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Letras sobre Hiroshima

Pedro de la Hoz, 08 de agosto de 2017

El primer testimonio que la opinión pública norteamericana conoció acerca de la atrocidad cometida por sus gobernantes, al lanzar el 6 de agosto de 1945 una bomba atómica sobre Hiroshima, fue escrito por el periodista y narrador John Hersey y publicado apenas un año después del acto genocida en la revista The New Yorker.

Los lectores quedaron impactados el 31 de agosto de 1946 por la descripción del horror padecido por los habitantes de la ciudad japonesa, víctimas del estreno del arma nuclear.

Hersey tituló su material solo con el nombre de la urbe castigada: "Hiroshima". El autor de la traducción al español, Juan Gabriel Vázquez, señaló cómo Hersey dio la voz de alarma sobre las consecuencias de la aparición de la más letal de todas las armas de destrucción masiva «en medio de la obsesión por justificar la bomba como abstracción bélica o instrumento de la venganza merecida, pues casi nadie en Estados Unidos se paró a pensar que debajo de la bomba había gente».

A Hersey, como era de esperar, lo trataron de descalificar. Como era un norteamericano nacido en China, intentaron ver en él a un orientalista fanático incapaz de apoyar los esfuerzos de una potencia occidental por restablecer el orden violado por la aventura militarista japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. A fin de cuentas el periodista solo vivió su primera infancia en China, se formó en Estados Unidos y trabajó para las revistas Life y Time antes de la publicación de "Hiroshima". Acompañó a las tropas aliadas en la campaña en Europa, y en Asia se involucró en la épica batalla de Guadalcanal.

También lo tildaron de izquierdista y liberal, cuando se veía venir la Guerra Fría. La élite gubernamental nunca le perdonó su testimonio sobre el genocidio. De hecho, unos meses después de que "Hiroshima" se convirtiera en un suceso editorial, el secretario de la Guerra del gabinete de Truman, Henry L. Stimson, publicó en la revista Harper’s uno de los artículos más perversos en la historia contemporánea de Estados Unidos: "La decisión de usar la bomba atómica". Con alevoso cinismo, el político justificó la acción como instrumento que definió la rendición de Japón. Stimson ocultó que el imperio nipón había comunicado la intención de negociar el cese de las hostilidades desde al menos dos meses antes del bombardeo atómico y que al tomar la decisión él mismo había convencido a Truman que el lanzamiento se hiciera sin notificación previa a los aliados. Truman y Stimson fueron cómplices de un pacto doblemente siniestro: mostrar al mundo el poder devastador del arma nuclear con absoluto desprecio a la vida humana –150 000 muertos de un plumazo y más de 360 000 víctimas en años sucesivos– y hacerle saber a la Unión Soviética, pilar de la lucha antifascista en Europa, que EE.UU. detentaba la supremacía planetaria 

El libelo de Stimson es solo un ignominioso documento histórico, comparable con los discursos de Bush Jr. y Colin Powell para invadir a Irak bajo el pretexto de la posesión por parte de ese país de un arsenal de armas de destrucción masiva. El testimonio de Hersey gana valor en el tiempo.

Para no pocas personas de cierta edad la revelación de la tragedia del crimen atómico se debe a la película Hiroshima, mi amor (1960), del francés Alain Resnais, a partir de un guion de la célebre escritora Marguerite Duras. Esta trabajó para el cine y solo después reunió en un libro los materiales que entregó al director para el excelente filme que discurre sobre lo casual y lo causal, la memoria y el olvido, el sexo y la muerte.

Acerca de cómo observaron los propios japoneses las secuelas del ataque del 6 de agosto, nada más estremecedor que las páginas de Cuaderno de Hiroshima (1964), colección de crónicas de Kenzaburo Oé. Un año antes el escritor viajó a la ciudad y encontró a sobrevivientes y activistas que promovían la desnuclearización de las naciones. ¿Cómo otorgar sentido a una vida destruida? ¿Qué nos ha quedado de la catástrofe nuclear? ¿Quién podrá acabar con aquella parte de Hiroshima que todos llevamos dentro? Esas preguntas recorren el conjunto de viñetas de quien por su prodigiosa obra narrativa mereció en 1994 el Premio Nobel de Literatura.

Muchos años después de publicar su ejemplar libro de crónicas, Oé reflexionó sobre la responsabilidad en la era de la fisión nuclear; «Los japoneses, que conocieron el fuego atómico, no deben plantearse la energía nuclear en función de la productividad industrial, es decir, no deben tratar de extraer de la trágica experiencia de Hiroshima una receta para el crecimiento. Al igual que en el caso de los sismos, los tsunamis y otras calamidades naturales, hay que grabar la experiencia de Hiroshima en la memoria de la humanidad: es una catástrofe aún más dramática que las naturales porque la provocó el hombre».     

Oé tuvo mejor suerte en vida que Tamiki Hara, cuyo libro Flores del verano solo fue posible publicarlo después de arduos escarceos debido a que en 1947 hablar de las víctimas de la bomba en Japón era problemático. Hara  se hallaba en Hiroshima el día 6 de agosto de 1945 a las 8:15 a.m., cuando estalló el artefacto. Estaba lo suficientemente lejos del lugar de la explosión, por ello sobrevivió. Narra el antes, el durante y el después de la tragedia, sin adornos, pero con un aliento poético insuperable: en su prosa afloran la confusión, la destrucción, el horror, y lo mejor y lo peor de la condición humana.

Hara fue una víctima sicológica del bombazo. En 1951, atormentado, se arrojó en las afueras de Tokio ante un tren en marcha.

Tomado de Granma

Editado por Heidy Bolaños