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Relato de ciencia ficción para el padre del psicoanálisis
(I can´t get no satisfaction)


 

Elaine Vilar Madruga, 26 de octubre de 2017

I can't get no satisfaction, I can't get no satisfaction
'Cause I try and I try and I try and I try
I can't get no, I can't get no
When I'm drivin' in my car, and the man come on the radio
He's tellin' me more and more about some useless information
Supposed to fire my imagination.

The Rolling Stones.

 

No son pocas las trazas textuales que nos permiten seguir el rastro de otros relatos —e incluso novelas— que se asoman a la ventana simbólica a la cual también Carlos Duarte se incorpora. No es de extrañar, pues, que Epicuro S.A aparezca, en su condición de relato autárquico, condicionado por la exploración en temas que escarban en las vetas siempre inacabables del cuestionamiento humano, la condición existencial e, incluso, breves rasgos del estudio antropológico de la naturaleza del hombre (dígase, adviértase al hombre como ente sexual). Tecnocracia, ejercicio y abuso de poder, manipulaciones mentales, uso silencioso de la fuerza contra los desposeídos, experimentación que abunda en los rebordes de lo prohibido (incluso lo tabú) con un sedicioso tufo-homenaje a ciertas investigaciones nazis en los campos de concentración, son algunas de las líneas de fuga que el lector sagaz podrá atrapar, como al descuido, entre líneas y líneas de este cuento.

Aunque el final es previsible —quizás esta palabra no se ajuste por completo a la arquitectura de la trama—, no creo que haya sido intención del autor buscar una sorpresa, una palmada de descubrimiento sobre la frente del lector, un potencial rayo de luz que denuncie la vacuidad del espacio: no. Es, más bien, un cuento reflexivo, y hasta cierto punto metafórico, con aliento a distopía —ya hablaba anteriormente del ejercicio abusivo del poder; poder que asume la forma de un artefacto, de un objeto, de un simulador de la realidad; poder conceptualizado—, que busca más en el fondo de su propia circunstancia, en la transformación del sujeto personaje (¿objeto personaje, tal vez?, ¿conejillo de indias?) que en otros aspectos técnicos y formales del texto. Esto no quiere decir que sea esta una historia desprolija, pues el autor demuestra su habilidad narrativa en el ejercicio de la construcción de una arquitectura textual sin grandes contrastes de luces y de sombras, que evidentemente coincide en una zona de confort, sin grandes saltos ni búsquedas profundas, pero que resulta, a todas luces, entretenida para el público lector, especialmente el especializado en el género fantástico.

Los gadgets y el uso de cierta jerga genérica, repito, no se establecen como motivos de hándicap para la historia, si bien resultan —a mi criterio— excesivas en el comienzo de la narrativa, evidencia tal vez de un worldbuilding tecnocrático, de un mundo divido en estratos, en castas, en líneas sociales. Lo cierto es que subyace, por debajo de la historia, más de lo que el texto en sí nos cuenta, exhibe y dice. Hay exploración, sí, pero resulta a ratos previsible, a ratos sorprendente, nunca en equilibrio. Y aunque el final pueda parecer común, simple en su jerarquización, no debe olvidarse, opino, que esta es una historia construida a modo de reflexión sobre el uso de la fuerza, sobre el poder de la mente humana y la repercusión (insatisfactoria siempre) de los deseos.

De cualquier, Epicuro S.A, es un relato que nos permite mirar la realidad con una lupa precisa, una lupa capaz de ver ciertas capas de mugre y deformidad en este, nuestro mundo y en los otros —quién se atreve a calificarlos de imaginarios— que deambulan en la mente creativa y receptora de la humanidad.

Advierten los Rolling Stones: I can't get no satisfaction, I can't get no satisfaction/ 'Cause I try and I try and I try and I try/ I can't get no, I can't get no. Música y narrativa son universos vecinos. Siéntese usted en su espacio favorito y tenga a mano una buena banda sonora (quizás los propios Rolling Stones), y sumérjanse entonces en esta historia que tal vez Freud hubiera querido leer.


CARLOS A. DUARTE CANO (LA HABANA, 1962) Vive en La Habana, es doctor en Ciencias Biológicas y trabaja en proyectos de Biotecnología aplicados a la salud humana. Comenzó a escribir ficciones a partir del 2005 cuando ingresó al Taller 7 de CCF. Ha colaborado con la redacción de los ezines Alpha Eridiani y Axxón y es editor del ezine Korad. Es también uno de los fundadores y coordinadores del taller de literatura fantástica Espacio Abierto, activo desde 2009. Ha obtenido premios en los concursos: Concurso Internacional Sinergia, Realidades Alteradas, Argentina 2008; Concurso de Ciencia Ficción de la revista Juventud Técnica, Cuba, 2008, Concurso La cueva del Lobo, Venezuela, 2012, Concurso Hydra de novela corta, Cuba, 2015; Primer Premio de cuento en los Juegos Florales de Cubanacán, 2016; Primer Premio en el Encuentro Debate Municipal de Talleres Literarios de Playa, 2016; 2do Premio en el Encuentro Debate Provincial de Talleres Literarios de La Habana, 2016. Su cuento "Buscando a Carla" recibió el premio Agustín de Rojas al mejor cuento fantástico cubano publicado en 2013. Obtuvo mención especial en el concurso Luis Rogelio Nogueras, Cuba 2010 y mención en La Edad de Oro de novela, Cuba 2014. Primer premio incentivo concurso LitKon 2013 de la Mars Society, Bulgaria. Textos suyos resultaron finalistas en: III y IV y VI Certámenes Internacionales de Poesía Fantástica miNatura y en el IX Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura, 2011; concurso UMA de relato fantástico en 2012; Concurso de Cuentos Cortos para promover hábitos de lectura, AMEI-WAECE, 2013; accésit en el III concurso de microrrelatos “Ciencia ficción, Novum” de Ojos Verdes Ediciones, 2016. Ha publicado cuentos y poemas en diversas antologías de Cuba, Argentina, España y México y los libros Caleidoscopio con vista al futuro (Colección de Cuentos, Editorial Gente Nueva, Cuba, 2015) y El olor acre de la libertad (Ed. Abril, Cuba, 2017, en proceso editorial). El primero de estos se puede adquirir en Cuba Libros http://www.cubalibros.com/102-carlos-duarte


               

             EPICURO S.A.

Debemos contar con la posibilidad que algo en la naturaleza del instinto sexual sea desfavorable a la realización de la satisfacción completa.
Sigmund Freud

Anduk bel Dreams regresaba a casa por la sub 110 tras la larga y aplastante jornada en la cultivadora de boifes. Acuclillado en una esquina de la estera, algo apartado de los otros obreros, intentaba liberar su conciencia del martirizante peso de los recuerdos. Siempre era duro con los boifes, en especial si le correspondía trabajar en la sección de cultivo. Estar doce horas inmerso hasta la cintura en un tanque lleno de esas masas amorfas de origen incierto, soportando su hedor característico, era una de las mayores torturas a las que podía someterse un habitante de Ciudad Globular, incluso para un ocupante del nivel diez invertido como él.
Al pasar por el quinto arco transitorio lo sobresaltó el estridente sonido que anunciaba la inminencia de un Megacomercial. Anduk amaba los comerciales porque eran pulcros, asépticos e impolutos.
Todo lo contrario de su vida.
Se colocó las gafas y se dispuso a disfrutar de la frágil ritualidad del espectáculo. Se preguntó de qué se trataría esta vez. ¿Acaso algún nuevo desplazador temporal, un lujoso nicho en Alfacover, o un moderno sintetizador personal de albuminógenos? Abdul siempre se preguntó por qué escroto de androide pasaban esos comerciales en una vía para miserables peones.
La holoimagen tomó la forma de un hombre de ropajes blancos, mirada inteligente y sonrisa cautivadora (no podía ser de otra manera). Tampoco fue una sorpresa que la voz del avatar tuviera el tono ideal, las inflexiones precisas y una dicción impecable:
—Estimado cliente, Epicuro SA se complace en anunciar el lanzamiento de su nuevo producto: YelSen, o el maravilloso Yelmo de las Sensaciones.
«Vaya, esta vez sí parece que sacaron algo bien original», pensó Anduk.
 —YelSen es un casco de exquisita manufactura y complejidad tecnológica inigualable, capaz de potenciar, imitar e incluso crear nuevas emociones y sensaciones.
El vendedor mostró una especie de gorro flexible de un gris azulado. No más de verlo, Anduck sintió deseos de ajustárselo a su cráneo. Sensaciones inducidas de forma subliminar, sin dudas.
—¿Te gustarían unas vacaciones en la galaxia M32? ¿Salvar a tu planeta de la invasión de los malvados Ozikanos? ¿Gozar de extraordinarias aventuras amorosas? Sólo tienes que escoger.
Ahora el holo era un tipo acostado con aquella cosa azul en la cabeza. No le cabía la felicidad en el rostro.
—Tres días usando el YelSen te convertirán en un hombre nuevo. Y además te dará placer. Con YelSen podrás tocar el cielo.
Sucesión de imágenes fugaces que afloran a su mente.  Caleidoscopio de placer.  
—Para tu felicidad trabajamos, es el lema que rige nuestra obra, y YelSen es la concreción de esa máxima.
»YelSen no es otra realidad virtual, es la Realidad que siempre anhelaste
Otra vez el avatar de blanco.
—¡No desperdicies esta oportunidad o lo lamentarás! ¡Marca nuestro código, y solicita tu YelSen ahora mismo!
Anduk observó alelado como se desvanecía la figura con un politonal tintineo de campanillas. Por unos instantes, se imaginó dueño de aquella maravilla. ¿Cuántas cosas podría hacer? Pero debía ser cauto, quizás se trataba de una engañifa, una trampa para desesperados que buscaban placer a cualquier precio.
Ocupado en estos pensamientos Anduk abandonó la estera y, como un autómata, caminó hasta su minúsculo departamento.
Comió un poco de la tradicional bazofia proteica destinada a los trabajadores y se conectó a la RED. No tuvo problemas para localizar el producto.
Leyó con ansiedad la información.
El principio del funcionamiento del Yelsen es sencillo. Una vez estudiada hasta la saciedad la topología del cerebro humano con sus cien mil billones de neuronas, nuestra empresa ha sido capaz de comprender, con un elevado grado de detalle, cuáles son los núcleos neuronales encargados de generar las principales sensaciones, así como la naturaleza de los mediadores bioquímicos que emplean.
Yelsen es un sofisticado implemento diseñado para estimular de forma exquisita aquellos centros neuronales seleccionados para inducir, potenciar, reproducir, debilitar o suprimir determinadas sensaciones. Estos efectos se logran mediante la descarga focalizada de haces de nano y fentopartículas cuya aplicación es sometida a un complejo y delicado control.
Su capacidad para estimular los centros de Morfeo, y alterar sus patrones de forma temporal, elimina la necesidad del uso de psicofármacos en los individuos con insomnio y pesadillas recurrentes.
 Anduk se saltó otras dos páginas de tecnobasura. No entendía ni la mitad, aunque le parecía prometedor. Retomó la lectura en un párrafo que le resultó interesante ya que padecía con frecuencia de dolores de cabeza.
El programa anti-migrañoso de Yelsen resuelve las crisis en menos de cinco sesiones y suprime la depresión. Varios estudios han demostrado que el producto anula la dependencia a las drogas sicodélicas y eleva las concentraciones de endorfinas.
Yelsen permite seleccionar, entre una gigantesca gama, desde el puro placer intelectual hasta las más diversas formas de placer físico, incluyendo por supuesto el sexo. Erradica la anorgasmia, la eyaculación precoz y garantiza un prolongado trance pre-eyaculatorio.
Los ojos de Anduk brillaron. Además de atractivo, el Yelsen parecía seguro. Nadie gastaría tanta plata en un timo.
Continuó recopilando información.
Epicuro SA era la compañía sorpresa del año. Hacía solo dos meses que había irrumpido en el mercado con un único producto: El Yelsen.
Y al parecer no le iba nada mal.
La férrea oposición que enfrentaba el producto era una garantía de su calidad. Las grandes cadenas de comunicación virtual se negaban a promocionarlo, los carteles de la droga amenazaban a los empresarios de Epicuro SA. Los negocios de juego y deportes, la industria del sexo, en fin, todos los que vivían de proporcionar placer o entretenimiento les habían declarado la guerra.
Y lo que era mejor: durante su primer año de ventas, tanto la mercancía como el servicio especializado se ofertarían a precios promocionales.
Anduk tomó una decisión.
Sin perder un minuto sus febriles dedos sacaron el COMIC-U del bolsillo trasero del overol, marcaron las coordenadas de Epicuro SA y seleccionaron el nuevo producto.
Sabía que con esto empujaba la espiral de su endeudamiento más allá de toda posibilidad de redención; pero tenía el presentimiento de que en lo adelante no le importaría despertar en la fría madrugada e ingerir su frasco de Nutriduras o Protitileno; ni viajar por las pestilentes esteras para sepultarse en la fábrica de noimportaque y romperse alma y cuerpo trabajando tan sólo para ganarse el derecho a respirar. Iba a soportar mejor el agobio del menú repetitivo e insípido, la aspereza del traje anti UV, la escalofriante penumbra de su madriguera del décimo invertido. Todo ello le sería tolerable porque su YelSen lo transportaría a una dimensión maravillosa, a ese mundo ideal con el que siempre soñó.
No había transcurrido una hora cuando tocaron a la puerta. Abrió y se encontró con la sonrisa congelada de un androide vendedor. Lucía un uniforme color plata con el logo de Epicuro S.A.
—Señor bel Dreams, aquí traigo su pedido.
Anduk lo miró asombrado. Las pocas compras que había hecho, durante treinta y ocho años, viajaban siempre por la ruta más económica. Una entrega de ese tipo a un clase E era del todo inusual. Este asunto le parecía cada vez más raro: precio irrisorio, facilidad de pago, envío especial. Sin embargo, estaba dispuesto a llevarlo hasta sus últimas consecuencias.
—Gracias —dijo y recibió el paquete.
El androide le entregó un diminuto chip de instrucciones, recogió su impresión retinal en el disco-contrato y se fue una amable frase de despedida.
Emocionado, corrió a acostarse en la cama. Introdujo el chip de instrucciones en el puerto periocular y aplicó el programa. Diez minutos de instrucción resultaron suficientes para sentirse un experto en el manejo y posibilidades del YelSen. No había que usar botones ni introducir parámetros. El protocolo era tan sencillo como ponerse el casco, cerrar los ojos y sumergirse en la realidad virtual. Simple incluso para un clase E, no acostumbrado a los costosos programas virtuales tan de moda en las ciudades nubes. Debía ir abriendo las puertas adecuadas para acceder a un servicio u otro. Los intereses específicos, el equipo los extraería de su mente.
Anduk abrió el envoltorio. Introdujo una mano dentro de un receptáculo oval lleno de un líquido ambarino, y sacó la pieza de material flexible y textura muy suave. El objeto se secó al instante en contacto con el aire. No se apreciaban ranuras de conexión o controles de ninguna índole.
Le pareció que se movía entre sus dedos con sutiles ondulaciones de medusa.
—Vaya cosa rara que es este material —masculló el boifero.
Con mucho cuidado, casi con devoción, se ajustó el yelmo. El tejido se adaptó a la perfección al cráneo. Cerró los ojos y una miríada de diminutas agujas penetró a través del cuero cabelludo y establecieron una difusa red de sinapsis con las neuronas de Anduk hasta que yelmo y cerebro fueron uno.
Poco a poco sus músculos se distendieron y se diseminaron sus temores. Según el instructivo, éste era el primer cúmulo de sensaciones inducidas por el artefacto y era indicativo de una fusión exitosa.
Unos segundos después accedió al salón de apertura. El local, una construcción circular, acomodaba trece puertas en su perímetro, cada cual con un rótulo escrito en terrestre estándar, acompañado de un raro símbolo cuyo origen Anduk no pudo descifrar. El texto indicaba una determinada sección: Sueños, Gusto, Alucinógenos, Medicina, Sexo, Deportes, Guerra, etc.
Anduk no titubeó. Sabía muy bien que era lo que lo había motivado a comprar el yelmo y meterse de cabeza –literalmente- en este extraño asunto.
La palabra mágica era SEXO.
Por ahora no le interesaba otra cosa. Sin dinero ni un físico agraciado, su mejor opción había sido el prostíbulo de androides del noveno invertido. Allí, por una semana de su mísero salario, podía practicar un coito patético con una androide de quinta, semi-mutilada, mezcla de desechos, mugre y fibras sintéticas degeneradas cuyo olor le revolvía el estómago. Hubiera sido un suicidio llevarse a la cama a una de las putas itinerantes del nivel seis. Un suicidio lento y terrible, víctima del NeoSIDA, del gusano fantasma o de cualquiera de los engendros que pululaban por los niveles inferiores.
Si lo que decía el manual era cierto se acabarían los tiempos de añorar el roce de una piel limpia y sensual. Podría practicar el cunnilingus hasta la saciedad y escuchar los quejidos de una mujer volando por el pozo infinito de un orgasmo.
Y tal vez, aunque le daban hasta escalofríos de solo pensarlo, tal vez por primera vez en sus treinta y ocho años, conocería ese sentimiento legendario y místico que, en eras olvidadas, los hombres solían llamar  amor.
Así que penetró en la cámara sexual y comenzó a imaginar su aventura erótica.
Para empezar nada de Khatira, en ese momento no le interesaba su flaco trasero por muy bien que lo moviera. No, él quería un debut a lo grande y lo que había anhelado siempre era una mujer como Lulana, la conductora de Espacio Cerrado.
Entre el pensamiento y la materialización de su deseo transcurrió quizás un nanosegundo.
Lulana, con sus enormes pechos desbordando las fronteras del pequeño corpiño y el cabello dorado que caía en una cascada de ensueño hasta su cintura, era tan real que Anduk sintió un vahído al contemplarla. La miró hasta la saciedad mientras sentía la presión de su miembro con fuerza inédita y arrolladora.
Y esa sensación era también muy real.
Despacio, se aproximó a Lulana, que lo esperaba en una postura de seductor abandono.
Genital húmedo, olor a primavera. Anduk se dejó llevar. Primero fue beber de su boca un trago interminable, como viajero en un oasis. Luego sus labios recorrieron cada milímetro de piel y sexo en una lenta danza ritual. Se detuvo en la inmensidad de los senos turgentes para acariciar con la lengua los pezones duros como semillas, mientras disfrutaba de sus quejidos suaves, invitadores. Cuando por fin la penetró, un torrente de cálidos fluidos danzó alrededor de su glande y pensó que eyacularía sin remedio. Pero algo evitó la consumación precoz, prolongando el orgasmo por un tiempo inmensurable, onírico.
Toda la noche cabalgó sobre Lulana o viceversa. Su virilidad era inagotable, la tersura de su órgano se reponía con rapidez asombrosa, más allá de toda expectativa. Él, que en cuestiones amatorias había sido menos que aprendiz, se vio a sí mismo invocando desconocidos rituales que le llegaban a la conciencia dictados por un invisible experto en erotismo.
Al filo del amanecer Anduk finalizó la sesión. Después de retirar el YelSen de su cabeza le tomó unos minutos adaptarse a la dura realidad. Cuando lo logró, pudo comprobar que su simiente había desbordado las fronteras de su ropa interior para anegar las sábanas. Contempló, desconcertado, el lago de proporciones pantagruélicas, mudo testigo de sus hazañas virtuales.
Le pareció inconcebible no sentirse para nada cansado sino que, por el contrario, ardiera en deseos de marchar hacia la fábrica y romper el récord mundial de boifes cosechados. Y así fue. Sus compañeros de trabajo lo miraban como un bicho raro al desplegar semejante energía cuando hasta hacía apenas un día era un abúlico manojo de huesos que se comportaba como un zombi. «Va y resulta que esto no es más que otro invento de los de arriba para aumentar las ganancias», pensó. Pero, al recordar las delicias del sexo con Luana, agregó: «Aunque así fuese, valdría la pena.»
De regreso a casa no se detuvo ni para probar bocado. Sacó el YelSen de su urna, y lo alzó con ambas manos, trémulas por la recién adquirida adicción. El tejido se secaba muy rápido y esta vez le pareció de un tono más oscuro que el día anterior.  Ahí, en el nido virtual de su erotismo lo esperaba Lulana para satisfacer sus más mínimos antojos.
Durante varias noches disfrutó de aquel festín de voluptuosidad sin que sus ansias de placer fueran colmadas. Era aquella una función sin intermezzos. Sin espacio para la relajación o la intimidad del pensamiento. Aquel avatar de inagotable potencia seductora no mostraba otras aristas que la de una hetaira perfecta. Hablaba sólo con monosílabos… pero, eso sí, manejaba todo un catálogo de gemidos, gritos y hasta imprecaciones que dosificaba de forma estratégica, pues es bien sabido que una palabra fuera de tono, o pronunciada en un instante inoportuno puede apagar la llama más ardiente.
De amor ni un hálito.
Al cabo de los días decidió que era suficiente para la primera experiencia y se dispuso a explorar alternativas.
En esta ocasión la elegida fue Diaica, la Cazadora, cuerpo de ébano resplandeciente, carne firme de ancestros tribales, fuego quemante la piel y todo el movimiento del mundo en la cintura.
Cada noche de esa semana se repitió la apoteosis, pero, al igual que su antecesora, Diaica no parecía haber sido programada para nada más que el sexo.
A Diaica le siguió por fin Khatira (tanta propaganda no podía ser en vano). Se deleitó por contaste, con su cuerpo serpentino y ágil que lo hacía volar hacia el infinito con la sofisticada cadencia de una caricia interminable.
De esa forma, su nueva ocupación nocturna pasó a formar parte de su rutina.
Atacaba los boifes con la misma pasión de amante desbocado con que se sumergía cada noche en aquel yelmo de su perdición. Su mente, sin embargo, se fue permeando de insospechadas lagunas, pequeñas desmemorias que, como los riachuelos de lluvia ácida que se filtran entre las grietas del pavimento, llegaban paso a paso a cada confín de su cerebro, hurgando entre sus recuerdos, sustrayendo, y despojándolo sutilmente de los escasos ornamentos de su pasado gris.
El lejano recuerdo de los cabellos malva de su madre y su olor profundo a especias y a Liquidav. Su tía desnuda en la ducha, el cuerpo cubierto de tatuajes y el vello rojizo destellando entre la blanca espuma; otra vez su madre, ojos dilatados por los efectos del narcótico hasta quebrarse como cristales por la sobredosis; el orfanato inmenso y sórdido, como una catedral del desamor; la implacable dureza de los androides; las pequeñas crueldades de la convivencia forzada; las riñas; las horas de ocio; su primer enchufe; las precarias clases de futuros cultivadores de boifes, los senos de Armina que se marcaban irreverentes tras la blusa y le dejaban un nudo en la garganta y una erección incontestable en medio de la clase.
Todos sus recuerdos, mudos testigos de una vida que, aunque nada envidiable, era la suya, escapaban en inaplazable sucesión sin que apenas lo notara, como las hojas rojas de un arce en el otoño.
 Tras una prolongada experiencia con Khatira decidió buscar emociones más fuertes.
Así una noche poseyó —o más bien lo contrario— a Dixtra, apasionada diosa de piel cobriza que le condujo por las sórdidas prácticas del sadomasoquismo. Con ella experimentó la amplia gama de sensaciones dolorosas producidas por la asfixia, los latigazos, las quemaduras, las descargas eléctricas y otros.
Fue saltando de una pareja sexual a otra, seleccionadas por un proceso que no acertaba a comprender por completo, pero que imaginaba como una especie de combinación entre las motivaciones de su subconsciente y el catálogo disponible en aquel software diabólico, cuyo contenido hacía suyo sin que mediara ningún aprendizaje explícito.
Disfrutó también de un trío de odaliscas asiáticas que danzaban al son de voluptuosas melodías, mientras manipulaban sus sitios eróticos con sabias bocas y manos diestras en las artes amatorias.
Para continuar la espiral de desenfreno, se atrevió a transgredir todas sus normas y exploró el transexualismo en una liza campal entre dos hombres y tres féminas.
A continuación se regaló algo especial: un androide hermafrodita de lujo, verdadero kamasutra andante, que lo condujo por las secretas veredas del bisexualismo en tiempo real aderezado con drogas afrodisíacas y suprainductores de placer.
Durante ese tiempo Anduk conoció la esencia misma del placer. Como había intuido, se le hacía llevadero su ingrato trabajo porque soñaba despierto con la siguiente aventura. Impulsado por una extraña energía, apenas comió ni durmió durante meses. Sin embargo, su eficiencia laboral se mantuvo al máximo. Solo sus recuerdos se desvanecían con la misma parsimonia con la que se va esfumando un velero tras la línea del horizonte.
Y estaba aquello del amor, esa inasible combinación de letras que al parecer tampoco venía programada en aquel artefacto.
Un día, mientras colectaba los boifes, Abduck tuvo una idea. Quizás si se esforzara por generar por sí mismo personajes, sin la influencia del software invasivo, estos gozarían de la capacidad de amar y ser amados. De esa forma se concentró toda la tarde en un intento por dar forma a la mujer ideal, tanto en el físico como en sus rasgos íntimos, costumbres, anhelos y esperanzas. Pero a la noche, cuando se aferró al yelmo, anhelante, y temeroso, lo único que logró esbozar fue un fantasma, incoloro, anodino y con los rasgos borrosos de su madre. Comprendió así que, o bien le era imposible inventar aquello que nunca había conocido, o aquel sofisticado programa era incapaz de trabajar en el inescrutable espacio de los sentimientos.
Una mañana al fin, olvidó también acudir a su trabajo. Inmerso en el desenfrenado ritmo de sus orgías por espacio de varios días, relegó también la necesidad de comer y de beber y hubiese olvidado hasta respirar si tal gestión hubiera sido dependiente de su voluntad.
En la madrugada de un domingo, en el entreacto entre un orgasmo y la próxima acometida, el corazón de Anduk bel Dreams se detuvo. Murió con la expresión transfigurada en un gesto de sorpresa e insatisfacción. Si le hubiesen preguntado en el momento de su muerte, habría respondido sin dudar que la suma de todos los instantes de felicidad en su agrietada existencia no podían compararse con aquellas pocas noches de pasión desenfrenada, pero que aún sus ansias no estaban colmadas.
Había algo inasible, situado más allá del apetito sexual, que no había logrado atrapar. Un sentimiento que no podía ser reproducido por ningún software y que en el mundo que le tocó vivir era algo extinto, un mito. Pero aún siendo esta pasión un ente indefinible para Anduk, era notable su ausencia, así como se aprecian los trazos que ha dejado a su paso el viento invisible sobre las arenas del desierto.
El YelSen se despegó del cráneo del cadáver y emitió una secuencia de señales a través de frecuencias privadas.
Diez minutos después, un androide con el uniforme de entregas especiales lo recogió y lo colocó, con mucho cuidado, dentro de su estuche. El cuerpo de Anduk fue ignorado.
El androide salió del cuarto y se subió en una flecha de lujo que atravesó en minutos los ocho niveles hasta la superficie. Trepó hacia Ciudad-Nube y penetró en una suntuosa torre ensueño. En el cartel de neón de la fachada decía en grandes letras:
EPICURO S. A.
Dentro del edificio centenares de robots se afanaban en diversas tareas. En el lobby, el primer androide entregó el paquete a un colega que lo aguardaba y éste lo transportó a una habitación que ocupaba todo el piso ochenta.
En el cuarto se alineaban tres decenas de hileras de pequeños receptáculos circulares, suspendidos a mitad de piso, llenos de un líquido cerúleo. Cada uno de ellos se conectaba a un panel central por un haz de sofisticados cables. Unos extraños símbolos, semejantes a los que había visto Anduk en la puerta de la cámara de Sexo Virtual, resaltaban a lo largo de los paneles a manera de rótulos clasificatorios lo que confería al local la apariencia de un archivo o almacén.
El autómata emplazó el yelmo de Anduk en una de las urnas vacías de la séptima hilera y éste onduló hasta acoplarse a la perfección con el fondo del recipiente. A los pocos instantes comenzó a trasmitir en un código ajeno
—Tema de Investigación «Tierra, el mundo que perdió el amor». Espécimen 0048865. Clasificación: Sexo. Resumen de los datos adquiridos:
Soy Anduk bel Dreams y tuve mi primera manifestación de deseo carnal a los nueve años mientras me bañaba. Me masturbé pensando en mi tía y desde ese momento no he dejado un instante de pensar en el sexo…