Las hormigas danzan en Roanoke
I
Imagínese un cuadro (de Dalí), un cuadro que usted no entiende o desprecia por sencillo, a pesar de que las sensaciones (y el presagio) viven en él, se acunan en él, se desarrollan. Imagínese un cuento sobre un hombre hormiga, consumido en su agujero mientras el agua cae, mientras su mundo se desintegra. Imagínese una ronda de recuerdos. Solo entonces llegará, tal vez, a las nociones que Nguyen Peña quiere transmitirnos con este relato que es batalla, que es campo de guerra, que es machete sin funda.
II
Un hombre sueña y sueña. Su mujer e hija ya no están. El mundo de lo onírico es adicción, botella abierta, trago espirituoso. La casa —el habitáculo, la cárcel del hombre, su espacio para encontrar la verdad— es ciertamente de nuevo el útero, la imagen del amnios claustrofóbico, solo que ahora es una figura carece de sentido, de materia, de agua genésica: ¿cascarón?, ¿fragmento vacío?, ¿acaso es?
Es Roanoke, una colonia despoblada, misteriosamente han desaparecido todos sus habitantes y el invierno se acerca. Es Croatoan: una palabra, un vocablo desconocido, que se encuentra grabado en la corteza de un árbol y que algunos siglos después, los estudiosos contemplarán —lupas, corazón en mano— en intentos de buscar una conclusión a las pérdidas de Roanoke. Pero no la hay. Es en vano. Roanoke sigue siendo un misterio. Croatoan, una palabra más. Nguyen baila en "La ronda de las hormigas" como si supiera algo que tú y yo desconocemos.
III
Esta es una historia sobre la crisis. Tantas crisis que no pueden ser explicitadas en un solo manuscrito. Esta es una historia sobre las rupturas, sobre los (des)florecimientos, sobre las desapariciones que se muestran al mundo —hoja aparte— a través del influjo de la memoria. El hombre —nuestro protagonista— es el sapiente, el que recuerda, cierto búho deprimido que contempla la palabra Croatoan. Aunque no la entiende, finge que sí. En ese gesto radica toda su sapiencia. Las memorias son cortadas por cierto flujo de una realidad consumida por la lluvia (hay símbolos, sí, y algunos arquetípicos, algunos pertenecientes al mundo del psicoanálisis), una realidad que es invadida por nanas y cantos infantiles, el recuerdo de una niña que no está. Los pensamientos se filtran y el hombre los recoge. Suyo es el oficio de ser colector. O testigo. Colector y testigo, mejor aún.
IV
En la decadencia hay cierta forma —torcida— de reconstrucción. Así que no debe extrañarle al lector que este mundo Roanoke sea invadido por viajantes, turistas, criaturas que habitan los espacios dejados al moho y al recuerdo: las hormigas. Que están ahí desde siempre, se advierte, pero que ahora han colonizado la realidad. Nuestro protagonista sabe que las hormigas han sido visitas usuales; sin embargo, nunca antes las había contado, o no se había detenido a contemplar su número, o no sabía, no quería saber.
Las hormigas aparecen y desaparecen. Son figuras oníricas. Cierto imaginario del apocalipsis.
Las hormigas custodian la entrada del Hades, sobre el cadáver de Cerbero han hecho su colonia.
Comen. Contemplan. Comen.
V
Esta es la ronda de la soledad. Nuestro hombre lo sabe. A las puertas del fin del mundo —ha quedado huérfano de mujer e hija; un divorcio es también una forma simbólica de la muerte—, solo le queda comulgar con las hormigas. Las recibe bien y las aplasta. Tiene cierto apego hacia ellas. Le queda el jetlag, el desorden por los horarios que el cuerpo aún se resiste a entender. Una hormiga en su brazo se transforma en la esposa. La tortura con amor. También eso es metáfora, pero menos sutil, más explicada, cierre del círculo, ¿o no, lector?
VI
Este es un cuento sobre los desaparecidos. Por eso insisto en la idea de que nuestro personaje es un colono del Nuevo Mundo, que ha vuelto a Roanoke después del largo invierno y solo ha encontrado una palabra grabada en un árbol. Esta es la señal y el señuelo. Este es también el descubrimiento de un Jasón moderno, de cierto huésped indeseado que ha cruzado los habitáculos de la muerte. Nuestro protagonista —su misión— es permanecer alerta, recoger la memoria, atestiguar la existencia de las hormigas.
VII
Nguyen Peña no busca finales sorpresas. Deja —derrama— imágenes por aquí y por allá. Si el lector rastrea bien estos señuelos, podrá seguir su línea de pensamiento. El descubrimiento no será tal, sino confirmación. Y en esta confirmación es que su éxito radica, en la posibilidad de mantener la coherencia, de conducir/guiar al lector a través de los diferentes habitáculos de la soledad, de la corriente de sentido y, en el proceso, lograr que no se pierda… que no se diluya la tensión que pone a la cuerda rígida, que la hace temblar y resonar. Nguyen pulsa la cuerda y no se escucha sonido, sino el llanto de una niña, de una hormiga, una nana.
Esa es toda la terrible verdad que ha de sobrevivir a la caída del mundo.
VIII
Desconozco si Nguyen sabía de Roanoke al escribir este cuento.
En la ficción, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
18 de diciembre de 2017
Nguyen Peña Puig. (Camagüey, Cuba, 1977). Miembro de la UNEAC. Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana, egresado del Centro de formación literaria de La Habana “Onelio Jorge Cardoso”, finalista del XV Premio de Cuento “La Gaceta de Cuba”, primera mención las ediciones XXIII y XIX del concurso de cuento Ernest Hemingway, mención en el Premio David de cuento, año 2012. Mención en el Premio Calendario de Cuento, año 2012. Premio de cuento La Gaveta, año 2013, Premio David de cuento, año 2013 (libro Nakara, publicado en el 2014). Premio de narrativa Hermanos Loynaz, 2013 (libro La lógica según Roberto, publicado en el 2015). Cuentos del autor han sido publicados además en libros y revistas nacionales e internacionales. Fue miembro del Jurado de narrativa en el Concurso Hermanos Loynaz, 2014.
LA RONDA DE LAS HORMIGAS
Comienzan a caer las primeras gotas cuando el taxi se estaciona ante la verja del jardín. Del otro lado, las hierbas crecidas evidencian los días de descuido. Raúl las mira mientras desciende del auto. Hace una mueca. Ofrece un billete al chofer que con toda su calma saca el equipaje del maletero.
Un poco por el espeso tráfico de media mañana, otro tanto, quizá, porque el taxista no parecía tener ninguna prisa ante la cierta inminencia del aguacero (aquel cielo cerrado y las grises nubes bajas que los acompañaron desde la salida del aeropuerto, venían a confirmar la buena racha de los últimos días para los nuevos gurús del parte meteorológico). Por lo que fuera, el viaje desde el aeropuerto demoró más de lo previsto. A cada momento Raúl miraba su reloj, al cielo, a la nuca ceniza del chofer, de nuevo al reloj, al cielo. ¡Estúpido chofer…! pensaba. Por qué no se apura. Se lamentó entonces de no haber cargado con el paraguas.
¡Estúpido chofer…! Repite todavía mientras los espesos goterones le caen sobre la mano extendida en espera del vuelto. ¡Comemierda!
Y son sus únicos pensamientos cuando corre hasta el portal de la casa, las ruedas de la maleta dando tumbos sobre la grama irregular del jardín, saca las llaves, abre la puerta, da el primer paso. Todo es maldecir hasta que siente el vaho denso y húmedo que no tarda en envolverlo.
Con gestos meticulosos, luego de cerrar la puerta y acomodar el equipaje junto al sofá, devuelve las llaves al bolsillo del pantalón. Afloja algunos botones de la camisa. Se deja caer en el sofá y alcanza todavía a imaginar que de un momento a otro, incluso antes de cualquier saludo, su esposa asomará por el pasillo con su niña en los brazos para darle la bienvenida.
Nadie aparece, sin embargo.
Respira despacio. Deja que sus pulmones se acostumbren a los nuevos y viciados olores. También le resulta extraño semejante silencio en la casa a esa hora. Extraño y lógico, tanto como puede serlo para alguien que de antemano sabe encontrará su casa vacía, sin Laura; pero sobre todo sin su hija.
Cada mueble está en el mismo sitio. Incluso el moisés de mimbre sigue en aquella esquina, junto al ventanal de la terraza. Se acerca. Dentro hay algunos juguetes. Escoge uno. Lo mira. Es el gato naranja que le compró a su hija el día antes de viajar. También compró el libro de rondas infantiles que ahora encuentra en el suelo. Lo recoge.
Recuerda aquella tarde: la niña acababa de almorzar y parecía a punto de dormirse. Él le mostró el libro, lo abrió al azar, se arrodilló y empezó a cantarle:
Cuando cae la tarde y ya quiere dormir,
el rey de mis sueños, dulce querubín,
salen de las tenues sombras del jardín,
danzando, danzando, danzando sin fin,
pequeños granitos en ronda feliz…
Canta junto al moisés vacío, como si la niña continuara allí, escuchándolo, y su esposa también, justo como en aquella tarde, siguiendo con la cabeza el ritmo de los versos. Todo exactamente igual. Canta hasta que su voz es un llanto entrecortado que casi no le permite respirar. Suelta el juguete. Deja correr una mano por la sábana desierta. Primero es la mano y luego una lágrima que no demora en caer, otra, otra… Retrocede hasta el sofá. No debió terminar así, piensa, doler tanto.
Se pasa ambas manos por la cara. Recuesta la cabeza hacia atrás.
El creciente redoble de la lluvia contra los cristales de la terraza resulta molesto, pero no tiene deseos de moverse, es demasiado fuerte esa sensación de vacío que lo aplasta contra el mueble. Algunas sombras tenues se enseñorean en la habitación, inmóviles como cuerpos etéreos que escapan de la claridad para rodear la reproducción de Dalí colgado en la pared de enfrente: Chica en la ventana. Raúl mira el cuadro, el juego de claroscuros acentúa la sensación de soledad que le transmite esa muchacha ante el azul pálido de la bahía. Nunca entendió por qué a Laura le gustaba tanto ese cuadro, mientras que a él le producía tanto rechazo, tanta angustia. No deja de mirarlo. En la pintura hay una quietud que ahoga a pesar de la simpleza: sólo la chica, la ventana, el mar, un velero a lo lejos, luego la orilla… más allá… dos hormigas él… el rostro de su hija… todo imágenes silentes en movimiento. Después el ruido pesado de la lluvia y el cansancio del viaje que acaban por rendirlo.
Sueña: está Laura sentada a la mesa de la cocina, la niña en sus brazos, el suelo lleno de botellas vacías, un mar de botellas verdes y restos de vino tinto. Laura sostiene la única botella aún llena, se da un trago, le da otro a la niña, la niña sonríe, las dos sonríen, la risa de la niña es un sonido ligero, como de finas láminas de metal que entrechocan suavemente. Beben y ríen hasta que ya no queda nada. Laura se levanta, esquiva con gracia las botellas que suben y bajan mecidas por un oleaje invisible, camina con la niña en brazos hasta la habitación al final del pasillo. No paran de reír. Sigue la risa todavía cuando Laura acuesta a su hija en la cuna, va hasta su cuarto, mete algo de ropa dentro de un bolso, recorre despacio el pasillo, abre la puerta, sale al jardín, traspasa la verja. A pocos metros de la salida, desaparece.
Raúl abre los ojos. Se incorpora intranquilo al descubrirse entre tanta penumbra. Reacciona de a poco y descubre que las sombras han ganado terreno definitivamente. La lluvia cesó en algún momento mientras él dormía, no hace mucho, al menos eso le parece.
Entre el ruido de los goterones que todavía se escurren en la terraza, escucha un ligero tintinear que llega desde el fondo del pasillo. Es un sonido ligero, como de finas láminas de metal que se besaran. Intenta mover la cabeza en esa dirección, pero un violento tironazo en el cuello apenas se lo permite. El dolor pasa en la misma medida en que se aclaran sus sentidos. Se tranquiliza. Sonríe al recordar el sonajero que cuelga sobre la cuna en el cuarto de la niña. Quizá Laura olvidó cerrar bien las persianas. El diminuto artilugio es tan ligero que la menor brisa es capaz de hacerlo girar.
Su primer impulso es ir hasta allí. Se levanta. Da todavía un par de pasos antes de razonar que no encontrará a nadie en la habitación y la imagen de la cuna vacía lo detiene de golpe. Luego de permanecer algunos segundos recostado al marco de la puerta, a medio camino entre la sala y el largo pasillo interior, se decide por dirigirse a la cocina.
El no comer antes del vuelo es ya una vieja costumbre. Durante el regreso pidió algunos tragos y caramelos con poca azúcar. La mayor parte del tiempo la pasó durmiendo, método para no pensar en lo que encontraría al llegar a casa (o más bien en lo que no encontraría, aunque tratara de negarlo). Ahora el hambre parece desesperada por adaptarse a su antiguo huso horario. En el estante hay algo de comida enlatada y un paquete de galletas. Abre el refrigerador. Lo primero que ve es un biberón lleno de agua. También hay algunos restos de verduras, huevos, cajas con jugos naturales. Todo lo que su esposa consideró vital, dentro de ese indescifrable laberinto de sus pensamientos, para recuperar la figura luego del parto. Tanto fue así que desde el mismo día en que llegó del hospital se propuso retomar aquel régimen enfermizo de dietas y ejercicios, desesperada por regresar cuanto antes al cuerpo esbelto, al que, según ella misma, sólo renunció por complacerlo en sus deseos de tener un hijo.
De pie ante el refrigerador le viene a la mente el sueño: Laura, el vino, la imagen de la niña sola en su cuarto. Lo asalta una duda y regresa al aparador. Si Laura entró en crisis era muy probable que hubiera vuelto a beber. Sin embargo allí están esas dos botellas de vino, intactas. Hace un esfuerzo, pero no consigue recordar cuántas había cuando se marchó.
Para Laura, hasta que salió embarazada, el vino era el mejor terapeuta: una copa de tinto cuando la depresión asomaba tras el ligero humedecimiento de las manos, dos copas cuando una ya no era suficiente y asumía su pose de flor marchita junto a la puerta de la terraza, tres mientras caminaba por toda la casa gritando que estaba cansada de aguantarle su estúpida manía de limpieza, las mentiras, los viajes, aunque él le jurara que no existía nadie más, que se exprimía el cerebro trabajando el año entero sólo para ella.
En esos momentos Laura era capaz de cualquier cosa. Así pasaba las crisis, una copa tras copa hasta terminar la noche completamente borracha. A la mañana siguiente se levantaba como si lo ocurrido el día anterior no hubiese sido más que un mal sueño. Entonces era la mujer más cariñosa del mundo, un auténtico espécimen de la nueva aristocracia que germina en el país: de vuelta con su rutina de ejercicios, tratamientos para el pelo, depilaciones y maquillajes.
A fin de cuentas, pensar en eso ya no sirve de nada. Raúl lo decide en tanto agarra una botella. Cierra el mueble y se recuesta a la meseta. Mira a su alrededor. Casi todo está como pensó encontrarlo. Todo menos ese silencio que persiste sin remedio y toma para sí toda la casa, roto a momentos por aquel tintinear melancólico al final del pasillo.
Danzando, danzando sin fin,
pequeños granitos en ronda feliz…,
pequeños granitos en ronda feliz…
Mientras observa la cocina, casi sin notarlo, en su cerebro se ha estado repitiendo una y otra vez la misma melodía. Sólo a retazos se filtran otros pensamientos. Piensa en la comida, en qué hará luego de cenar, en la sonrisa de la niña, en lo difícil que será encontrar a alguien capaz de limpiar sus trajes como es debido…Piensa en Daína. Por primera vez desde que entró a la casa piensa en ella. Todo llega en desorden y se entrevera con la música obligándolo a sacudir la cabeza. Ya a punto de irse, repara en las hormigas.
Pudieran ser miles, si acaso tuviera la paciencia de contarlas. Cubren por completo los panes enmohecidos en la cesta sobre el microondas. Pasa algún tiempo en el intento de descifrar qué fue primero, si la canción en su mente o las hormigas. A lo mejor ya las había visto antes y por ello la melodía se empeñaba en aparecer. Tal vez fue coincidencia. Se acerca. Descubre una larga fila que desciende a un lado del horno, bordea la unión de la pared y la meseta, luego serpentea bajo la mesa, llega a la puerta y se pierde en dirección al pasillo. Nunca vio en su casa tantas hormigas, ni siquiera en esta época de lluvias. Un escalofrío le registra el cuerpo. Toma la cesta, la arroja dentro del fregadero y abre el grifo.
Aprovecha para mojarse la cara. Todo en su cabeza en un enredo. Al parecer todavía durará el aturdimiento producido por el viaje. También pasa por su mente el salir a comer afuera. Algo así como una celebración con nadie incluido para empezar a disfrutar su nueva vida. Al instante, la visión de las calles encharcadas y la humedad del ambiente lo hacen desechar la idea. La canción sigue en su cabeza, pero cuando mira alrededor las hormigas han desaparecido. Es como si nunca hubieran estado allí. Se pasa de nuevo las manos por el rostro, mira bajo la mesa, busca en los panes que se deshacen bajo el chorro de agua. No encuentra ni una sola hormiga que le devuelva la certeza de no estar soñando. Debe ser el cambio de hora, piensa, le ha sucedido antes.
Una aguda punzada en el estómago lo sacude. Toma del estante una lata de sardinas y el paquete de galletas; de pasada saca también un plato. Poco después está sentado de nuevo en el sofá, con su frugal cena sobre la mesita de centro.
El reloj de pared marca las siete y diez. Se sirve la primera copa de vino. Prepara algunos pequeños bocaditos con las galletas y el pescado, después los acomoda en el plato. Toma un trago, se recuesta, comienza a comer, todo con sumo cuidado para que las migajas no caigan sobre la ropa. Mastica instintivamente y sus ideas se empeñan en sucederse una tras otra sin orden preciso: su hija, detalles del viaje, el curioso lobby del hotel donde se hospedó, con su mezcla de minimalismo japonés y neoclasicismo italiano; la oficina, las hormigas, la copa en su mano, los senos de Daína. Daína atenta en la oficina, en el avión, en el hotel, arreglando la cama, corrigiendo el nudo de la corbata. Nadie como una buena secretaria para conocer el orden exacto de las cosas. Sonríe. Otro trago. Recuerda la forma en que Laura puso fin al matrimonio. Él preparaba las maletas para el viaje nocturno cuando el tono del celular le avisó que tenía un mensaje: ¡Así que trabajando para mí, hijo de puta! ¡Puedes quedarte con esa, al final creo que me han hecho un favor. ¡No te preocupes, lo dejo todo en la casa, no quiero nada tuyo!
Lo que más le duele es el poco tiempo que disfrutó de su hija. Desde el nacimiento, entre las cuestiones de trabajo y los preparativos del viaje, sólo pudo estar junto a ella el primer mes. Ahora no hay otra alternativa que esperar a que los días se acomoden y a Laura se le pase la crisis. Quizá entonces decida comunicarse para dar sus nuevas coordenadas. Aunque también puede querer que no las encuentre. No imagina qué le pueda estar pasando por la mente.
La oscuridad se impone. La lluvia ha dejado una humedad que hace aún más denso el aire dentro de la casa. Ahora siente con más intensidad ese raro olor que lo recibió a su llegada, un olor que se le antoja a ausencia. Tendrá que dedicar la mañana a una minuciosa limpieza. Se levanta y abre la puerta de la terraza. Aspira con fuerza la ligera brisa nocturna. Antes de regresar al sofá enciende una luz.
Entonces las ve de nuevo. Maldice un par de veces, sacude el plato y aplasta con los dedos a algunas hormigas que aterrizan sobre la mesa. El resto se desparrama por el suelo y se refugia bajo los muebles o en las sombras del pasillo. Luego del enojo inicial, aquello no deja de parecerle gracioso. Al menos estas intrusas alivian en algo su soledad.
Se sirve otra copa de vino. No quiere pensar en nada importante, no por esa noche. Tal y como están la cosas, no le parece útil. Prefiere imaginar a su hija: los diminutos ojos negros, su sonrisa, las manitas siempre ansiosas tras la forma de algún dibujo invisible. Había deseado tanto tener un hijo que el embarazo de Laura fue el único motivo para no terminar el matrimonio. Eso, o tal vez el deseo de no quedarse solo de nuevo. Tuvo incluso la esperanza de que el nacimiento de la niña la hiciera ver que en el mundo existen cosas más importantes que ella misma. Y algo logró hasta conocer a Daína, hasta el comienzo de las interminables peleas y de reconocer que en esencia nunca llegó a comprender a su esposa. Acaso sí, y en cambio fue ella quien no llegó a conocerlo del todo. Tal vez ambas cosas. O el hecho de que, al final, él fuera apenas un hombre de mediana edad, medianamente feliz y deseando a medias a una mujer que se le hacía ajena al otro extremo de la cama.
Mientras se dispone a prepararse otra galleta, siente un cosquilleo y ve a esa hormiga que le recorre el brazo, bajando desde la manga de la camisa, moviéndose como si recorriera un terreno conocido; se detiene a la altura del codo, gira y reinicia la marcha en el antebrazo. Raúl la mira con cierta lástima. Podría ser Laura, piensa. Laura diminuta, convertida en una hormiga, sufriendo el peor de los castigos. La toma con cuidado para dejarla luego en la mesa. Termina de vaciar la copa y la voltea sobre la hormiga a modo de campana. Queda un rato observándola: intenta trepar por la pared de cristal sin avanzar demasiado, para caer una y otra vez en el mismo lugar. Recuerda a las otras, las que quedaron aplastadas sobre la mesa. Sin embargo, al buscar bien, descubre que no hay rastros de ellas, tampoco en el piso. Algo no está bien, piensa. No pueden desaparecer así, esfumarse.
…salen de las tenues sombras del jardín,
danzando, danzando, danzando sin fin,
pequeños granitos en ronda feliz.
Vuelve a sentir ese olor que se impone a pesar de la brisa que entra desde la terraza, hasta hacerle sentir náuseas. Es más intenso que en la mañana, y ahora le parece reconocer un hedor como de comida que comienza a descomponerse. Por instinto se asoma bajo los muebles. No bien lo hace y ríe ante lo irracional de su reacción. Sin dudas, a la mañana siguiente lo primero será limpiar y abrir toda la casa para que se ventile. De todos modos le resulta extraño. La casa no ha pasado tantos días cerrada y, con excepción de los panes, no encontró ningún otro alimento fuera del refrigerador.
Separa un pedazo de sardina y encima libera a la hormiga. Llena de nuevo la copa, bebe. Mira el teléfono, a su mente no viene el nombre de nadie a quien pueda llamar. Tampoco tiene deseos de ver la televisión. Mira el reloj. Se siente incómodo, a falta de mejor palabra para definir su estado. No sabe si es el calor o el sueño, o la mezcla de olores, el vino, el pescado, la humedad. Tiene esa rara sensación de que algo no está bien, de que él no está bien, como si la casa fuera un gran rompecabezas y él una pieza totalmente fuera de lugar. Termina la botella de vino entre recuerdos y planes para el día siguiente. En la mañana irá a la oficina. Más tarde, en la cuerda de los cambios, tal vez se dedique a reacondicionar la casa. Por supuesto, también deberá buscar algún veneno para acabar con las hormigas. Mira sobre el pedazo de sardina. La última hormiga también ha desaparecido. El sueño lo vence de nuevo. Se recuesta. Cierra los ojos.
Al rato camina por un lugar oscuro y húmedo bajo tierra. A pesar de la penumbra puede verlo todo. Es su casa, lo sabe. Una casa bajo las raíces de un árbol. No hay puertas, solo una estrecha abertura que conduce hacia arriba en un largo pasillo por el que constantemente suben y bajan cientos de inmensas hormigas, casi del tamaño de un gato adulto, entran como si aquel fuera también su propio hogar. Raúl reconoce a cada una de ellas. Tiene la certeza de poder llamarlas por su nombre. Pasan cerca, lo miran como a un padre, él les sonríe, sigue a las que avanzan pasillo afuera, se apoya en un nudo de raíces, toma impulso y llega a la superficie. Afuera lo recibe un aire fresco, una luz que lo enceguece. Apenas puede ver a su alrededor. Se recuesta a la salida. A muy pocos pasos algo sucede. Le parece distinguir un pequeño bulto que gime, se retuerce, cubierto por un manto negro y tupido. Se acerca. Aunque no tan rápido como las hormigas que pasan por su lado, suben al bulto que se sacude con violencia mientras lanza ahora unos chillidos terribles. Son más las hormigas que suben y el manto crece, crece incontenible. Raúl mira tranquilo, satisfecho. Vamos, mis pequeñas, dice, vamos.
Cuando despierta es ya madrugada. Un aire más violento entra desde la terraza. Sin embargo, él está sudoroso. Tiene la garganta seca y un fuerte dolor de cabeza. Se inclina en el sofá, respira despacio durante unos segundos. Se aprieta las sienes. Todo es tan confuso que no puede asegurar si está despierto. Quisiera dejar de pensar, desconectar algún interruptor, poner la mente en blanco al menos un par de horas. Se levanta, recoge la botella y el plato con los restos de la comida. Camina con paso inseguro hasta la cocina.
Allí las sombras vuelven a atraparlo. Entonces cae en cuenta de que se ha pasado casi todo el día entre la sala y la cocina. Y le parece normal, como si ahora que está solo el resto de la casa estuviera de más. Enciende las luces y deja todo junto al fregadero. Abre el refrigerador. Se da un largo trago de agua. De otra vez el biberón de su hija. Lo alcanza. Mira en torno suyo sin soltarlo, buscando sin saber qué. Todo permanece en orden, tal y como lo dejara horas atrás; incluso el silencio, el crudo silencio lleno de abandono y diminutas hormigas que intenta comprender desde que llegara en la mañana. Observa de nuevo. Ahora le resulta raro no encontrar a ninguna. Tampoco cree haberlas visto camino a la cocina. Recuerda que debe cerrar la terraza antes de acostarse. Comienza el camino de regreso y casi llega a la sala cuando algo lo detiene.
Mira al final del pasillo. La idea le viene de golpe en una absurda asociación de imágenes. Piensa en Laura, en ese escalofrío clavado en la espalda que lo ha acompañado desde que entró al apartamento, en el tiempo perdido entre una habitación y otra, en el miedo, en cosas absolutas como una simple palabra en medio de un mensaje, todo, te lo dejo todo; y en las pesadillas, la niña, el apartamento a oscuras. Corre y piensa también en la habitación al final del pasillo, en lo que puede llegar luego del desesperado encender de luces, en la rápida mirada de estupor, y el grito frente a esa cuna pegada a la pared, donde caerá de rodillas al descubrir la inmensidad de la nada, tan solo el vacío y la nada como un manto oscuro, tupido, interminable de hormigas.