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Escritoras cubanas del siglo XIX: María de la Mercedes Matamoros y del Valle (Ofelia)

Lourdes Beatriz Arencibia Rodriguez, 22 de agosto de 2017

Los estudios sobre la literatura cubana del siglo XIX y albores del XX generada por mujeres, aún son insuficientes y apenas conocidos fuera de nuestras fronteras nacionales. Cabría decir que son la cara oculta de nuestra identidad.

Junto a Luisa Pérez de Zambrana, Aurelia Castillo de González, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Juana Borrero y tal vez, algunas otras más, la cienfueguera María de la Mercedes Matamoros y del Valle (Ofelia) (1851-1906), poeta, traductora y promotora cultural, con presencia en las publicaciones periódicas de su época desde los 9 años, está entre las pocas autoras cubanas cuya obra —incluídas sus traducciones— fue objeto de estudio, compilación  y crítica desde un inicio. Conserva un cierto contexto publicitario local como homenaje permanente, ya que en Cienfuegos, su ciudad natal, la biblioteca provincial Roberto García Valdés, funda en 1991, la Cátedra Mercedes Matamoros.

Matamoros desde su infancia manejó varias lenguas, sobre todo el inglés, pues su padre se había esforzado en dar a la joven una formación académica poco frecuente entre las féminas de su tiempo. Las disciplinas humanísticas a las que tuvo acceso afinaron su vocación de escritora y crearon el caldo de cultivo para que en circunstancias favorables, con el pseudónimo de Ofelia, sobresaliese como una de las voces femeninas más fecundas y personales de la lírica hispanoamericana. Pero además, el  conocimiento de los idiomas le aseguró en su momento una brillante carrera profesional como traductora de inglés, francés y alemán de los grandes poetas románticos. Del inglés, vertió al castellano obras de Lord Byron, Henry W. Longfellow, Geoffrey Chaucer, Alfred Tennyson y Thomas Moore; del francés, tradujo a André Marie Chénier y a Alfred de Vigny; y del alemán, hizo versiones de algunas obras de Johann Wolfgang von Goethe y de Johann Christoph Friedrich von Schiller.

Pero tales ejemplos no son demasiado recurrentes ni abarcadores en nuestra historiografía para quien quiera estudiar en Cuba a profundidad el papel desempeñado por las mujeres escritoras en el proceso de construcción de la identidad nacional. Consecuentemente durante mucho tiempo las autoras estuvieron en absoluta desventaja si las comparamos con los cientos de páginas que nuestros más prestigiosos investigadores han dedicado al mismo período cuando los autores que merecieron sus comentarios fueron hombres. No se pasa nunca por alto la galantería de José Martí, cuando deja escrito en el abanico de la Matamoros por halago a su persona una breve estrofa poética; sin embargo, en los estudios sobre nuestra literatura, no se le concede suficiente importancia a la audacia de Matamoros de presentar una Safo de raza negra como símbolo principal en la más relevante de sus composiciones poéticas: El último amor de Safo exponiendo una postura antiesclavista y antiracial que la categoriza como antecesora de una Lydia Cabrera. Curiosamente, hay indicios además que permiten sugerir que Matamoros, para recrear la leyenda de los amores de Safo de Lesbos y Faon, pudo haberse inspirado en una traducción que le hace Pope a una obra original de la autoría de Ovidio. Muy poco o nada se profundiza en ello.

En fin… está claro que en la mayoría de las compilaciones de factura nacional  figura al menos un ejemplo puntual del quehacer de la  Matamoros, y no sería justo pasar por alto que Escritoras cubanas (1893) fue una antología donde figuran composiciones de Mercedes con la colaboración de Juana Borrero, con motivo del 4to centenario del descubrimiento de América para ser presentada en la exposición Universal de Chicago. Tampoco está de más recordar que cuando empezaron a ponerse de moda las compilaciones, la única que se suele citar de una autora del XIX es factura de un hombre: Antonio del Monte; se hizo por suscripción popular y se trata de la primera edición de la Poesía completa de Mercedes Matamoros, con sus traducciones incluídas —prologada por Aurelia Castillo de González en 1892. La Habana, Imprenta La Moderna, (y conoció una edición posterior con una “Introducción” a cargo de Catherina Vallejo, Ed. Unión, La Habana, 2004). Precisamente, el título de este artículo se justifica porque los comentarios que hace Aurelia Castillo en el Prólogo a la primera edición de esta obra sobre las traducciones de la Matamoros— a los que me referiré en detalle más adelante—, son muy representativos para estudiar los rastros que deja la traducción en el proceso de elaboración de una obra literaria.

A partir de ahí, han sido, curiosa y fundamentalmente, mujeres quienes se han ocupado de estudiar y divulgar  a Matamoros: Raquel Romeu, “El discurso poético de Mercedes Matamoros” en:  Voces de mujeres en las letras cubanas. Madrid. 2000. Ed. Verbum; Hortensia Pichando, «Mercedes Matamoros, su vida y su obra» en:  Revista Bimestre Cubana, núms. 1, 2 y 3, vol. LXVIII, (jul.-dic., 1951); — «Mercedes Matamoros. La poetisa del amor y del dolor», en:  Revista de la Biblioteca Nacional, 2ª serie, núm. 7, (jul.-sep., 1956).

Para cerrar este largo preámbulo juzgo útil reiterar  que si se continúa priorizando  el enfoque sexista a la hora del recuento, más allá de los límites que el talento y los méritos individuales justifiquen, quedaría muy perjudicada la posibilidad de contar con referencias valiosas, de la que se han salvado muy pocos nombres y han resultado menoscabados aportes significativos en géneros como la crónica costumbrista y el periodismo cultural, por no hablar de la poesía y la narrativa. 

Aurelia Castillo de González en su Prólogo a la primera edición de las Poesías completas de Mercedes Matamoros. La Habana, Imprenta La Moderna, 1892, pág ix., ratifica que hay allí un grupo de  poemas de la cienfueguera que son versiones a la lengua castellana de obras de autores anglófonos, práctica muy extendida entre los escritores del siglo, y afirma haberlas cotejado con sus originales, ya que pertenecen a las Melodías Hebreas de Lord Byron, las cuales por demás, ya Matamoros, bajo el pseudónimo de Ofelia, las había dado a conocer como versiones en 1879, en la revista Triunfo. Son ellas:  “Ostenta su belleza”, “El arpa del rey poeta”, “Tus días han pasado”, “Canto a Saúl “, “Saúl”, “Cuando el yerto sudario”, “Del libro de Job” y “Te ví llorar; esta última traducida también por Rafael María de Mendive. “No puedo encarecer bastante mi asombro —declara Aurelia— ante la facilidad y el acierto con que ha dado cima a su empresa. Hay muchas poesías que están vertidas con pasmosa exactitud” (Castillo. Op. cit. Pág ix). En cambio, hay otras composiciones en las que se aprecia lo que la crítica camagüeyana califica de “refundiciones”, y al hacerlo, destaca implícitamente que la traducción es un hecho no solo interlingüístico sino sobre todo intercultural. Dice Castillo: “hay muchas traducciones donde la poeta se ha apoderado de la idea y la ha refundido en el poema. Ha destruido para crear transfundiendo la sangre de la raza en la nueva forma, la ha presentado fresca y brillante sin que falte en ella un solo elemento de la creación inglesa” (Castillo. Ibid. Pág. ix).

El poema “La muerte del esclavo”, por ejemplo, fue compuesto por la Matamoros con idea de presentarlo a un concurso de sonetos en Matanzas, en 1879. No resultó premiado por razones políticas obviamente discrepantes, a pesar de haber sido bastante favorecido por la crítica y considerársele una de sus mejores composiciones. Según Aurelia Castillo es una versión muy libre de Lord Byron, menos hermosa que su modelo, si bien sigue  estrictamente la idea del autor inglés. 

Unas consideraciones finales sobre El último amor de Safo presuntamente tomado de una versión de Pope de un célebre poema de Ovidio. ¿Sabía latín la Matamoros? ¿Conocía la obra de Ovidio? ¿Y la versión de Pope? Raquel Romeu, una de sus estudiosas más sobresalientes, propone que puesto que existe una traducción tan hermosa al inglés del poema de Ovidio sobre Safo, con un desarrollo parecido gracias a la mediación de Pope, cabría suponer que fue esa la fuente de inspiración para la Matamoros (Romeu, Op.cit.p. 64). Nunca lo confesó Mercedes, aunque sí se preocupó por declarar al comienzo de la edición de su Obra Poética completa, que la evocación de Safo en la obra era una creación suya. Pero si comprobamos por ejemplo, que el primero de los 20 sonetos que componen El último amor de Safo, se titula “Safo a Faón”, igual que Pope tituló “Sappho to Phaon” el suyo inspirado en Ovidio, la idea de la Romeu no es para nada descabellada. Según ella, uno por uno pueden irse cotejando los sonetos de la Matamoros con las traducciones ovidianas de Pope (Romeu, Ibid. p 65 y siguientes), una evidencia que no ofrecemos aqui por razones de espacio. Valgan algunas estrofas de una y de otros con las que cierro el trabajo que aspira a dar relieve a la ruta genealógica de una traducción.

                           “Safo a Faón” de Matamoros

¡Vengo a ofrecerte mi mayor tesoro!
¡vengoa brindarte mi glorioso encanto!
¡la que recoge de mi amor el llanto!
¡la que te dice sin cesar te adoro!
¡es mi lira! la dulce lira de oro
Con que tu hechizo irresistible canto;
Cuyos himnos en gozo y en quebranto
son ruiseñores que te forman coro!
En ella enlazo notas y colores,
Porque a tus plantas elocuente sea
Símbolo de mi vida y mis amores;
¡quees en mis manos la vibrante lira,
¡flor que se abre, llama que chispea,
Onda que ruge, cisne que suspira….¡
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“Sappho to Phaon” de Pope/Ovidio
 

Say, lovely youth that dost my heart command,
Can Phaon’s eyes forget his Sappho’s hand?
Must then her name the wretched writer prose,
To thy remembrance lost as to thy love?
Ask not the cause that I new members choose,
The lute neglected and the lyric Muse;
Love taught my tears in sadder notes to flow,
And tuned my heart to elegies of woe.

La palabra poética de Mercedes Matamoros cobró nuevos alientos a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando quedó enmarcada en un grupo generacional integrado también por las poetisas Aurelia Castro y Nieves Xenes. En 1902, diez años después de la aparición de sus Poesías completas, ocupó los anaqueles de las librerías un espléndido poemario de la autora, El último amor de Safo, obra compuesta por veinte sonetos que tuvo una enorme repercusión en los círculos literarios cubanos. Con esta nueva obra, la poetisa alcanzó un sólido prestigio entre los escritores de su tiempo, hasta el punto que, cuando sobrevino su muerte, el Ateneo de la Habana se hizo cargo de los gastos ocasionados en el  funeral.

Al parecer, Mercedes Matamoros no solo se dedicó al cultivo de la poesía y el artículo de costumbres. En su Bibliografía cubana del siglo XIX, Trelles cita una pieza dramática de la escritora de Cienfuegos, titulada Un invierno en flor, y fechada en La Habana en 1882. Se trata de una obra compuesta de un solo acto, que en la actualidad se considera perdida. Tampoco han llegado noticias hasta nuestros días acerca de su posible estreno.

 

Bibliografía:
• Hormigón, Juan Antonio (dir.) Autoras en la Historia del Teatro Español (1500-1994). Madrid: Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España, 1996.
• Matamoros, Mercedes. Poesías completas. Prólogo de Aurelia Castillo de González, La Habana: Imprenta La Moderna, 1892.

 

Editado por Heidy Bolaños

 

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