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Diana desnuda la ciudad

Elaine Vilar Madruga, 23 de septiembre de 2017

Asocié siempre la imagen de Diana Castaños —rostro grabado en mi memoria— con cierto cuadro de muchacha gentil con sonrisa. Su nombre: ligado al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y a ciertas conversaciones por e-mail. Pero cuando Diana escribe, se desdobla en un alter ego, un doppelgänger que tiene rostro de cronista y cierta obsesión por las cosas dichas a media voz, robadas del fantasma de la ciudad y del espectro de sus habitantes. Diana —y su reflejo en el espejo— escriben en los límites de La Habana sobre el eclecticismo no solo de las construcciones espirituales de la ciudad, sino también de sus derrumbes humanos, sus escaras, poros y toxicidades. Existe, ¿quién lo duda?, señal de podredumbre y de salvación en estas breves estampas, en estas crónicas, relatos de vida, chispazos de una de las múltiples realidades de la contemporaneidad que la autora atrapa dentro de sus ¿cuentos?

Aunque la ciudad es siempre el trasfondo que se yergue como capital arquitectónica del relato, punto central, epicentro, macropersonaje de las historias, Diana y su alter ego literario optan por desviar —curiosamente— la atención de los lectores hacia las hormigas que habitan los espacios, dígase, los seres humanos, los actantes, los sufrientes. Breve es el lugar que ocupan, como breves son, también, los relatos de Diana: con habilidad, la autora se enfoca en dejar, más que recuerdos, impresiones, puntadas, saudades del espacio y tiempo que ocupan las hormigas actantes, las hormigas personajes de su fabulación.

En ocasiones, tal pareciera que Diana cuenta la historia de otras múltiples ciudades… y allá voy yo a imaginar a una Diana distinta, sentada en el corazón de New York mientras contempla las calles de los barrios, las luces que desfallecen, mientras imagina —o investiga— qué historia se encuentra detrás de los rostros que cruzan frente a ella en la estación más abarrotada del metro durante la rush hour. O una Diana brasilera, muchacha de tristezas y favelas, que recoge en sus cuentos aquella verdad que las telenovelas de turno no cuentan en las pantallas de nuestros televisores. Esa Diana investigadora de la realidad —no importa si en Cuba u otra latitud— es quizás el personaje común que sangra en cada una de las historias, es también el dramatis personae más difícil de comprender, que el lector persigue y pierde una y otra vez —a saltos entre estampa y estampa—, porque Diana es conector, elemento común de los relatos y conocerla sea, quizás, la meta última e imposible. ¿Es acaso esa Diana la muchacha del Onelio, la chica de los e-mails, la cronista que desata los nudos, la investigadora de la realidad? ¿O es una Diana imaginada, también personaje, o a medio camino entre una categoría y otra de la verdad literaria, ficcionada, ficcional?

Ella, que atraviesa lo liminal de los relatos, curiosa siempre, se ve atrapada en los torbellinos de una vida —nunca mejor el lugar común que en este caso— “de película”, surrealista, dadaísta, realista y fantástica, de acuerdo a la latitud (o al espectro) propia de cada una de sus historias. Siempre corazón en mano (y muchas veces cargando con el afán periodístico o la cantinela de ser la mujer que escribe), Diana enmarca la coincidencia de ser partícipe y testigo de algunas de las historias más sorprendentes y comunes de nuestro día a día.

Adviértase que el espectro de sus historias puede abarcar temas tan comunes como el amor adolescente no compartido, la venganza, los frustrados crímenes pasionales, las relaciones entre sujetos dispares, la imposibilidad del encuentro, pues si bien estas hormigas actantes coinciden siempre en un mismo punto del espacio y del tiempo, jamás se tropiezan en un exacto espacio de la espiritualidad. Este elemento de la disparidad —que es desencuentro— marca, ciega y siega a los personajes, corta en dos sus circunstancias y genera el giro dramático, la capacidad del cambio (sea caos u orden que se reconstruye, o caos que se regenera).

En lo breve y, hasta cierto punto, en la frialdad con que Diana nos advierte de los hechos de las historias, se encuentra el éxito mayor de estos relatos. La autora no nos invita a tomar parte de los eventos, ni a la conmiseración, ni siquiera a establecer cierto pathos por sus hormigas actantes, por las pobres y afanosas criaturas de la creación. Diana es analista y cirujana: bisturí en mano renuncia a la clemencia, y es el lenguaje el vehículo perfecto para demostrar su lejanía de todos los hechos, incluso aquellos en los cuales es ella personaje (y testigo).

Las dos breves ¿crónicas?, ¿estampas?, ¿relatos?, que presentamos a continuación son la prueba fehaciente de que, al borde de la realidad, al borde de quiénes somos, en nuestras simplezas, ferocidades y desaciertos cotidianos se encuentra la semilla de la buena ficción. Disfrutemos entonces con Diana. O disfrutemos a Diana. Recuerden que ella es una muchacha de rostro sonriente, muy semejante al de cualquier vecina o amiga, al de cualquier chica franca que se sienta a tu mesa, una mañana de septiembre, y te pide un café o una entrevista.

Diana Castaños González (La Habana, 1986). Licenciada en Periodismo. Egresada del Centro de Formación Onelio Jorge Cardoso. Guionista de programas infantiles para la radio. Entre otros galardones literarios, ha recibido el Premio de Investigación Literaria Florentino Morales 2013, menciones Premio Abril 2015 y Premio David 2016 (novela). También, ha obtenido los premios Memoria 2016 por periodismo de investigación y el Premio Calendario y el Pinos Nuevos 2016 por su desempeño en la literatura infanto-juvenil. Colabora con los sitios web Inter Press Service, Cubahora y CubaSí. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS.

 

 

El amor de Ricardito

Hubo un tiempo en que trabajé como guía para la agencia cubana Cubanacán. Recibía a grupos de turistas, casi siempre londinenses, y los llevaba a recorridos por lugares históricos y recreativos de La Habana y otras provincias. Me pagaban 50 CUC diarios. Conocí Baracoa, Viñales… y cuanto sitio turístico tiene Cuba.

Yo sabía que no iba a estar ahí de por vida ni mucho menos. (No puedo estar mucho tiempo sin escribir a tiempo completo). Pero me hubiera gustado completar el año que siempre me propongo —como mínimo— en todos mis trabajos. Solo que no pude: Ricardito me lo impidió.

Ricardito tenía dieciséis años y era el nieto de mi jefa en la agencia. Dieciséis años de piel blanquísima, impecable e impoluta, y lunares salteados y atrevidos, que le afloraban en el cuello y la barbilla.

Un día se ofreció a ayudarme con unas tanquetas de yogurt que yo había comprado. Le dije no, gracias. Insistió; que por favor, que cómo iba a dejarme cargar todas esas tanquetas yo sola. Y yo que no, que solo iba hasta la avenida a coger una máquina, que no era para tanto.

Finalmente, me cogió una tanqueta de yogurt de la mano. Dijo que eso era lo que hacían los caballeros. A mitad de camino, dejó la tanqueta en el suelo —sin explicación previa o preámbulo alguno— y saltó con agilidad una verja. Entró a un jardín privado y cogió una rosa roja que apenas comenzaba a florecer. Con la misma ligereza y vivacidad de vuelta, regresó con el pimpollo entre los dientes y me lo regaló. Una flor para una flor, me dijo. Le agradecí. Recuerdo haber pensado que no era justo para los que habían cultivado el rosal, ver ahora cómo alguien les había usurpado un retoño de su jardín. Pensé que no era correcto. Pero le agradecí de todas maneras. Me pidió entonces ir al cine; le justifiqué que no tenía tiempo.

Y eso fue todo. Ni más ni menos que eso.

Al otro día me lo encontré fumando en la escalera de la agencia. Le pedí, con ternura, que no fumara a sus dieciséis años. Me sonrió y me reclamó que fuera esa noche a su casa, que su mamá me invitaba a comer. Pero… atiné a decir. Mi mamá quiere conocerte, quiere ver a la mujer que ama su hijo, me dijo.

Ricardito era muy intenso. Le expliqué que no era amor lo que sentía, sino cuando más un flechazo, un gusto por alguien que no conocía, que cuando más intuía. Pero no se dejó convencer. Proclamó con fervor que él me amaba, que quería casarse conmigo y criar juntos los muchos hijos que tuviéramos…

Para que vean qué puede pasar cuando un adolescente blanquísimo como la espuma y plagado de lunares te lleva una tanqueta de yogurt por dos cuadras.

Después de eso, vino la hecatombe. Te amo, Diana, escrito con letras gigantescas, un Arial 1 700 al menos, en la calle frente a la agencia; el tatuaje de mi nombre en su mano; las muchas serenatas diurnas —hubo una a las 6 y 45 de la mañana, en un día en que ni siquiera había tomado café—. Su supuesto amor se convirtió, de tan insistente, en acoso. Y con el tiempo y mis negativas, terminó haciendo escenas frecuentes, que a menudo incluían llantos desconsolados en la escalera de la agencia. Ojalá hubiera sido solo ahí... También en el aeropuerto, mientras los guías esperábamos a los turistas, y en el restaurante de la sucursal, y en la oficina de su abuela, que era mi jefa.

Así que pasó: un día vino su abuela a verme. Que cuáles eran mis intenciones con su nieto, preguntó. Que si eran serias. Que qué tan seria era yo.

Le respondí que no tenía intenciones con su nieto. Que una vez había dejado que me ayudara con unas tanquetas de yogurt. Que su nieto era un adolescente, más nada que eso.

—Pero una vez —insistió la abuela— ¡le aceptaste una rosa!

No respondí en ese entonces. No supe. Quizás no hubiera podido decir nada que hiciera la diferencia entonces. O sí. No sé. Quizás nunca sepa.

Después de eso vi muy poco a Ricardito. Imagino que la abuela le habrá exigido distancia. Poco tiempo después, ella convocó una reunión en la que me anunció que se veía obligada a prescindir de mis servicios, que estábamos en temporada baja de turismo y que me llamaría en seis meses.

De eso hace hoy seis años.

 

Las islas de las almas perdidas

Tengo una vecina que tiene una maestría en psicología y que, sin embargo, este fin de semana le clavó a su novio un cuchillo en la nalga.
Me confesó que la movió el deseo de venganza, al cual no pudo resistirse. (Ni siquiera trató).

Todo empezó cuando le instaló al móvil nuevo del novio, Androide 6.0, una aplicación para grabar sus conversaciones. Me contó que esperó para revisarla unos días… y que no estaba segura de que la aplicación funcionara.

Pero funcionó. Escuchó cómo el novio quedaba con una muchacha para verse en un alquiler de cinco CUC por tres horas. Cuando lo confrontó, él le dijo que esa voz no era de él y que no tenía nada que ver con eso. Ella tuvo, me contó, que patalear muchísimo para que él reconociera que sí, que se disponía a serle infiel.

Ahí ella le dijo vete de mi casa. Y él, no, mi amor, por favor, que no me quiero ir. Y ella, que sí, que te vas y no quiero verte más nunca. Y él, que no, que jamás me iré porque te amo.

Y así… hasta que pasaron tres meses y la relación volvió a su calma aparente. Ella atendiendo pacientes en su clínica, más que nada personas, me cuenta, que toman barbitúricos para lidiar con las dificultades de la vida. Y él a modelar —ah, es que olvidaba comentar que el muchacho es modelo— en La Mesón, los fines de semana.

Dice mi vecina que casi volvió a creer en su sinceridad cuando él le preguntó, con el ceño fruncido:

—¿Tú crees que alguien puede alcanzar la felicidad con un adulterio vacío?

Pero ella volvió a colocar la aplicación que graba las conversaciones en el móvil de él… esta vez, junto con una aplicación que oculta las aplicaciones. (Mi vecina parece tener más una maestría en móviles que en psicología).

Pasó el tiempo. Ella intentó olvidarse del asunto… hasta que un día, de puro aburrimiento, me dijo, revisó el móvil de él. Escuchó cómo le hablaba a una muchacha sobre lo rápido que se les había pasado el tiempo en cierto alquiler de cinco CUC por tres horas.

Cuando ella escuchó la grabación, él estaba en el baño… Presa de ira, de rabia nauseabunda, corrió a la cocina por un arma y le cayó a patadas a la puerta del baño, que cedió al momento y dejó al novio al descubierto en una posición muy íntima: calzoncillos abajo, sentado en la taza… Apenas tuvo tiempo para desviar el cuchillo, que terminó encajado en su nalga derecha. 

Para cuando me llamaron, todavía tenía el novio la punta del cuchillo enganchada, perpendicular, en la nalga. Los dos gritaban como obsesos, pero no atinaban a reaccionar. Inspeccioné la nalga. Por suerte, el muchacho es modelo y tiene unos glúteos de hierro, que apenas dejaron entrar el pinchazo. Gracias a eso, en el hospital no demoraron mucho en curarlo. Fue más el susto y la gritería que el daño.

En el camino de regreso del hospital, mi vecina comentó par de frases lapidarias:

—Un pene duro no tiene conciencia —y luego, otra—. El matrimonio significa la muerte de la esperanza.

Su novio, ignorando mi presencia, le prometió que la amaba, que su infidelidad había sido cosa de una sola vez, y que no se repetiría. Ya casi llegando al barrio, preguntó si podíamos hacer una paradita en la tienda de la esquina, porque quería ver si había crema de cacao.

—¿Para qué? —preguntó ella—, con la crema de cacao que tienes en la cabeza es suficiente.

Los ayudé a subir las escaleras de la casa y me pidieron que me quedara un rato a compartir con ellos.

—Quédate —dijo mi vecina—, en Multivisión van a poner una película de esas con nombres largos y poéticos, como las que a ti te gustan.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Las islas de las almas perdidas —me dijo.