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Los chinos en Cuba: su historia

Fernando Carr Parúas, 17 de abril de 2017

Un libro de tema muy interesante se ha publicado recientemente: Los chinos en La Habana, de Mercedes Crespo Villate. La Editorial Gente Nueva lo ha traído ante los lectores quizás para dirigirlo a los jóvenes, pero aseguro que es una historia que será satisfactoria para todas las edades. Fue presentado el pasado 17 de diciembre de 2016.

El texto contó con la edición de la amiga Yolanda Borlado, y en el diseño intervinieron Alexis Manuel Rodríguez Diezcabezas de Armada y Lisveth Cantillo Ponce de León. Tiene unas doscientas quince páginas y, al finalizar, se incluyen varios anexos, algunas fotografías alegóricas a lo que se narra y una extensa bibliografía que trata, en general, acerca de la historia de los chinos en Cuba.

La autora hace una detallada narración de cómo las grandes casas comerciales de La Habana, desde 1838, comenzaron a pensar cuán buen negocio sería traer chinos para suplir la falta de brazos en la industria azucarera cubana, la cual, en esos momentos, tenía un gran aumento en la producción, porque continuar trayendo negros desde África se hacía bastante difícil y tenía que realizarse sorteando todos los obstáculos que interponía Inglaterra, principal país interesado en el fin de la trata de esclavos africanos.

Por su parte, en 1842, se había formado el Tratado de Nanjing entre Inglaterra y China, el cual le permitía a Albión establecer en Hong Kong una colonia, además de la apertura de varios puertos chinos para poder negociar, así como la autorización de que los ciudadanos pudieran salir a trabajar al extranjero. Otro compromiso firmaron Portugal y China, pues el primero obtuvo un territorio en el cual estableció otra colonia: Macao, por donde también podían salir chinos al exterior para trabajar, mediante contrato.

Quienes lograron llevar a cabo los dos primeros embarques de chinos fueron las empresas de los grandes negociantes de la rica y portentosa Ciudad de La Habana, entre ellos Julián de Zulueta y Joaquín Arrieta.

Las condiciones de los contratos ofrecidos a los chinos fueron del todo onerosas: El contrato era por ocho años consecutivos con un mismo patrón, que podía indicar cualquier tipo de faena para hacer; el salario mensual era de cuatro pesos plata. Tenían que laborar doce horas al día, más otras horas que podrían indicársele. Al salir para Cuba, a cada uno de los contratados se le entregaban 12 pesos plata, los cuales deberían ser devueltos por descuentos mensuales.

El patrón de cada contratado sería quien pagaría una buena cantidad a la empresa que traía estos embarques a la llegada a La Habana de estos “nuevos esclavos”. Este patrón —según contrato— sería el responsable de proporcionar anualmente a cada “contratado” mudas de ropa, médicos y medicinas, pero, en la realidad, casi ninguno se cumplía, sumiendo a estos chinos en la peor de las miserias.

Al finalizar el contrato, el chino contratado debía, en sesenta días, regresar a su país por sus propios medios o, de lo contrario, volver a contratarse. ¿Pero cómo podría uno de estos infelices lograr pagar un viaje de regreso a China? De esta forma, quedaban enrolados otra vez.

Esta contratación, que popularmente se le llamaba “la contrata”, era una burla, era un atentado a la libertad del emigrante chino, quien desconocía el país al que lo traían, el idioma que se hablaba y quedaba atado a esta burla jurídica que le negaría la libertad y lo trataría aquí en Cuba de la misma manera o peor que a un esclavo africano.

Así, en estos embarques morían muchos chinos —en el barco eran maltratados— antes de llegar a La Habana. Después continuaban siendo maltratados, pues, recordemos que, en su inmensa mayoría, se trataba de personas débiles y más bien delgadas, y estos “patrones”, querían sacarles todo lo que podían. Los maltratos fueron tantos —se les azotaba, se les apaleaba— que comenzaron a suicidarse. La cantidad de chinos que iban suicidándose cada vez —a veces hasta en grupo— trajo dos consecuencias: una de ellas fue el temor de los patrones a perder su dinero por el suicidio de su “patrocinado”, y la otra fue que trascendió al extranjero el grado de explotación y de maltrato a que eran llevados y, con el tiempo, fue prohibido traer a Cuba nuevos chinos por “contrata”.

Se les llamó “culíes” a estos chinos contratados, palabra que surge del inglés coolie y este, a su vez, del hindú kuli, y la voz significa: ‘En la India, China y otros países de Oriente, trabajador o criado indígena’. ¿Acaso vinieron como culíes solo aquellos chinos que deseaban venir? Se sabe que fueron traídos muchos presos políticos, pues mandarines chinos gratificaron muy bien a los responsables de las empresas de La Habana para traerlos a la fuerza. También se supo —en entrevistas con los propios culíes en Cuba, que tuvieron lugar por representantes de China— de dos crímenes más: aquellos chinos que venían como traductores en el navío, con un contrato para ser devueltos a China tan pronto llegaran a La Habana, fueron esclavizados por igual. Además, se conoció que los barcos que traían chinos contratados —barcos de gran calado— embestían pequeñas chalanas en aguas chinas y apresaban a sus tripulantes para después venderlos en La Habana.

En el libro se cita, de los periódicos habaneros de la fecha, cómo se ofrecía la venta (por $600) o el alquiler de chinos y chinas para ocupaciones domésticas tales como lavado y planchado de ropa, cocina, etcétera —pues fue para lo que, en definitiva, se vio que sí se podían emplear con éxito—. También se narra la venta de un chino de once años, que sabrá Dios cómo fue que llegó aquí contratado.

Ante tanta ignominia, primero fue Inglaterra la que prohibió el comercio de chinos en barcos de su bandera. Posteriormente, en 1859, España prohibió, por una Real Orden, la inmigración china a Cuba.

Así, los que pudieron llegar vivos al finalizar los ocho años del contrato —después de la prohibición de nuevos contratos—, muy pocos, diría que poquísimos, pudieron volver a su China natal, y los más se fueron quedando en Cuba: ellos fueron formando asociaciones y clubes, que tenían en cuenta sus lugares de origen. También eran formadas estas asociaciones por el patronímico, o sea, se unían todos aquellos que tenían el mismo apellido.

Es muy interesante en el libro el pasaje que explica cuál fue el papel que desempeñó el cónsul portugués en La Habana, José María Eҫa de Queiroz —escritor de gran valía—, en defensa no solo de los chinos de la colonia portuguesa de Macao, sino de todos los chinos.

Algunos de los que se fueron estableciendo en Cuba ya libres del contrato, o llegaron de contrabando —tanto en tiempos de la colonia como en la vida republicana, como estudiantes—, por una parte, se dedicaron al vicio, fundaron la charada china y de ella no solamente vivieron, sino que propagaron por toda la Isla. Otros instalaron fumaderos de opio, que no solo visitaban los asiáticos, sino también algunos extranjeros que viajaban al país y, además, cubanos. Sin embargo, por otra parte, muchos otros chinos crearon empresas en las que trabajaban de forma laboriosa, como restaurantes, dulcerías, trenes de lavado de ropas, puestos de venta de verduras y frutas, bodegas, almacenes o tiendas mixtas...

Referido al compromiso político con Cuba se narran en el libro muchos pasajes de los chinos y sus descendientes que formaron parte del Ejército Libertador. Existe un monumento en la zona de El Vedado, para honrar a los chinos mambises, sito en la calle L entre 15 y Línea, en el cual hay una tarja en la que se lee: “¡No hubo un chino cubano desertor; no hubo un chino cubano traidor!”. También se relacionan los casos de chinos revolucionarios asesinados por el gobierno del dictador Machado, así como de otros que lucharon heroicamente en el Movimiento 26 de Julio contra el dictador Batista.

En la capital cubana, desde finales del siglo XIX, pues ya en 1878 una fuente habla de esto, se fueron asentando alrededor de la calle Zanja y más tarde,  ya en los finales del siglo XIX,  se formó lo que se llamó “El Barrio Chino de La Habana”, en el cual se fundaron muchas asociaciones; también existía el casino Chung Wha, que llegó a regentear un asilo de ancianos y el cementerio chino de la Avenida 26, en El Vedado.

Hay que destacar la enjundiosa investigación que hizo la autora de Los chinos en La Habana acerca de la vida de estos asiáticos en Cuba, así como felicitarla, pues ha sabido condensar toda su historia. También ha incluido fragmentos de textos de diferentes visitantes extranjeros —de unos diez o doce— que llegaron a Cuba en el siglo XIX y abordaron la situación de los chinos radicados en la Isla.

De gran interés son los datos que se ofrecen acerca de la transculturación entre las religiones de chinos y la cristiana, así como la de chinos con la de los negros, y se mencionan algunos chinos que fueron representantes de la santería y fungieron como babalaos.

Otro capítulo se dedica al arte en toda su extensión: los instrumentos musicales chinos, las composiciones de canciones con temas chinos, las creaciones que hicieron músicos cubanos acerca de los chinos. También se menciona la literatura cubana que trata temas chinos, y aquí la autora del libro nos habla de la novela Carmela, publicada en 1886, y escrita por Ramón Meza, el autor de la conocida obra Mi tío el empleado.

En otra parte, la autora Mercedes Crespo Villate se adentra en las cuestiones financieras que dirigían los chinos, así como en lo relativo al Banco de China, dirigido por el Kuomintang, es decir, el Partido Nacionalista Chino, radicado en la isla de Taiwán, y contrario al Partido Comunista Chino. El Banco de China se marchó de Cuba tan pronto el Gobierno Revolucionario de Cuba reconoció oficialmente a la República Popular China.

Quizás, uno de los capítulos más interesantes es el que trata acerca de la medicina y los médicos chinos, entre ellos Cham Bom Bia, aquel que dejó, por su inteligencia médica, en el habla popular cubana el dicho: “¡No lo salva ni el médico chino!”.

El libro incursiona también en la visita de los cruceros de la República China a La Habana en 1911 y 1946, lo cual ocasionó una gran movilización masiva de chinos y cubanos en la Avenida del Puerto.

La lectura de Los chinos de La Habana, de Mercedes Crespo Villate, se hace amena e interesante. Gracias a la Editorial Gente Nueva por su publicación.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas