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Héctor Zumbado, maestro de humoristas
 

Leonardo Depestre Catony, 13 de marzo de 2017

Quien redacta fue un lector asiduo de las crónicas de Héctor Zumbado (1932-2016).  Cada crónica era una entrega de humor refrescante como una limonada, o mejor aún, un ejercicio del pensamiento, suerte de reflexión, o más propiamente una riflexión, como el propio Zumbado las denominó. Fueran limonadas o riflexiones, Zumbado divirtió a los lectores con la agudeza de su ingenio, la mecha inagotable de su humor y su manera tan eficaz de criticar la diversidad de cosas criticables de la vida y de la sociedad.

Desde la sonrisa hasta la carcajada podía provocar cualquiera de sus textos, que nutrió de doble sentidos, hipérboles, “neologismos” de su creación, alusiones históricas y  literarias llevadas al contexto de sus crónicas, todo lo cual revelaba además una cultura sólida, un excelente manejo del idioma y una profunda cubanidad en sus juicios.

Zumbado se convirtió en el terror de los burócratas, de los irresponsables, de los tecosos y de cuantos atropellaban a la población en la prestación de sus (malos) servicios, de cuantos engatusaban con palabras y sembraban el malestar ciudadano.  Sus críticas asaeteaban “al más pinto” y ya sabemos que las verdades pueden llegar a ser mortificantes.

-¿Tu expediente? Ah, sí, verdad, tu expediente. Chico, tu expediente no se ha perdido, ni se ha extraviado ni nada. Eso tiene que estar por ahí. Tu expediente, yo me imagino, aunque no te lo puedo asegurar del todo, debe estar en contabilidad. O mira, lo más probable es que lo tenga la gente de estadística porque ahora están en eso de revisar los expedientes, poniéndolos al día y eso, ¿te das cuenta? Además, ¿tú te llamas González, no? ¡Esta empresa es un monstruo, millones de gente! ¿Tú te has puesto a pensar cuántos González hay aquí? ¡Ah, bueno, para que tú veas! Mira, cuando venga Nicolás de vacaciones, ve a verlo, que él cuando salió estaba en eso de los expedientes. Mientras tanto, no te ocupes, vete tranquilo que aquí nada se pierde.
He ahí una gran vaselina, un fabuloso escamoteo, un exquisito acto de prestidigitación… (En “La vaselina o el acto de prestiverbización”). 

Zumbado lo abarcó todo, desde el hecho insólito hasta el tema sobre el que se hablaba en la calle, desde lo puramente humorístico hasta lo tragicómico. Nadie como él supo extraer el zumo ácido y convertirlo en sonrisa para después entregar una viñeta de costumbrismo bien actualizado, de manera que nadie más dijera que era aquel un género pasado de moda.

Entre 1969 y 1971 Zumbado inundó de humor su sección “Limonada” del periódico Juventud Rebelde, que después recopiló en libro de igual título y que hoy es uno de los clásicos del humor criollo en los años que suceden a 1959.

Supongamos que él la ha invitado para declararle que está totalmente enloquecido por ella (…) y ha escogido un marco idóneo, impactante: el restaurante La Torre. Ha pedido dos cocteles llenos de colorido, bellísimos (que le van a hacer un hueco en las finanzas de la quincena) y mirándola tiernamente a los ojos, sin pronunciar palabra, saca de pronto, como un diestro samurái, unas cuartillas rosadas del bolsillo y comienza a leer:

Bien, compañera…
O en un plano más cercano, nombrándola:
Bien, Ileana…
O en la osadía de una mayor intimidad, chiqueándola:
Bien, Ily, en el marco de nuestras actividades, a la altura de estos 35 pisos, después de analizar la problemática y en el contexto histórico-concreto de esa luz que entra por los cristales y nos baña dulcemente, y analizando la situación objetiva de nuestro conjunto de problemas, quisiera informarte que dentro de mis objetivos propuestos estás tú, priorizada. ¿Me explico?
Ante lo cual ella bien pudiera contestarle:
-Papito, déjate de tanta retórica y tanto formalismo que tú sabes que yo estoy en ti. (En “Bien, compañera”).

Nadie cuestionó la concesión a Héctor Zumbado del Premio Nacional de Humorismo en el año 2000. Su currículo lo avalaba: dirigió la página humorística de Bohemia, fue jurado de los concursos Marcos Behemaras y el de humorismo literario de la UPEC, y por supuesto están sus secciones “Limonada” y "Riflexiones”, durante años, cada domingo en el periódico Juventud Rebelde.

Y si de sus textos se trata, Zumbado es autor de varios libros antológicos del humorismo cubano: Limonada. 1979; Amor a primer añejo, 1980; ¡Esto le zumba!, 1981; El american way, 1981, Riflexiones, 1985;  Prosas en ajiaco, 1984; Kitsch, kitsch, ¡bang, bang!, 1988…

-¡Silencio! Dejadme hablar. No todos los baches son iguales. En los baches hay todo un tratado de geometría. Los hay redondos, como circunferencias, cuadrados, oblongos, hexagonales, paralelepípedos, rectangulares y trapezoidales. ¿Y la profundidad? ¿Sabes tú la profundidad que tienen los baches?  
-Me imagino que…
-No te imaginas nada. Los hay pequeños, donde solo cabe un zapato, son los minibaches, y los hay donde cabe exactamente la goma de un automóvil, ideales para desarticular amortiguadores, y están los baches infantiles…
-¿Baches infantiles?
-Sí, son relativamente sangandongos y cuando llueve los niños los usan de piscina y se divierten de lo lindo. (“El bache”). 
 

Al maestro Zumbado se le considera el más destacado representante de la sátira social en el periodismo cubano a partir de 1959. Colaboró además en numerosas publicaciones culturales, fue redactor de la años atrás muy popular de la revista Opina, y editor jefe de la revista Sol y Son, de turismo. Institución del periodismo y del humor cubano,  releer cualquiera de los libros de Héctor Zumbado nos deja el grato sabor de la sonrisa “riflexiva”. Véase si no:

Agustín me miró despacito. De arriba abajo. De abajo arriba. Simplemente dijo:
-No puede ser.
-Agustín, ¿qué pasa? Este es el compañero que viene de la ECATROMPIN.
 Agustín sonrió levemente. Se echó para atrás y dejó escapar una pequeña, casi imperceptible risita. Me dijo:
-Anjá, ¿así que usted es… María Josefa Rodríguez de Iturrial?                       
Me puse pálido. ¡María Josefa Rodríguez de Iturrial! No podía ser. Pensé en protestar, pero me contuve. ¿y si había que comenzar todo de nuevo? No, eso no. Y lo importante era empezar a trabajar allí. Solo que… ¿María Josefa? ¿Llamarme así… para siempre?    
Bajé la cabeza, y sin mirar a Agustín, respondí muy bajito:
-Sí, compañero, mi nombre es María Josefa Rodríguez de Iturria (En "Solicitud personal").