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De trampas, tiempos y conductas

Luis Toledo Sande, 10 de julio de 2017

Como cuentista ha ganado Hugo Chinea dos premios relevantes: Escambray’60 (1969) le granjeó el David, que la Unión de Escritores y Artistas de Cuba destina a autores que no hayan publicado libros; Contrabandidos (1972), el Luis Felipe Rodríguez, que, otorgado por la misma UNEAC, apuesta por la consagración.

Además de los citados, a él se deben otros libros del mismo género: Los hombres van en dos grupos (1975), una selección representativa de los anteriores, y De las raíces vive el árbol (1982), que también aparecieron en colecciones editoriales prestigiosas para el ámbito más ceñidamente literario: Cocuyo, del Instituto Cubano del Libro, y Contemporáneos, de la UNEAC. Narraciones suyas se han incluido en antologías que han visto la luz en Cuba y en otros países, y preparó una de cuentistas de distintas naciones, publicada con el título Lo mejor de la literatura universal (1999).

Sus inquietudes no se han limitado a la narrativa. Con la pieza teatral Elementos (2012) triunfó en el Concurso Literario Benito Pérez Galdós, convocado por el Gobierno de Canarias y la Asociación Canaria de Cuba. También participó en la realización de La tierra más hermosa (2000), volumen al cual aportó los textos que acompañan a las imágenes, tomadas por diversos fotógrafos.

Mientras espera por la publicación de otra novela, ofrece la primera suya que se edita, Las trampas del tiempo.1 Para llegar a ella lo prepararon sus libros de cuentos centrados en el tema sobre el cual vuelve: la lucha contra bandidos, especialmente en la zona del Escambray, y dispuso asimismo de su experiencia como combatiente en el terreno de operaciones. Se diría que aquellos relatos reclamaban de él una interconexión argumental y un abarcamiento de miras mayores que los reservados al cuento.

El autor, en Las trampas del tiempo —publicada por la Editorial Capitán San Luis y con cubierta diseñada por Jorge Martell, quien encarna toda una escuela— desde las “Palabras preliminares” reconoce haberse basado en documentos. Los sometió a un tratamiento literario que, más que permitirle, le exigía disfrutar los recursos de la ficción narrativa, que lo puso en condiciones de trazar personajes que son seres humanos complejos: sacuden por la soltura del novelista en lo que pudiera definirse como “romper esquemas”. Vidas y hechos transcurren en situaciones propias de la guerra.

Al final del breve pórtico el autor declara: “Ese singular mundo de instintos, inteligencia y muerte, de claros y de oscuros, me involucró entonces en su turbulencia para escribir esta novela”. En ella —le agrada al presentador apuntarlo con sinceridad y con un lugar común justiciero— desde el comienzo atrapa al lector, o a la lectora. La voz omnisciente fluye con dinamismo, entreverada con textos de sesgo epistolar y con lo que testimonian de sí algunos personajes: en forma de confesiones lo hace Aland Sender, y Estela Santarosa Julianez “a manera de un diario”. De algún modo ambos constituyen polos entre los cuales se desarrolla la acción y transitan las otras vidas. Pero el presentador no incurrirá en la impertinencia de contar la novela.

El autor consigue bregar felizmente con lo que, parafraseando el título de un maestro del género, podría considerarse crónica de una muerte anunciada. La eficacia de Las trampas del tiempo radica en que recrea con valor literario un fresco histórico cimentado en tensiones dramáticas, en recursos de la conspiración y el espionaje —y el contraespionaje—, en la violencia bélica, en actos de venganza y sed de justicia, en apetencias sexuales y en retratos psicológicos vigorosos, logrados con pinceladas ágiles y fuertes. Así pueden mantener el interés del público, aun cuando este conozca realmente la historia recreada.

Todo se mueve en el arranque de las transformaciones de un país que, para acometerlas, tuvo que derrotar a la vez enemigos armados por una potencia extranjera, y, entre los males internos, la carcoma de la ignorancia que la realidad precedente sembró hasta los extremos de un analfabetismo de grandes proporciones. La aparición fortuita de la novela cuando sobre hechos tratados en ella se está poniendo en la televisión cubana un serial, La otra guerra, pudiera abonar las posibilidades de disfrute de ambas obras. Es incluso una circunstancia que cabría aprovechar para la promoción de las dos.

Chinea acierta al situar aquella contienda en un contexto internacional que vincula con ella y entre sí hechos del siglo XX, presentados con brío literario, no como denuncia tribunicia. En ellos estuvo la participación del gobierno de los Estados Unidos —CIA y traidores mediante— en la insurrección terrorista recreada, que no fue el único recurso puesto en función de doblegar a Cuba. También estuvo, igualmente al servicio del imperio, el intento del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo de enviar una legión de mercenarios en apoyo de los bandidos.

Otro de los obstáculos levantados contra la Revolución Cubana fue la actitud de ciertos representantes de la jerarquía católica, a menudo exponentes de la España franquista. La criminal Operación Peter Pan fue uno de los capítulos en que intervinieron algunos de los sacerdotes que alimentaron las contradicciones surgidas entre expresiones religiosas —especialmente el catolicismo, pero no solo él— y la nueva política del país.
Hace años que aquí se dejó atrás el espíritu fomentado a partir de aquellas contradicciones, y, además, junto con el crecimiento o la proliferación de religiones hasta desconocidas antes en el país, la desmemoria asoma como un peligro que no cabe justificar echando mano a los excesos de distinta índole —incluidos los, más que ateos, ateocráticos— que puedan haberse cometido antes. En las nuevas circunstancias habrá quienes se sorprendan ante los modos cómo el novelista caracteriza a determinados religiosos —en particular sacerdotes— que sirvieron a las fuerzas criminales, a diferencia de los que no traicionaron a su pueblo ni torcieron la fe.

Para apreciar la solidez de la Revolución y del apoyo popular que la llevó al poder y la ha mantenido en pie, bastaría su victoria contra los escollos que la hostilidad de sus enemigos le han puesto en el camino. Puede así el novelista ahorrarse entusiasmos oratorios al recordar el saldo de aquella lucha contra bandidos: el solo recuerdo de ese triunfo de Cuba y de la forma como fue asumido por la dirección revolucionaria y el pueblo —que en alumbradora mayoría la respaldó— avala suficientemente el peso, el valor, la calidad de la sucesión de triunfos revolucionarios.

Hasta aquí se han apuntado algunas de las características llamadas a garantizarle a la novela una buena acogida por parte del público y de la crítica. No se ha intentado hacer de ella, en ningún plano, una valoración exhaustiva, que tampoco se planteó el novelista al recrear los hechos. Otros serán los modos y las perspectivas de un historiador. Procede recordar —y ello pudiera traslucirse en la novela y su contrapunteo con la realidad tratada— que aquella lucha contra bandidos no se circunscribió al Escambray y a sus alrededores, sino que se extendió a varias partes más del territorio nacional.

La novela muestra algo que siempre valdrá tener en cuenta: aquella guerra no se libró como un mero enfrentamiento entre dos fuerzas armadas. En quienes intentaron aplastar a la Revolución se aprecia la participación foránea, sobre todo —ya mencionadas— la estadounidense y la del dictador dominicano, que se valieron de elementos del ejército vernáculo que la Revolución había derrotado, y de terratenientes a quienes —dígase con un vocablo que hizo época— ella siquitrilló. En lo tocante a las tropas que defendieron y salvaron la Revolución, acaso el papel de las organizaciones revolucionarias desborde las posibilidades de una novela que ni siquiera se caracteriza por ser extensa.

El autor y su novela no podían permitirse abordajes exhaustivos, mucho menos debe esperarse que trate de tenerlos el comentador. Además de cumplir con el deber de reservar para el público el acto valorativo por excelencia —la lectura misma, que le será placentera—, acosado por las exigencias del tiempo confía a ese mismo destinatario el placer de enjuiciar el título. Apenas dígase que las trampas aludidas no terminaron en aquel tiempo y con la derrota de aquellos bandidos.

Quedan en pie otras trampas, y la menor no será la que pudiera encarnar el olvido de lo que significó para el país aquella contienda, como parte de lo mucho y arduo que ha tenido que hacer para mantener en pie un proyecto revolucionario asediado por las mismas fuerzas enemigas cuyos voceros lo llaman hoy a olvidar la historia. No todas las convocatorias en ese sentido son tan desfachatadas. Hay procedimientos más sutiles, como la proliferación de banalidades y representaciones brumosas que tienden a confundir la realidad, a velarla con mantos que pudieran parecer obra de tejedores ingenuos, pero no lo son, aunque incautos no falten.

Si más de una vez en los presentes apuntes se habla de aquella lucha contra bandidos es porque hoy la nación está llamada a otras, para las que tiene vigencia literaria e histórica, y moral, la convicción que en su momento Rubén Martínez Villena proclamó: “Hace falta una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las revoluciones”. Esa carga no podrán acometerla quienes, aunque sea solo y nada menos que por ingenuidad, terminarán siendo cómplices de los mismos bandidos contra las cuales urge lanzarla. Y menos aún estarán en condiciones de asumirla quienes cambian de casaca.

Es igualmente claro que entre las trampas tendidas por el tiempo —término que, fuera del título de una obra literaria como la que nos reúne, vale sustituir también por vida, por historia, por realidad— se hallan el acomodamiento a la molicie ideológica, a las complacencias afincadas en la renuncia a los ideales de la salvación colectiva y, ¿hará falta decirlo?, en la corrupción. Nadie piense que son trampas demasiado abstractas. Lejos de serlo, toman cuerpo y afincan sus peligros en terrenos y actitudes que las favorecen: allí donde se empieza a brindar a los escollos de la inmediatez el servicio de creer que la lucha por la dignidad y hasta por la supervivencia misma de la especie humana es algo que carece de sentido porque se trata de un imposible histórico.

La Academia imperial —que en el siglo XX se desplazó de Europa a la potencia de Norteamérica donde radica el estado mayor del imperio— se ha empeñado en imponer conceptos convenientes a sus intereses. Entre ellos figuran el presunto fin de la historia, o la reducción de esta a mero simulacro. Es algo que se aprecia fuera incluso de las ciencias sociales. Para que se confunda con el caos el movimiento universal y perpetuo de la materia, y que a la vez se imponga la resignación, se han dicho, como cuestión de ciencia, cosas de este corte: si se llena de bolas una vasija y esta se tapa, en su interior ellas se moverán caóticamente hasta el momento en que la vasija vuelva a abrirse. Para entonces habrán retornado a la misma ubicación en que se las había dejado.

Tal afirmación pudiera tomarse como una tontería o un pésimo chiste, si no fuera una burda falsificación conceptual, cuando no una maniobra perversa. Recientemente un periódico cubano difundió de modo acrítico una interpretación de lo que significa que no se debe confundir la realidad con la percepción de esta. Claro que una piedra es una piedra, y lo que el observador ve es la representación, en su cerebro, de esa piedra, en lo cual impone mediaciones el mayor o menor grado de capacidad que tenga para captarla con sus matices. Pero una piedra es una piedra, aunque la noticia aludida glosara de este modo lo dicho por los autores del supuesto descubrimiento científico: “Las predicciones se basan en una serie de factores, incluyendo experiencias individuales y estado emocional. Lo que percibimos es un simulacro de la realidad”.

Quienes en el mundo se sometan mansa o interesadamente a esas trampas serán los aceptados por los medios imperantes, no quienes se propongan seguir defendiendo el afán de justicia y equidad. Si se trata de escribir y publicar novelas, los primeros serán los beneficiados por editoriales y sistemas de promoción poderosos. A los segundos, que serán devaluados, calificados de fuera de moda, les satisfará desafiar trampas, no sucumbir a ellas. Hugo Chinea sabe cuál es el camino digno. Sabe que, en último caso, estar entre los vencidos podrá ser doloroso, pero digno. Lo que no tiene remedio moral es figurar entre los vendidos, o coquetear con las fuerzas compradoras.
 
1- Las trampas del tiempo, La Habana, Editorial Capitán San Luis, 2015.

Tomado de Cubarte
http://www.cubarte.cult.cu/es/article/49403

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas