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Del baúl de San Jerónimo. De traducción; una vez más

Lourdes Beatriz Arencibia Rodriguez, 16 de marzo de 2017

Gracias a mis lectóres habituales de Traduttore, Traditore por permitirme nuevamente hacer uso de su tiempo para conversar –aunque sea simbólicamente– e intercambiar experiencias y visiones en esta mi querida sección sobre un tema que nos atañe a todos, trabajadores de la cultura y la industra de la lengua: editores, traductores, intérpretes, correctores de estilo, periodistas, escritores.

El espacio es acotado para un asunto que da para mucho, de suerte que planteo sin más las provocaciones, las incitaciones a pronunciarse, a debatir, a acceder o a discrepar, que  para eso es nuestra sección periodística la cual, a fin de cuentas, es la única en el país que nos propicia tal empeño.

Cada vez que uno de nosotros emprende una traducción, comparece después ante el editor habiendo lidiado antes con un doble reto: el primero es haber llevado a cabo un transvase ante todo fiel y además, correcto de acuerdo con la llamada norma culta del buen español, que es la que se le exige e incluso apoyarse en ella para fundamentar sus decisiones frente a la persona o a la entidad que le ha contratado listo para invocar una autoridad que por lo general está colocada  siempre ahí, afuera,  por encima del proceso,  como una especie de auditor o referente en caso de litigio de las partes, presta a intervenir con poderes revocatorios y hasta invalidantes,  y en la fase siguiente  lograr que su trabajo, además de ser fiel y correcto satisfaga a un cliente que puede que no conozca la norma lingüística pero, como hablante, o lector suele saber  del uso real de la lengua.

Lo cierto es que se trata sin lugar a dudas, de un parto difícil: las lagunas, los errores y contradicciones que se cargan a cuenta de las obras traducidas a mi modo de ver no se deben a la intervención de un revisor, de un corrector por demás en mi opinión más que necesaria y bienvenida, sino a  la aplicación o mejor dicho a la errónea  aplicación de ese llamado  principio de autoridad a una labor que debería ser realizada sobre bases más consensuadas.

Y en esa situación tropezamos muchas veces con el concepto de la pureza de la lengua, que algunos profesionales consideran un sello de calidad para su trabajo.

Yo quisiera detenerme un poco en esta idea de pureza para destacar el hecho de que se trata de un concepto ajeno a la lengua y a la lingüística.

Cuando hace trescientos años se creó la Academia de la lengua española, puso un lema en su escudo que todos conocemos: Limpia, fija y da esplendor. En el siglo de la comunicación no ha quedado otra que modificarlo  y  aclarar aprisa y corriendo que no se había cambiado  por razones de tradición frente a la evidencia apabullante  de que los conocimientos sobre historia de las lenguas datan del  XIX y se consolidaron en el XX y que hace  300 años se sabía muy poco de la evolución histórica de las lenguas. Ahora el lema es: Unifica, limpia y fija.

La idea de la unificación del idioma no es nueva; siempre ha sido una aspiración en las políticas linguísticas de muchos estados a lo largo de la historia. Para la industria del libro en España, que aspira a una minimización de los costos editoriales, responde a una necesidad de los grandes consorcios de la edición:  Planeta, Alfaguara, Tusquets,  cuyas filiales están en América latina. Pero, la meta de limpiar y de fijar la lengua desde el punto de vista de la linguïstica son un soberano disparate. Promueve la falacia de un español puro, correcto, incontaminado de influencias extranjeras, una idea esencialmente polémica porque las lenguas son intrínsecamente impuras, contaminadas, la pureza en las lenguas no existe y quizás nuestro español, el peninsular y el meridional americano sea una de las más impuras de todas.

El latín de Virgilio, el de San Jerónimo, el protorromance de finales del primer milenio, el español del Cid, el de Cervantes, el de Lope y el que hablamos nosotros hoy son diferentes estados de una misma lengua que fue cambiando a lo largo de los siglos sin solución de continuidad.

El latín de los clásicos ya era una lengua impura, como todas las lenguas: una mezcla de elementos osco-úmbros, etruscos y griegos, entre otros. Esto quiere decir que el latín, o la lengua romance que hablamos nosotros, en un estado de lengua que se llama español y sus variantes, sufrió las más diversas influencias a lo largo de los últimos 2.000 años. Pero no es tampoco el estado final ni definitivo, Hacia el siglo V de nuestra era, aquel latín ibérico que ya empezaba a diferenciarse de otros latines hablados en el resto de lo que había sido el imperio, sufrió nuevas influencias extranjeras con la llegada de los invasores germánicos. Nombres propios españolísimos hoy, como Gonzalo, Fernando, Rodrigo, y muchos otros son en realidad adaptaciones ibéricas de los nombres germánicos Gundisalvus, Fridenandus, Rodericus,

Cuando usamos palabras como bandera, guerra, gavilán, guante, guardián, espuela estamos empleando palabras de origen extranjero, vocablos que no existían en la Península hasta la llegada de los germánicos.

Los invasores godos, que en realidad nunca llegaron al cinco por ciento de la población ibérica se incorporaron rápidamente, en términos históricos, a la cultura ibérica y centenares de extranjerismos se incorporaron sin mayores traumas al caudal léxico del protorromance ibérico.

Pero ya en el siglo VI ocurre otro fenómeno histórico que volvería a cambiar la cara de la lengua protorromance de Iberia: la llegada de invasores islámicos árabes y bereberes que en pocos años conquistaron toda la península y convirtieron la Hispania godorromana, de habla protorromance, en un estado islámico, en el que la mayoría inicial de cristianos y judíos fue disminuyendo. Y aquí surge de nuevo un fenómeno que todos conocemos, que ya había aparecido con los visigodos y que es el de lenguas en contacto. En los registros cultos y en la expresión escrita se requiere en esa época el uso del latín clásico para los nativos y del árabe clásico para los recién llegados, dos lenguas que eran conocidas por muy poca gente, todos ellos de la clase dominante.

¿Qué consecuencias tuvo esto en la lengua? Bueno, la lengua árabe ejerció una fuerte influencia sobre el godorrománico, se forman inicialmente dos haces dialectales pero al final de la presencia árabe en la península, a fines del siglo XV, las lenguas habladas allí, el catalán, el castellano, el gallegoportugués entre otras, tenían una fuerte marca distintiva que las diferenciaba de los idiomas del resto de Europa, excepto los dialectos franceses de pueblos que comerciaban con los árabes.

Algunos miles de palabras de nuestro idioma entre las que se cuentan álgebra, ajedrez, arroba, aljibe, aceite, aceituna, jarabe, almíbar, alcahuete, alcohol, cenit, nadir, escarlata, fulano, laca, zafiro provienen de esa época; algunas de ellas vienen de mucho más lejos pero todas ellas llegan a las lenguas peninsulares a través de los árabes.

Y ahora demos un salto en el tiempo desde la expulsión de los moros en el siglo XV hasta el siglo XVIII, con los nobles afrancesados, que introdujeron en la lengua un enorme caudal de vocablos del francés: chaqueta, pantalón, favorito, galante, interesante, petimetre, miriñaque, hotel, sofá, entre muchas, muchísimas otras.

¿De dónde nos viene la norma, de dónde la Academia Española o las academias americanas obtienen la autoridad y el respeto de que gozan por parte de los usuarios de la lengua? Hace trescientos años, cuando don Juan Manuel Fernández Pacheco, el marqués de Villena, le propuso Felipe V la creación de la Academia Española, la lengua que se hablaba en España y en las colonias era un verdadero caos. Las grafías eran diferentes en Asturias, en Castilla y en Andalucía, había un dialecto en Extremadura, otro en León y una lengua diferente en Galicia. Había por cierto pronunciaciones diferentes y cada escritor tenía su propia ortografía. El idioma se veía amenazado por la disgregación dentro de la propia España, sin hablar de las colonias. El Estado español sintió la necesidad en aquel momento, y en aquella situación, de implantar una norma bajo el principio de autoridad. La Real Academia fue creada en 1713 y asumió de inmediato la tarea que Antonio de Nebrija le había sugerido poco más de dos siglos antes a Isabel la Católica: unificar la lengua, regular el vocabulario y establecer las normas del castellano.

Como consecuencia del gran éxito inicial de la Academia, se instaló la noción de que la lengua española había tocado la perfección, una idea que la propia Academia alimentó en sus primeros años con el lema «Limpia, fija y da esplendor«. Y esto permitió el surgimiento de la idea, que no es común, creo, con otras lenguas, o al menos sólo existe con tanta fuerza entre nosotros, los hispanohablantes, de que tenga que haber alguien que nos siga diciendo, hasta hoy, qué es lo que debemos decir y cómo tenemos que hacerlo.  Pero la idea de limpiar una lengua es ajena a la lingüística, a cualquier corriente de la lingüística. La de fijarla, es aún más fantasioso, puesto que el cambio es única ley universal de todas las lenguas en todos los tiempos.

Pero aun así la idea de la autoridad, sigue viva, sigue muy firmemente presente en el gremio,  donde es frecuente que una discusión termine con un argumento inapelable: «Esto es así o asá porque la Academia Española dice esto o aquello« o «esta palabra no se puede usar porque la Academia no la admite«.

Permítanme aquí una breve cita al académico Manuel Seco, quien en su Gramática esencial del español dice lo siguiente:

 La autoridad que desde un principio se atribuyó oficialmente a la Academia en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras, hizo que se implantase en muchos hablantes —españoles y americanos—, hasta hoy, la idea de que la Academia «dictamina« lo que debe y lo que no debe decirse. Incluso entre personas cultas es frecuente oír que tal o cual palabra «no está admitida« por la Academia y que por lo tanto «no es correcta« o «no existe«.

En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de considerar que alguien —sea una persona o una corporación— tiene autoridad para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad «existe«, y es lo que el uso da por bueno lo único que en definitiva «es correcto«.

Es preciso tener en cuenta que el traductor no trabaja ante una ciencia exacta, un cliente puede preferir una palabra o un giro diferente y es posible que tenga tanta razón como el traductor o el corrector, pero el profesional debe estar siempre en condiciones de justificar documentalmente sus decisiones, aunque pueda aceptar las del cliente.

Los guardianes de lo correcto y lo incorrecto creen que la lengua tiene leyes que se cumplen con la precisión de las ciencias naturales y suelen parapetarse en el  argumento de autoridad para respaldar sus preferencias. Los trabajadores de la lengua debemos tener siempre presente que las obras normativas del castellano no siempre tienen el rigor que cabe esperar de un trabajo académico. En realidad, no son leyes científicas, ni cánones, son reglas o prescripciones gramaticales.

Pero díganme a qué cánon gramatical y sintáctico podría echar mano un traductor extranjero a quien le tocara traducir: “Estos Fabio ay dolor que ves ahora, campos de soledad mustios collados, fueron un tiempo Itálica famosa, Aquí de Eccipión la vencedora colonia fue, por tierra ...reliquia es solamente...de su invencible gente...” etc etc.

Con los norteamericanos ocurre exactamente lo mismo que con los brasileros: Ellos van hablando y en esa habla, que corre con la naturalidad de las aguas de un río, la lengua muy lentamente se va alterando, algunas palabras van cambiando su sentido, incorporando vocablos extranjeros y nuevas acepciones, alterando su regencia, su sintaxis en general, en un proceso muy lento que a veces que normalmente no llega a percibirse en el curso de una vida humana,  hablan, escriben, se comunican sin que se les ocurra siquiera la idea absurda de defender al portugués o al inglés británico  de supuestos ataques provenientes de otras lenguas. Ellos entienden intuitivamente que defender una lengua del cambio es como ponerle obstáculos a su propia naturaleza.

Y el inglés es uno de los idiomas más receptivos con relación a extranjerismos (más 'contaminado', diría alguno) creo que ninguno de nosotros diría que esa característica lo hace más débil. Y para qué hablar del carioca.

Lo cierto es que un norteamericano o un brasileño  jamás diría «no puedo usar esta palabra porque no está en ningún diccionario«, pero saben, entienden, que la lengua va primero y que el diccionario llega después, siempre con atraso, por su propia naturaleza.

Los hispanohablantes, en cambio, vamos por otro camino. Conozco gente que no emplea una determinada palabra, aunque sea la única que expresa con precisión lo que él quiere transmitir, porque es un calco o un neologismo. Lo cual ocurre muchísimo en textos técnicos.

En mi opinión, ese esfuerzo por adoptar siempre, en todos los casos, una palabra de nuestra lengua aunque no exprese cabalmente lo que queremos decir constituye una falla profesional, al menos admite calibración  cuando existe una palabra extranjera que todo el mundo conoce y que comunica exactamente la misma denotación que queremos transmitir y para el cual no contamos con un vocablo español. No deberíamos olvidar que la función primordial del lenguaje es comunicar. Si en un texto destinado a lectores montevideanos mencionamos un centro de compras, no vamos a ser tan bien comprendidos como si dijéramos shopping center, o un shopping que es lo que todos usamos habitualmente.

Aquí cabe preguntarse qué deben hacer los trabajadores de la lengua ante situaciones como las que veníamos viendo.

Es una pregunta que cada uno tendrá que hacerse al tomar una decisión en cada caso particular.

Cuando una palabra de otra lengua, entra a nuestra lengua, lo sienten como una agresión a la lengua castellana. Y quiero hablar en una Feria del Libro de la Habana que hace pocos años se dedicó al Caribe con textos que combinan la lengua de adopción con los creoles. En mi opinión las frases en creol jamás debieran traducirse, es irrespetuoso. La explicación estaría a pie de página o en un glosario adjunto. Una solución u otra obedecería a la presencia cuantitativa, pero jamás traducirlo dentro del texto.

Hablamos una lengua que es oficial en veintiún países y, no sé si es necesario, pero seguramente es bueno, es positivo que exista una base común para facilitar la comprensión, siempre que todas las áreas hispanohablantes cuenten con la misma consideración, con el mismo peso, algo que hasta ahora no ha ocurrido. No les voy a negar que  en algunas profesiones, como la de traductor o la de corrector es necesario tener un respaldo documental para fundamentar una decisión ante el cliente, y lo cierto es que ese respaldo se encuentra muy frecuentemente en los diccionarios. Pero también está en los corpus que son instrumentos de la mayor importancia porque son registros vivos del idioma y porque es de ellos de donde los diccionarios extraen sus verdades

Cada vez que tenemos que fundamentar el uso de la lengua viva, podemos encontrar respaldo no solo en los diccionarios sino también en los corpus de la lengua. Un corpus sincrónico es una colección de millones de palabras, de textos correspondientes a un estado de lengua, que se puede acotar cuanto se quiera, o a una variedad. Los corpus se usaron siempre en estudios lingüísticos, pero cobraron una importancia inusitada en los últimos 25 o 30 años, sobre todo en lexicografía, con el avance de la informática, que permite consultas instantáneas que antes no eran posibles.

En ese sentido, recomiendo por supuesto los corpus de la Academia, el corpus Davis, de la universidad Brigham Young, que hay un corpus basado en los libros digitalizados por Google. El corpus Davis tiene unos cien millones de palabras, el de la Academia unos 500 millones, y el Google no se informa, pero los libros en español digitalizados por Google representan algunos miles de millones de palabras.

Los corpus, por su tamaño, por el gigantesco volumen de datos que manejan pueden ser en muchos casos herramientas más útiles a los profesionales y un respaldo más sólido que el propio diccionario, porque son muestras de la lengua real, viva.

Pueda considerarse oportuno reflexionar sobre el papel de la norma de autoridad, que es la marca registrada del idioma español, y la actitud que cabe en este punto a los traductores y a los trabajadores de la lengua en general, que son quienes, en su conjunto, contribuyen con el mayor aporte al establecimiento de las diversas normas cultas de las sociedades hispanohablantes.

 

Editado por Heidy Bolaños