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Crecen huesos en el corazón
 

Elaine Vilar Madruga, 25 de agosto de 2017

Una vez, hace ya mucho, conocí a Yadira Álvarez Betancourt y su obra. En un momento de epifanía —o de lo que yo creí una— le dije que en ella vivía Úrsula K. Le Guin, una autora poco conocida para el lector cubano que no pertenezca al fandom de la fantasía y la ciencia ficción. Pero la mayor cualidad de la escritura de Yadira es la polifonía, el registro que se niega a la heterogeneidad o al encasillamiento: su trabajo, si bien ha tenido un mayor reconocimiento dentro de los terrenos del fantástico, cruza con igual facilidad y calidad por las aguas siempre ignotas del realismo. Huesos es el testimonio de esta verdad. Y es un testimonio escrito sobre un vestido verde, sobre un pañal con talco de bebé (blanco como el coco), sobre la tumba de un ser querido.

Yadira sabe manipular los sentimientos con artilugios de intérprete virtuosa. No se concentra en el melodrama, si bien lo domina. No se concentra en lo escabroso de las descripciones de un cementerio de losas abiertas y ataúdes rotos. No hace descripciones que rayen en lo arquetípico o el lugar común. Ella va hacia los detalles del alma de dos personajes que contemplan objetivos diferentes (polares, diría): el sepulturero que observa a la mujer del vestido verde; la mujer del vestido verde que espera en un banco cercano a la tumba de Saborit.

El encuentro entre estas dos criaturas tiene el trasfondo de la muerte, pero no es la muerte cruda, no es la muerte de funerarias y gritos, recargada de anécdotas funestas, sino la muerte en su apariencia de bolero, de canción triste, de susurro sobre una cuna. Una muerte teñida de verde, muy cubana, por momentos melancólica, capaz de mirar al mar.

Existen relatos que no necesitan defensas ni diatribas. Que no exigen palabras de introducción ni precisan manuales para su lectura: este es uno de ellos. Sorprende ver la soltura de Yadira en su otro rostro realista de escritura. Asombra el descubrimiento de la muchacha hermosa cerca del osario. El color verde —por encima de todo lo gris y lo carmelita, sobre el polvo, los huesos y las cajas carcomidas— sobrevive, tanto que de repente es imposible que uno no establezca un paralelismo con aquella niña del abrigo rojo en La lista de Schindler. Este verde que ha sido homologado con la esperanza, con la vida, con el crecimiento, establece un hermoso canal de contacto —visual, cinematográfico— con un relato que aprecio más en su condición de corto, mediometraje, película.

Es esta esencia cinematográfica la que se nutre de un espacio rico como el cementerio, donde el contraste entre vivos y muertos (choque cultural, de cierta manera) se hace más evidente. En él colisionan luz y sombras, huesos animados contra huesos inanimados, talco de bebé contra restos. Y si bien el melodrama arroja su presencia contra el filo del relato, no debe el lector pensar que este es un cuento lacrimógeno, no este un cuento diseñado para arrancar lágrimas fáciles ni sonrisas inútiles: su sutileza es abordar el evento de la desgracia individual —vista desde el ojo del voyeur, del vacilador, en inicio fiesta de los sentidos y luego trastocado en marcha fúnebre— en su total dimensión.

Huesos: bajo ese nombre, casi lugar común, casi previsible, se oculta un relato (y, más que eso, una historia) de cierta tragedia silenciosa, que solo ha sido posible atisbar a través de una celosía, donde un vestido (verde) de mujer queda como el eco de cierto desgarramiento interior y silencioso.
¿Es posible que crezcan huesos dentro del corazón? ¿Huesos duros, como un cáncer de tristeza? ¿Es posible evitar que esos huesos se conviertan en raíces?



                  Huesos

Maldito sol que baja en Colón, y con todas esas lápidas reverberando, espejando luz a todas partes, uno no sabe dónde poner los ojos, para dónde mirar. Por eso me compré estas gafas. Malísimas, las pobres, y dice Eva que no son de marca, pero a mí qué me importa… total, son para no quedarse ciego en estos turnos de día, no para ir a fiestar al Vedado.
Ya casi son las dos, y hoy tenemos que desenterrar gente. Coño, qué mal me cae, pero es parte del trabajo y uno se acostumbra a todo.
Así que voy caminando, rumbo la esquina B. Sentarme como siempre, en el banquito al lado de la tumba de Eduardo Saborit, a conversar un rato con cualquiera en lo que empieza la cosa.
Sol, sol. ¡SOL, CARAJO! Y no es agosto todavía, faltan dos meses. Si ahora se me cocina el coco, en pleno verano me voy a insolar “¿Insolarte qué, negro?” Eva se ríe, se burla del uso raro que hago de palabras de viejos. “Como no te insoles el blanco de los ojos, moro. Que la pelleja más prieta no la puedes tener”. Si me hubiera conocido de niño… yo no era blanco, pero… ¿negro?, ¡na’ yo era mulatico!
Y este overoll, azul Industriales, parece una sauna. Cómo no voy a salir apestando… la gente se aparta de mí en la guagua cuando salgo por la tarde para casa de Evita, y ella me espera con el agua caliente o la ducha vacía, toda para mí.
Eva, mi Eva… no me deja que la toque mientras no me he bañado, y yo ni la beso antes de cepillarme las uñas y restregarme hasta que me arde la piel, no vaya a ser que le pegue alguna cosa de las tumbas…
El banco está ocupado, alguien se sentó al lado de Eduardo Saborit y ocupa mi lugar. No veo bien, esta reverberación del sol en las lápidas me tiene medio cegato. Hay un montón de gente, sentados en los contenes, a la sombra, pero ella…
Eduardito debe estarse relamiendo de gusto. No, si fuera yo, hasta muerto saco la guitarra y le canto algo… cualquier cosa, “Longina”, “Ana”, “Perla marina”…
No tiene nada del otro jueves, es una mujercita del montón, pero se ha sentado en el banco, con ese vestido verde que le queda como si hubiera nacido con él, y ha puesto una manito pálida que parece de cristal, sobre la lápida de Eduardo, y el viejo debe estar deseando salirse de allá dentro, sentarse al lado de ella, agarrarle esa mano frágil e irse a dar una vuelta llevándosela, sentarse los dos en el Malecón, ver el atardecer.
El jefe viene del osario y todo el mundo se levanta y va hacia él. Es un tipo buena gente, chiquito, feo, pero tiene una habilidad para que todos se pongan a hacer lo que les toca, medio cementerio debe envidiársela, si es que hay alguien capaz de envidia aquí.
La muchacha se levanta y va también hacia allá. Debe haber venido por el padre o la madre… o el esposo. Por poco no me río, he tenido que aguantarme… esposo… de madre irse al otro barrio dejando una princesa así para recoger tus huesos.
Se le ven los títulos en la forma de caminar, y cuando me pasa por al lado una vaharada de su olor me acaricia las ganas.
Mi Eva presume tremendo cuerpazo y es una diosa en la cama. Me tiene como a un rey, con ella se puede hablar de cualquier cosa, uno nunca se aburre a su lado, y encima se ha empeñado en que nos vayamos para España. Esa gallega es un pan, no sé qué va a hacer conmigo en la Madre Patria, con un tipo que no terminó ni el segundo año de universidad por un ataque de nervios.
Pero esta eva que vino a desenterrar a Dios sabe quién me recordó a esas del preuniversitario y a una o dos de la facultad. Esas evas de fuego que parecen nada y todo, que no levantan tres cuartas del piso, pero te remueven el piso bajo los pies cuando las ves caminar, o cuando les oyes la voz:
––Buenas tardes –– el jefe se ha vuelto hacia ella. Ya libre del tumulto que se le abalanzó un minuto antes, el viejo tiene cara de hastío, pero la voz de la mujer le ha cambiado el ánimo, se ve.
–– Yo nunca he venido a estas… gestiones, ¿cómo es?
El jefe se rasca la cabeza y empieza a largar la parrafada.
––Bueno… señora, esto es bastante desagradable pero…
––Eso lo sé ––lo corta, haciendo una mueca, pero esa voz no se hace desagradable, no, sino más dulce, más plena—. No se refería a eso mi pregunta, sino a cómo es esto, ¿dónde tengo que estar?, ¿dónde los van a poner?, ¿qué hacen después?––
Él la mira y me mira a mí, apartado pero presente, escuchando todo.
––¿Me permite la tarjeta que le dieron en la oficina de la entrada? Gracias. Ahora usted espera aquí, nosotros vamos a esperar a que llegue el tractor, entonces los sacamos, ponemos las cajas aquí, en la calle, y en las urnas que traen en la carreta ponemos los huesos. Luego los llevamos para el edificio ese que está ahí atrás, ¿lo ve? Si usted tiene un panteón… ¿no?, bueno… ¿y va a cremar los restos?...––
Ella duda, se queda mirando para el osario que parece una enorme caja de zapatos.
––A lo mejor.
––… nosotros le damos la tarjeta con la ubicación y usted pasa por la oficina y abona diez pesos, es el precio del Estado por guardar los restos durante un año. Luego si quiere cremarlos o trasladarlos, hace la gestión con más tiempo…
Los ojos de ella, castaños y claritos, parecen polvo de café, ese del bueno, el que Eva esconde para que yo no se lo acabe. El color no es pardo oscuro, sino carmelita, como caramelo. Los ojos están fijos y parece por un momento que se va a desmoronar, pero se aguanta y va a sentarse como todo el mundo… no, como todo el mundo no: se sienta donde mismo estaba, pero no en el banco, sino en la lápida de al lado, la que casi choca con el árbol.
Me le acerco al jefe y le echo una mirada a las tarjetas. Cinco cadáveres. Dos tumbas. El de ella es el tercero de abajo arriba, y al lado el número de la tumba: es la de la izquierda.
La familia que se sentó en el contén debajo del otro árbol está pasándose una caneca, hasta las mujeres la besan. Espero que no estén de ánimo llorón, los gemiqueos esos no los soporto, aunque los entienda.
Llega el tractor y el jefe se pone a protestar: ya son casi las tres, y esto debió estar en marcha a las dos y diez, máximo.
Las piquetas ya no me pesan, al principio era una barbaridad, y sin guantes. Abrimos la tumba de la derecha, solo hay dos, los difuntos deben estar bien abajo porque esta es profunda.
Qué peste a humedad, ya ni huele a muerto, aunque dice Eva cuando llego a la casa que huelo peor que un cadáver. Ella no sabe nada, no sabe lo que es abrir la tumba de un gordo, que ni en dos años logra descomponerse por completo, y tener que volver a cerrar enseguida, porque no hay nada qué hacer, no puede ni moverse para sacar a los de abajo. Y los muertos se quedan presos otros dos años, esperando que el gordito gozador haga lugar al acabar de desmenuzarse al fin.
La caja de arriba está que da pena. Parecería que ellas también se pudren. Había un viejo aquí que estaba en estos trámites desde antes del cincuenta y nueve, y decía que las cajas de muerto podían volver a usarse, porque pasaban veinte años y todavía estaban enteras. Estas de ahora son un asco, las tapas se zafan y el cristal se astilla. Una vez me corté con uno. Claro, las de aquella época debían pesar lo suyo.
Si no fuera por las cajas sería fácil sacarlos, lo pesado es levantar la lápida. Como pesan esas cabronas, una barbaridad, le parten la columna a cualquiera.
Suena el celular (cortesía de Eva, cómo no).
––Dime, mami… sí… temprano, claro… a las cinco, vieja… mentira, nadie te dijo vieja, tú no eres vieja… espérame en perfume…–
“Espérame en perfume”… un leve tirón en la entrepierna del overol me recuerda qué perfume, y el Mosca se empieza a reír.
––Vaya, gallego, hablando por teléfono y todo…
Tengo que reírme, pero no mucho, no sea que este se crea que puede hacer chistes a mi costa, lo tengo entre ceja y ceja desde aquello de “sepulturero y jinetero, ¡coño, si hasta riman!”
Miro a la del vestido verde. Está rebuscando algo dentro de su cartera, un jolongo de esos que vendieron a cinco CUC, de los tos’tenemos. Yo también tuve uno, más buenos que salen…
El Mosca y yo movemos la caja hasta la calle y entonces oigo protestando a Berto detrás de mí, la otra caja se desfondó, y el satín barato, fijado con tachuelas a la madera, se zafó y dejó caer el contenido en el fondo de la tumba. ¿No te decía yo?: fondo de cartón tabla y tachuelas herrumbrosas. El foso está lleno de huesos y ya está Berto metido allá dentro refunfuñando, recogiendo lo que puede.
El jefe va a preguntar por ese muerto, pero nadie lo reclama. Menos mal: este muerto no es de nadie, así que no hay que ponerse fino con él. Mando al Mosca a buscar una de las urnas y dejamos a Berto y a Julio en el trabajito pesado de recoger el reguero.
La lápida me pesa un montón, más que la otra, si tuviera que levantarla yo solo me hernio, eso seguro. Quiero mirar a la eva, pero esto es delicado, si esta cosa le cae en un dedo a alguien se lo arranca.
Adentro está oscuro. Siempre he pensado, y me pongo melancólico y más universitario, poeta y sensiblero de lo que debería, que a esta oscuridad debe dolerle cuando uno levanta la piedra, porque se esconde hasta en los rinconcitos más pequeños, debajo de los huesos, en el borde de la caja. Se parte en pedacitos y se disgrega, casi la oyes quejarse.
Un filito de luz se cuela y le hace cosquillas, pero la pobre no tiene consuelo.
Debajo de esta lápida está el muerto de la muchacha del vestido verde, la del jolonguito de cinco CUC. Esa eva.
Levantamos la lápida de canto antes de dejarla al lado y puedo ver la caja… mide un metro a ojo, no necesito una regla para saberlo. Una caja de un metro. Menos mal que el que está al lado mío no es el Mosca, o seguro suelta uno de sus chistes y tengo que pararle los pies. Es Ernesto, el socio de Playa, el que casi no habla porque se queda ronco nada más de responder, muy conveniente. Nuestros ojos se cruzan y veo en los de él lo mismo que pienso: una cajita de un metro, la tercera de abajo hacia arriba. Trato de acordarme del nombre en la tarjeta, pero nosotros nunca miramos los nombres, eso lo hace el jefe.
Bajamos la pesada piedra rectangular y miramos los dos hacia la muchacha. Está muy tranquila, se parece a esas extranjeras que vienen aquí a tirar fotos y se sientan a tomar un poco de fresquito a la sombra, entre una caminata y otra.
De esta caja no podemos tirar, porque nos quedamos con uno de los lados en la mano, hay que subirla y que alguien la espere afuera.
Bajo yo: desde la tumba de Saborit se distingue muy bien toda esta maniobra, no quiero ver la cara de la muchacha cuando note que estamos subiendo el cadáver que le pertenece. La tapa se rompió, como era de esperar, y en la hamaca que formó el satín allí dentro, se ve un cráneo chiquitico entre un amontonamiento de polvo, pelo y aserrín podrido.
De los otros muertos, los dos que quedan, ni me doy cuenta. Los movemos a todos hacia la calle, acercando las cajas a la gente excepto la del que se esparció en el fondo de la tumba. Solo tres son reclamados, hay uno que permanece solo debajo del árbol: los huesos de un desconocido que nadie añora, que nadie vino a reclamar.
Una pareja se acerca a la primera caja y se quedan mirando cómo Berto acomoda los restos en la cajita del osario. El Berto saca un hueso plano grandísimo, trata de acomodarlo y al ver que no puede, pide permiso. La pareja asiente y él rompe el hueso para que los fragmentos quepan en el espacio minúsculo.
La familia va hasta su muerto y una de las mujeres empieza a dar gritos, como si el difunto acabara de morirse. Entonces yo acerco la cajita hasta donde está la muchacha y la deposito a sus pies: una ofrenda, como los gatos dejando pajaritos muertos en la ventana de sus dueños.
La pareja levanta los ojos, tan parecidos, y se quedan mirándola. La mujer gritona se calla. Todos miran lo mismo, están mirando a eva y a su cajita de juguete. Si la muchacha no deja ir una lágrima, llorar ahora sería una vergüenza.
Ella está abriendo una jabita de nailon que sacó de su jolongo y veo un pañal doblado, blanquito como masa de coco, y una caja de talco, además de un paquetico de papel.
Le da la vuelta a la caja y se para delante de mí, con todo eso en las manos.
––¿Me permite?
Me aparto y ella se pone a acomodar el pañal en el interior de la urna. Deja caer una capa de talco, entonces abre el paquete de papel y saca unos guantes quirúrgicos de látex.
El jefe se ha acercado y le veo cara de regaño.
––Oiga, no puede hacer eso, mire que las infecciones…
Ella levanta las manos como si fuera a entrar a una cirugía, y le pone los dedos engomados casi debajo de la nariz.
––Vine preparada.
––Bueno, pero no puede hacer eso.
Ella lo ha mirado con esos ojos de café bueno, de caramelo quemado, y ha elevado una ceja, desafiante.
––¿Quién me lo va a impedir?
Ha sido un susurro, tal vez para que nadie lo oiga, pero yo lo escuché; el jefe ha mirado la cajita, ha tragado en seco y clavado los ojos en los de la muchacha, y se ha encogido viendo lo que hay en ellos.
––Bueno, pero deje que la ayuden.
Ella asiente y me inclino a su lado, sumergiéndome en su olor.
Saca primero el cráneo, y antes de ponerlo en su cuna de lienzo y estuco suspira, un suspiro bajo, fragmentado, parece que se le escapa de muy adentro. Pero las manos no le tiemblan.
Saca los huesos más grandes, apenas del largo de mi brazo, y un sinfín de huesos tan chiquitos como los de un perro. Va acomodando todo eso dentro de la envoltura de pañal. No me deja tocar nada, me aparta las manos y tengo que dejarla, permaneciendo a su lado pero sin hacer nada, como un aprendiz mirón.
Al final escarba en el aserrín, el polvo húmedo y los ripios, buscando hasta el último huesito. Agita un poco la urna y abre la caja de talco, entonces esparce el polvo perfumado sobre los huesos, los envuelve en el pañal y se levanta.
Se quita los guantes, los tira en el ataúd desbaratado y me pide que ponga la tapa.
El osario es un edificio feísimo. Un chiste que se dice mucho entre nosotros es que los panteones son Miramar y Atabey, Víbora Park, Vedado… que hacia el lado de Zapata, pegado al muro, están Habana Vieja, Marianao, La Lisa, Cerro, Centro Habana, Diez de Octubre… tumbas compartidas, comunes… pero el osario es Alamar. Bien puesto que lo tiene, igualito: edificios que parecen cajas de zapatos. Eva lo vio una vez cuando vino a buscarme, y le quedó una impresión malísima, no solo por el aspecto, sino por el olor. Tampoco me gusta, pero voy aunque no me toca, siento que me queda algo por ver, algo por hacer.
El tractor va hasta allá dando una vuelta, y los familiares están ahí, esperando para ver dónde les alojan a sus muertos. Ella sigue apartada, pero ya no la aparta su voluntad de no mezclarse: todo el mundo la mira y las caras tienen una expresión que no logro entender. Es como si ella fuera otra cosa, algo más que una muchacha con un vestido verde, un fenómeno que no se entiende pero provoca un respeto rayano en veneración y pena, como el de las viejitas que vienen a llenar de flores la tumba de La Milagrosa y se sientan a mirarla, preguntándose de qué forma divina o terrible pudo una cosita de nada como esa muerta triste convertirse en lo que ahora es.
Se suben las urnas, yo agarro la de ella, la de ella, y siento sus pasos que me siguen por las escaleras, por el pasillo.
––Si va a cremar los restos, compañera, debe llevar esta tarjetica a la oficina mañana  antes de las diez.
El Tuerto no estuvo hoy en la exhumación porque tiene un catarro bien feo y mejor que no huela las tumbas abiertas, ahora está frente a la muchacha, ubicando las urnas en el osario. Anota los datos de la tarjeta de ella en otra tarjeta, pone la ubicación, pasillo y piso, se la da y se va con los demás dolientes.
La caricatura de ventanas, al final del pasillo, permite ver desde una posición elevada la ciudad, no solo porque estamos en un tercer piso, sino porque esta necrópolis se eleva hasta el punto en que, si te vuelves hacia la Plaza, ves el Memorial hundido en el suelo, muy surrealista, como dice mi Eva.
Estoy mirándola, permanece inmóvil frente a mí, sin verme, corre una brisita fresca y el vestido verde ondea en torno a sus piernas.
––Mire, lo voy a dejar aquí.
La palabra “urna”, seca y sin valor, como “caja”, como “hueco”, no me sale, no me sale…
––Es mejor que él se quede aquí arribita, por si va a incinerarlo, para que sea fácil encontrarlo después.
No contesta, no sé si me oyó, ahora está mirando a lo lejos y ha puesto su mano en la caja helada… es hora, comienzo a irme.
––¿Te gusta? Desde aquí se ve el mar.
Ha sido un murmullo y no era para mí, pero me detuvo mejor que si me hubieran gritado, porque hay murmullos que son eso: gritos. Gritos que salen desde muy adentro, como los suspiros quebrados. Nadie los oye, pero gritan y rompen todo como el aullido de una soprano desbaratando cristales, desbaratando cristales dentro de uno, dejando vacío el espacio que estuvo lleno de tantas cosas.

 

 

Yadira Álvarez Betancourt (1980). Graduada de Licenciatura en Educación Especial (2003) y del Curso de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso (2006). Es una de las autoras del fantástico cubano más reconocidas entre el fandom. Entre sus publicaciones se encuentran:  "El gaitero y las sirenas" (cuento incluido en la antología Vestida de mar y otros cantos de sirenas; Ediciones Unión; La Habana 2010), "Al oeste del sol" (cuento en antología Axis Mundi; Editorial Gente Nueva; La Habana 2011), "Cómic" (cuento en antología Hijos de Korad; Editorial Gente Nueva; La Habana 2013); "Huesos" (cuento, publicación digital, 2013), "Carne y pescado" (cuento en antología Ciencia Ricción; Editorial Gente Nueva; La Habana 2014) e Historias de Vitira (libro de cuentos en coautoría; Editorial Gente Nueva; La Habana 2015), entre otros.