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Apología de un ángel de la muerte

Elaine Vilar Madruga, 08 de agosto de 2017

Esta podría ser la historia de un ángel de la muerte, pero no. Podría ser la historia de una mujer distorsionada, cuya mente juega el partido final contra sí misma: si gana, el premio serán los barbitúricos. Esta podría ser la historia de una denuncia feminista —mujer profesional y exitosa que carece de lo elemental en la vida “real”, oculta entre paredes, la muchacha que no tiene el talento para simular el rol de “chica buena”: mamá orgullosa, esposa amante; esa, la que no tiene ningún hombre para abrazar luego del esfuerzo de un largo día de trabajo—, pero la verdad se resiste a ser sometida de manera semejante. Pero, ¿qué realidad?, cabría que los lectores se preguntaran, también ellos resistiéndose a recibir estas palabras como un manual de (auto)ayuda a la lectura. Y hacen bien los lectores. Hacen bien en no creerme y saltarse estas líneas introductorias, y escapar directo a la protección del relato.

Pero insistiré. Ivette —nuestra protagonista— es ciertamente un ángel de la muerte, un sobrenatural ángel que viste la piel del alien (nunca mejor empleado este término del cine de terror y gore de las últimas décadas), de la criatura que vive soterrada dentro (o debajo) de la piel del portador. Solo que el alien de esta historia es a la vez suicidio, enfermedad mortal y alegoría de lo extraño. Es símbolo y materia fetal. Es maternidad impuesta por el autor y cuerpo violado de la mujer objeto. Es sexo no consentido y desmemoria.

Ivette es la criatura pasiva, la criatura de referencias borgianas que se asoma al espejo y teme verse reflejada en él (sí, ya sabe ella lo que se esconde debajo de la piel/capa de la cebolla: el tufo que hace llorar). Ivette se asoma a la cuna de los infantes y su leitmotiv es la muerte: comer de ellos o comer de sí misma. El suicidio es la figura simbólica que se yergue en su construcción de vampiro, dígase absorción de las energías vitales, suicidio a través de barbitúricos u otro método de (auto)eliminación, negativa a la contemplación.

El centro temático de esta historia lanza sus líneas de conexión hacia el cine de terror psicológico (y sus primos menos gentiles del gore), pero no tema, lector: si no le apetece encontrar escenas con abundancia de sangre, este joven autor ha tenido el buen tino de escuchar la influencia aristotélica, la voz de Sófocles y Eurípides, para convertir el dolor y la desgarradura en referencia, prehistoria, hecho verbal narrado, no vivido. El uso de la segunda persona del singular como sujeto narrativo (y también narrador personaje, temo decir: alerta de spoiler, pero así es) si bien puede vender un final que resulta evidente/previsible al menos para mí como lectora, al menos demuestra la capacidad que tiene este joven autor de elegir —correctamente— un narrador que obedezca al sujeto alien, al sujeto vampiro, al sujeto nosferatu, Gregorio Sansa en distorsión asesina que es, al fin y al cabo, esencia de la historia.

Las referencias no son sutiles y la influencia de la circularidad se percibe, pero no son estos hándicaps de la estructura, pues la historia  se disfruta plenamente y no se usan vericuetos argumentales para contar un relato que no pierde su esencia. Su autor, David Martínez Balsa, es el más reciente ganador del Premio David de Narrativa, si bien este relato no forma parte del libro premiado. ¿Oficio de escritor? Sin dudas. Al margen del premio que se le ha otorgado, en este relato puede apreciarse la mano de un autor en ciernes y de un lector inteligente, que se esfuerza en desentrañar los vericuetos de la experimentación y del lenguaje, con aciertos y desaciertos, con momentos de lugar común y otros de lucidez, luces y sombras, claroscuros.

Los suicidios de Ivette es la historia, sin dudas, de la criatura y su huésped, de la mujer y su carga: la alegoría de un grito que Eurípides habría sabido apreciar.


 

LOS SUICIDIOS DE IVETTE

Los rayos de sol bañan de luz las cortinas oscuras que cubren la ventana, y te despiertan. Tu conciencia es la primera en espabilarse. Y piensas lo mismo que todas las mañanas desde hace semanas, tu mente reitera esa certeza que te hace desear nunca más abandonar el lecho. Antes la combatías; ya ni siquiera lo intentas. Sabes que es cierto. El paso del tiempo solo logra demostrar lo fútil que será resistirse a lo obvio.
No quieres seguir viviendo.
En el campo profesional, fuiste siempre exitosa, aún lo eres; pero has fracasado como persona, y como mujer. Por eso intentaste suicidarte un día después de cumplir los treinta y cinco años. Aquella noche caíste en la cuenta de que estabas sola e infeliz. El cuchillo abrió tus venas y moriste, por casi un minuto. Los médicos lograron traerte de vuelta. Pero no solo volviste tú, alguien, o algo más regresó contigo. Lo puedes sentir, a veces lo oyes. Y eso te tiene inquieta, pese a que no le das mucha importancia.
Ahora, sentada en la cama, dedicas unos instantes a observar las cicatrices en tus muñecas. Son el testamento, visible, de tu voluntad de morir. Otros lo esconden, tú ya no puedes.
Sales de la cama, cuelas café y lo bebes. Luego te preparas para ir al trabajo. Lo haces todo con despreocupación, caminas lento, encorvada. Tu cuerpo se ha convertido en el vivo reflejo de tu alma: deshecho, abandonado. Cubres el espejo del baño antes de asearte. Le temes a tu propio reflejo.
Desde la niñez, le has caído mal a todo el que te conoce. No tienes amigos; los novios son páginas rotas —con apenas varias líneas memorables —de un largo libro de fracasos románticos. La gente te critica tu autosuficiencia, ese orgullo que pareces exudar, el hecho de que nadie gana las discusiones, excepto tú. Dicen que no te preocupas por ningún ser humano. Para ellos no eres una individualista, eres simplemente una bruja apática, y ahora una cobarde que se corta las venas para desertar de su soledad. Muchos ni opinan, se limitan a saludar, reír, y después hablar a tus espaldas.
Nunca prestaste demasiada atención a la opinión ajena. Juzgabas erróneo vivir según el criterio de las amistades o la familia. Para ti, eso se llamaba imitar. Tus padres querían que su única hija fuera abogada, pero entraste a la Medicina, y triunfaste. Hoy eres una de las mejores cirujanas del país. Decir tu nombre equivale a magnificencia. Y durante muchísimo tiempo, eso sirvió de armadura contra el odio y envidia de los demás, de las infidelidades de tus parejas, de tantas cosas.
Pero lentamente, notaste lo solitaria que era tu vida. No tenías a nadie esperándote en casa, un hombre cariñoso al que abrazar y amar tras un largo día de trabajo. Y empezaste a sospechar que a lo mejor la gente llevaba razón. Quizás fueses tú la equivocada. Quizás eras tan orgullosa que provocabas alergia a quien intentara una conversación. Un análisis de tu vida te permitió concluir que habías alcanzado las metas que te impusiste. Sin embargo, ¿dónde estaban los detalles que coronaban los logros? ¿Dónde estaban los amigos, la familia, el amor? Siempre supiste lo vacía que era tu vida, pero el éxito logró taponar el hueco. Ya con tus sueños realizados, ¿entonces qué quedaba? ¿Qué te haría feliz? Nada. El día de tu cumpleaños nadie llamó para felicitarte; ni un alma tocó la puerta. Tú eras tu propia enemiga.
Y hoy, mientras caminas hacia el trabajo, te sientes igual que antes de cortarte las venas. Miserable y deseando la muerte. Entras al hospital y no saludas a nadie en el trayecto a tu consulta. Las mangas de la bata médica ocultan las cicatrices, pero sientes los ojos ajenos buscar tus muñecas.
Tienes guardia esta noche y el día se va lento. El hospital parece poseído por las voces entremezcladas de la gente; una alevosía de murmullos, con la ocasional intervención del siseo de las camillas y carritos de limpieza que recorren los pasillos. Tales sonidos impregnan sus paredes y salones; son una constante que fluctúa, pero no desaparece, e infunden vitalidad al edificio.
Haces ocho cirugías. Cuando empieza a oscurecer, tu cuerpo no puede más, pero le fuerzas a ir a la sala de Neonatal. Hay un problema con los recién nacidos. Todos han perdido peso y los doctores están alarmados. Sospechan la entrada de un virus o infección que afecta la vida de los infantes, pese a que los test no muestran nada.
Son las diez de la noche y haces una parada en el baño antes de llegar a la sala de Neonatal. Te lavas las manos luego de orinar. Alzas la vista y tu mirada tropieza con el espejo. Entonces lo ves y gritas, pero algo ha impuesto silencio a tu voz: produces el gesto, pero no emites sonido. Temes a los espejos. Les temes porque te muestran esa imagen que ahora vislumbras.
De los hombros para arriba has dejado de ser tú, has dejado de ser humana. Ahora posees un rostro similar al de un león, aunque plagado de cicatrices y llagas supurantes, con un hoyo por nariz; la mandíbula inferior apenas ostenta piel, es solo tejidos putrefactos coronados por dientes necróticos. De la espesa melena grisácea que circunda tus nuevas facciones brotan, entre crujidos, seis patas esqueléticas y deformes que terminan en pezuñas. Las extremidades, dispuestas en círculo alrededor de la cabeza, se retuercen en espasmos intermitentes, como si despertasen tras un largo sueño. Es grotesco, repugnante. Quieres gritar de nuevo, pero ya no tienes voz, ni brazos, ni piernas. La vista se te nubla y finalmente, la oscuridad es lo único que ves.
Sientes un pánico horrible. Esto no te ha ocurrido antes. Por lo general, ves a la criatura durante varios segundos y luego de un pestañazo, se esfuma y tu rostro vuelve a la normalidad; hoy, eres tú quien se desvanece.
Tus sentidos retornan en breves lapsos. Oyes el eco de los pasos, alguien te saluda. Has salido del baño. La oscuridad se disipa por tres segundos. Miras arriba y ves un letrero en la pared, justo encima de una puerta. ‘’Sala de Neonatal’’; lees antes de perder de nuevo la vista. Sientes que te mueves. Tu cuerpo no es tuyo. No lo puedes blandir. Quien manda es la criatura, sin embargo, la gente no la puede ver, pues nadie grita, nadie se alarma. Te está usando para sus propósitos, ¿pero cuáles son?
Escuchas más puertas abrirse. Si el horror te sobrecoge, ¿entonces por qué tu corazón no emite latidos? Olvidas la interrogante cuando recuperas de nuevo la vista. Tienes delante a Dayana, la enfermera que asignaron a cuidar los bebés enfermos. Ella está de guardia hoy. Debido a la enfermedad de los pequeños, los tienen aislados. Ni siquiera sus padres pueden verlos hasta que se determine la causa de la afección.
—¿Viniste a examinarlos? —la oyes decir.
Y ves como la criatura, usando tu mano, le coloca un dedo en la boca a Dayana y ésta cae al suelo, inconsciente. Te has detenido frente a una de las cunas. Retorna la oscuridad a tus ojos. Entonces, aterrada, oyes el llanto de un bebé, seguido por un extraño ruido de succión.
Luego, sientes que giras y te agachas. Tu dedo toca algo y de inmediato oyes la voz de Dayana:
—¿Qué pasó? —dice. Suena confundida.
—Te desmayaste, ¿no lo recuerdas? —es la criatura quien habla, con tu voz.
—No.
Y de pronto, no escuchas, no ves. Incluso el miedo se ha ido. No sabes por cuánto tiempo dura esa inercia. Todo empieza a regresar. Te han devuelto tu cuerpo: los ojos ya ven, puedes oír, respirar. Estás en tu consulta, sentada a la mesa. Crees que todo fue una pesadilla, sin embargo, de cara a la duda, vas a la sala de Neonatal. Allí reina un ambiente sombrío y pronto descubres la razón: uno de los niños empeoró la noche anterior y falleció en la madrugada. Los padres están devastados; lloran con el bebé muerto en brazos, piden cuentas al hospital.
Tú retrocedes y apenas logras llegar al baño para vomitar en un lavamanos. No entiendes lo que sucede, pero sabes que es cierto. Sabes quién asesinó a ese niño.
Tú. O lo que vive dentro de ti.
Te relevan de la guardia y regresas a casa. Has tomado una decisión sobre lo que debe hacerse. Pensaste en lo que ha sucedido desde tu fallido intento de suicidio. No queda otra explicación. Hace dos meses, estuviste muerta por casi un minuto. De lo que ocurrió en ese lapso no tienes memoria, pero las consecuencias acabas de vivirlas. Cuando los médicos te resucitaron, algo más vino contigo, en ti. Ese algo, esa criatura grotesca de otro mundo que solo tú, su portadora, ves en los espejos y que achacaste a tu imaginación, es lo que drena la vida a esos bebés. Y ya mató a uno.
Tu decisión es irrevocable. Eres la herramienta de una monstruosidad. Y si mueres, también eso lo hará. Entras a tu casa y abres la gaveta de los medicamentos. Sacas el frasco de antidepresivos que te recetó el psicólogo, lo acerca a tu boca y empinas el codo. Ignoras la molestia en la garganta mientras las píldoras descienden. Sueltas el frasco vacío, lo oyes rebotar en el suelo mientras llenas un vaso con agua. Bebes. A pesar de los mareos, logras llegar a la cama y acostarte. Cierras los ojos.
Minutos después, mueres.
A la mañana siguiente, abrirás los ojos y no recordarás nada del día anterior. Volverás a sentirte sola, frágil. Serás la mujer exitosa que sucumbió a la depresión y trató de suicidarse. Irás al hospital y en cierta hora del día, decidirás visitar la sala de Neonatal; porque digan lo que digan de ti, adoras a los niños y no soportas verlos sufrir. Antes de llegar a Neonatal, irás al baño. Y mirarás el espejo y verás un monstruo que te devuelve la mirada, un monstruo que se apoderará de tu cuerpo y lo usará para alimentarse de los bebés. Luego descubrirás que cuando estuviste muerta y los médicos te resucitaron, esa criatura usó tu alma como medio de ingreso a este mundo. Decidirás suicidarte para así, eliminarla y también porque, en el fondo, quieres morir. En tu casa, buscarás el frasco de píldoras, pero estará vacío; no entenderás el por qué, dado que no recuerdas. Eso no te detendrá; hallarás otro modo de morir. Siempre hay opciones en lo que a morir se refiere.
Y una vez más, morirás.
Pero yo te traeré de vuelta, borraré tus recuerdos y seguiré aquí. Y tú despertarás para hacer un fugaz tour por tu vida, tu pasado, lo cual te llevara a pensar en lo miserable que eres y lo mucho que codicias el suicidio. Y querida, la muerte no es la vía para expulsarme, es lo que me fortalece. Siglos atrás, alguien logró desterrarme de este mundo, pero gracias a ti, he vuelto. Y no me iré. Ahora estoy contigo.
El Sol asoma en el horizonte. Tú duermes todavía. Ya los recuerdos se han ido y la vida retorna. Es hora de levantarse, Ivette.
Despierta…

 

David Martínez Balsa nació el 25 de agosto de 1991 en La Habana, Cuba. Contador de profesión y graduado del taller de técnicas narrativas, dramaturgia y lenguaje de radio, televisión y cine ‘’Herramientas del Escritor’’, auspiciado por el grupo ’Punto de Giro’. También es egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde obtuvo la beca de creación literaria ‘’El Caballo de Coral’’, en el año 2015. Mención en el Concurso Oscar Hurtado 2014; primera mención en el Camello Rojo 2016; 3er lugar en el Concurso Juventud Técnica 2017 y recientemente fue galardonado con el Premio David 2017 de cuento.