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La regencia de la memoria en Libro de la ciudad

Margarita Lozano Parrilla, 02 de mayo de 2017

Hay personas para las que la palabra escrita es una suerte de escape, para otras un privilegio al que solo un grupo—a modo de secta—pueden gozar. Lo cierto es que la literatura es y será a fuer de los avances tecnológicos y la existencia de tantas propuestas audiovisuales una necesidad libérrima del ser humano. La palabra más que un medio de comunicación es una herramienta evocativa del yo, por eso la poesía se graba en la memoria.

No podemos negar, sin embargo, que un poema nace de lo cotidiano y que el rapsoda es un hombre común, de su tiempo, capaz de aprender y aprehender las razones de la vida con la ligereza del águila y plasmarla para aquellos que solo la intuyen, la avizoran.

El Libro de la ciudad de César López fue publicado por Ediciones Unión en el año 2001 y pertenece a uno de los más connotados poetas de estos tiempos. César López (Santiago de Cuba, 1933) es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado obras como Circulando el cuadrado, 1963, y Silencio en voz de muerte, 1963. Tiene en su aval además Ceremonias y ceremoniales, 1997, entre otras. Es Miembro de Número de la Academia de la Lengua y Miembro de la Real Academia Española. En 1999 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura.

El poeta, en este libro, realiza un viaje evocativo—a manera de Ulises—a través de la historia, vista de manera fotográfica, de una ciudad que resalta por sus olores y colores. Hacedor de palabras de un misticismo epopéyico, cuya reminiscencia oriental no nos aleja de la occidentalísima forma de su poesía, deudora de los clásicos. El poeta con voz de un lirismo profundo y profano nos adentra en una narración donde el paisaje-ciudad es un personaje más y donde el hilo del tiempo se contrae y se dilata demostrando su perentoriedad, su relatividad.

Tras la densa neblina se destejen problemas propios de la época y pasiones humanas que no por lejanas dejan de parecernos vigentes, casi tangibles, en un abarcador expresionismo del sensibilizar a lectores de diversas edades. Las pugnas de poder, el miedo, la miseria, el fanatismo, los problemas de familia, son salvados por el elemento primigenio del hombre: el amor.

En este libro de un realismo fabulado, César funge como cronista de una ciudad mágica, donde se esbozan escenas epocales a manera de cuadros en una galería.

Poesía muy íntima, donde el ser humano, es solo en una multitud, tratando de sobrevivir a la injusticia y la mediocridad:

El joven que camina, callado, que va a
entrar en su casa,
y conoce infinidad de recursos para su pensamiento. Anda despacio.
Sabe que la ciudad lo tiene acorralado (…)

Tras las rosas de la ciudad, que describe a modo de inmenso jardín, está el miedo, la crueldad que se hace cotidiana. 

Porque ya la muerte anda rondando. Muchos
son los desparecidos.

La muerte es compañera del poeta, no la escabulle o la niega, la desarma.

La sangre es la sangre y eso siempre asusta.
Pero no puede afirmar que los suicidas estén organizando
su propia mascarada(…)

Pero más allá de la denuncia de los asesinatos por motivos políticos en la época que lo tocó vivir su juventud, denuncia la miseria que provoca la sublevación, la negación del otro, desvalijado ante la multitud que lo ignora. «Hay que comer cuando se tiene hambre. / Y a veces hay que buscar primero la comida. La noche no es muy buena consejera». El hambre y el frío, la desesperación, velan el delito cometido por las necesidades económicas, a medias justificado y el desvalimiento de esas personas en las que nadie piensa. La misma noche que ampara y refugia los salones de baile y juego de los poderosos.

Ironía, sarcasmo, podemos ver en el acápite Salmos y comentarios, donde con la intertextualidad del texto bíblico, César López azuza contra el abuso de los hegemónicos de todo eje de poder.

Los poemas transcurren como las horas, en una galería, donde el ojo del espectador observa al tío adinerado que todos admiran, a la fanática solterona y corre con la chiquillada tras una producción cinematográfica. Pero a veces en medio del mundanal ruido, cuesta al hombre encontrarse. Solo, en su casa, el poeta evoca el pasado, con temor y añoranza. «¿En qué silencio o perpetuo verismo / se estremece el recuerdo la esperanza? / ¿Quién lo destruyó?».

Lo lúdico se torna cáustico. La ciudad ensombrece, el hombre anda solo en medio de la falsa alegría de la vulgaridad. Pero existe siempre un espacio—demasiado breve, casi triste—para el amor y el dolor que nos salva de cuanto nos socava.

Mínimo parquecito, sombrío y recoleto,
la gente siempre ha pasado por allí de prisa,
casi sin detenerse, sin repararen su discreto encanto…

La muerte y el paso del tiempo son a veces temores en el ser humano. Tal vez porque se les considera absolutos. Sin embargo la poesía salvadora puede atar el nudo de la inmortalidad para aquellos que saben ver más allá de la superficie. El libro presente, a modo de diálogo platónico, que trata de ver más allá de las sombras de la caverna donde a veces vivimos demasiado preocupados por otras cosas, no es un libro triste. Nostálgico, sí, pero de ningún modo pesimista.

Para los que vivieron aquellos tiempos y para los jóvenes, es un poemario de inevitable lectura. Es un libro de recuentro con el otro o los otros, de recuperación de lo perdido que acaso sigue allí, escondido en lo íngrimo del ser. El tiempo es absoluto pero la poesía es inmortal. A la hora en  que la ciudad se quita su maquillaje, les propongo dar un viaje de la mano de César López por esa eternidad que esgrime la palabra.

 

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