Poesía de José Rolando Rivero

José Rolando Rivero nació en Ciego de Ávila, Cuba, en 1957. Es narrador, poeta, dramaturgo y artista de la plástica. Miembro de Honor de la Asociación Hermanos Saíz.. Ha publicado los poemarios: El Veedor de los Tañidos, 1990, Ediciones Fidelia; Santa Palabra, Editorial Letras Cubanas, 1996; Áridas Palabras, Editorial Ávila, 2012 y Advocación del siervo, Ediciones Unión, 2012. Ha obtenido, entre otros, los premios: Roque Dalton, Ávila, Pinos Nuevos, Eliseo Diego. Poemas suyos aparecen en revistas como La Gaceta de Cuba, Revolución y Cultura, La Siempreviva y Videncia. Obtuvo con el libro Como una cinta de Moebius, el Premio Nacional de Poesía Gaceta de Cuba, 2013, que cuenta con el apoyo del Festival Internacional de Poesía de Medellín hace más de una década y el premio de poesía Nicolás Guillén 2015 con el libro Bosques Fractales.
EL MONO
(El grito. Edward Munch)
Este camino es una armadura. Otro escudo frágil.
El caballo entrando en mi sangre como un grito.
Más allá del fiordo (…) y de la ciudad
había lenguas sangrientas y encendidas.
La espuma pálida del miedo definiendo mis ojos.
La fiebre. La alucinación. La mordida del polvo.
Lejanas en arcos de luz, Islas del silencio,
las voces de las constelaciones del aire. El desierto.
Este camino que escapa de mí, interminable,
es para embestir los muros,
una piedra amarga en la boca,
en el centro deslumbrado de mi cuerpo
como una visión del abismo interior. De la noche,
cercana y vacía.
Esta es la noche total, absurda,
en que mi cuerpo se deshace en vuelo,
cristal quebrado pudriéndose desde la espiral del vértigo.
Hundido en mi sombra,
extático hacia líquidos círculos concéntricos,
desposeído por la humillación de los desnudos.
Este animal en soledad que soy, distante, colgado
del grito final de la tarde.
Mas allá la noche, y otra vez la noche.
Los aullidos.
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LA REINA
(La dama del armiño. Leonardo da Vinci)
De cal hastiado el rostro, una virgen melancólica
se ahoga en los espejos de la simulación. Travestido,
la máscara esconde el sexo vergonzante.
Una vez más escapando de sí imita a la madre,
se cuelga sus ropas como una extraña flor.
Desde la raíz culpado.
Quiere ser frágil, y lo es. Leve. Casi intangible.
Baja la mirada de humo sobre la forma ajena del armiño.
Es tan distante como este animal, tan remoto
como esa parodia del amor que la mentira acostumbra.
Su voz purísima de castrato le impide el vuelo.
Apegado a la tierra, la noche es una fiesta ambigua,
amarga, turbia, irrenunciable, eterna.
Él, que ya nada espera, se oculta tras su máscara feliz
y la noche sórdida le hace danzar
perseguido por esta luz parecida al miedo.
Detenido, apenas un instante, es una bandera muerta,
aislada en la nación de la danza.
Se da a los otros,
desnudo se ofrece en holocausto al fuego de otros ojos
y espera la lluvia, pávido, como un último milagro.
Ocultándose en la burla,
como si ya nada le importara.