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La realidad estremecida

Elaine Vilar Madruga, 15 de mayo de 2017

En el cuento "Junto al río", su joven autor, Alexy Dumenigo muestra habilidad dramatúrgica en la arquitectura de situaciones dramáticas: ha de pensarse en un puente viejo, un puente de pueblo, no por antiguo menos resistente. Su éxito radica en esa capacidad de mostrar, a través del narrador personaje —y, por supuesto, a través de una historia escrita en primera persona— el cuestionamiento sobre la posible omnisciencia del destino y la lucha eterna del ente humano en confrontación con la adversidad. Cierto: estos son temas ya abordados en algunos de los capítulos más intensos y memorables de la literatura universal; la pregunta radica en qué nuevo puede mostrarnos su autor en torno a esta historia.

"Junto al río" es un cuento líquido, un cuento fluido, que deambula sin tormentas entre los sucesos de una tarde y otra, entre el período de calma, destrucción y reconstrucción de esa calma perdida; dígase equilibrio-desesquilibrio-nuevo orden, una de las construcciones más antiguas del cuento clásico. No debe aspirarse a que posea un final trepidante —ni siquiera sorpresa— ni que sus personajes reviertan la composición de sus vidas por un suceso estremecedor: ellos son simples espectadores del hado, colocados como fichas en un tablero de juegos, que quizás por este mismo motivo se conformen con ciertas maneras de supervivencia.

A través de la metáfora de la tempestad y de putuales figuras, tropos o personajes arquetipos (el ermitaño, el pueblo aislado, el joven en busca del conocimiento, el testigo) se abre un espectro narrativo que recuerda mucho más a la estructura de un capítulo de novela que a un cuento en sí. Lo cierto es que Alexy Dumenigo posee el aliento de creación de una obra grande en extensiones, y no pienso que —al menos en este caso— resulte demasiado airoso en el intento de constreñirla dentro del espacio físico de un cuento. No obstante, es preciso decir que un narrador en ciernes y efectivo, sí reluce en las páginas de este cuento, con una innata habilidad para construir atmósferas, situaciones y esbozos de personajes que resultan, al menos a priori, de sumo interés.

El narrador personaje, a pesar de la unilateralidad en la exhibición de las acciones a la que nos obliga, es una elección exitosa, pues muestra los eventos centrales de la acción desde un distanciamiento y, hasta cierto punto, una frialdad que concentra los acontecimientos en un foco radiado. No hay involucradas grandes emociones ni vínculos entre los personajes, lo que muestra un comedimiento que advierto como éxito, no handicap, al menos en un tipo de historia como esta.

Es este un texto que el lector de esta columna podrá disfrutar plenamente, tanto si se fía de su condición de cuento como si advierte sus posibilidades como texto novelado. "Junto al río" no es solo la amenaza de un destino metafórico que asume el cuerpo físico de una tormenta, de una inundación, de un evento que destruye parte de la vida conocida. "Junto al río" es también el testimonio de un voyeur, un conforme, un hombre que sobrevive en la orilla del mundo y que observa, desde una esquina confortable, los estremecimientos de la realidad.

 

Alexy Dumenigo Aguila es Ingeniero en Ciencias Informáticas. Es egresado del XVI Curso de Técnicas Narrativas del Centro “Onelio Jorge Cardoso” y miembro del taller literario “Espacio Abierto”. Ganó el V Concurso Oscar Hurtado en la categoría de cuento fantástico y obtuvo mención en el Concurso Mabuya 2013. En 2014 resultó ganador del Premio Mabuya, mención en la categoría de cuento de CF del VI Concurso Oscar Hurtado y finalista de los concursos de minicuento El Cuentero y Papeles de la Mancuspia. Ganador del XIII Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2015. Relatos suyos se han publicado en las revistas Caimán Barbudo y Papeles de la Mancuspia (México), así como en las revistas digitales Korad y MiNatura (España).

        

      Junto al río

Fue la tarde antes del desastre, cuando ya soplaban vientos de tormenta. Yo recién abandonaba la choza del ermitaño. Iba azotando inútilmente al asno para que apurase la marcha cuando distinguí a escasa distancia al joven, que permanecía recostado al tronco de un roble, mirando alternativamente las aguas del río y el sendero irregular que conducía hasta la choza.
Aún me faltaba llegar al pueblo. Entraría por la calle principal en el momento de desatarse la tormenta, sin tiempo para entregar el resto de los encargos. Tendría un altercado con el mozo de cuadra, justo antes de meterme a la posada y alquilar un cuarto donde pasar la noche. Tal era el día que me esperaba y me pregunté si debía detenerme al pasar por su lado o simplemente llevar una mano al ala del sombrero, mascullar un saludo y seguir. Al final nada de eso importa, me dije. Lo que va a suceder, sucede.
— ¿Puedo ayudarlo, joven? —le pregunté entonces, más por curiosidad que por un verdadero deseo de socorrer a quien parecía hijo de algún hacendado o comerciante, de esos que solo conocen la vida fácil.
—No, aunque se agradece—dijo y volvió sus ojos a la turbia corriente.
El animal aprovechó el descanso para ramonear en las hierbas que crecían al borde del camino, en el lodo de las lluvias recientes. Observé por un instante los nubarrones que se acercaban.
—Déjeme adivinar. Usted es uno de esos peregrinos que cruzan todo el país buscando al ermitaño y sus milagros.
El joven meneó la cabeza y esbozó una media sonrisa.
—Acertó solo en parte. Busco un milagro, sí, pero no vengo de lejos.
Me contó que había nacido muy cerca de allí. Su familia era, desde varias generaciones atrás, dueña de un astillero en las afueras del pueblo. Nada importante, apenas construían botes y veleros de mediano tamaño, que solían alquilar a pescadores y sobre todo a peregrinos. Luego el camino real se fue ensanchando, tornándose una amplia carretera, y el río se hizo más estrecho, tanto que solo era navegable en aquella época del año. Las crecidas se convirtieron en algo poco frecuente. Aún me pregunto cómo fue posible el desastre de aquella noche. Para algunos, se trató de un embalse que se había formado allá en las montañas, llenándose durante semanas para luego reventar, abrirse de golpe, inundarlo todo. Creo que tienen razón. El viejo ermitaño diría simplemente que era cosa del destino y también tendría razón.
Toda aquella historia que el joven iba contando, unas veces mirándome a los ojos y otras al río, trajo a mi mente la pregunta de qué edad tenía el ermitaño, cuánto hacía que los viajeros visitaban este pueblo olvidado por Dios. Una vez, en la posada, oí decir a alguien que el pueblo se construyó solamente porque la cabaña estaba cerca de allí, de la misma forma que algunos asentamientos se levantan alrededor de una iglesia muy antigua. Por supuesto, era una broma. Todos celebraron la ocurrencia y siguieron hablando pestes del ermitaño. Ahora que las visitas eran menos frecuentes, la presencia del anciano era apenas una sombra molesta. La gente del pueblo hacía como si nadie viviera allá arriba y cuando alguien hablaba de visitar la choza, se reían en su cara.
Mientras tanto, el pueblo iba sintiendo la falta de visitantes. Tal vez nuevos milagros habían aparecido lejos de aquel valle recóndito, en las grandes ciudades. Los comerciantes o algún grupo de alegres muchachos, que se hacían llamar peregrinos pero vestían a la moda y acudían al pueblo como en un viaje de placer, hablaban de luz eléctrica, de máquinas a vapor y todo tipo de ingenios. Aquella tarde el joven también me habló con entusiasmo de la capital y de los años que había vivido allá, hasta que recibió la noticia de la muerte de su padre y tuvo que regresar. Ahora debía hacerse cargo del negocio de la familia.
El astillero no ofrecía las ganancias de antaño. Pensaba el joven que era buena idea venderlo, pero otros en la familia, los más ancianos, le aconsejaban no obrar tan a la ligera.
—Comentan que podría ser un buen negocio navegar río abajo, hacia la desembocadura y de allí al puerto más cercano, cosa de veinte millas—el joven, más que hablar conmigo, pensaba en voz alta—. Solo tendríamos que contratar gente para armar una pequeña flota, pero no creo que valga la pena. Por como pintan las cosas en el pueblo, sería un gasto inútil.
Me hizo gracia que me estuviera contando todo aquello, como si quisiera saber mi opinión. Tomé el sombrero en mi mano izquierda y me rasqué la cabeza mientras pensaba qué decirle.
—Algo así podría dejarme sin trabajo. Si me pregunta, le diré que es una pésima idea.
El joven se echó a reír. Luego volvió a su estado meditabundo.
— ¿Y para qué desea ver al ermitaño? —le pregunté al ver que parecía dispuesto a abandonar la conversación en aquel punto.
—Aparentemente es el único que conoce un método para… ver hacia delante.
—Quieres conocer tu futuro—dije y volví a examinarlo de pies a cabeza.
El joven hizo una mueca de disgusto.
—Puesto de esa forma, suena raro.
En realidad sonaba estúpido. Más de una tarde habíamos pasado el ermitaño y yo en la choza, conversando sobre aquel tema. Cuando alguien conoce su destino, me decía el anciano, le es negada cualquier posibilidad de decidir. De igual forma el general que desea ganar la guerra, o el gobernante que busca acabar con una crisis, o el heredero de un pequeño negocio en un pueblo desconocido, o aquel que, sin haberlo pedido, consigue ver al menos una ínfima parte, está condenado.
—Ni siquiera creo que sea cierto, tal vez se trate de un embuste—dijo el joven alzándose de hombros—, pero quiero agotar todas las opciones antes de tomar una decisión.
Me enferma ese tipo de gente, siempre temerosos de decidir. Como una leve invitación a reanudar la marcha, hinqué ambos talones en las costillas del asno. Entonces le di un consejo al joven.
—No es ningún embuste, muchacho, pero es mejor que no lo hagas. Date la vuelta y regresa. Mira cómo está el cielo.
Alzó la vista hacia el negro horizonte, vio el resplandor de los relámpagos y se llenó los pulmones con el olor de la lluvia inminente. Llegué a creer que tomaría mi consejo, pero permaneció recostado al ancho tronco del roble. Me despedí de él mientras la bestia se movía cuesta abajo. El camino era resbaloso en algunas partes, así que la dejé marchar a su ritmo. De vez en cuando me volvía en la silla para mirar atrás. Lo encontraba siempre en el mismo sitio, hasta que lo perdí de vista y me sentí aliviado. El camino se había hecho más llano. Ahora podía tomar la vara y golpear las costillas de aquel perezoso animal.
Apenas alcancé las primeras casas del pueblo, las gotas me azotaron la espalda como puntas de un látigo. El viento trataba de arrancarme el sombrero. Las puertas y ventanas se cerraban de golpe. Frente a la posada salté a tierra. Cargué con los bultos para salvarlos del agua, seguro de que las entregas podían esperar al día siguiente. Llamé a gritos a un mozo alto y robusto, que estaba sentado bajo el zaguán, bromeando con unas mujeres.
—Tienes que dar la vuelta, el establo está por atrás.
—Yo sé dónde queda el establo. Deja de hacerte el imbécil y cumple con tu trabajo.
El mozo se levantó de un salto. Las mujeres intercambiaban risitas, comentaban en voz baja.
— ¿Cómo has dicho? —preguntó el mozo, asomado al borde del zaguán.
Ni aun en sus bravuconadas quería salir afuera, donde la lluvia arreciaba. Subí los escalones entre ambos. Solo tenía una mano libre, aquella en la que sostenía la vara. Le di en el rostro con el pedazo de junco, tan fuerte que debió escucharse dentro de la posada, porque el dueño acudió al momento. Ya el mozo se preparaba para saltarme encima y mi mano soltaba la vara, buscaba el mango del cuchillo que siempre llevo colgado del cinto. Por suerte el posadero llegó a tiempo para intervenir. Obligó al mozo a meter en el establo al pobre animal, que nos miraba tembloroso debajo de lo que ya se había convertido en un diluvio.
—Debe perdonar al muchacho, es nuevo—dijo el posadero. También mencionó que lo obligaría a pedirme una disculpa y que lo iba a castigar, pero en el fondo era un buen muchacho. Nada de eso me importaba, yo solo quería un cuarto y algo de comida. Así se lo hice saber. El hombre, todavía nervioso, me invitó a pasar.
Fue una larga noche.
El mozo estuvo todo el tiempo sentado en una esquina, mirándome con expresión hosca. Algunos lugareños que llegaron al salón en busca de un trago, hablaban de la crecida del río mientras que afuera el viento rugía. La expresión del mozo se volvía más desafiante con cada trago y parecía a punto de cruzar la habitación a pesar de las advertencias del dueño.  Era mejor dejarlos allí (los lugareños conversando, el mozo rumiando su furia), subir a mi cuarto y correr el pestillo.
Me acosté, pero no podía dormir. Luego de varias horas revolviéndome en la cama, hasta el sonido de la tempestad y el vocerío que llegaba de la planta baja acabaron por transformarse en algo monótono. Hubiera preferido entonces, si no dormir, al menos conservar el mismo estado de lucidez. Estaba muy cansado para pensar y por mi mente solo pasaban los recuerdos como en un desfile marcial. Luego, parecido al niño que se harta de esperar a un lado de la calle y corre a la cabeza del desfile, recordé cosas que aún no habían ocurrido. Siempre me pasa cuando estoy entre la vigilia y el sueño. Entonces parece lo más natural del mundo.
Finalmente pude dormir, creo que un par de horas antes de que el sol comenzara a filtrarse por los tablones. Aún conservaba en mi cerebro la imagen del joven peregrino. Esos recuerdos nunca se esfuman con el sueño, por mucho que quiera olvidar. Ahí estaba su cuerpo, destrozado y flotando en la corriente. Había otras figuras alrededor, aunque parecían apenas sombras. Podía ser un sueño, pero no tenía la textura de los sueños. Aquello era real y sentí pena por el joven.
— Nadie debe conocer el futuro—pensé en voz alta mientras llenaba la palangana con agua de un balde. También resulta incómodo cuando ese conocimiento del futuro es incompleto. Ahora tenía curiosidad. Debía conocer los detalles de lo ocurrido durante la noche y, de ser posible, hablar con el viejo ermitaño.
Frente a mí, en la pared más alejada de la cama, las gotas de agua brillaban al caer por los maderos chorreantes. Afuera se escuchaba un inusual ajetreo. Quise asomarme a la ventana, entonces recordé que la habían clausurado. Terminé de asearme, me vestí y bajé las escaleras. En el salón se había reunido un considerable grupo de personas, mujeres mayormente. Los hombres estaban sacando cadáveres del río y salvaban lo que se podía. De la conversación me llegaba de vez en cuando el nombre de algún fallecido. Ninguno me resultaba familiar.
—También ha muerto el brujo—oí decir al posadero.
Así le llamaban algunos al ermitaño. Sobre todo el posadero, que se preciaba de ser un hombre práctico y trabajador sin tiempo para supersticiones. Le pregunté adónde habían llevado el cadáver y qué pensaban hacer con él.
—Enterrarlo, por supuesto—sentenció—. Incluso los estafadores merecen una sepultura.
No dije más. Luego de tomar el desayuno cogí los bultos y me encaminé a la salida. El posadero no había mencionado donde estaba el cadáver, pero tampoco hizo falta. Frente al establecimiento conté más de una docena de cuerpos, tendidos sobre el lodo y cubiertos con sábanas blancas. No era un espectáculo agradable. La mitad de las edificaciones del pueblo se habían ido abajo y la gente corría en todas direcciones, dando voces, sacando más y más cadáveres de la sucia corriente que, muy despacio, regresaba a su estado natural.
En aquel momento no sentía el menor deseo de salir a entregar los paquetes. Iba a ser todo un problema encontrar a las personas en la lista. Por suerte las mercancías que transportaba ya se habían pagado, era un problema menos. Aun así, no estaba de humor. Pensé en el anciano y en lo extraño de mi condición. Había previsto la suerte de un joven desconocido, sabía que estaba muerto, pero no fui capaz de adelantarme a lo que ahora mis ojos podían ver.
— ¿Puedo ayudarlo? —preguntó la voz grave del mozo de cuadra.
Lo vi llegar desde un costado de la posada. Cargaba mantas y sábanas viejas para entregárselas al párroco, un viejo alto y huesudo que iba de un lado a otro de la calle, cubriendo piadosamente los restos y consolando a su rebaño. Volví mi atención al joven y descubrí que no había hostilidad ni sarcasmo en su voz. Le dije que siguiera con lo que estaba haciendo, que yo mismo sacaría mi montura del establo. Él insistió. Cuando me tendió las riendas del animal, nos despedimos y eché un último vistazo a los blancos despojos. Alguno de aquellos era mi viejo amigo, pero no quise perder el tiempo. El anciano me caía bien, hasta cierto punto era el único capaz de comprender mi situación, aunque también era un ermitaño y no creo que le gustaran los sentimentalismos.
Me llevó hasta mediodía cumplir con las entregas y aún quedaban algunas para el pueblo más cercano, que estaba bastante lejos. Obligué al asno a moverse más rápido. Se notaba que el descanso le había sentado bien. A pesar del fango, los escombros, troncos y ramas caídas que adornaban el camino, pronto estuvimos fuera del pueblo. Divisé los elevados techos de unos almacenes. Medio destruidas por el embate de las aguas, las construcciones más fuertes del astillero permanecían en pie, o se inclinaban sobre sus cimientos. En cambio otras, como el desvencijado muelle, se habían esparcido por toda la orilla en un caos de tablas, vigas de madera, embarcaciones a medio construir.
Un hombre se erguía sobre los restos de una chalupa volcada y con un remo intentaba atrapar un bulto flotante. Otros buscaban un modo de acercarse a la orilla, sorteaban los destrozos y vadeaban la corriente para alcanzar lo que parecía un cuerpo. Una anciana permanecía arrodillada en la arena. Intentaban levantarla, pero volvía a caer. El resto de las personas allí solo miraba.
—Es su hijo el que acaban de encontrar en el río—dijo uno de los curiosos. Tal vez demasiado sensible para acercarse, observaba la escena desde un promontorio, pero parecía bien enterado. Me contó que el astillero pertenecía a aquella familia.
—Cuantas desgracias en un solo día, ¿no cree?
No le respondí. Pensaba en muchas cosas.
¿Sabía el ermitaño lo que iba a suceder? Posiblemente no. El viejo siempre decía que nadie debe conocer su futuro, ese era el consejo que le daba a quienes le pedían semejante favor. Pero si insistían, nunca les negaba el milagro.
¿Y el joven? Prefería creer que nunca llegó a entrar en la choza. Era algo terrible imaginarlo saliendo de allí, caminando hasta la orilla del río para quedarse de pie, una amalgama de troncos y lodo acercándose. Temblaba al imaginarlo en ese momento, inmóvil, incapaz de decidir pues el destino lo había hecho por él.
—Lo que va a suceder, sucede—dije, aunque no me dirigía a nadie en particular.
—Disculpe, ¿ha dicho algo?
Con un toque de la vara, el asno reanudó la marcha. Un coro de lamentos llegaba desde la orilla.
Más por disciplina que por curiosidad, me encaminé hacia las ruinas del astillero.