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El original Bosque, de Roberto Estrada Burgeois

Alina Iglesias Regueyra, 27 de octubre de 2017

Roberto-Estrada_CubaliterariaLa humanidad ha depositado una fe ancestral en la aparición de nuevas civilizaciones, con el fin de enriquecer el conocimiento que tenemos del universo. Este axioma incuestionable no es más que el reflejo de la inherente ansia de comunicación del ser humano que nace y muere con él. Pero las personas altruistas que así piensan no tienen en cuenta que ya en este mismo mundo donde habitamos existen diversas culturas de distinto grado de desarrollo y diferente manera de pensar y construir la vida, entre las cuales, en ocasiones, no existe una sola posibilidad de convivencia, o al menos, aceptación. Esta intolerancia, basada en la incomprensión y el extrañamiento, y motivada por la ley del menor esfuerzo y las ansias desmedidas –y hasta enfermizas- de poder, deja mucho que desear de la capacidad de razonamiento y gestión humanas ante lo desconocido, y solo desemboca en las consabidas guerras: una solución violentísima y nada ideal a un acercamiento intercivilizatorio que mucho pudiera aportar en vez de desmedrar, a ambos lados del acto comunicativo.

Precisamente este álgido –y vital- tema es abordado por numerosas obras literarias del género de ciencia ficción, como la que traigo hoy a colación, titulada Bosque, por la cual su autor, el cubano Roberto Estrada Bourgeois, recibiera merecidamente en el año 2005 el  Premio La Edad de Oro en el género de Ciencia Ficción y Fantasía, convocado por la editorial Gente Nueva.

El jurado estuvo integrado por los escritores Félix Mondéjar Pérez, muy conocido por su seudónimo “F. Mond” y sus obras definidas como Ciencia-Ricción por el humor presente en ellas; Carlos Raúl Pérez Domínguez, y Mirtha González Gutiérrez, directora a la sazón de esta casa editora.

Publicado dos años después, la edición del texto estuvo a cargo de la experimentada Janet Rayneri Martínez, el diseño y la composición fueron realizados por Nydia Ferrnández Pérez, y la ilustración exterior la agradecemos a Roldán Lauzán Eiras, quien captó en tonos verdes la simbiosis fitohumana que propone la historia, imagen a partir de la cual Armando Quintana Gutiérrez diseñó la cubierta del volumen.

Influencias semánticas de otros grandes del género, principalmente de Ray Bradbury con sus Crónicas Marcianas, hacen mella positiva en la escritura de R.E.B., como gusta firmar el autor, la cual se caracteriza temáticamente por estas cuestiones comunicativas que mencionábamos antes, pretextos para el desarrollo de una trama plena de eficientes recursos literarios, dramatúrgicos, lingüísticos y formales en general que hacen de su entrega una escritura muy disfrutable, cuidadosa, sorprendente y llena de imaginación.

Una de las primeras aproximaciones entre dos entes desconocidos es a través del aspecto físico, es decir, la apariencia; y cuando esta resulta incomprensible o desagradable para alguna de las partes, las reacciones no son favorables ni auguran un buen comienzo. Sin embargo, la inteligencia en todas sus manifestaciones puede garantizar una notable mejoría en el juego de acercamientos sucesivos. Esta es la premisa que el autor emplea para instrumentar la historia de Bosque, planeta cubierto de vegetación no solo viva, sino inteligente y manifestada a través de variadas formas.

De magistral puede calificarse su manejo del sistema de personajes. La caracterización de cada uno de ellos, en tanto representantes de una profesión, zona geográfica y etnia distintas: Olga, Evi, Tatsyua, Albrio, Jim, Hugo, Pedro y Sailo, identifican con sus nombres y su proceder mucho más que una sucesión ordenada de letras: son seres similares a nosotros los lectores, con quienes podemos vivenciar experiencias, gozar, sufrir y hasta lamentar sus pérdidas crueles a manos de los extraterrestres –y del autor, por supuesto.

Igual de meticulosa es la descripción de sus movimientos, lenguaje, sentimientos, sensaciones y actitudes personales que los vivifican y hacen verosímiles cada detalle de sus hazañas. Ante nuestros ojos los veremos eructar, jadear, dar alaridos, desesperarse, amar y morir cuando corresponda, penetraremos sus recuerdos y secretos, sus penas existenciales, y compartiremos sus más lógicos u oportunistas razonamientos en total identificación estética y psicológica, lograda a través de recursos ingeniosos del lenguaje como parte de su estilo basado en giros dramatúrgicos bruscos, acortamiento y síntesis de palabras y conceptos, descripción minuciosa y certera de las acciones e incluso de sensaciones auditivas, táctiles, gustativas donde potencia mecanismos apelativos y evocativos.

El primer capítulo nos presenta, cual una obra de teatro, a todos los participantes de la acción. La representación al detalle de un accidente ingenieril dentro de la nave donde nos lleva el autor, desencadena una suerte de hechos que permitirá a partir del segundo capítulo comenzar a desarrollar el drama como tal. Sin embargo, dentro de este acápite inicial se incluye igualmente la historia del surgimiento planetario de Bosque, un nombre que personifica y humaniza al ente pensante, antagonista finalmente involuntario del grupo humano.

La mediación entre ambos grupos sucederá a través de un misterioso ser ameboide y gelatinoso que se atribuye la paternidad de Bosque –cuestión esta que queda en suspenso para los lectores, a su libre interpretación-, el cual, gracias a su plasticidad en todo sentido, logra fusionar ambas inteligencias, pero… sin un resultado claramente positivo.

Y este desenlace abierto, curiosamente esbozado, no solo a través  de los sucesos pos-drama, sino de rememoraciones, deducciones y epístolas finales, dejará al lector joven o adulto con la impresión de haber habitado una construcción orgánica y coherente muy posible, donde queda mucho por meditar, al dejarnos el sabor de la aventura unido a la responsabilidad inmensa de un futuro que puede ser mejor si nos atrevemos a intentarlo.