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Cada hombre feliz es infeliz a su manera
 

Elaine Vilar Madruga, 10 de abril de 2017

Si existiera un manual sobre personajes que sufren de Horror Vacui, sería este. Tumulto de ideas, de objetos, de personas, de esperanzas y desesperanzas trepan sobre la historia y asfixian a sus actuantes. Hablamos del síndrome de claustrofobia, del aire que escapa, del síntoma de una generación joven que padece de la angustia. Hablamos de la era de la incomunicación: a pesar de que se ha globalizado la amistad por las redes y los monólogos sordos, el ser humano aparece —en la ciudad, en el espacio público y, sobre todo, en el privado— como la criatura más solitaria de la eternidad. Hablamos del fenómeno del cavernícola moderno, violento aún, apagado en su propia circunstancia, que ha cambiado la cueva por la casa, el mamut por el propio cuerpo, el mazo por la cabeza golpeada contra la pared. Hablamos del hombre Gregorio Samsa, aplastado por su propia familia, por el hijo recién nacido, por la experiencia kaftkiana de la incomunicación y la asfixia.

Y, si eso fuera poco, el autor —Ariel Fonseca Rivero— titula su cuento: "Al mundo no le es difícil destruirte", en una reiteración que en realidad es poco necesaria pues, en cierta medida, vende el propio espíritu de la historia; aunque sí posee el carácter de fijar el concepto, la idea, la verticalidad de la idea. No se necesita ser un lector avezado para descubrir que se escribe desde la distopía; es decir, desde el preciso lugar donde la utopía concluye, donde el cuento de hadas cambia el “felices para siempre” por la infelicidad compartida.

Este es el ámbito de la historia que hoy se presenta en estas páginas. Personajes que tientan el límite antes de lanzarse, con un salto largo, hacia el abismo (destrucción que es, a su vez, un grito de libertad). Personajes que oscilan entre el olor a meado de bebé, las palabras de consuelo, el llanto del niño, la ropa sucia del marido y la necesidad urgente de escapar a cualquier sitio.

No ha sobrevivido amor, ni familia, ni placer, ni sexo, ni maternidad, ni hambre. Nada sublime ni nada bajo. Ni siquiera el instinto juega aquí un papel preponderante. Es solo agujero. Una historia agujero negro que seduce desde su magnetismo, que atrae al objeto-lector. El personaje se ha convertido en una masa de inexistencia: se contrae, se expande, se reduce, se quiebra. Existe, porque no queda otro remedio.

Desde la agonía de esa supervivencia que no es vida se alzan los postulados de este cuento. No hablan de un mundo mejor, de ese paraíso que nos espera una vez se ha cerrado la página del libro o se ha alcanzado la dosis suficiente de heroísmo merecido. De hecho, pienso, esta historia no habla siquiera de un mundo, sino de la oscuridad, del salto de fe que media entre el comienzo del fin y el fin mismo.

Abiertas las puertas de esta ciudad, de esta casa, de esta familia agujero negro, no podrán ser cerradas nunca: algo respira adentro.


 

Ariel Fonseca Rivero (Sancti Spiritus, 1986). Licenciado en Informática. Narrador y poeta. Graduado del XIII Curso Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Entre sus principales reconocimientos están: Beca de Creación Literaria “Sigifredo Álvarez Conesa”, en literatura para niños y jóvenes (CNCC, La Habana, 2012); Beca de Creación Literaria “La noche” (AHS, La Habana, 2013); Premio Oriente de Literatura para niños y jóvenes “Herminio Almendros”, (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2014); Beca de Creación Literaria “Sigifredo Álvarez Conesa”, en cuento para adultos, (CNCC, La Habana, 2015); XVI Premio Celestino de Cuento (Ediciones La Luz- AHS, Holguín, 2015); Beca de Creación Dador, en narrativa (ICL, Centro Dulce María Loynaz, La Habana, 2016); Premio Fundación de la Ciudad de Sancti- Spiritus “Fayad Jamís”, en narrativa (2016). Tiene publicado: …aquí Dios no está (cuento, Ediciones Luminaria, 2010), El circo invisible (cuento para niños, Editorial Oriente, 2014) y Hierbas (proceso editorial por Ediciones La Luz).

 

 

                     AL MUNDO NO LE ES DIFÍCIL DESTRUIRTE

 

En la vida el dolor y el placer son instantáneos. (…) Nuestro miedo más grande no es la muerte, la muerte es nuestra fantasía. Papeles sucios en las calles. Gente, mar que choca contra el muro, vivir para llegar a ese destino.
                                   MARCELO MORALES CINTERO

 

—El niño se meó —mi madre llama.
Cargar al niño, mimarlo.
—¿Quién es el chiquitico de mamá?
Quitarle el calzoncillo, lavar al niño, secarlo y ponerle uno limpio.
—¡Qué limpiecito quedó el nené!
Babearle la cara y regresarlo al piso. El niño comienza a llorar.
—¿Qué le pasa a la cosita de mamá?
Cargarlo otra vez. Él detiene el llanto. Regresarlo al piso y sus gritos vuelven a detenerme camino al balcón.
—Está llorando —vuelve a llamar mi madre.
Cargar al niño y darle manotazos.
—Déjalo tranquilo.
—No te metas, mami.
Aumentar el ritmo.
—Mira cómo lo tienes, no te da pena, está llorando, pobrecito.
—Todavía no se ha reportado el primer niño muerto por llorar.
Me lo quita de las manos.
Recojo en el cuarto la ropa de Ernesto y la meto en la lavadora con sus calzoncillos, las medias y las camisetas.
—Mija, eso se lava a mano —explica mi madre.
—Entonces lávalo tú, si quieres.
Por gusto, porque ella nunca ha querido ayudar con Ernesto.
—Ese es tu marido y debes atenderlo tú.
Todo tengo que hacerlo yo: lavar su ropa, plancharla, cocinar y en las noches estar a su lado en la cama, como una muñeca, porque entre su trabajo y esa maldita tesis está que no quiere mirarme.
Frente al espejo, me unto crema por todo el cuerpo: las piernas, los brazos y los senos, lentamente, cosa que a él ni le va ni le viene. Permanece sentado en la cama ante su laptop.
—Le vas a abrir un hueco con la nariz.
—¿Qué? —pregunta sin mirarme.
—No, nada.
Luego, ya a su lado, abro las piernas para acariciarme, pero para él, en este cuarto, soy completamente invisible.
Llega el momento en que no puedo. Le cierro la laptop.
—¿Y ahora qué pasa? —pregunta.
Le descargo todo lo que tengo por dentro. Le grito, lo acuso de estar acostándose con su secretaria; amenazo con dejarlo.
—Pero mi amor, no te pongas así.
—Te vas pál carajo.
Me acuesto frente a la pared, convencida que continuará hasta tarde frente a ese maldito aparato.


En la mañana no me levanto a prepararle el desayuno, no porque esté molesta, simplemente porque no tengo ganas.
—Compra café en la esquina y come algo en el trabajo, si quieres —le aconsejo.
Sobre las diez despierto, me visto y llevo al niño al zoológico.
En la entrada le compro una chambelona.
Le muestro cada uno de los animales y lo enseño a repetir sus nombres.
El niño pregunta sobre las jaulas. Supongo que se refiere a que no son libres. Le explico a pesar de que no entiende. Al final recuerdo el balcón y dejo de hablar de cosas tontas.
A la salida le compro una pizza. Saco de la cartera los últimos veinte pesos.
—Sólo quiero una —le repito al vendedor, un gordo calvo que de mala gana me devuelve diez pesos.
Cerca de las cinco regresamos a casa. Yo me meto en la cocina; hoy le haré a Ernesto una sopa, “una deliciosa sopa de vegetales”. Para el niño y mamá, preparo pollo.
A las seis mamá come y luego le da la comida al niño.
—¿No vas a comer? —pregunta mi madre.
—No, mami, voy a esperar a Ernesto.
Aprovecho para bañarme y luego sentada en la butaca me aburro viendo la televisión.
A las ocho se abre la puerta.
—Hola, mi amor —voy a su encuentro y lo beso en la boca—. ¿Te fue bien?
Le preparo el baño y después de bañarse nos sentamos a la mesa.
—¡Mira lo que te preparé!
Sirvo la sopa en dos platos, uno para cada uno.
—¿Esto fue lo que hiciste?
—¿No te gusta? —le pregunto sin dejar de tomar la sopa.
Se para de la silla.
—¿No vas a comer?
Lo miro por un momento y luego vuelvo al plato.
En la cama él comienza a acariciarme. Quisiera saber qué bicho lo picó.
—¿Y ese milagro?
Me lame las orejas, luego el cuello.
—Déjame tranquila —le suelto al fin.
Él insiste con sus manos en mis nalgas, pero no quiero.
—No tengo ganas.
—¿Qué te pasa?
—Nada, me duele la cabeza.
Después de un rato me entra sueño, pero él sigue.
—¡Ay, ya, viejo! —le grito—. ¡Déjame tranquila!


En el desayuno le preparo un jugo de platanitos y un trozo de pan guardado por cinco días.
—¿Esta mierda?
Lo miro y bostezo.
—¿Ahora te ha dado por esto?
Bostezo y lo miro.
—Contigo es inútil. Últimamente no se puede.
Abre la puerta y la tira con violencia al salir.
Mamá se acerca, mirándome como si yo estuviera loca.
—Tratas a ese hombre como basura.
Me siento en la butaca a fumarme un cigarro.
—Un hombre tan bueno.
Cada vez hacen los cigarros más malos.
—Se te va a ir.
Ojalá y se vaya.
—Piénsalo bien, no todos los…
El cigarro se me cae de la mano.
—¡Cojones, será posible que en esta casa una no pueda ni fumarse un singa´o cigarro en paz!
El niño llora.
—Tiene hambre —explica mi madre.
—Dale pan.
—El niño no come pan solo.
—Hazle una tortilla.
—No quedan huevos.
Voy al cuarto y busco en el bolso los últimos diez pesos.
—Toma y ve con el niño a la esquina, cómprale cualquier cosa.
Recojo el cigarro del suelo y vuelvo a la butaca.
Calmarme, sólo quiero calmarme. Pero no puedo.
Termino el último cigarro. Tengo que comprar, pero ya no me queda dinero.
—¡Qué asco de vida!
Camino al balcón y me detengo. Todos los días he querido llegar al balcón y no detenerme. Pero me detengo, y comienzo a dar cabezazos sin querer parar.
Siento la puerta abrirse.
—¡Basta! —grita mi madre—. ¡¿Estás loca?!
—¡Basta de detenerme!  —quiero gritar, pero no puedo.
Cabezazos en la pared hasta que se desprenda el balcón, cualquier día mi cabeza comienza a agrietarse y un hilo de sangre corre por el balcón, fuera del apartamento.

 

Editado por Mayte García