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El alma desnuda de Celdrán

Fefi Quintana Montiel, 10 de agosto de 2017

La primera vez que me leí Diez millones me dejó sin aire. Fue como un golpe en el pecho. La segunda vez también. Y la tercera…

Cuando vi la puesta en escena, la conmoción fue mayor, como la del público presente en la salita de Argos Teatro: gente emocionada, estremecida, llorando, en catarsis…

¿No es eso precisamente lo que debe provocar toda obra de arte? ¿No es eso el arte?

¿Qué tiene esta obra, qué pasa con ella para que la gente reaccione así?

Primero, la historia. Que no es la mía personal, sino la de muchos. Pero sí es mi historia, porque es parte de la historia de mi país, de lo que ha pasado a mi alrededor, de lo que le sucedió a algún pariente, a algún amigo… O porque, en definitiva, esta misma realidad nos envuelve a todos y todos somos responsables de todo.

Luego, la manera de ser contada: desde la subjetividad de cada personaje, lo que implica una comunicación cómplice y efectiva con el receptor. 

Asimismo, el argumento: la vida de un joven, Él, un adolescente homosexual que está descubriéndose y buscando su identidad, que crece en un medio familiar difícil —padres divorciados, la Madre una mujer impositiva, dominante, que disminuye la figura del Padre, único oasis afectivo del hijo—, y un contexto social convulso: los primeros años de la revolución, la zafra de los diez millones y lo que esto significó. Significa.

Presente, pasado y futuro están en diálogo constante en un relato donde los límites de lo teatral se difuminan para acceder sin problemas a lo narratológico. Él cuenta sus conflictos —que son muchos—, grita su dolor, su angustia. O calla. La Madre comenta sus actitudes, sus decisiones. El Padre muestra sus filiaciones, sus anhelos. Culpas siempre. Los personajes, sabiamente delineados, en confesiones cercanas a monólogos interiores, ceden su voz al otro dentro de un mismo parlamento. Las didascalias son pocas, apenas aparecen, que cada cual recree las escenas como mejor le acomode. Las fragmentaciones temporales y de situaciones son precisas y conforman un todo argumental que parece a punto del desborde, pero se define por la contención. El trasfondo social es expuesto sutilmente permeando cada vida, cada acción, insoslayable. El ritmo sugestivo, envolvente, está determinado por aliteraciones léxicas y sintácticas. El final es contundente, logrado con un contraste semántico rotundo. Síntesis expresiva. Soluciones sencillas y eficaces.

Estoy ante este texto poderoso, impecablemente escrito. Lo trabajo, lo reviso. Le encuentro solo una comita por aquí, un puntico por allá. Me comunico con el autor. Conversamos. Analizamos detalles, decidimos. Y entonces él me dice: «Cómo aprendo». ¡Qué humildad la de este hombre! ¡Qué grandeza!

Sabemos que es la propia vida del autor la que se ficcionaliza aquí. Que es este un acto confesional. Y precisamente por ello, el de más difícil escritura. Gran ejercicio ese —que debiéramos practicar con frecuencia— el de sacarse cosas de adentro y salir limpio, puro. Con cicatrices, pero sin rencores. 

Solo alguien con un alto sentido cívico pone su alma al desnudo para que su experiencia personal sea de utilidad a los demás. Y para eso se requiere coraje.

Y el autor lo hace. Y el resultado es una excelente obra dramática, exquisita pieza literaria que cuenta una historia personal, y va mucho más allá: visibiliza parte del acontecer de nuestro país. Es así que representa un punto de giro en el discurso coral nacional (que no dentro del arte), más acostumbrado a silenciar, a escamotear hechos y actos. 

Memoria de un país. Lugar al que debemos volver una y otra vez para no olvidar. Para reconocernos y explicarnos quiénes somos. Y entendernos. Para que las generaciones nuevas y las por venir sepan… Por ello, es esta una obra testimonial de cada cubano, y una obra de aprendizaje.

«¿Qué hacemos con esa verdad ahora?» —dice uno de los personajes.

Creo que con esa verdad, que aquí se cuenta, lo mejor que podemos hacer ahora, y a lo que este texto nos ayuda, es tener bien claro qué no debemos repetir y pensar mejor cuál es el futuro que queremos como individuos y como nación.

Leyendo Diez millones, de Carlos Celdrán, entiendo a cabalidad por qué los orígenes de la literatura están en el teatro.

Y me siento privilegiada por ser una de las personas que han contribuido a que esta obra sea publicada del mejor modo posible y por varios lugares.
Salió como libreto en la revista Tablas, está antologada en Nueve dramas en presente —de Omar Valiño y que próximamente verá la luz por Letras Cubanas—, Ernestico Fundora (con quien mantuvimos frecuente comunicación) también hizo lo suyo por Cuba Queer. Y ahora aparece solita por Ediciones Matanzas. Gracias a Zaldívar y su equipo y a la editora que atendió el libro por allá.

Diez millones se publica por varios lugares, pero no son demasiados. Porque este texto merece leerse, y debe leerse.

Para mí ha sido un privilegio —decía— ser parte de esta obra desde la edición. Y conocer de cerca, aunque brevemente, a Carlos Celdrán, ha sido un lujo.

Si a alguien le parecen mis palabras —que titulé, cosa rara en mí, "El alma desnuda de Celdrán"— más que una presentación del libro, un elogio a su autor, le parecen bien.

Tengan todos ya, en sus manos, Diez millones, de Carlos Celdrán.

Gracias.

 

Fefi Quintana Montiel
Palabras de presentación leídas el 9 de agosto 2017 en el Salón de Mayo, Pabellón Cuba.

Editado por Claudia Corzón Aput