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La autobiografía: luces y sombras de una modalidad

Leonardo Depestre Catony, 13 de abril de 2017

Numerosos son los géneros y modos literarios, como para que el lector pueda escoger. Y dentro de ellos, la autobiografía es uno de los mejor recibidos, seguramente porque las historias de vida de las personalidades despiertan la curiosidad de los lectores y estimulan las ventas, al punto que muchas autobiografías y memorias llegan a convertirse en best sellers

Si la autobiografía es un género, o si, según algunos,  permanecerá como una modalidad del género biográfico es algo que no viene al caso discutir  en este artículo, porque lo que hoy nos ocupa es compartir con usted algunas consideraciones.

Digamos que primero aparecieron las memorias. Numerosos grandes personajes, de toda índole, llegado un determinado momento de sus vidas decidieron escribir sobre sí mismos. ¿Autocomplacencia? ¿Interés por esclarecer detalles controvertidos de su comportamiento? ¿Irresistible deseo de incorporar nuevos elementos a la leyenda? Las razones y motivaciones para escribir una autobiografía son tan variadas como las personalidades que las asumen. Y resultan más atractivas en la medida que se trate de personajes más traídos y llevados por la historia, la publicidad y la polémica.

Escribir una autobiografía lleva implícita la asunción de un ejercicio de honestidad y sabiduría, respeto a la verdad y al lector, de objetividad y sentido común. Difícilmente puede pretenderse la imparcialidad y la mesura, como tampoco la justa ponderación de todos los actos, pero tampoco debe convertirse en vanidoso afán de acumular más gloria y renombre.

Por ello, los lectores —nosotros— debemos asumir las autobiografías con cautela, con la suficiente dosis de crítica y alerta, porque la palabra escrita, utilizada con maña y soltura, puede manipular al lector, los medios y cuantos se sometan al influjo de ella sin un criterio propio.

Militares, artistas, truhanes, políticos... son autores de memorias y autobiografías en las que muy probablemente haya colaborado la mano experta de un escritor, de un profesional que conduzca la narración, la lleve con maña a los puntos cruciales y evada los baches en que una mano carente de oficio suele caer.

Pero pese a las truculencias y discusiones respecto a su veracidad, las autobiografías siempre tienen las puertas abiertas en las casas editoriales, y cuantos más datos escabrosos, controvertidos, apasionantes y hasta mendaces aporte, mejor se comportarán en el mercado del libro. Pueden santificar conductas y sucesos reprochables... porque toda habilidad es poca por ganarse el perdón de los ingenuos.

Mas todo no ha de ser críticas. Existen autobiografías de escritores que son una delicia en cuanto a gracia, información y riqueza literaria. Tienen estas el interés de una lección de historia bordada por la magia de la palabra.  Una autobiografía con apreciables dosis de objetividad contribuye al mejor conocimiento de un personaje, su época y las circunstancias, de ahí que pueda estimular las capacidades del lector, mostrándole el camino hacia derroteros nuevos.

Puestos en una balanza los pro y los contra, la decisión radica en la calidad de la obra, sus valores, utilidad y trascendencia. La autobiografía puede ser una obra de arte... o un desastre, aunque estos últimos tampoco dejen de arrojar ganancias.

Quien se sienta a escribir de si mismo, sea famoso o desconocido, debe pensarlo varias veces. Y, si le es posible, despojarse de la autosuficiencia y la fatuidad; necesita tener presente que no es el centro del mundo, reconocer interiormente que errar es la comprobación irrevocable de que somos humanos.

Pregúntese si su experiencia de vida merece dejar traza en la memoria de los demás. Pero hágalo con la sencillez de la sentencia martiana: toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.
 

Editado por: Dino Allende