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"Uno pare los personajes, pero el mundo los cría"

Enrique Pérez Díaz, 21 de diciembre de 2017

De igual modo en que algunos miran por encima del hombro a los llamados libros para niños y a sus autores, numerosas personas trivializan el poder de las historietas y los comics como un subproducto indigno de ser tomado en cuenta. Conozco por fortuna a muchos lectores inveterados, hoy figuras de las letras, que confiesan haber debutado en tal afición leyendo los llamados "muñequitos" de la infancia. Ojalá que para un movimiento de propagar la lectura como un valor universal del pueblo encontráramos en cada libro que promovemos el mágico “ábrete sésamo” que produce en un lector ese siempre renovado placer al descubrir una historia tras aquellas bande dessinée, como les llaman los franceses y belgas a las tiras cómicas o comics, en las cuales imagen y texto se combinan a la perfección para entregar algo entretenido, en ocasiones instructivo y que puede ser una puerta hacia otras metas.

Jorge Oliver ha sido desde que lo conozco una especie de Quijote que en foros, espacios impresos y en su propia obra. Ha abogado por el rescate de esos "muñequitos" que décadas atrás algunos consideraron perniciosos y perturbadores elementos que nos desviaban de nuestra ideología. La vida le ha premiado como siempre hace. Su público le sigue. Los niños, que omiten premios, lobbys y otras especies que legitiman a cualquier libro u autor, le hacen suyo en cada nueva entrega. Oli, como le dicen sus más cercanos, llega a una edad, digamos que “interesante”, lleno de proyectos, firmes ideas, nuevos viajes venturosos por emprender y ese humor, muy suyo y en su estilo, que siempre le ha identificado. El Instituto Cubano del Libro le rinde tributo en el espacio El autor y su obra, con un panel integrado por amigos suyos, devotos de su imaginación, gracia y poder para hacer de cualquier realidad motivo de risa. Pese a sus frecuentes viajes a la Isla del Coco, sus planes de trabajo con el Capitán Plin y sus sesiones de fotos con Rui la Pestex, Jorge Oliver respondió a nuestras preguntas…

¿Existe la literatura infantil?

Ni de noche todos los gatos son pardos. Claro, que hay reglas universalmente aceptadas, que debía cumplir un texto para que logre interesar a un niño… Son reglas, por lo tanto se pueden violar, no a lo bestia, sino con inteligencia y cariño. Un niño, tú lo sabes, no es un ser imperfecto, ni un enanito tonto. Por lo general tiene un Universo muy particular, más libre y eso exige respeto. Las etiquetas que inventamos los adultos sirven para clasificar, poner precio, sugerir cualidades, incluso a una historia, PERO no es una camisa de fuerza. Gatos hay, todos con cuatro patas, todos locos por los ratones, pero no todos tienen el mismo color. Si no resultara tan largo, yo propondría decir: literatura que prefieren los lectores no-adultos.

¿Qué piensas de la infancia?

Corta, sabrosa, sub-valorada, la prueba de que esta vida no es perfecta. Debíamos pasar los primeros 100 años de nuestra existencia como infantes y luego, si quedara tiempo, terminar siendo adultos. Eso, cerrando los ojos a la realidad del mundo de hoy, donde hay demasiados niños subalimentados, condenados… y que no llegan a ser personas “mayores”.

¿Cómo deben ser las historias para niños?

Deben ser inteligentes, entretenidas, que abonen la imaginación y las ganas de vivir. ¡Sin palabras terminadas en “itos”!

¿Eres como tus personajes?

¡Ojalá! Aunque sospecho que tengo muchos rasgos de Rui la Pestex, y quiero creer que también, algo, un poco, del capitán Plin. Quizás soy más como Oliverio Medina, el personaje del mambí “inventor y un poco loco” que creó Juan Padrón en las aventuras de Elpidio.

¿Existe un autor ideal para niños?

No he conocido a ninguno que sea ideal. ¿Universal, genial, insuperable, como el excepcional Martí? Es más útil juzgar las obras, el autor es un simple ser humano que por humano debe acertar y errar. Eso sí, en los dos casos, debe ser muy, muy sincero.

¿Reconoces influencias de autores clásicos o contemporáneos

No creo que sea el más indicado para descubrir en mi “estilo” influencias directas, pero si se trata de reconocer autores que me han marcado… ¡Uuuuuhhh! La lista sería larguísima. Ojalá pudiera poner en primer lugar a Martí, pero más que una influencia, que todo cubano le debe, es el modelo inalcanzable. Trato de beber de cuanto creador se me pone a tiro. Leo, releo, copio, sigo, a los cubanos en primer lugar, porque este país ha parido genios de más. ¿Al “trozo” y sin orden? Voy: Onelio Jorge Cardoso, Marcos Behemaras, Virgilio Martínez, Roberto Alfonso, Juan Padrón, Guillén, Alejo Carpentier, Dora Alonso, Roa, Carilda, Tallet, Silvio, Alexis Díaz-Pimienta… la lista es mucho más larga. ¿Extranjeros? Cervantes, Poe, Harold Foster, los Grimm, el team Disney, Mac Manus, Hemingway, Saint Exupèry, García Márquez, los de la UPA, los magos de Pixar… Claro que listo escritores junto a “fabricantes” de historias en imágenes, porque para mí, son imprescindibles unos y otros. A esa relación debía agregar una pandilla de jóvenes cubanos que sigo de cerca, pero temo hacer una guía de teléfonos.

¿Cuáles fueron tus lecturas de niño?

Desde que tengo uso de razón, leo como un desesperado. Es un vicio que adquirí de mi papá y mi mamá que leían mucho y de todo. Bastaba que me sentara en cualquier rincón a leer, para que papi o mami advirtieran a todos: "Déjenlo tranquilo que está leyendo"; y si era de noche, en la cama, nadie me mandaba a dormir. Leía a Martí, incluso lo que no entendía todavía y cada domingo me sentaba junto a mi padre, en el portal, a leer los "muñequitos" que publicaban los periódicos dominicales. Genialidades y chatarra, a todos les debo. El gran salto comenzó cuando logré armar cierto esquema de tiempo en la historia universal, a finales de la secundaria, gracias a mis maestros. Traté de llenar los "baches" que tenía en la lectura. Eso no quiere decir que lo lograra, todavía leo casi cualquier cosa que me caiga en las manos. Usualmente tengo a mano tres libros: uno para la hora de dormir; otro para los descansos del trabajo o cuando la mala programación de la TV me lo permiten, y otro para el baño. Trato de equilibrar temas: ficción, historia (sobre todo de Cuba) y "raros" como llamo a los de economía, por ejemplo.

¿Quién es tu héroe de ficción?

¡Una pandilla! En ella están Elpidio Valdés y Chamaquili; Meñique y Don Quijote; Mafalda y Peter Pan; el Spirit y Supertiñosa; todos los de El Señor de los anillos y Tom Sawyer…

¿Quién es tu villano?

En “serio”: Moriarty, porque de tonto no tiene un pelo; todavía más en serio: papá Goriot, porque es el más creíble; en historietas El Jocker, porque sí y en Cuba… ¡Resoplez!

He sido testigo de la influencia que tus personajes tienen en los niños. Aunque no creo que las comparaciones sean válidas, a veces pienso que El Capitán Plin goza de tanta vitalidad como nuestro emblemático Elpidio Valdés.

¿Cuáles son los ingredientes de tal éxito?

Elpidio es coronel, Plin es solo capitán, ¿Está claro? Esa fórmula es tan, pero tan secreta, que yo no he podido conocerle todos los ingredientes. Creo identificar algunos, que han funcionado por lo menos para mí: el autor tiene que creerse los personajes. Yo estoy seguro que no solo Plin sino también los isleños y los piratas ¡existen! Los lectores, los espectadores, no son mongos, son mucho más capaces y exigentes que cualquier autor. Los personajes de cualquier historia son como los hijos: uno los pare, pero el mundo los cría, los moldea, los educa; el gran reto para el autor es caerles atrás, alimentarlos, pero sobre todo respetándoles su individualidad. A falta de una bola de cristal, para adivinar si un personaje va a sobrevivir, el primer paso es que el autor se lo crea. A mí me ha dado buena suerte. No te cuento la cantidad de personajes que he perdido en el camino y que me hubiera gustado ver crecer.

¿Cuál es de tus creaciones la preferida?

La que estoy haciendo ahora mismo, si hablamos de ficción, porque en la vida real: mis cinco hijos.

¿Qué ha significado trabajar con Alexis en Chamaquili, hasta formarse un binomio tan indisoluble que ya se materializa en más de diez entregas?

Un asombro, un privilegio, una lección de sensibilidad, de talento para regalar… todavía yo no me creo que haya logrado ser algo así como el padrino de Chamaquili… es una creación que puedes ilustrar, pero que siempre te quedará grande… Un mundo ideal sería aquel donde yo pudiera “ilustrar” a Chamaquili todos los días.

En tu literatura el humor es un sólido ingrediente. ¿Crees que ese tipo de literatura está suficientemente abordada en Cuba?

Nunca lograremos hacer suficiente humor. El humano es el único animal que ríe, eso no debe ser por gusto. Ser "pesado" en Cuba es uno de los pecados capitales, si no el primero. Yo soy cubano, con mayúscula y por ello me toca cultivar todo el humor que pueda atesorar, entregarlo, irradiarlo…es un deber con nuestro origen.

¿Que les estaría faltando a los autores cubanos… para niños?

Capacidades de reproducción en nuestras imprentas, ancho de banda en Internet, recursos materiales para el teatro, el cine, los animados… (debí agregar entre los villanos peores, en la respuesta anterior, al bloqueo). Luego de lo antes dicho, no estoy evaluado de crítico, menos mal. Mis juicios son incompletos, inmaduros, caprichosos… todavía soy muy joven para poder juzgar y menos condenar a quienes tienen el valor de comunicarse con los niños.

¿Qué te enciende emocionalmente-creativamente?

Me emociona, me alimenta, me pone a flotar… cuando otro ser humano se apodera de uno de mis personajes, de sus historias y lo expresa públicamente. También me da miedo, porque siento que me ponen "la vara muy alta". Creativamente, como dices, me encienden los retos. Casi siempre empiezo por descubrir un tema, una incógnita, un problema, que debían conocer mis lectores. Luego trato de imaginar ¿qué personaje podría asumir el papel de transmisor? Encontrarlo, me obsesiona. Dicho así parece que todo lo que produzco tiene como chispa un proceso consciente y casi científico. Mentira… eso sucede solo a veces. Te confieso que mucho de lo que hago es culpa de mi cabeza; descubrí hace mucho tiempo que ella tiene un alto nivel de independencia. No importa lo que yo esté haciendo, en qué esté ocupado, de pronto, por corte, mi cabeza se pone a soñar, imaginar, dibujar cualquier otra cosa; ya pasaron los años en que me resistía a esas interferencias. Ahora trato de sacarle provecho, que no siempre lo consigo, porque en demasiadas ocasiones, antes de lograr conectar con el nuevo tema, ella salta a otro escenario y me deja en esas.

¿Qué es lo que te desanima?

Los "mancos mentales", (que logró dibujar el gallego Posada). La incapacidad de soñar, de imaginar, de aprender, hace demasiado daño. Los que caminan mirándose las puntas de sus zapatos, sin levantar la cabeza, me desaniman. Si por maldades de la vida, uno de ellos, o varios, logran ocupar un puesto al frente de una fila de humanos, el daño puede ser irreparable. Los enemigos, los villanos, tienen objetivos, metas, por eso son predecibles casi siempre. Podemos combatirlos. Pero los "mancos mentales" no son lógicos, no pretenden llegar a ningún lugar, temen apurarse, son de pasos demasiados cortos y ¡Jamás se atreverían a levantar los pies del suelo para volar! ¡Son los Superdesanimadores universales! Lo importante es coger aire y volver a la carga, porque la historia demuestra que los mancos no son inmortales… menos mal.

¿Puedes hablarnos de los libros que haces para Ediciones ICAIC?

Como casi todo, nació como un reto. Siempre me pareció que esa herramienta imprescindible del cine cubano, debía ocuparse también de las obras dirigidas a los niños. La solución no era citar a reuniones, discursar en eventos teóricos, quejarnos por las esquinas. Pensando en ese reto, tropecé con la pregunta: ¿Quién es esa señora que pudo tumbar una farola con un sombrero? ¿Por qué le dicen Chivirico a ese perro?... Había muchas historias que contar tras esos clásicos. A muchos les pareció un poco loca la idea. A los de la editorial les pareció válida. A los lectores también les gustó, a juzgar por lo bien que se venden los ejemplares de cada edición anual.

Aparte de tu profesión actual, ¿qué otra te hubiera gustado ejercer?

¡Demasiadas! Me gustaría haber sido mambí, buen escritor, pintor en serio, plomero como mi papá, mecánico de autos, poeta y si pudiera: inmortal. (Se me quedan otras ocupaciones que solo a ti te confieso: inventor de malas palabras, superhéroe, economista, músico, adivino, mago e isleño en la Isla del Coco).

¿Qué profesión nunca ejercerías?

Juez.

¿Podrías opinar de la relación autor-editor?

Dos patas de un mismo milagro. Un famoso escritor dijo alguna vez que cuando salía uno de sus libros, a quién primero llamaba era a su editor para decirle: ¡Qué bien te quedó ese libro!

Imagina que viajas hacia la Isla del Coco y de pronto tu nave naufraga… ¿qué libros salvarías por encima de cualquier otra cosa?

La Edad de Oro; El Quijote; Cien años de soledad; La montaña mágica; Cuentos, de Edgard Allan Poe; Poesía, de Guillén; Negrita, de Onelio; La Casa de los espíritus, de la Allende; Todo Mafalda, de Quino; y "El gran libro de Chamaquili" (inédito pero terminado, esperando por la imprenta).

¿En qué proyecto literario trabajas actualmente?

Nunca trabajo en un proyecto, sino en varios a la vez, porque ando en una carrera contra el tiempo. Sin embargo, mi trabajo más soñado y menos adelantado, el que espera por mí hace demasiado, al que todos los días le guardo algunas páginas: El libro de los nietos, una recopilación "a camisa quitada" de mis experiencias en este oficio de andar vivo; tan sincero que será impublicable, que aspiro tenga un único ejemplar que puedan pasarse de mano en mano todos los nietos del mundo.