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Ñámpiti: el adiós a la literatura infantil de Eduard Encina

Alina Iglesias Regueyra, 06 de diciembre de 2017

El escritor Eduard Encina Ramírez falleció el pasado 8 de septiembre, mientras un huracán devastador asolaba su tierra natal, Santiago de Cuba, donde había nacido el 27 de enero de 1973. Padre de familia, licenciado en Educación Artística y profesor de Apreciación de las Artes Visuales, publicó y resultó premiado en poesía y narrativa, tanto en sus letras dirigidas a adultos como a infantes. Entre estas últimas destaca El silencio de los peces (2003), a la luz por la Casa Editora Abril; y Las Caravanas (2013), de Ediciones Caserón, de la UNEAC local.

En el 2015, la Editorial Sed de Belleza, de Villa Clara, publica su novela corta para infantes, titulada Ñámpiti, la cual centra su acción en el entorno rural en que el autor desarrolló su vida y obra. El texto está dedicado a sus hijos Malcolm y Handel –este último es el nombre del protagonista infantil–, al maestro Pepín y a Daniel Faxas, a Inés y a la bruja que sobrevuela el cine de su pueblo. La edición fue realizada por Jorge Luis Rodríguez, la corrección por Ricardo Vázquez, la diagramación por Déborah García Morales, y el diseño de cubierta por Marvelis Marrero. También contó con la ilustración original de Andrés Batista Valdés, presente en el resto de las páginas del libro a manera de viñetas.

Muchos colegas y amigos opinan supersticiosamente que este último libro de Encina para los niños no debió haberse titulado de esa forma, al ver en ello una oscura premonición del final inminente del joven autor. Sin embargo, el humor solapado que identifica las acciones dramatúrgicas de esta noveleta amerita tal nombramiento, pues resume no solo la exitosa cacería de lagartijas que realizaba el protagonista como juego –donde no las mataba, sino las marcaba y dejaba libres, quizás en asociación con los martianos Versos Sencillos acerca del niño travieso que cazaba mariposas para besarlas y liberarlas luego–, sino también la victoria amorosa que logra al atrapar para sí a la niña más linda de su grupo escolar, impensable al inicio pero real al final, debido a su nobleza, humildad y sensibilidad artística. Otro tanto resulta de su adhesión al culto cristiano, una buena atrapada celestial que salva a su padre alcohólico de los vicios que ya estaba padeciendo peligrosamente: la violencia doméstica, la irresponsabilidad y el desapego hacia el hijo, la aversión al contacto social y al trabajo, entre otros. Muy curiosa y ocurrente es la nomenclatura empleada, al llamar al espiritual benefactor de su familia “El Mago”, en vez de aludir directamente a la entidad divina. Igualmente, el título propuesto puede referirse al regreso definitivo de su madrastra Nelsa, a quien no lograba percibir como el ente femenino cariñoso que lo alimentaba, atendía, protegía, y sustituía de cierta forma la imagen materna ausente que confundía con la bruja que planeaba sobre el cine del poblado, derivándose de ello una intensa y extensa labor detectivesca por parte de Handel.

El libro de Encina puede percibirse como una escritura de esperanza para aquellas personitas que sufren acoso escolar, abusos y burlas, y que ven en personajes tan típicos e igualmente maltratados como Brunelo, el ciego vendedor de flores del pueblo, un motivo para vivenciar las esencias existenciales más profundas, concepto que maneja el autor a través de los significados de las flores como la manifestación extrema de la belleza que nos propone la madre naturaleza. Es por ello que crea su propia flor, a la que llama “asfódelo” y caracteriza de forma fantasiosa con colores contrastantes y simbólicos. Handel las crea para regalarlas a Inés, a pesar del triste entorno que lo rodea: con su padre que solo se alegra con el “pomito de cantar bolerones”; los motes de “enano, negrito bembón, cuatro ojos, mariquita” que le ponen el Ronco y su pandilla de violentos para caracterizarlo por el color de su piel, su estatura, su visión afectada y su manía de ser “El Pintor” que dibuja postales a su amada, interesante recurso del autor para corporeizar a su héroe sin mediar una descripción directa desde su punto de vista omnisciente.

Brocelinda y Brunelo encarnan la realización futura del sueño amatorio de los pequeños protagonistas, aunque parezca increíble, como las dos flores de fantasía que quedan sembradas una al lado de la otra en el jardín de la casa, símbolos de una relación que ha atravesado todo tipo de retos y contratiempos pero que ha salido triunfante. Otro Ñámpiti metafórico, en el sentido de la cacería lograda más allá de la vida y la muerte, que el lector puede interpretar positivamente.

“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, aconsejaba Tolstói, y así Eduard Encina deja a la infancia cubana una despedida literaria cubanísima, triste y dulce, quizás de tintes autobiográficos, plagada de amores y encuentros, de personales victorias pequeñas que saben mejor que las grandes y ruidosas, y hacen de la vida un lugar de paso placentero y digno, sin ambiciones mezquinas, bautizado con la sencillez y la amplitud de todo tipo de amores que llegan o quedan a la sombra de la espera futura, como toda buena historia que puede ser continuada o imaginada.