Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 25 de noviembre de 2017; 6:18 AM | Actualizado: 24 de noviembre de 2017
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 169 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Día Internacional del Traductor
 

Olga Sánchez Guevara, 25 de septiembre de 2017

El Día Internacional del Traductor, también llamado Día Internacional de la Traducción, fue instituido por iniciativa de la FIT –Federación Internacional de Traductores– en 1991. La fecha elegida para celebrarlo fue el 30 de septiembre, día de San Jerónimo, patrono de los traductores. Jerónimo de Estridón (342-420) tradujo la Biblia del griego y el hebreo al latín. A su traducción se le llamó Vulgata (de vulgata editio, “edición para el pueblo”), y fue durante mucho tiempo la única autorizada por la iglesia católica. La calidad de su versión de los textos bíblicos al latín, lengua franca de aquella época, así como sus escritos sobre el arte de traducir, hacen de Jerónimo uno de los grandes maestros del oficio.

El 24 de mayo de 2017, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución en la que se declara el 30 de septiembre como Día Internacional de la Traducción, con el fin de reconocer el papel de esta labor en el intercambio cultural entre las naciones. Once países fueron firmantes del proyecto de resolución: Azerbaiyán, Bangladesh, Belarrús, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Paraguay, Catar, Turquía, Turkmenistán y Vietnam. Varias asociaciones internacionales de traductores apoyaron la moción, entre ellas la FIT, a la que pertenece nuestra Asociación Cubana de Traductores e Intérpretes –ACTI–.

Desde 1992, la FIT ha escogido un tema particular para cada edición anual de la celebración. En 2011, cuando se eligió el tema “Tendiendo puentes entre culturas”, un documento de la FIT expresaba:

Los traductores crean puentes gracias a su conocimiento minucioso no solo de lenguas y culturas, sino también de significados ocultos, insinuaciones y símbolos. Ellos son, por lo tanto, conductores o agentes de la transferencia de información; es ampliamente reconocido su trabajo en el campo de la literatura, pero también desempeñan un papel esencial en muchos otros ámbitos, especialmente en las áreas del derecho y la economía, donde amplias diferencias sistémicas exigen de los traductores un profundo discernimiento de las diferentes culturas. 

Otra iniciativa que destaca la importancia de este oficio y le otorga visibilidad, es la creación del Index Translationum, registro de traducciones establecido en 1932 por la Sociedad de Naciones, antecesora de la ONU. La UNESCO, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, recibió el encargo de continuar con el Index y en 1979 los registros fueron informatizados. Según el Index Translationum, entre los libros más traducidos se encuentran la Biblia en forma completa o parcial; Pinocho, de Carlo Collodi; El principito, de Antoine de Saint Exupéry, y los cuentos de Hans Christian Andersen. Algunos de los autores más traducidos son la novelista británica Agatha Christie, el escritor francés Julio Verne y el dramaturgo británico William Shakespeare. De la literatura en español, los más llevados a otras lenguas son el Premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez –con 1 381 traducciones a más de 40 idiomas–; la chilena Isabel Allende; el peruano Mario Vargas Llosa; el español Miguel de Cervantes y el argentino Jorge Luis Borges, quien fuera también notable traductor.

Para concluir, veamos ahora cómo han valorado la traducción algunos autores.

El escritor y traductor cubano Lino Novás Calvo  (1903-1983), cuya versión al español de El viejo y el mar, revisada por el propio Ernest Hemingway, fue la única autorizada por este, expresaba en uno de sus ensayos:

El traductor tropieza enseguida con múltiples dificultades. La unidad más simple de su instrumento  –que es la palabra–  empieza ya por resistírsele. Una palabra no es una pieza de máquina, sino un organismo vivo, que sufre múltiples modificaciones en su evolución por el tiempo y en el espacio. Es, pues, ya labor de mucho cuidado y de aguda sensibilidad hallar que las palabras  –la original y la de la traducción–  se correspondan siquiera aproximadamente, no sólo en su valor semántico aparente, aceptado, sino también en sus variables estados de ánimo y salud. Y eso no es más que el comienzo. Es casi el estado primario de la traducción.

Por su parte, Gabriel García Márquez (1928-2014) comenta, en su ensayo Los pobres traductores buenos:

Hace unos años (…)  tuve una enigmática experiencia de traductor. El conde Enrico Cicogna, que fue mi traductor al italiano hasta su muerte, estaba traduciendo en aquellas vacaciones la novela Paradiso del cubano José Lezama Lima. Soy un admirador devoto de su poesía, lo fui también de su rara personalidad, aunque tuve pocas ocasiones de verlo, y en aquel tiempo quería conocer mejor su novela hermética. De modo que ayudé un poco a Cicogna, más que en la traducción, en la dura tarea de descifrar la prosa. Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer. Entre otras cosas, encontramos una frase cuyo sujeto cambiaba de género y de número varias veces en menos de diez líneas, hasta el punto de que al final no era posible saber quién era, ni cuándo era ni dónde estaba. Conociendo a Lezama Lima, era posible que aquel desorden fuera deliberado, pero sólo él hubiera podido decirlo, y nunca pudimos preguntárselo. La pregunta que se hacía Cicogna era si el traductor debía respetar en italiano aquellos disparates de concordancia, o si debía verterlos con rigor académico. Mi opinión era que debía conservarlos, de modo que la obra pasara al otro idioma como era, no sólo con sus virtudes, sino también con sus defectos. Era un deber de lealtad con el lector en el otro idioma.

El científico austríaco Sigmund Freud (1856-1939), padre  del  psicoanálisis, dirigió las siguientes palabras a Luis López Ballesteros (1896-1938), traductor al español de sus Obras Completas:

Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal  Don Quijote en el original cervantino, me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora  –ya en avanzada edad–  comprobar el acierto de su versión española de mis obras, cuya lectura me produce siempre un vivo agrado por la correctísima interpretación de mi pensamiento y la elegancia del estilo. Me admira, sobre todo, cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura.

Y cerramos estos comentarios con la ya célebre frase del Premio Nobel portugués José Saramago (1922-2010): “Los escritores hacen las literaturas nacionales, pero la literatura universal la hacen los traductores”. (Del discurso en la celebración del 40 aniversario de la Editorial Alfaguara.)

¡Felicidades a todos nuestros colegas en el Día Internacional del Traductor!