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Una calle es como el mundo

Alina Iglesias Regueyra, 24 de julio de 2017

La ausencia es una palabra triste de hondo significado que marca la vida de muchas personas en el mundo y que se yergue, especialmente dolorosa, en la vida diaria de multitud de niños. El tema de esta noveleta es ese: el vacío que dejan los mayores en la vida de los infantes, a veces por necesidad imperiosa, a veces sin pensarlo mucho.

Una calle es como el mundo es el título de la obra de Enrique Pérez Díaz que hoy les presento. Ese libro antes se nombró Mensajes y tuvo varias ediciones en diversas localidades nacionales, como la bella ciudad oriental cubana de Bayamo, y en Bilbao, España. En esta oportunidad llega en su más reciente edición del 2015 dentro de la Colección El Tren Dorado, de Enlace Editorial, desde Bogotá, Colombia.

El autor propone frases introductorias como pretextos, de autores tan disímiles como María Gripe y Sting, pero que sintetizan el sentido de lo que será el contenido del libro. Las ilustraciones interiores y de cubierta, muy animadas y expresivas, plenas de metafórica fantasía, pertenecen a Dagoberto Fuentes Baute. El diseño de cubierta corrió a cargo de Gregory Alonso, y Alejandra Ramos Henao se encargó de la dirección editorial.

En el acertado prólogo de Humberto Tirado se expresa:

De los elementos más sorprendentes de la narración está el pie de igualdad en que el autor pone a los niños que padecen de ausencia paterna, ora por el divorcio, ora por causas políticas, sociales, ora por razones laborales… Quizás este particular aporte lo novedoso, porque muchas veces admitimos con tranquilidad que las motivaciones elevadas, puede ser la lucha política, la ciencia o cualquier otra cosa de esaíndole, justifican la separación de los padres e hijos. Nada más alejado de la realidad de los pequeños (…) por ello la familia es el valor nuclear de una sociedad y el parámetro que indica su nivel de integración o dispersión.

Los personajes que desarrollan la historia son Héctor, quien no puede andar, y su abuela; también la niña, Laura, que queda abandonada con su madre tras la partida del papá. La gata negra Coca ocupa un lugar especialísimo, al servir de enlace a la comunicación que intentan establecer, casi a ciegas, para traer a los padres de vuelta.

Cartas echadas al mar dentro de botellas, cartas llevadas hacia los parques, cartas llegadas a la redacción de periódicos y revistas de todo el mundo: desesperadamente escriben los dos amigos protagonistas preguntando por el padre de Laura, y como sorpresa les comienzan a llegar respuestas de sus misivas. Se percatan de la cantidad de personas desaparecidas que existen y de la tristeza y el vacío que han dejado tras ellas. Conocen que existen motivos distintos de esas desapariciones, por ejemplo, las dictaduras que tantos miles de huérfanos, viudas y madres sin hijos, ya abuelas, dejan.

Enrique maneja líricamente los peores descubrimientos que hacen los niños, como es hábito en su quehacer creativo, y emplea la fantasía para alimentar la esperanza: su Héctor sueña que es un corredor andino, un chasqui, que lleva mensajes a todos. Otras veces monta en su gata que se ha vuelto gigante y recorre zonas extensas y playas del mundo. O nada en el mar con su amiga Laura convertida en sirena. Así presenta a través de imágenes llenas de belleza la ilusión de este pequeño lastimado, quizás para siempre, por un accidente de tránsito, a propósito del cual, como evadiendo la culpa, sus padres se han alejado.

El poder de convocatoria de los muchachos tendrá un clímax cuando, invitadas para una celebración, una enorme cantidad de personas llega a la casa y encuentra a sus seres desaparecidos, entre ellos, el padre de la chica. Tras el singular evento, los padres del jovencito lo reclamarán desde la provincia donde trabajan.

El final es abierto, quedamos en suspenso ante los sueños del niño sobre su posible capacidad de caminar recuperada y la reunión con sus progenitores. Mas lo importante del relato no es el fluir de los hechos, que sucede de manera suave e ininterrumpida, sino las meditaciones y conceptualizaciones que exponen los menores a través de las páginas, sus anhelos y sentimientos más escondidos al estar narrado en primera persona por parte de Héctor, quien a su vez se dirige a Laura en segunda persona: “cruzas la calle…, preguntas de pronto…, dices con la vista perdida…”, etc. Se debate sobre la reencarnación, sobre la capacidad de hablar de los animales y otros temas disímiles, siempre con la premisa del amor como móvil de cada comentario. Como es tradicional en esta editorial el libro cuenta con anchos márgenes donde se extractan frases o se aclaran significados de palabras desconocidas por los lectores del nivel al cual está dirigido, que se marca como la cuarta o quinta estación del tren dorado (en el exterior se refleja el número 4 pero en el interior se marca el 5).

Un cuento que se desenvuelve entre dos aceras, locación mínima que sirve para reflejar el mundo en ojos infantiles, es este libro fácil de leer y disfrutar en escuelas y hogares donde la unión de quienes se quieren decidirá siempre un mejor futuro.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas