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Fraguela: «Leer es un goce, una necesidad»

Fernando Rodríguez Sosa, 16 de octubre de 2017

El libro es como el agua, que por doquier se abre paso. He recordado este proverbio ruso, mientras converso con el poeta José Raúl Fraguela. ¿Por qué, se preguntarán algunos, esa asociación entre el antiguo aforismo y lo contado por quien, desde hace más de una década, se desempeña como editor en varios sellos del país?

No es difícil hallar la respuesta a tal interrogante. Nacido en Pinar del Río, en 1961, José Raúl Fraguela se considera un hombre doblemente afortunado: tanto por ser parte de una familia que disfrutaba la lectura de cada nuevo libro como por haber conocido el placer de leer desde su más temprana infancia.

De joven, sin embargo, no se interesa por el estudio de las humanidades. Se gradúa, en 1983, como ingeniero agrónomo en la universidad de su provincia natal, carrera que no se arrepiente de haber seleccionado y que le permite ejercer por años la docencia, en Cuba y en la República Popular del Congo.

Mas, un buen día, quizás sin pensarlo demasiado, comienza a escribir poemas y luego se interesa por el trabajo de edición. Ya hoy ha publicado una decena de libros –algunos reconocidos en concursos nacionales— y ha logrado convertirse, de manera autodidacta y gracias a su tenaz empeño, en uno de los más serios editores de la isla.

Ya imaginarán por qué, mientras converso con José Raúl Fraguela, pensaba en la citada sentencia. Este hombre, indudablemente, demuestra que su amor por el libro y la lectura son como el agua, que por doquier se han abierto paso. Los invito a comprobarlo a través de este juego de preguntas y respuestas que es siempre toda entrevista.

Comencemos por los inicios: cuénteme sus primeros contactos con el libro y la lectura en el ámbito familiar.

Aunque a veces los padres tienden a exagerar, según mi madre aprendí a leer solo, a los cuatro años. Pero ella era maestra y, además, a esa edad asistía, informalmente, al preescolar. Desde que tengo uso de razón tuve mis propios libros, mi propio librero y muy pronto —incluso— yo mismo los compraba. Luisito Saíz, el padre de los hermanos Saíz, trabajaba en la librería del pueblo, y nunca me dejaba pasar sin avisarme de las nuevas adquisiciones infantiles. En la casa nunca me negaron el dinero para los libros, que, como tú sabes, eran muy, muy baratos por entonces. Nadie en la familia me mandó nunca a leer, al contrario, en algunas ocasiones se preocuparon porque «leía demasiado y me iba del mundo». Mis padres leían, mi abuela paterna también, mucho, y, a partir de cierto momento, nos pasábamos unos a otros los libros, y a veces comentábamos las impresiones. La otra abuela ya no podía leer, porque había perdido la visión, pero tenía una memoria prodigiosa y era tremenda narradora. Solía reunir a los nietos, que éramos siete, casi todos del mismo tamaño, y nos embobecía con sus cuentos y poemas —muchos de su propia cosecha—, creo que eso influyó no menos en mi afinidad por la literatura. Ella fue una de las personas más importantes de mi infancia y adolescencia. Bueno, ya soy un viejo y todavía lo es.

¿Ese interés por la lectura desde edad tan temprana fue lo que lo llevó a escribir poesía y, más tarde, a convertirse en editor?

Algunos creyentes dicen que «los designios del señor llegan por caminos torcidos» o algo parecido. No pudiera hacer lo que hago, en ninguno de los dos ámbitos, si no hubiese sido una polilla desde pequeño. Tenía ya más de veinticinco años y nunca había siquiera imaginado que me dedicaría a escribir y a editar. Como sabes, soy ingeniero agrónomo, me gusta mucho la carrera y la docencia, que ejercí desde el mismo año de mi graduación. Pero gracias a la lectura —y a los tremendos maestros y profesores que tuve en la primaria y secundaria— siempre tuve facilidad para redactar, solo que la aplicaba a trabajos científicos, ponencias, artículos, conferencias. Mi primer trabajo como editor lo acepté por necesidad económica —ya estábamos en Período Especial— y también por la atracción del reto. Estaba seguro, sin embargo, de que podía «arreglar» los textos ajenos, a lo que entonces pensaba se reducía el asunto. Nada más lejos de la verdad, pero descubrí una de mis vocaciones. Claro, todo era puro empirismo, si me salía bien, era por el back ground que me había dejado la lectura. A partir de ahí no he dejado de estudiar todo lo relacionado con el asunto, ¡que es todo!

Ya que se refiere a la labor de edición, ¿de qué manera un editor puede incidir en incentivar la lectura?

Tendemos a confundir la figura del editor con la del corrector de estilo, porque muchas veces nuestro trabajo se ve reducido a eso. En otras ocasiones —aunque no sea la media—, llegan a nuestras manos libros que son prácticamente «insalvables», de tan mal escritos que están, pero los seleccionan otros y una vez en plan hay que trabajarlos. El quehacer de un verdadero editor debe incluir la búsqueda de hallazgos editoriales, la selección de libros que considere apropiados, no solo para entretener o dar placer a los lectores, sino para, además, dejar otros sedimentos en su formación intelectual, cultural, cívica, como ser humano, que para eso es la literatura, el arte en general. En algunas editoriales esto funciona así. De ahí que si lo que cada editor propone se colegia después entre todos, para elaborar un buen plan editorial, es muy probable que sea el mejor modo de conseguir que lo publicado influya positivamente, en muchos sentidos, en los lectores y los incline a seguir leyendo.

Por lo general, nuestro sistema editorial está diseñado para que los originales accedan a la publicación de otro modo, pero uno siempre busca las vías de acercar lo que cree válido a las manos de los decisores —dígase comité de lectores o consejo editorial. Si sus integrantes son personas idóneas —y no estamos errados nosotros, que también pudiera ser una posibilidad—, el libro llegará a sus lectores e influirá positivamente en ellos. Tan importante como eso es que no siempre, quienes se dedican a este trabajo, poseen todas las herramientas para hacerlo y llegan a los lectores textos plagados de problemas, de puntuación, de sintaxis, lexicales y otros relacionados con las características específicas de los géneros literarios. Si tenemos en cuenta que, para la mayoría, lo que reciben impreso, sobre todo en formato libro, se convierte en patrón, entonces ese «editor» está ejerciendo la peor de las influencias en los consumidores de su propuesta.

Me gustaría, por cierto, que me definiera la lectura: ¿es para usted un hábito o una necesidad?

Solo podría responderte por lo que a mí respecta. Quizás una anécdota lo ilustre: cuando tenía diez u once años, unos tíos me llevaron a pasar una semana de vacaciones con ellos, que vivían en la playa. ¡Imagínate! El primer día todo fue mar y juego con mi primo cinco o seis años menor, pero ya el segundo empecé a recorrer las habitaciones buscando los libros que, pensaba yo, debía haber en cualquier casa. Nada. Finalmente encontré, en el baño —te imaginarás con qué destino—, un ejemplar de La vorágine, de Rivera, y resolví mi lectura de la semana. No entendí casi nada, pero yo necesitaba leer aunque fuera un rato cada día.

Leer debería ser una necesidad para el ser humano, una necesidad que tal vez empieza con un hábito. Yo vivía en mis lecturas, me escapaba de mi mundo —que fue muy bueno durante toda mi infancia—, para vivir el de aquellos personajes que llegaba a querer como a mi familia —algunos de esos amores aún perduran. Quizás por eso, a veces, me descubro con conocimientos de cosas que yo mismo no puedo explicar cómo recibí. Y te hablo de palabras, objetos, situaciones, aspectos de las ciencias, modos de vida e historia de países o regiones que probablemente ya no consiga visitar. En mi caso, todo esto es importante para el trabajo que realizo, pero puede ser tan solo para poder establecer una conversación con alguien, para atender adecuadamente a un invitado o, sencillamente, para ver la vida lo más cercano posible a lo que es, con la mayor cantidad de matices. Eso tiene —¿no te parece?— que hacer al hombre más pleno. En resumen: leer es un goce, una necesidad.

Coincide usted con ese criterio, bastante generalizado por cierto, de que ha disminuido sensiblemente, en Cuba y en el mundo, el interés por la lectura.

–Es probable que se lea menos, en el sentido que siempre le hemos dado al acto de leer. Hay muchísimas otras posibilidades ahora, no solo de entretenerse, sino de aprehender el mundo, sus zonas y esencias más ignotas para nosotros. Respondiendo a una pregunta parecida, hace un par de años, me di cuenta que, cuando pensaba en cuánto se leía en otro tiempo, me tomaba como referente, y no soy el mejor. Pocos de los conocidos de mi infancia y adolescencia leían como yo, ni los padres de mis compañeros lo hacían como los míos. ¡Y mira que los libros eran baratos! y en todo mi barrio, como dato adicional, no había más que dos o tres televisores. Ahora todo el mundo tiene televisor y la producción audiovisual es probablemente mayor que la de libros y llega por un sinnúmero de vías. Igual —esto se me acaba de ocurrir—, cuando vemos una película o serie subtitulada, estamos leyendo y en Cuba, a la mayoría, no nos gustan dobladas. Claro, nada cultiva la imaginación como leer, cuando todo te lo dan solo con la palabra, y tienes que recrearlo a partir de lo que con ella dibuja el autor. Cada lector lo hace a su manera, lo adorna con sus propios detalles. En eso nada igualará al texto escrito. Considero también que la formación intelectual de los individuos se ha debilitado en la mayor parte del mundo, por una tremenda variedad de razones. Eso incluye en nuestro propio contexto, donde hay mucha gente —incluso graduados de nivel medio y superior—, a quienes cuesta interpretar lo que leen. Será, por tanto, muy difícil encontrar placer en una actividad que les conlleva un esfuerzo tremendo y les aporta poco por sus limitaciones a la hora de descodificar los mensajes. Incluso, para estudiar, la gente prefiere cada vez más otros medios antes que el libro. De cualquier manera, eso es asunto que requeriría un serio estudio de campo.

¿Ha pensado cómo la tecnología pudiera contribuir a captar nuevos lectores, sobre todo entre el público infantil y juvenil?

Parecería muy fácil. Hay maneras muy atractivas de digitalizar el libro. No soy ducho en eso, porque sigo —como un dinosaurio— atado al papel, al menos cuando de literatura de recreo se trata, porque el trabajo lo hago todo digital y ya leo más trabajando que como pasatiempo. En Cuba se trabaja en este sentido. Pero habría que llegar a engranar un sistema tan bien estructurado como el del libro impreso, con todas las dificultades que ahora mismo pueda tener en el país. Habría que pensar en la edición y diseño, la comercialización, el pago de los derechos de autor. Algunas editoriales están poniendo en sus contratos la cláusula para que el autor autorice la publicación digital, pero los derechos de autor del libro impreso son casi irrisorios (ya sabemos que es un producto subvencionado), y no hay pago adicional por la distribución digital. A algunos autores no les gustará eso.
 
Por otra parte está el problema de la accesibilidad. Yo, por ejemplo, cuento apenas desde hace un tiempo con correo electrónico, pero no Internet. ¿Cuántos en Cuba la tienen en sus casas? ¿Cuántos tienen siquiera una computadora para leer lo que obtengan en otro sitio? Bueno, ahora las «cajitas» permiten leer en el televisor, pero ¿va a leer la familia en grupo como cuando miran la telenovela? Además, habría que ir a una sala de navegación a explorar primero e intentar bajar lo que se prefiera o necesite. ¿Y si tuviera que pagar el libro? —ya me ha sucedido. ¿Cómo se hace? Si fuera a establecerse la producción y distribución nacional de libros digitales, ¿se regalarían los libros a través de la red?, porque no estamos preparados ahora mismo para venderlos. ¿Y los autores de qué van a vivir? Es decir, la mayoría de nuestros autores no viven de la literatura, pero se ayudan a vivir con ella. Perderían, también, esa posibilidad. Hay mucho por pensar; ¡y hacer!, por supuesto. Pero sería muy bueno conseguirlo si salváramos, en quienes vienen detrás, el hábito, la necesidad, el placer —como quiera llamarse— de leer. En definitiva, lo valioso está en el texto, no en el soporte.

Se preconiza, a propósito del avance vertiginoso de las nuevas tecnologías, que el libro en soporte de papel va a desaparecer, ¿coincide usted con tan categórica y apocalíptica predicción?

No es descartable, pero confío en que tarde lo suficiente como para no sufrirlo. El libro es una puerta abierta a la libertad. Si desaparece, sería como cerrar definitivamente esa puerta.

 

Susana Rodríguez Ortega, 2017-11-03
Eric Flores Taylor, 2017-09-18
Claudia Otazua Polo, 2017-08-24