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Carlos Drummod de Andrade

Lourdes Beatriz Arencibia Rodriguez, 20 de julio de 2017

El periodismo cultural ha sido a no dudarlo uno de los espacios con mayor riqueza y frescor  documentario que las grandes figuras de la narrativa latinoamericana  han cultivado con generosa asiduidad desde sus primeros pasos a favor de su creciente público lector. Pese a la pluralidad lingüística de la región (el Caribe, el gigante brasileño, etc.), gracias a sus traductores al y de sus lenguas respectivas al y del español –una de las lenguas más habladas en el mundo– se ha hecho posible que autores como Drummond de Andrade,  Cortázar, Borges, Fuentes, García Márquez, Piñera, Nogueras o Carpentier, -por solo citar a vuela pluma su veta narrativa-  se expandan por los cuatro confines del planeta, independientemente de que una gran mayoría de esa producción fuese compilada ulteriormente por los grandes y menos grandes sellos editoriales como los éxitos de librería que indiscutiblemente son.

Tal es el caso del brasileño Carlos Drummond de Andrade, (Itabira, estado de Mina Gerais, 1902), uno de los máximos representantes de esa corriente en América Latina y uno de los más grandes autores vivos de Brasil, puesto que su prolija  labor de retratista de la vida cotidiana con humor y ternura  no se agota en la poética expuesta en más de 20 volúmenes en verso y prosa: (Sentimiento del mundo; Hacendado del aire; La vida pasada en limpio; La elección de las cosas). Drummond de Andrade sacude las bases del arte y la literatura del Brasil como fundador del grupo modernista.

49 crónicas salpimentaron entre los años 1962/1966 las páginas del Correio de Manhá de Río de Janeiro como verdaderas instantáneas de la vida brasileña bajo distintas secciones tituladas: “La bolsa & la vida”;  “Habla el almendro” y “Silla de hamaca”  de donde  he tomado la crónica titulada: ”El gato perdido” cuya traducción a español de mi autoría reproduzco a renglón seguido en homenaje al recién celebrado Día de la lengua portuguesa en la Habana

El gato perdido                                                                      

…El periódico seguramente lo lee mucha gente en cualquier sitio: está destinado a interesar, sino a todos sus lectores, por lo menos a una buena cantidad. Pero, lo que hoy me ha salido espontáneamente de la máquina de escribir no le interesa a nadie, salvo a mi mismo. Por lo tanto, pueden saltarse a otra columna si lo desean. Se trata de un gato.

Otras veces he escrito sobre ese tema. Algún tiempo atrás ya les había hablado de la convivencia con Ignacio. En aquella oportunidad, Ignacio estaba creciendo y todo cuanto hacía me llevaba a descubrir nuevos encantos en el encanto inmemorial de los gatos. Pero Ignacio ha desaparecido y su ausencia para mí es más importante ahora que las reformas en la economía.

En Rio de Janeiro, los gatos suelen desaparecerse. Este fenómeno guarda relación con la industria de las cuicas -decían-  por ser este un instrumento que se hace con piel de gato. Las cuicas se fabricaban en los cerros, pero ahora los gatos desaparecen por la carestía de la vida y la ausencia de comida  –dicen–. A falta de un bistec de puerco, hay gente que se consuela comiendo gato, una carne que se ha puesto tan difícil de encontrar como “la otra”.

Las implicaciones sociológicas o económicas del hecho me importan un rábano. Lo que me preocupa no es la suerte de los gatos en Brasil, sino el destino ignoto y puntual de Ignacio.

Eran las dos de la madrugada cuando el pintor Reis Junior, que a esa hora sale a pasear a su perro y a fumar su pipa, tocó a mi puerta con una noticia. Había creído ver un gato color oro parecido a Ignacio –era un color no muy visto para gatos– y se ofreció para ayudarme a recuperarlo. Bajo el viento de la playa le fuimos siguiendo la pista. En el lugar indicado, un pequeño jardín delante de un edificio estaba el tal gato. Había poca luz y no lo veíamos bien y además, el animal no permitía que nos acercáramos. No reaccionaba a nuestras llamadas de suerte que se frustraron los intentos de aproximación. Se iba para volver una vez mantenidas las distancias. ¿Cuál era la motivación? Posiblemente otro gato.

Hubiera sido infructuoso insistir en apartarlo del blanco de su obstinada movida que al parecer estaba visible solo para el. Desistimos. Si efectivamente es Ignacio –pensé– volverá dentro de unos días. No volvió.

Un gato vive un poco encaramado en los sillones, en el suelo bajo el sol, en el tejado bajo la luna. También se sube a la mesa donde escribo, y el salto que pega para lograrlo con absoluto equilibrio es más que un impulso a la cultura de los materiales que encuentra a su paso; es el movimiento civilizado de un organismo perfectamente ajustado a las leyes físicas y que no carece de informaciones suplementarias. Sí, su agilidad beneficia a libros y papeles. Más que el búho, el gato es símbolo y guardían del pensamiento intelectual.

Después de la desaparición de Ignacio, esa parte de la casa se ha desvalorizado. Ha perdido la nota grave y blanda que él ponía. Es asombroso como el gato “funciona” en una casa: en silencio, indiferente, pero adhesivo y lleno de personalidad. Si la mediocridad de estas crónicas se acentúa, ya lo saben, es porque falta Ignacio. Si tenían algo de aprovechable es porque Ignacio estaba a mi lado, porque se debían a la muda crítica con que sus verdes ojos me miraban fijamente para avalar alguna expresión feliz, o al profundo sueño de alerta, precursor de una probable reacción de los lectores.

Podría poner un anuncio en el periódico ¿Para qué? Nadie se ocupa en encontrar gatos. Si está vivo y no lo han secuestrado, Ignacio volverá sin explicaciones. Es propio de gatos salir sin pedir permiso, regresar sin disculparse. Si lo robaron, fue en homenaje a su encanto personal, mezcla de circunspección y ligereza; en ese caso, trátenlo bien, maltratar a los animales es un acto de cobardía. Finalmente, si Ignacio volviera, me gustaría que lo hiciese por sus propios medios, con sus patas, con la altivez, la serenidad y la elegancia de los gatos…

 

Carlos Drummond de Andrade, traducido por Lourdes Arencibia. Por cortesía de la Embajada de Brasil en España donde me facilitaron los ejemplares del Correio da Manhá de Río de Janeiro  y la asesoría lingüística necesaria para llevar a cabo la traducción.

 

Editado por Heidy Bolaños