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Waldo Leyva: Otro día del mundo

Roberto Manzano, 07 de julio de 2017

                                   

Una de las creaciones más notables de los últimos cincuenta años en la poesía cubana es, sin lugar a dudas, la alzada por Waldo Leyva contra las infatigables disolvencias del tiempo como corrosión de la memoria y el sueño. Extraído su aliento del azaroso vivir, mirando hacia lo ido por la misma necesidad de lanzar la mirada hacia delante, su verso se pregunta continuamente en qué consiste estar y suceder como criatura de lo real en lo íntimo y en lo social. Precisamente en estos nudos de angustia, tan proclives a la síntesis lírica, alcanza el poeta sus notas más depuradas y auténticas.

Habiendo partido de la impronta coloquial, y recuperado con mucha productividad la música y dicción de lo asociativo natural, herencia insoslayable de su origen telúrico, el poeta ha arribado, desde hace considerable tiempo, a una madurez instrumental que le permite desplegar con brillantez sus principales corrientes de conciencia y perspectiva humana. En sus versos se palpa la rapsodia de vivir, la preocupación ontológica por el destino, el reajuste continuo frente a las ácidas contingencias del olvido, la historia y la muerte. Waldo Leyva ha compuesto piezas de tan elevada jerarquía artística y humana que no pueden faltar en ningún florilegio justo de la poesía de Cuba.

                                                                              ROBERTO MANZANO
 

 

WALDO LEYVA (Remedios, Villa Clara, 1943). Poeta, narrador, ensayista, promotor cultural, profesor universitario, periodista y actor. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poemas: De la ciudad y sus héroes (1974), Desde el Este de Angola (1976), Con mucha piel de gente (1983), El polvo de los caminos (1984), Diálogo de uno (1990), El rasguño en la piedra (1995), Memoria del porvenir (1999), El dardo y la manzana (2000), La distancia y el tiempo (2002-2006), Perdono al porvenir (2004), Ocultas claves para la memoria (2005-2006), Agradezco la noche (2006), De la máscara y la voz (2006). Ha sido incluido en diversas antologías de poesía cubana e hispanoamericana y traducido a varias lenguas.

                                                                                 

AGRADEZCO LA NOCHE

 

Aquí estoy, nuevamente amanecido,

dispuesto a soportar hasta que vuelva

la noche irremediable.

Cuento los días y me resulta eterno

el tiempo que me separa del silencio sin ruido.
 


Estoy como en un pozo

pero viendo la luz sólo en el agua.


En un sitio del mundo

comenzará otra guerra

y vencerán los muertos a los muertos.

 

De aquello que fue el rostro del amigo

queda sólo una mancha, un tatuaje

dejado por la máscara en la piel.
 


¿Quién le cortó los hilos a la rueca?

¿Quién me dejó sin calle, sin laguna,

sólo con una puerta hacia la infancia,

hacia el agua del pozo?


 

Aquí estoy, nuevamente amanecido,

ha sonado el teléfono,

comienza la ciudad su ruido informe,

y siguen los semáforos en rojo.
 


 

 

LOS SIGNOS DEL COMIENZO

 

¿Soy el que grita desde la soledad?

La lluvia convierte en río la ladera del monte.

 

El agua quiere descubrir la roca del origen,

mostrar la aridez de la montaña,

borrar su fertilidad fingida.
 


¿Mi grito viene desde esas soledades?

 

Sobre la piedra limpia no hay gérmenes

ni es posible el vuelo de los pájaros.
 


 

DADOS

 

Alguien puso los dados

en mi mano

y espera que los lance;

confía que un golpe de suerte

lo pondrá frente a frente con su espejo.

 

Yo no pedí los dados, ignoro el signo de las cifras,
 


desconozco los múltiples rostros del azar:

dos cubos rodando sobre un tapete verde

indicando el guarismo de la muerte.


El que puso los dados en mis manos,

venga por ellos.

Los echaré a rodar, pero hacia arriba.
 


 

EL SONIDO SIN FONDO DE LA PUERTA

Vuelve a llamar. Toca de nuevo la madera remota de esa puerta. Nadie está en casa. Los últimos habitantes partieron al amanecer de un día al que tú no has llegado. Vuelve a tocar. Tú no buscas a nadie, solo necesitas el sonido sin fondo de la puerta, la esperanza de una voz que responda, que justifique el origen de la memoria para poder partir. Hay otra puerta abierta. Los muertos dejan allí vasos de agua, flores que no han nacido todavía. Pero tú evitas ese umbral sospechoso. Sabes que si lo cruzas volverás a ser niño, y ya no te alcanzarán las fuerzas para llegar hasta donde estás ahora, tocando a la puerta de una casa que ni siquiera desconoces, con la esperanza de una voz que te deje partir a ningún sitio.

                                                                              agosto 1995
 


 

LA DISTANCIA Y EL TIEMPO

 

Tú estás en el portal,

apenas has nacido,

caminas hacia el mar y cuando llegas

tienes el pelo blanco y la mirada torpe.



Desde la costa se ven las tejas rojas de la casa.

 

Si quieres regresar, ya no es posible;

a medida que avanzas se borran los caminos.
 

Tu camisa de niñoaún está húmeda

y veleta de abril en el cordel

indica para siempre la dirección del viento.

 

Qué gastadas las uñas,

qué frágil la memoria,

qué viejo tu zapato por la arena.

                        octubre 1995.

 



EL DARDO Y LA MANZANA

 

Soy un hombre detenido en la línea sin origen

ni fin de una saeta.


Sin mí, sin la referencia que soy,

nadie hubiera encontrado el viento roto,

el paisaje escindido,

la huella aguda y misteriosa de la madera.
 


¿Dónde está el blanco que persigue la flecha?

¿Quién tensa el arco?

¿Qué mano laboriosa modeló este venablo?

 

El dardo es una excusa entre el veneno y la manzana.
 


 

 

LA PALABRA Y EL ESPEJO

 

Estoy frente a ti, como tu espejo.

Tú estás frente a mí, repitiendo mi cara.

 Al fondo de nosotros tu imagen y la mía

se vuelven sucesivas.

 

Como yo tengo la palabra,

tú estarás siempre de espalda a lo que miro,

ignorando que ese punto donde se funden
 
nuestros rostros es para mí el porvenir lejano

y el pasado remoto para ti.


Si tú hablaras,

si la sombra que eres pudiera dejar constancia

de que existe,

yo sería entonces

la imagen sin futuro

caminando de espalda hacia el origen.
 


 

 

OTRO DÍA DEL MUNDO

                A Patricio, mi abuelo

 

Ya no sé si es mi abuelo el que no está

o si alguien ha borrado los caminos,

sólo sé que aún existen peregrinos

que van por esos rumbos. No será

 

que todo sigue igual, que volverá,

que otra vez sus jolongos matutinos

anunciarán primero que los trinos otro día del mundo. ¿Se podrá

 

volver de nuevo al tiempo que se fue?

Cuando yo sea abuelo de mi abuelo,

cuando empiece otra vuelta de la noria,


¿alguien irá a buscarme donde esté,

grabará en el poema su desvelo,

tendrá realmente el porvenir memoria?
 


 

MONÓLOGO FINAL

 

La oscuridad tiene tu olor,

mi olor,

y ese otro perfume

que nace de la piel

cuando se juntan nuestros cuerpos.

 

Cierra los ojos.

Toca mi cara.
 


Tus dedos borrarán la sombra,

no importa que sea de noche,

no importa que desconozcas

el rostro que tendré al amanecer.

Cada segundo puede ser toda la vida.

 

Mañana mi piel estará seca,

o deshecha en el aire

o será un verde germinal, un rojo efímero;

pero ahora las yemas de tus dedos

tienen toda la luz.
 


Perdono al porvenir.

Las trampas que he tendido

tienen la misma inocencia

del juego de la alquimia.

 

Para el hombre no existe otro destino

que el manantial inédito.


Toca mi rostro,

sálvalo en la memoria de tus manos.
 


 

FRENTE A LA NOCHE INICIAL


Hoy es martes,

otro martes de mayo,

el último martes de este mes que se acaba

en un año que tiene mucha prisa.


Estamos en los días postreros del milenio,

al final del último siglo de esta era

y tenemos las mismas preguntas
 


que nuestros abuelos,

las mismas que se hizo

frente a la noche inicial

—bajo estrellas ignoradas aún—

el primer hombre que interrogó al futuro.

 

Con las mismas palabras

que sirvieron de epitafio

a siglos anteriores

se define este siglo que termina:

un siglo que apenas ha existido.
 


Detrás de las bombas inteligentes de hoy

sigue estando la piedra

y la aguda madera envenenada.

La palabra ha llegado al extremo

de la perfección,

pero en lo más recóndito de la lengua

está el gruñido, la primera caverna,

el sabor de la sangre sometida.



¿Y para el día de mañana,

para el miércoles próximo,
 


para los mayos sucesivos,

habrá alguna respuesta?

¿Podré estar yo,frente a la noche

del porvenir,

bajo estrellas ignoradas aún, escribiendo

un poema de amor, descubriendo, en el

corazón de la piedra, el origen del agua,

oliendo en la aguda punta de los robles

el inicio de la primavera?
 


Sólo sé que hoy es martes,

el último martes de este mes que termina

en un siglo que tuvo mucha prisa.
 


 

EL SITIO DONDE ME DETUVE

Si abro esta puerta, saldré al patio trasero de otra casa. Si traspaso el umbral, regresaré a una noche de 1948, y seré de nuevo el niño que se interna desnudo y asustado por la ruta sin norte de la sombra, descubriendo la caída de una estrella. Si decido salir, mi madre volverá a desmayarse cuando vea mi cuerpo quemando las oscuras parcelas del lindero. Sé que con sólo adelantar el pie, va el aire a desesperar las hojas de yagruma, caerá de rodillas otra vez mi abuelo y quedará estéril para siempre el sitio donde me detenga. La leyenda dirá que allí está el oro. Que el incendio del cuerpo al detenerme indicaba el lugar de las botijas, pero dirá también que el hueco del tesoro es la tumba del niño. Si me decido a trasponer la puerta, ¿qué buscaré en esa noche perdida de la infancia? ¿El susto de mi abuelo? ¿La pequeña y falsa muerte de mi madre? ¿Los ocultos centenes? ¿La herida inevitable de la tierra o esa cinta de luz cruzando el cielo?
 


COMO UN ROCE INOCENTE ENTRE LOS DEDOS

Sucede que empiezas a pelar una naranja humilde, desechable, y salta desde el fondo de la infancia una palabra: bergamota, y con ella un aroma que no viene del aire, un amarillo tenue y un dorado que tus uñas deshacen mientras parten el fruto. Te baña las manos el jugo que recoge la lengua de una niña que dejó de existir y que regresa, sin rostro, envuelta en la palabra bergamota, como un roce inocente entre los dedos. Un roce que vuelve a abrir los poros de tu cuerpo y te hace ventear, como aquel día, la tibieza de un aire que invitaba a correr, a desnudarse, a morir hecho un temblor sobre la hierba. Sucede que empiezas con las uñas a pelar la bergamota, sin sospechar siquiera que será una humilde y desechable naranja del futuro.

                                       3/12/93
 


 

EL HOMBRE CON UNA VARA DE PESCAR

La luz del día se acaba. Falta mi padre y tengo doce años. Ignoro que una tarde de otoño de un tiempo insospechado voy a dormir sobre el pecho de una mujer que está ahora mismo, desnuda, en brazos de su madre, aprendiendo un alfabeto donde no está mi nombre, ni el modo de explicar por qué me angustio, por qué corro sobre el pasto mojado, si mi padre se fue al amanecer cuando empezó la lluvia y aún dormía el sinsonte que hace un rato maté sin darle tregua: primero un ala rota, luego un certero golpe que detuvo todo ruido del monte mientras caía en mi memoria el pájaro.

Aún no he visto el mar y me asusta la noche que se acerca. Ya conozco la ausencia, su peso, su sabor, el hueco sin consuelo en que se torna el pecho cuando no encuentras ni el más leve residuo de ternura y todo sendero es un modo sin rumbo de buscar las distintas formas de la muerte y las posibles maneras del reencuentro. Mi padre no se irá ahora. Ni mañana. Y estará conmigo en días venideros, años que nadie sueña todavía, pero que están ahí para que vuelva la tarde de junio en la que soy un niño que corre por la línea del tren hasta que ve a su padre saliendo de la tierra, con una vara de pescar al hombro, en el instante mismo en que muy lejos, un amigo lo salva de ahogarse e n el arroyo, sacándolo del agua con su vara.

La luz del día se acaba. Tengo ahora más años que mi padre. Ignoro en qué tarde de otoño de un tiempo insospechado dejaré de dormir sobre el pecho de una mujer que está ahora mismo, desnuda, tratando de olvidar el alfabeto donde sí está mi nombre y el modo de explicar por qué me angustio, por qué vuelvo a quitarme los zapatos.
 

¿Dónde estaremos, cuando sólo transcurra la mitad del tiempo que he vivido?
 


 

EL INOCENTE OJO DEL ANTÍLOPE

 

Un tigre salta de la piedra.

Vuela un ave que ignora la angustia del vacío.

Ciego es el pez, su pupila es el agua

y muere herido por el aire.

 

La lombriz puede ser reina de la altura

y deshacerse el árbol

en el vientre insaciable del insecto.
 

 

A la cruz del comienzo clavado sigue el hombre.

Sangra. Puede ver aún el rostro de los otros.



Ni dios, ni ventanas azules,

ni el inocente ojo del antílope.
 


 

JÓNICAS

 

Soy roca que soporta el embate del agua

y agua incansable contra la roca viva.


Viento soy en las ramas del árbol

y árbol plantado contra el viento.


 
Soy fuego en el corazón de la salamandra

y salamandra naciendo de las brasas.
 


Soy un hombre en la ruta del mundo

y ruta por donde pasa el agua, nace el viento

y cruje sin cesar el fuego.
 


 

PARA UNA MUCHACHA DE LA INFANCIA

 

Iba cruzando la tarde

sobre mi caballo viejo

y era la tarde el espejo

donde, bajo el sol, aún arde

tu pelo, porque la tarde

siempre nació de tu pelo,

y hasta el cielo no era el cielo,

sino el azul de tus ojos

empañado por los rojos

crepúsculos de otro cielo.


 

Y yo era niño y fundaba

con mi caballo tu risa,

tu risa que era la brisa

de la tarde que pasaba,

y con la tarde volaba

hacia la ceja de monte

donde hasta el mismo horizonte,

rojo por el sol poniente,

iba del monte a tu frente

y yo de tu frente al monte.

 

Ahora es otra tarde y llueve,

pero el agua es de aquel día

en que la lluvia quería

tallarte el cuerpo, en el breve

espacio donde se mueve

la luz dentro de una gota,

por eso esta lluvia brota

no de las nubes de hoy

sino de un tiempo en que estoy

rehaciéndote gota a gota.
 


 

POEMA

 

Alguien muere dentro de mí

todos los días.

Al levantarme y mirarme al espejo

tengo la certeza

de que alguien muy querido

se me ha muerto dentro.
 


El año que pasó

ya no vuelve a ser nuestro.

Ayer pensábamos en hoy,

hacíamos planes

y no nos alcanzó el día.

Ya mañana es hoy que se nos va

y seguimos pensando en otro día.

 

Tú no podrás nunca volver

al minuto donde empezaste a leer

este poema:

ese minuto ha muerto para ti.
 


 

POEMA POR ESCARDÓ

 

Pero vino la muerte,
la última caverna,
y te fuiste con tu esqueleto
a alimentar las piedras de la Isla.

 

Rolando Tomás Escardó:

yo llegué a la poesía

después del manotazo de tu muerte,

cuando la Revolución se me instaló en el pecho

como un corazón lleno de pájaros furiosos.
 


Entonces:

ya tu nombre era un mito

y tu pecho una plaza donde el hambre

dejó abandonada una gorra,

una huella amarilla, sus últimos harapos.


 

Rolando Tomás Escardó:

yo llegué a la poesía

después que reventaron las piedras de la Isla,

cuando el amor era una lluvia violenta

y tus huesos

un sonido de semillas bajo tierra.

 

Por eso yo no tengo tuyo

ni un manojo de conchas,

ni una carta,

ni la nostalgia de una conversación

rota en la noche.

Yo sólo guardo en el hueco del pecho

tu cara de triste comediante

y el angustiado ruido de tus versos.
 

 

Rolando:

voy a desenterrar tu corazón,

tu enorme corazón,

para llenarlo de piedrecitas blancas,

de campanas pequeñas.

Voy a soplarte un poco el esqueleto

para verte entrar de nuevo a la ciudad

dando gritos,

llenando de poesía las paredes,

los parques,

las ventanas,

como si el hambre fuera un poeta desesperado

y la ciudad

un pedazo de pan inalcanzable.

 

Rolando Tomás Escardo:

me he asomado al fondo de los ojos de tu madre

y he comprendido

que la muerte fue sólo un pretexto para romper la jaula,

el pájaro de tu corazón respira en todas partes.