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Worpswede

Rainer María Rilke, 09 de junio de 2017

Estimado Edelmis Anoceto:

El invierno vuelve a esta ciudad y parece que la poesía es el mejor alimento para sostener la estación. Hago con estas –mis– palabras acuse de recibo de su poemario La cosecha y el incendio1, que me hace trasladarme a los campos de esa bella isla donde habitas.

Su libro, aunque con una edición sencilla me parece muy coherente con su propuesta estética. De tal modo que esa sencillez es necesario para hurgar con inocencia en estos versos que hablan de la naturaleza. “Nada sabemos de la época de las siembras, de la época de las cosechas, de los segadores encorvados sobre las espinas, o de los vendimiadores esparcidos entre las viñas, de las mismas hierbas de pétalos de nieve o salpicadas de frutos maduros caídos de los árboles. Y nada podremos saber”. Esa imagen poética de Oscar Wilke que utiliza en su poemario sirve como leitmotiv a la propuesta que nos ofrece.

El verso aquí queda tejido entre las plantaciones con un encanto peculiar, el de descubrir cómo la tierra produce y nos entrega esa vida que necesitamos. De allí que el verso apuesta por alargarse para sostener la ilación que pretende. Preciado poeta Edelmis, resulta muy provechoso volver sobre el entorno y admirar lo bello del paisaje en esa campiña cubana, que tantos predios dio a los exponentes de la teleología insular. Me refiero al grupo Orígenes donde la belleza del campo de la isla era fundamental para fraguar un discurso que fuera determinante y enfático de lo bello. Dota con sus palabras una fuerza a su poética que es admirable y beneficiosa para la poesía que debe ser despojada de artilugios y baratos motivos.

Dura la tierra, la hojarasca leve
donde el diamante pudo sucumbir
quizás dichoso ante el llamado para
mezclarse con la sucia desmemoria,
sacrificarse, herir el torbellino,
rozar aquel vacío y escalarlo.

De tal modo que el vacío no es otra cosa que el ansia, la necesidad de aferrarnos a esta tierra. La exploración alrededor de la tierra nos delata una total cubanía y nos acerca, quizás con gran intensión a los campos del oriente, pero también al amor:

Mujer impenetrable es la cosecha,
y otra vez en tu mano aquel recuerdo
se disuelve en el aire. Alguien que pasa,
un árbol de cristal, un fuego inmenso.

Esa opción de asumir la cosecha y después el incendio nos recuerda las faenas en los campos de caña de azúcar, un procedimiento para volver a la nueva siembra y dejar los campos listos para la estación venidera. De allí que puede ser este el mismo procedimiento de su propuesta lírica. Hay, no obstante, estimado poeta un cambio de giro, específicamente, en el tono del segundo tiempo, me refiero al incendio, que pudiera lastar la sonoridad de sus palabras, sin embargo, pienso que es dado aquí un tiempo con toda intensión. 

Palabras escritas por un culpable sobre la arena no habla de esta intención, con la referencia necesaria y vital a Gastón Baquero, en ese intenso y extraordinario texto donde el bardo oriental nos afianzaba a esas Palabras escritas en la arena por un inocente.

Querido poeta Edelmis, son tiempos de cosecha. El incendio es muy agresivo para las plantaciones, según las tendencias actuales de la agricultura, el incendio erosiona la tierra. En esa necesidad de adentrarnos a una contemplación del paisaje a partir de profundizar en sus raíces, su poemario es vitalidad para las cosechas venideras. Ojalá y sigamos de cerca su obra en la medida que se extiendan, una vez más, los campos de caña de azúcar en su isla.

Suyo,

Rainer María Rilke
 

1-Ediciones Orto, Manzanillo. Gramna.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

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