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El testigo siempre tiene la razón

Elaine Vilar Madruga, 25 de abril de 2017

Descubrir —en la historia de una autora apenas conocida— a los hermosos monstruos que pueblan el mundo de la narrativa, es siempre un privilegio. No solo por el carácter de revelado, casi epifanía, que tiene todo acto de descubrimiento, sino también porque detrás de un texto corto puede hallarse la perla de un escritor con algo por contar (asunto este cada vez más escaso en los tiempos que corren). Como texto de iniciación, puede que el lenguaje no acompañe a la forma de una obra tan versátil, pero lo verdaderamente importante —por favor, no entremos en debates sobre la archiconocida lucha de importancia entre contenido y forma: soslayemos— es la aparición de una voz joven, con cierta frescura de imágenes y la dualidad exquisita de sus personajes.

En el trasfondo de la historia, subyace una parafilia o tal vez la suma combinada de varias: quizás sea este el eje fundamental que arroje zonas de luz sobre una historia que no obedece principios de la física, sino que contradice su título para marchar hacia las teorías del alma humana torcida en su propio nudo. Solo que aquí no hay necesidad de cortar un nudo gordiano, ni siquiera intentarlo. Se pide al lector solo que sea observador (pasivo) de la historia y contemple el revelado de la foto de una catástrofe en la que participa, si duda hubiese, un fuerte componente de lo erótico.

Existe, acaso, cierto hálito de terror en la síntesis de esta historia, ya de por sí breve, que no convierte al cuento en un tratado del género sino que otorga la potestad suficiente como para dibujar personajes que sí cargan con el peso de la monstruosidad. Son ellos, junto al escenario del texto —con fuertes influencias de lo cinematográfico— el máximo logro de la autora. Ciertos breves regodeos en la parafernalia grotesca de los accidentes, concede sin dudas un hálito de verosimilitud al hecho narrado.

Existen historias que se viven barranco abajo, sin frenos ni cinturón de seguridad. Al lector le queda siempre la posibilidad de tomar la foto. Ser el causante de la catástrofe u observar desde el techo, ente pasivo de toda la acción, cómo el mundo de los muertos arroja su manto sobre la tierra. Quién dice que no es esta una historia que merezca ser contada. Sí lo es. Cuestión de pura física.

María de Jesús Chávez Vilorio (Santiago de Cuba, 1995). Esta joven autora es estudiante de Periodismo en la Universidad de Oriente. Egresada del Curso de Formación de Escritores, Centro Onelio Jorge Cardoso, en el año 2016. Con este texto, abandona la condición de autora inédita.


PURA FÍSICA


En los ratos libres lleva a Ezequiel a su casa y le enseña los trofeos. En la sala, cualquier superficie está llena de piezas que ha recuperado íntegras. Palancas, espejos retrovisores, cascos, focos que no tuvieron tiempo de romperse. También hay una infinidad de arandelas, tornillos y pequeñas partes que debieron ser importantísimas en su momento, pero ahora no sirven de nada. Con cada una, la tarjeta: fecha y hora en que las recogió. Ezequiel está impresionado con la cercanía de muchas de las fechas. Es la casa, le revela ella. Localización, localización, localización, como dicen los americanos. Una zona peligrosa, la intersección de dos calles inclinadas, dos inconfundibles lomas santiagueras, de mucho tránsito. Cuatro esquinas que dan al mar, siempre llenas de brujería. No sabe si eso influye, pero parece que sí.
En el primer cuarto, por otra parte, están las fotos. El primer cuarto es otra cosa: lo de la sala puede pasar, y pasa, como una colección atípica. Algo morbosa, pero inofensiva. Y sin embargo todo había empezado por las fotos. Como un mero ejercicio documental, en vistas a un trabajo periodístico, extenso y profundo, más adelante. Iba a ser una denuncia de las escenas que llevaba veintiún años viendo casi a diario. Quizás consiguiera hacer que todo parara.
Así cada vez que escuchaba el frenazo, se ponía en alerta esperando el golpe. Si no llegaba, la culpable desilusión, la rabia del niño al que le prometen juguete nuevo y se lo niegan después. Y mientras más fotos reunía, menos pensaba en el trabajo revelador que detendría todo. ¿Por qué debía parar? ¿Por qué perder la sensación de esperar y sentir el golpe, con una mano en la cámara y la otra en la puerta, lista para la lucha? Y las fotos. Oh, las fotos. Había que verlas, organizadas por fecha y día, como era de esperarse. Sujetas alrededor de la cama con hilos de pescar. Su propia tendedera del desastre.
Dos accidentes jamás suenan igual, le explica a Ezequiel. Son como las huellas digitales. Unos vienen con frenazo previo, otros no. Si son dos autos, primero se escucha el estrépito del hierro golpeando hierro. No importa si son americanos viejos o de los modernos, casi plásticos. O una mezcla de ambos. Cada choque tiene su sonido. Y siempre es una sinfonía llena de matices. Aprendió a distinguir, junto al primer golpe, el romperse de los vidrios. Un parabrisas no se oía igual que un foco, y era incomprensible cómo no se daba cuenta antes. Después, algún carro que se desequilibró termina de volcarse, o vuelve a su posición inicial sobre sus cuatro ruedas. El toque maestro puede ser un claxon que se quedó pegado y da la nota final, cuando todo lo demás hizo silencio. Entonces le toca a los curiosos y los gritos. Los heridos chillando desesperadamente, los vecinos pidiendo un transporte para el hospital o dando instrucciones, las peleas entre los testigos que juran tal o mas cual cosa pero ninguno habla frente a la policía. Ella reconoce, con su vista experta, a los dos o tres que sacan el celular o la cámara. Todos, sin excepción, hacen de aquello el suceso del día.
Ezequiel casi siente la pasión del choque. Ella aprovecha para señalar otras fotos. Algunas paredes derrumbadas, postes torcidos, raíles de línea arrancados de cuajo en su misión de proteger las casas. ¿Y eso?, pregunta él. Eso es la tercera ley de Newton, responde la muchacha. Cuando los carros chocan y deciden generar una fuerza contraria y estrellarse, a su vez, contra alguna casa. Un segundo y a veces hasta un tercer gran golpe. La gente se pone aún más gritona. A nadie le gusta despertarse con un carro parqueado en su sala.
Aunque tiene que admitir que sus favoritos son los que involucran motos. Casi todos, últimamente. Ella los reconoce de lejos porque hacen menos ruido. No hay tanto hierro que golpear, sí más carne; así que el ruido es casi apagado o con un tono más agudo. Las motos siempre quedan peor. Los motoristas y sus pasajeros siempre quedan peor. El vehículo para sorpresivamente y el conductor, que ni se entera, sale disparado con la misma velocidad que llevaba antes del golpe. Maravilloso. Y para las fotos, los mejores accidentes.
Pero hay algo que no está bien. Ella le muestra una serie de tomas muy buenas: las víctimas, rodeadas, levantadas por la multitud. Remetidas dentro de algún auto. Y las caras de la gente. Pero otras, las más, son apenas una mancha de sangre en el piso; un casco y una chancletas abandonadas; un charco escarlata donde con mucho zoom e imaginación aquello blanco pudiera ser  un diente, un hueso o, quien sabe, incluso algo de masa encefálica. Más nada.
Le faltan los heridos en su estado puro. Tendidos en el piso, impolutas, sin que se manche la inocencia de su caída por la curiosidad del vulgo. El cuerpo de un hombre al caer a metros de su vehículo. Desplazamiento, velocidad, rozamiento, fuerza. El ángulo antinatural y poético de un brazo dislocado. La cabeza, milagrosamente detenida a milímetros de la piedra que pudo ser fatal. Y sobre todo, sus rostros. Ella quiere fotografiar el miedo, el aturdimiento o la inconciencia simple y franca. Necesita llegar a tiempo. Aquello le falta, lo quiere, y Ezequiel puede dárselo.
De cierta manera, se lo debe. Él tiene su propia colección, que únicamente ella conoce. ¿Acaso Ezequiel no recuerda los gigas y gigas de la pornografía más perturbadora, los cientos de fantasías inverosímiles de tan morbosas que guarda bajo siete llaves, en ese disco duro inaccesible? Y ella lo sabe, y las acepta, y las comparte. Ezequiel sabe que nadie más se sentará con él a ver aquello, y lo irá comentando con voz calmada. Nadie que no sea ella le dirá que si según la psicología de tal personaje, o que si tal fallo dramatúrgico, porque ninguna otra lo verá como cine, arte, entretenimiento. Solo ella. ¿Y qué diría el jefe si se enterase del hobbie de su hombre de confianza? El jefe, tan cristiano y mojigato…
Entonces, claro, solo le queda aceptar. Y él toma el espejo y se para en la puerta, con calma. A recordar el juego de la Primaria de reflejar con el reloj. Las clases de óptica del Pre. Solo ellos saben las cosas que puede hacerle un reflejo a los ojos de un chofer. Las maravillas de la Física. Y mientras, ella estará ahí, al frente, cámara en mano, esperando el golpe.