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Luis Felipe Rodríguez, del talento y el olvido

Leonardo Depestre Catony, 03 de agosto de 2017

Me atrevería a afirmar que dos o tres décadas atrás, Luis Felipe Rodríguez tuvo un segundo aire en nuestras letras y más de una relectura entre muchos compatriotas. El escritor manzanillero, con su prosa desnuda de afeites, reclamó las miradas de muchos de quienes nos acercábamos a la literatura cubana en busca de la belleza ríspida de algunos de sus narradores.

Quiero que veas y oigas de nuevo, a tu propia luz, esa brecha abierta en la entraña viva del cañaveral. Yo, Marcos Antilla, hijo espontáneo de este terrón insular y con todos los defectos y virtudes del criollo auténtico, voy a relatarte el cuentecillo de la guardarraya…

(Marcos Antilla, relatos del cañaveral, 1932)

Novelas, cuentos y obras de teatro integran el currículo de obras publicadas por Luis Felipe Rodríguez, nacido el 30 de julio de 1884, quien cursó estudios en el Colegio José Antonio Saco de Manzanillo, pero de quien se puede afirmar –y lo sostuvo él mismo– que fue un autodidacto dotado de gran laboriosidad y talento, un autor poco conocido en su tiempo y un vehemente que no dejó de escribir y decir lo que otros autores veían y no decían.

Sus primeras colaboraciones aparecieron siendo muy joven, en la prensa oriental: El Porvenir, las revistas Prosa y Verso, Alma joven, Orto, de la cual fue uno de los fundadores. Ya en La Habana, se le pudo leer en El Fígaro, Bohemia, Carteles, Social, Letras, en el diario Información, entre otros.

Aludíamos a su condición de manzanillero, y en esa ciudad se fraguó junto a un grupo de coterráneos, varios de los cuales trascendieron el ámbito local para insertarse en el ámbito de las letras cubanas, algo que en buena medida consiguieron, al menos en los inicios, a través de las páginas de la revista Orto (1912-1957), ejemplo de tenacidad y amor en todos cuantos la sostuvieron.

Quienes conocieron a Luis Felipe han afirmado que fue un hombre de personalidad curiosa, algo extravagante, aparentemente ausente de la realidad, si bien su obra demuestra que fue un observador sagaz, crítico, certero y muy adentrado en el acontecer social.

Publicó varios libros, en Cuba y fuera de ella. De 1912 data su ensayo La ilusión de la vida, editado en Valencia. La relación de títulos se nutre con Gente de Oriente (1915), Cómo opinaba Damián Paredes, una novela que vio la luz en Valencia en 1916 y se desarrolla en una imaginaria ciudad de Tontópolis; Poema del corazón amoroso, prosa poética, de 1920; La conjura de la Ciénaga, novela que tuvo su primera edición en Madrid en 1923 y La copa vacía, también novela, publicada en 1926.

Se suman otros libros: La pascua de la tierra natal, de 1928, donde agrupa narraciones de ambiente rural y citadino; Marcos Antilla, relatos del cañaveral, 1932, con varias reediciones; Contra la guerra imperialista, conferencia que dictó en el Aula Magna del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, en 1934; Biología de nuestra hospitalidad, 1935, y Don Quijote de Hollywood, 1936, fantasía humorística en torno a la figura de Charles Chaplin.

Su obra teatral incluye el drama en tres actos “Contra la corriente”, “La comedia del matrimonio” y “Turbonada”, publicados en Orto. El relato “La guardarraya” le mereció el primer premio del concurso convocado por Revista de La Habana, en 1930, en tanto la novela La Ciénaga (reescritura de La conjura de la Ciénaga) le valió el premio de ese género en el concurso literario patrocinado por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación en 1947.

La tierra que Luis Felipe Rodríguez trabajó de niño con sus manos, y el ambiente rural que bien conoció, son los mismos que después llevó a su narrativa. Esa narrativa, poseedora de una gran intensidad en que el lirismo entra y sale con la fuerza del drama por la vida, es la que hace de Luis Felipe Rodríguez un autor cuya vigencia pervive.

Es una pena que hoy no se le conozca debidamente y más aún, que su nombre se pase por alto cuando de los grandes narradores cubanos del siglo XX se habla. El tiempo, el implacable, como se le suele llamar, no siempre es justo. De ahí la importancia de colocar nombres y cosas en su sitio.

Al morir en La Habana el 5 de agosto de 1947 –justo siete décadas atrás– dejó inéditos algunos textos, entre ellos "El negro que se bebió la luna", aparecido como separata de la revista Gente en 1953. Valgan estos apuntes como muy modesto homenaje.

Editado por: Nora Lelyen Fernández