, pero no es así. La verdad es que las paredes que retenían el fluido sanguíneo han dejado de existir y el líquido desborda los diques naturales. En el exterior, la epidermis va adquiriendo la característica coloración oscura producto de las hemorragias.
Jenny quiere gritar, pero el río que corre por su garganta lo impide. Quiere abrir los ojos, pero solo consigue desbordar una cascada sanguinolenta sobre el rostro. Cada orificio de su cuerpo es una fuente en constante emanación y nada puede detener el torrente. La cama se inunda, la sangre coagula sobre las sabanas, sobre el colchón, las almohadas.
A pesar de todo, Jenny continúa aferrándose a la vida. ¿O es tan solo la reacción instintiva de un organismo que se niega a dejar de funcionar? Son pocas, pero todavía quedan arterias pulmonares resistiendo el asedio. Su corazón sigue trabajando, pues el grosor de las venas aún no ha sido socavado del todo. Algo de sangre debe llegar al cerebro. Jenny continúa viva y consciente, aunque desee justo lo contrario.
El tormento alcanza su clímax cuando los músculos ceden ante la voracidad del patógeno. Ya nada detiene el líquido vital y lentamente, el cuerpo de la mujer disminuye su densidad. Jenny siente piel y huesos juntarse, separados solo por la maraña de tejidos del hongo. Sin capilares, sin carne, sin estructuras que la contengan, la sangre sede ante la ley de gravedad y termina descansando sobre el lecho, apenas retenida por la epidermis.
Jenny ya no es una mujer, Jenny ya no es un ser independiente. Ahora, Jenny es parte de un organismo más grande. Un organismo que la ha convertido en una bolsa de cuero humano donde contener los 2/3 de líquidos que otrora formaron parte de su cuerpo. Justo lo que necesita la colonia para sobrevivir hasta que los filamentos rasguen el pellejo y salgan a la superficie, listos para esparcir las esporas en la atmosfera.
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De repente, los golpes en la puerta de la casa la sacaron de su pesadilla. Escuchó gritos lejanos desde la entrada. El delirio en que estuvo sumergida la mantuvo aletargada, impidiéndole reconocer al causante del escándalo. A pesar de ello, una chispa en su subconsciente la instó a acudir a las llamadas.
Cuando reactivó el sistema de visión, se encontraba más despierta. Ya no le costó trabajo identificar la voz y el rostro del joven. Hiram había traído consigo una mandarria, pero golpeaba los muros de la residencia con las manos desnudas.
—¡Escúchame, maldito bastardo! —reclamó él con toda la fuerza de su garganta, sin saber que Jenny se hallaba tan solo unos centímetros y podía escucharlo incluso sin activar el sonido del sistema de seguridad— ¡Escúchame! Ayer me engañaste con tu silencio, pero hoy no va a ser igual. Sí estás enfermo, entonces ya debes haber muerto. De lo contrario, tienes un minuto… un minuto, malnacido, para abrir la puerta y dejarme entrar o comenzaré a tumbar la casa.
—«No, no lo harás» —pensó Jenny sin demasiada convicción.
El minuto pasó sin que mediaran palabras entre el intruso y la inquilina. En el mismo momento en que Jenny comenzaba a recuperar la seguridad en sí misma, Hiram, enrojecido de furia, levantó el mazo del suelo.
—¡Última oportunidad, hijo de puta! ¿Crees que no lo voy a hacer? Tú dime, ¿qué tengo que perder? Llevo una semana sobreviviendo en medio de este infierno. Por lo que sé, puedo ser hasta inmune al puñetero hongo. ¿Qué tal tú? ¿Quieres probar suerte? No necesito derribar la puerta, solo hacerle un pequeño hueco por el que entre la infección. Luego, me iré y te dejaré morir solo, como el perro que eres. Bien, basta de charla. Uno, dos…
—¡NO! Te lo suplico. No tires la puerta. Aquí no hay nada que pueda ayudarte, solo vete y déjame en paz, por favor.
La reacción de Jenny o mejor dicho, su voz, detuvo el arrebato de Hiram. El joven colocó la mandarria otra vez en el piso del portal y tras inclinarse hacia ella, preguntó:
—¿Una mujer? ¿Hay alguien más contigo? ¿Por qué no me respondiste antes?
—Sí. No, estoy sola. Tenía miedo. Nunca he salido de esta casa. Mi madre me crió aquí adentro, siempre fuimos nosotras dos. Me dijo que el fin de los días estaba cerca y que tratar con la gente solo iba a condenarnos.
—¿Dónde está tu madre ahora?
—Murió el año pasado.
—¿Cómo puedes vivir sin salir nunca? ¿Acaso tienes un procesador de alimentos? ¿Un purificador de agua? Vaya suerte, yo nunca he visto ninguno de esos, son caros y muy escasos. ¿Y las cuentas de electricidad? No, espera, si son pocas personas, pueden mantener el nivel de consumo por debajo de lo que produce un generador antiguo o quizás tienes células fotovoltaicas en el techo, ¿no es cierto?
Jenny no quería responder las preguntas del extraño. Por primera vez en su vida, estaba experimentando esa sensación de la que tanto habló su madre; por primera vez, se sentía violada.
—Por favor, solo soy una creyente —consiguió decir con las lágrimas deformando las palabras en su garganta—. No puedo acogerlo, márchese y no vuelva nunca más.
Hiram ignoró sus palabras concentrado en analizar la nueva situación que se le presentaba.
—Si tienes electricidad, significa que puedes acceder a los sistemas de información. ¿Qué tipo de receptor tiene el ordenador central de la vivienda?
—Ninguno —respondió Jenny con sinceridad, deseando que su respuesta lograra desilusionarlo—. Mamá desactivó todos los contactos externos cuando compró la casa. No tengo manera de saber lo que sucede más allá de este vestíbulo.
—Entonces, ¿no sabías nada del hongo caníbal y de la epidemia?
—No. Pensé que era el eco de las primeras trompetas. ¿Acaso no lo es?
—Depende como lo mires —concedió él mientras cruzaba las piernas para sentarse frente a la puerta—. Sé que puedes verme. Lo correcto es que yo también pudiera verte a ti. Si lo haces, prometo olvidarme de la mandarria. ¿Qué dices?
Nada, Jenny era incapaz de encontrar palabras para aquella proposición. Nunca había mantenido un dialogo con alguien que no fuera su progenitora. Incluso cuando murió, la madre dejó todo listo para que su hija continuara enclaustrada. Tras despedirse de Jenny, la mujer marchó a un hospital donde falleció unas semanas después. Jenny no supo la fecha exacta, para ella su madre dejó de existir en el mismo momento en que abandonó el hogar.
Ahora, un extraño, un intruso, la obligaba a romper su arraigado mutismo y no conforme con esto, también quería verla. Como si ella fuera algo digno de observar, con esa bata de dormir; con aquellas ojeras de pesadillas. El pelo alborotado, los pies descalzos y sucios de recorrer la vieja alfombra. No obstante su mano acabó sobre el panel de control y el cristal de la puerta se hizo transparente en ambas direcciones.
Por algunos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Hiram la estudió de arriba abajo y cuando terminó con su escrutinio, comenzó otra vez y otra y otra. Por su parte, Jenny mantuvo una postura erguida, negándose a obedecer los deseos de sentarse a la altura del desconocido. Al mismo tiempo luchaba con los rubores, deseosos de florecer en su rostro y así, delatar el estado nervioso provocado por los inquisidores ojos del intruso.
—Eres bonita —concluyó Hiram—. Es una pena que nunca hayas conocido nada más que esta casa. Apuesto que te verías hermosa en un vestido de noche. El negro resalta los tonos rubios de tu cabello. Puedo conseguirte un traje digno de una princesa, ¿quieres?
¿Bonita, hermosa? Jenny conocía aquellas palabras, pero nunca las hubiera imaginado como calificativos para sí misma. Después de todo, su madre le enseñó que en la boca de los hombres solo hay engaños y mentiras. No, ella no era hermosa. De seguro lo dijo para ganarse su confianza y hacerle abrir la puerta. ¿Acaso no había amenazado unos minutos antes con dejarla morir como un perro? Entonces, ¿por qué la actitud y el tono de su voz cambiaron de repente?
—Deberías sentarte. Estarás más cómoda.
Sí, ¿por qué no?
—Así está mejor. Cuéntame algo de ti. Me gusta oír tu voz. Es lo más agradable que he escuchado en esta última semana. En verdad, es lo único agradable que he oído.
¿Contar algo? ¿Ella? ¿Qué podría contarle a aquel extraño? ¿Sus rutinas diarias, la monotonía de la vida junto a su madre? ¿Qué podría interesarle a él? Entonces, mientras su vista vagaba por el portal en un intento de eludir la mirada de Hiram, Jenny descubrió uno de los cadáveres en el vestíbulo. La imagen de la muerte, tan cercana, tan presente, le hizo recordar las pesadillas de la noche anterior.
—He estado soñando…
—¿Conmigo? —la interrumpió él en broma— Lo siento, continúa.
—Soñé… —prosiguió Jenny tras reponerse del malestar que le produjo el tono de burla de Hiram— soñé que había sido infestada. Soñé que moría, de manera rápida y dolorosa. Era como si «eso» devorase todo dentro de mí, hasta que solo quedó la piel y los huesos y la sangre y yo no era más que un enorme pellejo, desparramado sobre la cama, en espera de que la carne se abriera y brotaran las esporas. ¿Es así como sucede? ¿Es eso lo que pasa cuando el hongo te contagia?
—No exactamente, aunque hay puntos en común —confesó él—. Pudiera ser que al principio sea algo parecido a tus sueños. No lo sé, no soy científico, ni he sentido la inclinación suicida de analizar los cuerpos a profundidad.
«No obstante y tú misma puedes comprobarlo desde tu fortaleza, después del fallecimiento, las personas no pierden la forma, ni emiten esporas al exterior. Yo diría que la muerte del hospedero también acaba con el patógeno y a partir de ese momento, los cadáveres son inofensivos. Creo que eso ha pasado antes, con otras enfermedades quiero decir».
«Por cierto, disculpa mi mala educación, todavía no sé tu nombre. ¿Cómo te llamas, preciosa?»
—Jenny —en esta ocasión ella no fue capaz de contener el sonrojo.
—¿Jenny? Me gusta. Por cierto, Jenny, ¿sabes que ahora mismo podemos ser las únicas personas vivas en toda la ciudad?
Ella negó con la cabeza sin pensar siquiera en la envergadura de aquella noticia.
—Lo imaginé —dijo Hiram mirándola a los ojos—. Déjame contarte como son las cosas aquí afuera. Tal vez así puedas entenderme y perdonar mi anterior comportamiento. ¿Me escucharás?
—Sí —respondió Jenny mientras abrazaba sus rodillas.
*******
No sé dónde surgió el brote, ni de dónde vino el «paciente cero». De hecho, técnicamente, sé muy poco sobre las interioridades de la plaga. Llevo tiempo buscando un ordenador que pueda acceder a la red satelital. Quizás en ese nivel encuentre ayuda o medidas sanitarias para evitar el contagio. Aún no lo he conseguido. Otros tuvieron la misma idea antes que yo. El caos, la desesperación y tal vez, la falta de respuestas alentadoras, les hizo destrozar las computadoras. Quedan muy pocas funcionales y ningún receptor intacto.
El día en que empezó todo, yo estaba en mi casa sin nada que hacer, algo así como tú ahí dentro. Es casi seguro que la información sobre la epidemia estuviera en los medios desde muy temprano, pero yo solo me enteré cerca del mediodía, por los gritos de mis vecinos. Debo explicarte que vivo en un edificio y la protección y la esterilidad de los apartamentos es mínima, comparada con las casas de esta zona.
Por eso, en el instante en que comprendí lo que pasaba, abandoné la poca seguridad de mi hogar y corrí junto a cientos de personas en busca de los centros de atención médica y de evacuación. Sin embargo, todos los que pensamos de aquella manera sufrimos un cruel desengaño, pues el gobierno nunca estableció hospitales, ni organizó el éxodo de los sobrevivientes hacia las bases militares como especulaban algunos. En su lugar, nos abandonó a nuestra suerte, aunque hay que reconocer que la plaga actuó de una manera tan violenta que ese mismo día por la tarde las cadenas informativas dejaron de transmitir y eran pocos los que continuaban sanos. Imagino que la alta jerarquía gubernamental y el ejército no hayan sido la excepción.
Esa noche no dormí. Fui de un lado a otro de la ciudad, vagando sin rumbo y sin un propósito definido en mi mente. Las calles estaban atestadas de cadáveres, pero el gentío, luego de comprobar que sus hogares tampoco eran seguros, se reunía en las avenidas e intercambiaban historias y terrores por igual. Nadie tenía información precisa, nadie sabía nada realmente importante. Recuerdo estar conversando con un grupo de personas y de repente, más de la mitad de ellos empezaron a padecer los síntomas del hongo. El resto escapamos de aquella esquina. Fue la última vez que me junté con tanta gente al mismo tiempo.
Alguien me sugirió acompañarlo a la parte alta de la ciudad, donde las viviendas son más herméticas. Ese alguien nunca llegó hasta aquí. Era el primer amanecer después del brote, todavía quedaban personas, algunas escondidas dentro de sus casas. Otras contribuían al caos callejero robando las carteras de los fallecidos o saqueando centros comerciales. No puedo decir que la epidemia haya sido amable con ladrones y acaparadores, pero tampoco lo fue con aquellos que quisieron aislarse.
Caminé por este vecindario durante esa jornada, uno más de los que íbamos de puerta en puerta en busca de refugio. Ahora que evoco esos momentos con más calma, comprendo que hiciste bien en no responder. Si hubieran adivinado la presencia de una persona sana dentro de un ambiente estéril, no pararían hasta sacarte de ahí y exponerte a su misma suerte.
Yo no soy así. Debes creerme, Jenny. He visto muchas más muertes de las que jamás pude imaginar. Tengo los pies cansados de tropezar con cadáveres, mi nariz está tan acostumbrada a este hedor putrefacto que apenas distingo otra cosa, hasta la piel se me antoja distinta y no hay desinfectante capaz de arrancar esa sensación. En una oportunidad, una anciana me sorprendió por la acera y se lanzó a mis brazos suplicando ayuda. Fue solo un instante, pero cuando logre apartarla, descubrí que me había bañado con su vómito ensangrentado. Murió ante mis ojos, murió antes que yo tuviera tiempo de darle la espalda y huir.
Estoy cansado, muy cansado, Jenny. A partir del tercer día me fue imposible combatir el sueño, al igual que fue imposible encontrar un lugar relativamente limpio donde conciliarlo. Terminé por asumir la verdad: sí había sobrevivido hasta ese momento, sin importar los peligrosos niveles de contagio entre los que transitaba, quizás fuera uno de los pocos afortunados con una inmunidad natural.
Me arriesgue a manipular los cadáveres y despejé un sencillo apartamento, no muy lejos de aquí. Sin embargo, algo de paranoia y respetuoso temor me impide pernoctar dos veces en el mismo sitio. Es como si mis instintos de conservación se alertaran al pasar determinado tiempo en un lugar, más aun sabiendo el destino de los antiguos propietarios. Por eso comencé a buscar una residencia verdaderamente inmaculada. Llegué a la conclusión de que semejante milagro solo podía hallarse en esta parte de la urbe. La mañana siguiente reinicié la exploración de la zona.
Pienso que fue más o menos durante esa jornada, la cuarta, que vi a la última persona viva antes de encontrarte. Era un niño. Quise alcanzarlo, ofrecerle ayuda, preguntarle por sus vivencias, comprobar que no era el único inmune a los efectos de la plaga. Sin embargo, el chiquillo huyó ante mi presencia y no lo he vuelto a ver.
Desde entonces estoy solo en medio de este mar de despojos, pero ya tenía un propósito, un plan de subsistencia que iba más allá de recuperar alimentos o esperar a los rescatistas. Me agencié una microcomputadora y algunas células energéticas para activar puertas clausuradas. He aprendido mucho en este tiempo, pero nunca hallé lo que buscaba. La tuya es la única vivienda estéril y tú eres la primera persona viva que he visto en los últimos tres días.
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—Este es el fin de mi historia, pero no tiene por qué ser el fin de la «nuestra», si sabes a lo que me refiero. Estamos solos en este cataclismo, dos sobrevivientes, dos seres humanos jóvenes y saludables, una pareja. Tal vez sea un designio divino. No hay nada que temer, Jenny. Podemos aguardar por las brigadas de rescate juntos. Por eso, te lo pido una vez más: por favor, Jenny, déjame entrar y ayudarte a compartir la carga de nuestra soledad.
—No.
Aquella palaba era una sentencia de muerte para Hiram. Por un momento, sus ojos se mantuvieron fijos en los de su verdugo, pero en ellos no vio otra cosa que la más absoluta de las resoluciones.
—Maldita hija de puta.
Esta vez fue Jenny quien quedó conmocionada. Antes de que tuviera tiempo de levantarse y huir de la entrada, Hiram se había incorporado con la clara intención de utilizar la temida mandarria. Entonces, Jenny cerró los ojos en espera del primer golpe y mientras tanto, por puro instinto, comenzó a gritar:
—¡Lo voy destruir todo! ¡El procesador de alimentos, el filtro atmosférico, el del agua! ¡Todo! Si tumbas esa puerta, no encontrarás nada que puedas usar.
Casi sin saberlo, las palabras hicieron estremecer los puntos más vulnerables de la consciencia de Hiram. Una vez más, el mazo se detuvo en el aire antes de impactar contra la estructura de la mansión.
—Maldita seas —dijo él y por el tono de su voz, ella supo que había vencido.
—No podrás impedirlo —insistió luego de levantarse en pos de la ofensiva—. Cuando consigas abrir un boquete para tu sucia persona, ya no quedará nada. Ni siquiera estaré yo. Prefiero suicidarme antes que exponerme a la infección y a ti. ¡Vete! ¡Vete y no regreses! No quiero volver a verte, ni aunque seas el último hombre vivo de todo el planeta. ¡Vete!
Como fustigado por los gritos de la mujer, Hiram retrocedió poco a poco del umbral de la entrada. Los insultos de Jenny lo acompañaron durante el camino de vuelta a la acera. Sin embargo, la mandarria no regresó con él. Tal vez fuera por el impacto de la derrota o por las maldiciones de la inquilina, pero el arma ahora parecía ser un objeto inútil en sus manos.
Hiram dejó la maza tras de él durante su huida y allí permaneció como una muda amenaza en medio del portal. Una amenaza mucho más viva y aterradora que todos los cadáveres infestados de la vecindad.
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Pasaron algunos días antes que Jenny lo descubriera merodeando por los alrededores de la casa. La primera vez se asustó tanto que corrió hasta el panel de controles y estuvo a punto de acabar con todo. Sin embargo, los minutos transcurrieron sin que los embistes del terrible mazo de acero llegaran. Decidió asomarse al portal y espiar al acosador, pero cuando lo hizo, él ya se había marchado.
Aquella rutina continuó repitiéndose. Temiendo que Hiram quisiera aprovechar sus horas de sueño, Jenny comenzó a dormir en el salón principal, lo más cerca posible de los controles. No obstante, pasó una semana más sin que ocurriera ningún evento desagradable. Hiram rondaba la casa, siempre a una distancia prudencial. Por su parte, Jenny lo acechaba, siempre imaginando lo peor.
Una mañana, junto a la mandarria abandonada apareció un ramo de flores y Jenny no supo que pensar. Ese día durmió como nunca antes, arrullada por extrañas fantasías que se disolvieron con el nuevo despertar.
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El sonido del timbre puso fin al monótono silencio de la casa. Jenny no tuvo que preguntarse quién era, lo sabía de antemano. De hecho, lo esperaba. Por supuesto, no iba a abrirle la puerta así como así, pero al menos le daría la oportunidad de disculparse por sus palabras y acciones.
No perdió tiempo con la visión unidireccional. En el mismo instante en que la puerta se tornó transparente, Hiram pudo comprobar en el rostro de ella la gravedad de su situación.
—Ya lo ves, preciosa —dijo mientras recostaba su torso desnudo a un lado de la entrada —no era tan inmune después de todo. Hiciste lo correcto al no dejarme entrar. Ahora sé que estás bien y que al menos tú vivirás.
Jenny buscó dentro de sí, pero las palabras se negaron a brotar. Sin embargo, las lágrimas en su rostro eran incontables, como los hematomas en la dañada piel de Hiram.
Al verla en aquel estado, él tampoco dijo nada. Poco a poco fue dejándose caer hasta quedar sentado en el suelo, de espaldas a la puerta, recostado al panel de la entrada.
—Tengo una última cosa que contarte, Jenny —comenzó a decir entre toses y sangrientas expectoraciones—. Pude establecer contacto con la red satelital. Hay un movimiento de rescatistas de las Naciones en camino. Debes escucharme bien y no olvidar lo que te digo: las Naciones han adoptado un nuevo símbolo: la Cruz Azul.
«En la red también informaban sobre brigadas de exterminio, fáciles de identificar por los trajes de contención amarillos y el emblema de la Cruz Roja. No te dejes engañar, puede que estos lleguen antes, reclamando a los sobrevivientes de la catástrofe, pero solo los integrantes de las Naciones tienen la verdadera cura».
«La labor de las brigadas es acabar con todos los que han sido expuestos a la contaminación y así reservar las vacunas para ellos mismos. Desde el momento en que te descubran, te tomaran como una posible infestada y te matarán. Debes ser paciente y esperar por la Cruz Azul, ellos vendrán y será tu salvación. Espera, Jenny y no le abras a nadie. Adiós, Jenny, fue un placer conversar contigo por última vez».
Después, el silencio volvió a la casa, apenas perturbado por los sollozos de la mujer arrodillada en la alfombrilla de la entrada. En el exterior, el sol se ocultaba entre los edificios.
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—¡Somos las brigadas de rescate! —anunciaba por altavoz un hombre de amarillo y rojo —Si todavía queda alguien sano debe venir con nosotros e integrarse al grupo principal de evacuación.
—«Mentira, Hiram me contó la verdad sobre ustedes».
—¡Este es el último llamado, mañana abandonamos la ciudad! El peligro biológico sigue latente en el área urbana, pero se han creado zonas estériles en las afueras. Si usted se encuentra sano, debe aceptar la ayuda del gobierno y sumarse a los grupos de sobrevivientes.
—«Más mentiras. Creen que no sé qué quieren matarme, quedarse con mi cura. Hiram es mi amigo. Hiram me lo dijo. Hiram me advirtió de ustedes y sus mentiras. ¡Váyanse de una buena vez! ¡Déjennos en paz!».
—¡Somos las brigadas…!
—Por favor —interrumpió otro de los uniformados —no comiences de nuevo. ¿No ves que no queda nadie? Mejor regresamos al campamento.
—Es que no puedo creer que en este barrio no haya ni un solo sobreviviente. ¿Has visto bien estas casas? La mayoría deben de estar equipadas con lo más moderno en tecnología de soporte vital: procesador, células energéticas, filtros, purificadores.
—¿Y eso qué? Casi todas están expuestas y el hongo no distingue clases sociales.
—¿Qué me dices de aquella de allá? Yo la veo bastante hermética. ¿Alguien ya fue allí en busca de sobrevivientes?
—¿Cuál? Ah, la casa del joker. Sí, fue una de las primeras que visitamos, pero nadie salió. La declaramos abandonada.
—¿Por qué le dicen así? ¿El joker…? Nunca entendí el chiste.
—Tienes que acercarte un poco más para comprenderlo. ¿Lo ves ahora? El cadáver recostado en la puerta. Mira su sonrisa. Ahora dime que no te recuerda al comodín de las barajas. Ese tipo debió hacer alguna maldad antes de morirse.
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Dos años después, cuando el filtro atmosférico dejó de funcionar, Jenny todavía esperaba por los rescatistas de la Cruz Azul.
Eric Flores Taylor (La Habana, 1982) Escritor y crítico del género fantástico. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS). En conjunto con Jesús B. Minsal Díaz obtuvo el Premio «Arena» 2004 del 3er Evento Ansible. También el Tercer Lugar en el Concurso Juventud Técnica de Ciencia Ficción en los años 2004 y 2006; Finalistas en el Premio Dinosaurio de Minicuentos 2004 y Mención en el Premio Guaicán de Fantasía y Ciencia Ficción 2005.
En solitario ha sido Finalista del III Premio Criptshow; Premio Oscar Hurtado de Fantasía 2009; Premio Juventud Técnica 2010; Premio Casa Tomada 2011; Primera Mención en el Premio David de Cuento 2013; Premio Pinos Nuevos de Narrativa 2014; Mención en el Concurso La Edad de Oro 2014, de la Editorial Gente Nueva y Premio Calendario 2015, Género Ciencia Ficción.
Sus cuentos, tanto de manera individual como con Jesús, han aparecido en numerosas antologías, entre las cuales se encuentran: La irreverencia y otros cuentos; Cryptonomikon 3; En sus marcas, listos… Futuro; Axxis Mundi; Tiempo Cero; Hijos de Korad; Ciencia Ricción y Viejos magos, jóvenes guerreros. Tiene publicados: Historias del Altipuerto/Guerra de Dragones, Gente Nueva 2013 (con Minsal y Premio Jurakán a la mejor novela publicada en el 2013). Además, Crónicas de Akaland, Gente Nueva 2014 y Entre clones anda el juego, Gente Nueva 2016. Como único autor: Jaurías de la Urbe, Letras Cubanas 2014; Guerra de dragones II: Estigma, Gente Nueva 2015 y En La Habana es más difícil, Casa Editora Abril 2016.
Ha sido jurado de diversos premios como son el Oscar Hurtado 2010-14-15-16; Juventud Técnica 2011-14; Calendario Ciencia Ficción 2016 y Guillermo Vidal 2016.
Como crítico ha publicado en la web, reseñas de libros de fantasía y ciencia ficción nacionales, así como trabajos sobre los espacios literarios jóvenes del panorama cubano. Participante de las Cruzadas Literarias Camagüey 2015 y Romerías de Mayo 2016. Durante casi un año fue el organizador y conductor del espacio literario Ámbar Club. También ha colaborado de esta forma con los espacios Punta de flecha, de Elaine Vilar Madruga y Quinta dimensión, de YOSS.
Editado por Maytee García