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Café Vista Alegre: para leer con música trovadoresca de fondo

Leonardo Depestre Catony, 22 de marzo de 2017

La trova cubana es un tema que trasciende el ámbito meramente musical para insertarse como uno de los fenómenos notables de la cultura insular. Aquellos primeros trovadores de finales del siglo XIX y comienzos del XX, más que pioneros de un género se convirtieron en precursores de una modalidad que influyó en las diversas tendencias de la creación musical cubana.

El libro Café Vista Alegre, de la autoría de Dulcila Cañizares, puesto en circulación por Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, cumple el meritorio empeño de tributar un reconocimiento a los fundadores y a los olvidados de la trova cubana, y de recrear una época acerca de la cual cada vez son menos las fuentes testimoniales a las que puede apelarse. 

Una amena introducción nos coloca, como lectores, en el entorno y la época, uno y otra ya idos, porque se trata de La Habana de los primeros decenios del siglo XX, y cuando hoy día recorremos tales lugares no queda sino el recuerdo.

El café Vista Alegre abrió puertas en el centrohabanero entorno de las calzadas de Belascoaín y San Lázaro. Se extendía a lo largo de casi 100 metros y ocupaba la planta baja de un edificio de dos plantas en cuyos altos radicaba un hotel familiar de módicos precios. Allí, “no existían ni prostitutas ni drogas. El ambiente era bohemio, decente y sin altercados ni groserías. Fue el irrepetible espacio donde se disfrutó la excelencia de nuestra trova tradicional…”, tal cual lo define la autora después de llevarnos en un recorrido por La Habana de los años 30 y de mucho más atrás.

Encajado en un excelente lugar, aireado por la proximidad del mar y tocado por la presencia de los trovadores, el café Vista Alegre reunía los requisitos para convertirse en un enclave ideal para el encuentro entre amigos y el disfrute de la música tradicional.

Dulcila Cañizares entrega una investigación exhaustiva. La cantidad de nombres injustamente olvidados que entresaca en homenaje a la memoria, y además las anécdotas, sucesos, pasajes apolillados, siempre en tributo a la evocación, le merecen a la autora nuestro reconocimiento. No se olvide que la mejor comprensión de la historia de cualquier manifestación artística exige un esfuerzo de reconstrucción que, a la manera de un cuadro de época, revele los pormenores de una ciudad donde los tranvías eran habituales, los radios, una novedad, y el cinematógrafo, un entretenimiento cada vez más popular.

Para facilitar al lector el acercamiento a un cúmulo de información tan valiosa, la autora agrupa a los trovadores que en el Vista Alegre se detuvieron en las categorías de “compositores e intérpretes” (José Pepe Sánchez, Sindo Garay, Patricio Ballagas, Manuel Corona, Eusebio Delfín, el Trío Matamoros, Graciano Gómez… hasta sobrepasar  la cifra de 40, cada uno acompañado de una reseña de su quehacer), la de “otros músicos no trovadores” (como Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Eliseo Grenet, Eduardo Sánchez de Fuentes…) y un último grupo que con acierto denomina como “los olvidados”.

Pero el libro contiene otros atractivos: he ahí su colección de fotografías,  el muy sugerente diseño de cubierta de Katia Hernández y la información y el lenguaje concisos. 

Café Vista Alegre es un libro “para todas las edades”. No es solo para seguidores de la trova de antes, de ahora o de cualquier tiempo, ni siquiera un libro solo para quienes no dejan pasar ni un solo texto sobre la música cubana. Es un homenaje a la cultura cubana, a su música, a cuantos la hicieron sonar en tiempos en que ser trovador era sinónimo de bohemio, o de desempleado, o de persona sin oficio…; y colocamos tres puntos suspensivos porque ser trovador y andar con una guitarra bajo el brazo bien podía acompañarse de calzar un par de zapatos muy bien lustrados por arriba… pero con la suela rota por abajo (que por suerte no se veía).

Personalidad bien establecida dentro del contexto literario y cultural de la Isla, Dulcila Cañizares, investigadora de la música cubana, ensayista, editora y además poetisa, enriquece la bibliografía cubana con un libro que invita a la lectura despaciosa, esa que nos devuelve las imágenes de otro tiempo con la música de fondo de un par de guitarras trovadorescas.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas