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El niño congelado, de Mildre Hernández

Alina Iglesias Regueyra, 19 de diciembre de 2017

Cuando somos aún unos “locos bajitos”, como canta el español Joan Manuel Serrat, cada vivencia desata nuestra imaginación y resume en los sueños fragmentos de las experiencias adquiridas, como en un caleidoscopio. Algunas son placenteras, otras no tanto. Contar esta realidad onírica, casi siempre simbólica, según Sigmund Freud, y de raíces aleatorias que pueden incluso alertarnos sobre el futuro, es la meta de no pocos escritores. Lograrlo con éxito es lo difícil, y este es el resultado de El niño congelado, de Mildre Hernández Barrios, obra que concedió a su autora el Premio Casa de las Américas del año 2015 en el apartado de Literatura para niños y jóvenes.

El jurado estuvo integrado por Edgar Allan García, de Ecuador; Ema Wolf, de Argentina; y Rubén Darío Salazar, de Cuba, quienes la caracterizaron como “una obra risueña, paródica y desprejuiciada, en la cual se muestra una cotidianidad para nada tranquilizadora, sino más bien surrealista, donde todo está a la vista de quien quiera enterarse. Carente de mensajes aleccionadores, mediante guiños se acerca a una realidad plena de conflictos y contradicciones”.

Podría apostar que cualquier infante con suficiente imaginación en cualquier lugar del mundo ha tenido una pesadilla como esta, de las mejores, de las más emocionantes, llenas de suspenso, inesperados puntos de giro e intrigas, como una buena película. Para quienes hemos disfrutado de la creación de autores como el británico George Orwell (1984, Rebelión en la Granja), el ruso Mijaíl Blgákov (El maestro y Margarita), el checo Franz Kafka (El Proceso, La Metamorfosis) y muchos otros similares, cuestionadores del funcionamiento social del mundo adulto, resulta una escritura irreverente, transgresora, inteligente y retadora que pone a disposición de los menores no solo los traumas, complejos, experiencias y frustraciones más grandes de la humanidad a manera de símbolos y alegorías, sino que los maneja como una aventura fantástica plena de menciones hacia obras maestras de la literatura universal, con lo cual destaca como premisa formadora de un gusto y una capacidad de selección en cuanto a literatura, muy especial en los pequeños que lo lean.

Diversos planos de interpretación son manejados por la creadora en los 23 capítulos de esta novela que nos mantiene en vilo y sin descansar hasta finalizarla, cumplido deber dramatúrgico de una escritora de altos quilates que no vacila en enredar y desenredar sucesivamente la madeja, cada vez con más sorpresas en camino. Para el final apuesta por el suspenso, dejando a la libre imaginación del lector el completamiento de la lectura.

Sobresale su expreso homenaje a Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, de la austríaca Christine Nöstlinger, en el paralelo narrativo que presenta la entrega por encargo a través del correo postal, de un paquete en cuyo interior yace un niño de 7 años con vistas a ser educado, pero quien, sin embargo, ya lo está y es perfecto.

El sistema de personajes no puede ser más variopinto: está Betún, el cerdo negro que habla; Eurípides, el gato viejo, propiedad del doctor Helss (se sabe más adelante); Begonia, la vecina, que resultará hermana del diabólico antagonista; Bento, el vecino y otro hermano del doctor Helss. El Gran Maestro es codificado como el Miedo, pero hasta el final no sabremos si realmente existe, al igual que el Sumo Director. La alusión a los hombres Grises nos recuerda a Momo, de Michael Ende. Berenguer, el juguetero de La Gran Escuela, esconde a los niños y animales en peligro. Los Lobos Grises impiden el escape de la escuela. Grandes arañas de ojos centelleantes y buen apetito amenazan en las celdas de castigo. Se maneja una alerta solapada contra el concepto de la enseñanza mediante la amenaza con los temores personales de cada cual, algo que sucede en la vida real en esferas tan disímiles como la política, la religión o la misma pedagogía.

En la Escuela todo es metálico y gris. La autora ofrece la sensación de frialdad a lo largo de toda la historia mediante un campo léxico-semántico que incluye vocablos reiterados como nevera, congelador, frío, derretir, hielo, metálico, gris, vacío, silencio, miedo.

La empresa Hombres del Futuro o La Gran Escuela, está integrada por prototipos de infantes como 0321, el niño perfecto que no se orina en la cama ni llora, come solo espinacas y saca buenas notas en la escuela. En este sentido, recordamos la cinta Un sheriff fuera de serie, de 1979, cuyo protagonista infantil es el extraterrestre H7-25, niño superdotado para los terrestres, adoptado temporalmente por un oficial local de Arizona, en los Estados Unidos.

En la novela de Mildre también existe la Quinta Celda, un lugar de castigo donde se recuerda el pasado, olvidado por terrible, y se enfrentan los miedos personales de cada cual, a cargo del Doctor Helss, un negativo personaje que apesta a jerarca nazi. El lema que promueve es: “Las manos que te guían. Los ojos que te ven”, otra referencia clara a “El Gran hermano te observa”, indicación recurrente en la obra 1984, del británico George Orwell, que caracteriza a los poderes sociales aparentemente omniscientes, los cuales someten a su voluntad al resto de los mortales.

El sueño de la libertad posible, de la calidez y la vida está en Jaitá, meta ideal contada en una historia que se vuelve real. Los límites entre la realidad y la fantasía se tornan borrosos, se juega con el par esencia-apariencia: la Loba Kapriska se enamora del cerdo y lo protege en vez de atacarlo. El niño se torna real, tiene padres y un nombre: Bel. El pájaro de fuego es una nave.

La ilustración de cubierta pertenece al cubano Jorge Luis Mendoza Machín, se titula La Quinta Celda, y fue realizada en 2015 con técnica digital, en total apoyo a la narración.

Mildre Hernández nació en la provincia central cubana de Sancti Spíritus. Es narradora y poeta, miembro de la UNEAC, y ha publicado alrededor de 20 títulos, entre los que se destacan Es Raro ser Niña, La Novia de Cuasimodo, Una Niña estadísticamente feliz, Cartas Celestes y Diario de una Vaca. Posee los premios nacionales Pinos Nuevos, Eliseo Diego, Abril por tres ocasiones, La Rosa Blanca, Sed de Belleza, Hermanos Loynaz, Regino Boti, La Edad de Oro. Ha resultado finalista en el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños de México en el año 2004 y en el Concurso Internacional de Literatura Infantil LIBRESA, de Ecuador en 2009. Su obra ha sido publicada en Colombia, España y Canadá.

Con este volumen marca brillantemente una etapa de madurez en su creación artística y lega a sus seguidores grandes y chicos una obra maestra de la literatura cubana para las más jóvenes edades, que reniega de la sumisión, la apatía y el conformismo, en pro de un mundo más activo, justo, libre y soñador.