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Paul Auster y Tomás Eloy Martínez

 Lourdes Beatriz Arencibia Rodriguez, 07 de septiembre de 2017

El suplemento cultural Confabulario,  del conocido diario  El Universal de México, recogió en su entrega del  25 de julio del 2009, una interesante entrevista que sostuvieron en aquel momento en la ciudad de Nueva York dos intelectuales, uno nortamericano y el otro latinoamericano, de gran calado. La entrevista demuestra fehacientemente que el tema de la traducción al Norte y Sur de  nuestro continente  se piensa y se analiza  con interés y preocupación por los hacedores de  todos los ámbitos de la cultura y que no ha perdido su vigencia.  En esta oportunidad los interlocutores fueron  Paul Auster,  (Nueva Jersey, Estados Unidos, 3 de febrero, 1947) y Tomás Eloy Martínez (16 de julio de 1934, Tucumán, Argentina - 1 de enero de 2010, Buenos Aires).  En este año de 2017 se cumplirían 70 años del nacimiento de Auster y en julio se cumplieron 83 del de Tomás Eloy quien había fallecido de cáncer en su país hace 7 años. Antes de entrar en el texto de la entrevista, quisiera evocar una breve semblanza de las carreras profesionales de ambos que, por cierto, tenían perfiles muy parecidos.

El estadounidense Paul Auster es escritor, traductor, guionista y director de cine. Tradujo a Sartre, a Mallarmé y a Simenon entre otros autores franceses. Es Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional General San Martín desde 2014; Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1992 y recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006.

A su vez, Tomás Eloy Martínez, también traductor, escritor de poesía, novela, cuentos, ensayos y guiones de cine fue sobre todo periodista. Licenciado en Literatura española y latinoamericana en la Universidad de Tucumán, alcanzó su Maestría  en Literatura en la Universidad Paris IV Sorbonne. Fue profesor de las Universidades de Maryland y Rutgers de New Jersey.

Más de 200 diarios de América y Europa publicaron sus artículos y crónicas. Fundador del Diario de Caracas; columnista permanente de La Nación de Buenos Aires y del New York Times Syndicate; director del suplemento cultural de La Nación de Buenos Aires y del semanario Panorama. Recibió los Premios Ortega y Gasset de Periodismo en 2009; el Premio Nacional Alfaguara de Novela en 2003 y el Cóndor de Plata en 2008. En 2017, se crea en su homenaje la Fundación Tomás Eloy Martínez dedicada a la formación de periodistas y a la promoción del libro periodístico como alternativa promocional de lectura y al mercado editorial. 

La entrevista destaca los aspectos positivos del mercado editorial cuando se  persiguen no tan sólo metas comerciales con un criterio  mercantilista y  sustenta la importancia del papel que podría desempeñar la traducción para calzar los  objetivos promocionales dirigidos a universalizar lo mejor de nuestra literatura  continental. Las intervenciones de Auster van precedidas de sus iniciales  PA,  y TEM para Tomás Eloy .

PA: Uno de los primeros temas que deberíamos tocar es la cuestión de la traducción. Los Estados Unidos han decaído en este rubro tan terriblemente en los últimos veinte o treinta años que nos estamos provocando un gran perjuicio al no traducir suficiente literatura extranjera. Estamos aislándonos del resto del mundo. Es una especie de repetición, en el campo literario, de lo que estamos haciendo en la política. Lo mismo sucede en el cine.

TEM: Sí. Es quizá una cuestión de mercado. Lo que no se conoce no existe y, por lo tanto, no tiene valor.

PA: Así es. Los norteamericanos nos encerramos mucho, los Estados Unidos se aislaron tanto que parecen interesados en ellos mismos. Nuestra curiosidad sobre los demás se ha reducido y eso crea una falta de comprensión de las otras culturas que en la política provoca grandes problemas. En mis años de formación había libros traducidos de Europa y de América del Sur. La gente hablaba mucho de los escritores extranjeros. Se convertían en parte de nuestra cultura, de algún modo.

TEM: Si tus años de formación fueron los finales de la década del 50 y la primera mitad de la del 60, entonces hablas de la época en que se tradujo a Rulfo, aunque sin éxito. Y a Borges, con un éxito creciente, sobre todo en la academia.

PA: Sí, también estoy pensando en escritores como Günter Grass, que se convirtió en una gran celebridad con El tambor de hojalata; en los franceses del nouveau roman, Robbe-Grillet, Duras, Sarraute. Todos traducidos, debatidos. Creo que fue a fines de los años 60 cuando llegó el boom de América Latina para los lectores norteamericanos.

TEM: Hacia 1967-1968, con Cien años de soledad. Poco antes se habían publicado las traducciones de Rayuela, de Julio Cortázar, y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

PA: Sí. La novela de García Márquez tardó dos o tres años en llegar al inglés. Causó un gran impacto. Fue inspirador y movilizante para mucha gente aquí. Pero ahora sucede muy, muy poco. Deberías sentirte orgulloso de que al menos tres o cuatro de tus libros se hayan traducido.

TEM: También nosotros estamos encerrándonos. Años atrás, se discutía con pasión en los cafés sobre Kafka o Beckett, sobre el nouveau roman y, por supuesto, sobre J. D. Salinger y Mailer. Hoy son escasos los escritores norteamericanos de tu edad que causan pasión. A tu amigo DeLillo, por ejemplo, se lo conoce muy poco.

 PA:¿En Sudamérica? No lo puedo creer.

TEM: Los pocos que lo conocen lo admiran mucho. Pero es una admiración de minorías. No es tu caso. Tu obra es muy leída en los países de lengua castellana.

PA: No soy consciente de ello. Sé que he sido traducido y publicado en América del Sur. Y que me leen. Me siento afortunado. Cuando era un autor inédito e intentaba que me publicaran, me rechazaron muchas editoriales. Cuando terminé La ciudad de cristal, mi agente de entonces lo hizo circular y fue rechazado por diecisiete o dieciocho editoriales. A algunos les había gustado y llamaban para decirlo: “Realmente nos encantó, pero no creemos que sea comercial. No creemos que vaya a vender, aunque si le cambiara el final, tal vez ayudaría…” Lo lamenté mucho pero no iba a cambiar el final.

Editado por Heidy Bolaños