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El framboyán de las despedidas

Eric Flores Taylor, 18 de septiembre de 2017

La más reciente producción de la joven escritora Elaine Vilar Madruga ya se encuentra terminada. En esta ocasión la autora nos sorprende con una novela corta dirigida a todo tipo de púbico, especialmente al infantil. 

El texto lleva por título El framboyán de las despedidas y cuenta la historia de una niña de diez años cuya familia emigra a los Estados Unidos; la pequeña se encontrará entonces con su corazón dividido entre el amor de un abuelo que queda atrás y el cariño de una nueva y desconocida abuela proveniente de tierras norteñas.

De conmovedora y esencial, me atrevo a clasificar esta novela, de la cual me fue imposible salir sin haber sentido la realidad y el dolor de las vivencias narradas, desgarrando la parsimonia con que muchos enfrentamos en estos tiempos el tema de las separaciones familiares y la emigración. Elaine sabe trabajar, como pocos, el recurso de la trama para llevarnos a experimentar en nuestros corazones la aprensión y la impotencia frente a una situación dolorosa como la que discurre en las cuartillas de la obra.

Asimismo, siento la poesía oculta tras la estructura narrativa, pero para nada ajena a los diálogos internos de la protagonista, sus pensamientos y monólogos interiores. Es su manera de ver el mundo una joya de color extraordinario, mutable en ocasiones, con la cual proyecta su visión hacia los tendones más susceptibles de las almas.

Elaine, no eres nueva en las temáticas infantiles. Sin embargo, esta obra destaca por ser realista, sin los toques fantásticos y mágicos a los que nos has acostumbrado con tus entregas anteriores en este género. ¿A qué responde este cambio?

Forma parte de una evolución hacia nuevos renglones de la escritura. Las temáticas de este libro ya me habían rondado durante algún tiempo, pero fue con El framboyán de las despedidas que me animé a tocar puntos álgidos de la realidad (la cubana, sí, en específico), pero también quería hablar del fenómeno migratorio, concentrado en un punto del macroespacio del universo que dialoga con otras tantas realidades internacionales donde el tema del desarraigo a la tierra es punto clave. Con la novela me tracé un mapa de referencias, elegí los puntos de vista, seleccioné personajes, fotografié el ángulo de la contemporaneidad que me interesaba entender e intenté —al cabo de todo— conservar un espacio para la fabulación. Porque tampoco quería perder eso, lo que pienso es el sello distintivo de mi creación: una gota de magia, de ilusiones, de encantamiento, aquello que hace que la vida de los niños alcance ribetes nuevos y vuele hacia otras dimensiones. En el punto donde colisionan —o mejor, donde se encuentran— estos dos registros es que gesté El framboyán de las despedidas.

La novela ha sido también un camino de exploración, una vuelta de tuerca, un nuevo ángulo en el que acomodar mi escritura. Es que yo confío en el cambio, creo que toda obra debe aportar una esencia distinta a la anterior. La repetición, la mímesis exagerada, la (auto)copia de un registro, ¿qué tiene de favorecedor? Esos autores que pierden una vida de creación enfocados en solo una mirada de la realidad, en un minúsculo espacio donde la improvisación no tiene cabida, no poseen —a mi entender— material para la polifonía. En el movimiento y la evolución —la obra literaria tiene sus propias leyes al respecto— es que se incuba el verdadero gesto creativo. El confort y la zona de seguridad son las salas de una casa conocida, yo quería permutar hacia otro lugar, a una nueva calle, a una nueva avenida, a un nuevo barrio y a una nueva ciudad.

Luego, lo fantástico es otra vertiente de mi trabajo que extiende su influencia hacia la literatura infantil, la juvenil y para adultos. Nunca desaparecerá de mis textos. Siempre fluirá como otro tipo de corriente de sentido. Las ideas de realismo y fantasía no se contraponen. Aseguro que son rectas —más tarde curvas— que en algún punto se tocan. Hallar el punto exacto, entender sus reglas, cohesionar las historias en un ángulo de verosimilitud, ya esa es materia para la creación (y para el sudor). No obstante, he disfrutado mucho el proceso de escritura de «El framboyán de las despedidas», porque de cierta manera me ha obligado a despedir trenes, a desempolvar memorias, a atreverme en los terrenos del texto-documental. El cambio que percibes es solo la manifestación externa (escritural) de un proceso interno (espiritual-escritural-espiritual).

Tengo entendido que esta novela, en sus inicios como proyecto, fue merecedora de una beca patrocinada por la Embajada de Noruega en Cuba y que gracias a ello pudiste llevar a término la obra sin los contratiempos propios de las vicisitudes económicas que muchas veces golpean a los artistas del patio. ¿Qué significó esto para tu trabajo como escritora y cómo ves el sistema de becas en general dentro de la labor de nosotros los escritores?

El estímulo se extiende más allá de lo económico, es también un espaldarazo de ánimo a un proyecto, a una obra en ciernes, a una idea. Alguien ha visto la esencia de tu trabajo y ha entendido que busca un camino interesante, o al menos novedoso. «El framboyán de las despedidas» es una novela sobre Cuba y aprecio intensamente haberla escrito en mi país, rodeada de framboyanes y de mi familia, en la búsqueda de los recuerdos de mi infancia, en la investigación de la memoria espiritual de mi nación. En algo tan simple como esto se encuentra la felicidad para mí, como ser humano y como escritora, dos aristas que, al juntar sus bordes, crean a la criatura que soy.

Sobre tu segunda pregunta, puedo hablarte solo desde mi experiencia personal como creadora. Para aclarar, debo decir que cada autor responde a sus reglas particulares: creo que, más allá del estímulo innegable que constituye una beca, no todos los escritores pueden gestar proyectos bajo la presión de un tiempo de entrega y en la dedicación absoluta a un solo libro. La mente creadora es, en ocasiones, indisciplinada, rebelde, móvil. Una beca implica un compromiso escritural no solo con la calidad del libro, sino también con el público y —quién lo olvida— con tiempos de trabajo que son inviolables. Exige dedicación, calma mental, proceso zen. Y DISCIPLINA en mayúsculas. Saber economizar tus fuerzas como autor y explotarlas cuando es necesario. El escritor “floral” —aquel que escribe solo cuando llega la primavera, una vez cada determinado tiempo o por épocas— no es mejor ni peor que otros, es simplemente que sus procesos de trabajo no pueden permanecer atados a los tiempos constreñidos de una beca, ni al contrarreloj (que no es antónimo de calidad, advierto, aquí hablo de que, idealmente, deben ir acompañados celeridad con desarrollo escritural, limpieza y recursos narrativos, oficio de orfebre y mano de cirujano, ojo de fotógrafo y arquitecto del tiempo). No pienso que todos los autores puedan sentirse favorecidos por una beca. Algunos, por el contrario, se sentirán atrapados y gestarán procesos inconclusos, o cortados, o rotos.

Pero sí confío en que las becas favorecen a algunos autores. De nuevo, volvemos a la palabra estímulo: una beca, en el pensamiento emocional de un escritor, se iguala a un premio y ofrece la posibilidad de llevar a cabo un work in progress que se convertirá, luego, en libro. Es, evidente, un paso al frente, un paso adelante.

Al leer «El framboyán de las despedidas» me asombró mucho el nivel de realismo de las anécdotas narradas y la emotividad que despiertas página tras página. Sé además que estas no responden a hechos autobiográficos, pero me gustaría saber: ¿qué porciento de relatos verídicos e historias personales recoges en este texto? ¿De amigos y conocidos, quizás?

Te hablaba antes de la idea de un texto-documental, de un texto fe de vida, de un texto abierto hacia lo testimonial. En otras entrevistas he comentado de las nociones que concibo dentro del espectro de la creación, de la metáfora del escritor como fotógrafo de la realidad; en «El framboyán de las despedidas» he intentado llevar al cuerpo profundo del texto estas ideas, pero no como una mera simbolización, como referencia hueca, sino material de sentido, de significación, de espacialidad espiritual más que física. «El framboyán de las despedidas», como proyecto, me obligó también a una documentación minuciosa, a entrevistas, al despeje de la memoria, a complejizar literariamente algunos de los conflictos de la obra (cuyo eje partía de los recuerdos familiares o de mis amigos). Entrevisté, mapeé las anécdotas del libro, bifurqué, retoqué aquí y allá, intenté que la novela hablara de esencias universales (y no restringirla a un ámbito geográfico). No obstante, es una obra sobre Cuba (quizás sea su personaje principal) y sobre los cubanos. Es una novela sobre islas y continentes. Sobre regresos y partidas. Confío en ella porque dentro de sus páginas se encuentra el ADN de varias generaciones de cubanos (el ADN de sus memorias).

Para responder coherentemente a tu pregunta, solo puedo decirte que «El framboyán de las despedidas» es la sumatoria de muchos testimonios que han pasado bajo el tamiz (el filtro, el cónclave) de la fabulación. La realidad en su arista de diamante en bruto no me interesaba tampoco. Era preciso purificar, construir, lijar, descubrir la meta (y la veta). 

Creo que es muy difícil catalogar la literatura infantil de alto vuelo sin mencionar El rey del jardín, de Senel Paz, y en tu novela descubro pasajes que me hacen rememorar la obra del ganador del Premio Juan Rulfo. ¿En qué medida han influenciado las lecturas de escritores renombrados de nuestra cultura como Senel o Enrique Pérez Díaz en la Elaine actual? ¿Apuestas por una mayor comprensión y reconocimiento de la literatura infantil en el panorama contemporáneo?

Es evidente que un escritor es la germinación creativa de un lector cuidadoso. Los dos referentes que mencionas forman parte de mi imaginario escritural, de mi sistema de referencias, de la memoria cultural del ser humano que soy. Creo en las influencias no como asimilación ni copia exacta de un molde, sino como distanciamiento. No me imagino escribiendo como Senel o Enrique, tampoco como Roald Dahl o Michael Ende, pero sí encuentro asideros en sus escrituras (como lectora creativa) y luego procuro no repetirlos, no asimilarlos como copia, no reproducir, no mimetizar. Esto no es un esfuerzo consciente sino una decisión de sanidad, incorporada de facto en el proceso de creación. De igual manera, existen trazas comunes —y sentidos de la realidad— que hermanan a ciertos creadores. Para mí, Senel y Enrique siempre constituirán parte indispensable de un universo de referencias que se amplía cada vez más con el paso de los años.

Por otro lado —y para contestar la segunda de tus preguntas—, solo puedo decirte que, en el torneo de mis apuestas, nunca corro con fichas como la comprensión y el reconocimiento. Sucede que, de hacerlo así, tendría que esperar por el influjo positivo de terceros, cuartos y quintos factores, de cierta aquiescencia exterior (y no interior como debería ser en materia de literatura). Creo que todo tipo de creación —la literatura infantil como otros tantos géneros dentro de ese grupo— debe enfocarse en otros aspectos esenciales e individuales de cada autor. El viaje no debe ser hacia el exterior, sino hacia adentro, hacia la búsqueda de lo que es uno como ente creativo. El diálogo con el exterior —público y críticos— es un proceso que solo debe ser asumido cuando se avistan las costas de la tierra espiritual (de lo que es uno como autor, de sus búsquedas, miedos y obsesiones). El reconocimiento y la comprensión se encuentran —como materias última y primera— dentro de la madeja interior, ahí donde el hilo se enreda, en la esquina del laberinto de nuestro yo-ente creador. Invertir el proceso, dígase buscar el reconocimiento y la comprensión en factores exteriores, en el tapiz de la literatura contemporánea, es lo que gesta vacíos y escritores huecos.

Tocando ahora el terreno de la técnica literaria, pude notar cambios en el narrador y el uso de epítetos formados por un sustantivo propio y una sensación, o sentimiento, que acompaña al personaje del cual se hace referencia. ¿A qué objetivos apuntabas cuando pensaste en estas mudas de narrador y cómo piensas que reaccionarán tus lectores con este estilo de nombrar a los intérpretes de tu trama? ¿Es acaso un vestigio en el texto de tu formación como dramaturga?

Mis intenciones son siempre sencillas como autora: busco comunicar. Desde el verbo, que es el vehículo sensorial fundamental de los escritores, pero también desde las acciones-esencia de esos verbos, y de provocar con ellos (gracias a ellos) reacciones en el espectador. Probablemente sean vestigios de la dramaturgia, otros críticos y editores lo han reseñado en mi obra, así que tendré que creer en la palabra exterior. Pero es un proceso natural, no encuentro otra palabra que grafique mejor las sensaciones de mi creación cuando me siento frente a la página en blanco: no busco provocar, ni es algo pensado a priori, ni lo percibo como intención de estilo. Es algo que fluye. La palabra es lugar común y en el proceso de la creatividad se ha teorizado mucho, se han construido conceptos para intentar desentrañar uno de los procesos más complejos, silenciosos e incognoscibles de la humanidad. Palabras como fluir y naturaleza se han convertido en conceptos demodé¸ peor aún, en poses artísticas que algunos autores esgrimen. Me molesta, singularmente, que sea visto de esta manera, porque creo en la libertad de la creación como creo en el oficio de la escritura. Por eso te digo que el único objetivo que acompaña a esta novela —como al resto de mi trabajo— es conseguir un empaque textual para ideas, nociones y conceptos que flotan en mi imaginario; todo esto va cargado (sería raro si no fuera así) de mi universo de experiencia, de los vehículos por los que se encamina mi creatividad, de las herramientas técnicas a las que he podido asirme en mis veintiocho años de vida y, más aún, de las herramientas espirituales con las que he procurado nutrirme. No se trata del hecho de confiar en que mis “personajes tienen vida” y en dejarlos que ellos sean los dueños de la trama, sino en el aspecto de hacer coincidir en un mismo punto la precisión del oficio del escritor con el instinto, hemisferio izquierdo con hemisferio derecho, vísceras y corazón. Desconozco siempre el proceso por el que mis lectores atraviesan cuando la obra llega a sus manos. Solo puedo confiar en la lectora que soy.

Finalmente, quisiera que me hablaras sobre tus planes futuros para esta novela, ¿dónde y cuándo te gustaría verla publicada?

Mi sueño para El framboyán de las despedidas es el mismo que comparten todos mis otros hijos-libros: quiero verla publicada pronto, pues no confío en el manuscrito empolvado ni en el texto reliquia. En concreto también sueño especificidades: que sea publicada en Cuba y también en los Estados Unidos y que pueda llegar a los cubanos de aquí y de allá (y, para ser un poco, sutilmente ambiciosa, a los cubanos que se encuentren en diferentes puntos del mapa). Ahora que el libro ya está culminado, puedo comenzar a pensar en la historia editorial que quiero trazar para él: ya he vislumbrado algunas posibilidades con editoriales nacionales que me interesarían valoraran el manuscrito, pero quiero atreverme también más allá de la Isla, cumplir con esta recepción múltiple que he imaginado para la novela. Soñar con framboyanes. Y comenzar el viaje exterior de este libro, ese que abarca la escritura del punto final del último párrafo y que llegará hasta que un lector lea la primera palabra del capítulo uno. Los planes futuros siempre son fantasmas, nunca concreciones, pero creo en las raíces de este libro, en su historia y en su tiempo.

Editado por Heidy Bolaños


 

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