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La lectura en el entorno laboral de las entidades cubanas

Enrique Pérez Díaz, 02 de enero de 2018

Mi biblioteca imaginada tendrá
amplios salones iluminados
a los que no les faltan los perfumes de alubias negras,
el café, las frutas, claroscuros,
con una ventana y un jardincillo y estantes,
estantes repletos. Un lugar al margen del mundo,
un mirador, un batiscafo, una torre,
una saetera, una quimera con alas de papel.

José Lezama Lima

¿Se han imaginado alguna vez la biblioteca ideal? Si tomamos como punto de partida la cita que introduce el tema, podríamos conjeturar que en el más puro espíritu lezamiano, la biblioteca ideal es como un templo, una especie de recinto sagrado, un sanctórum, con todo dispuesto, cual una mise an scene para el supremo acto mágico de la lectura.

En una biblioteca ideal, necesariamente todo debe “conspirar” en bien de ese acto mágico que es leer. Conspirar, porque por esencia la lectura no es para todo el mundo una necesidad vital que esté asociada como las otras (y desde el nacimiento) a lo físico o puramente emocional, aunque pueda constituirse en ella luego de una larga, paciente y depurada ejercitación. La lectura es una especie de bien tan inmaterial como trascendente pero que, una vez adquirido, para muchos puede llegar a convertirse en necesidad vital, en una de las más altas prioridades.

Como quiera que se mire, es necesaria mucha conspiración —y de la buena— para que las personas aprendan a leer y luego su necesidad de lectura vaya en acenso de una manera, no solo creciente y progresiva, sino cualitativa.

Por eso la biblioteca, tanto para Lezama como para muchos grandes escritores, deviene un templo y no un simple almacén de libros apilados en tongas por los rincones o en polvorientos estantes.

Tampoco es un hecho casual que en mucha obra literaria, la biblioteca ocupe —cada vez más y sobre todo en las obras para niños— un lugar preponderante que casi la convierte en un personaje protagónico, capaz de interactuar con el argumento de una manera intertextual y en franca alusión a montones de libros y bibliotecas de la Historia, o de muchas historias, que cual una especie de dédalo o caracol, se dan la mano e interactúan unas con otras.

Sin embargo, para que la biblioteca sea este templo del saber y el divertimento al que todos los amantes del libro aspiramos, deben cumplirse numerosos requisitos que son impostergables. En primer lugar, su ambiente debe ser creativamente libresco en todos los sentidos. ¡No se concibe una biblioteca sin libros! En un ambiente agradable, donde el libro se muestre abierto sobre los estantes, que permita entrever sus ilustraciones que enseñen promisorios e ignotos mundos de quimera, donde los separadores o marcadores de colecciones sean ingeniosos y estimulen a buscar más y más en cada nueva exploración, claro está que el libro irá adquiriendo un singular protagonismo a los ojos de cualquier visitante.

Si el templo ha de ser un sitio no solo placentero, sino erudito, incitante al acto mismo de leer, un sitio que invite a la estancia en él y no al escape, con muebles agradables, ventanas por donde la brisa traiga el aroma de las plantas cercanas, carteles que muestren personas en el amoroso acto de leer, los oficiantes que muevan a este culto, es decir, los bibliotecarios, amén de ser personas preparadas y creativas, deben ser educados, agradables, conversadores tan ávidos de saber más como de compartir con otros cuanto saben.

Es inconcebible que exista un bibliotecario inexpresivo, silencioso, apático y distante, con apariencia de momia enfardelada y que parezca haber salido a la luz de entre tantos montones de libros, en virtud del azar, el conjuro mágico que pueda significar la llegada de algún posible usuario.

Si no se concibe a un maestro que no lea, más inconcebible será un bibliotecario que aduciendo falta de tiempo u otros menesteres, renuncie al inefable placer de perder su vista durante horas entre las misteriosas páginas de un buen libro.

No se ama lo que no se conoce, y no podemos ser capaces de contagiar amor por algo, hasta tanto nosotros mismos no conozcamos ese algo y lo amemos también. La lectura es un amor, donde como en todo amor suele haber varios cómplices. En este acto mágico se producen uno (o varios) triángulos amorosos: entre libro y lector, lector e historia, autor y lector, argumento y realidad y toda clase de vivencias personales compartidas entre todos.

Por eso, para que logremos contaminar a alguien de ese hábito tan lleno de pormenores como hallazgos se necesita de muy buenos agentes contaminantes, para decirlo en un tono ciertamente alusivo a la ciencia.

Para que nuestra biblioteca ideal —ya fuere escolar, pública, científica, laboral, personal o de la índole que sea— cumpla el sueño lezamiano de ser una quimera con alas de papel, por encima de cualquier otra razón deberá ser un sitio encantado, donde el mundo parezca otro bien diferente del que es, los libros se adueñen del entorno imponiendo su arrolladora y silenciosa presencia, se escuchen los cantos de las sirenas y se hable el lenguaje de las hadas, entren volando pegasos por las ventanas desde la cuales cualquiera pueda ver pastar a un unicornio y Alicia juegue a las cartas y el gato de Cheshire duerma tumbado en un cojín.

En fin, la biblioteca debe ser un lugar de este mundo, pero que parezca estar situado mucho más allá de él, donde solo el sortilegio y el encantamiento constantes nos conminen al silencio y la devoción.

No sé si el aroma sea de alubias o café como pedía el maestro José Lezama Lima, o de ambrosía, pero sí debemos estar seguros de que si el bibliotecario se convierte en un personaje más de la literatura y de los libros que intenta hacer leer, entonces —y únicamente entonces— se habrá producido el inefable milagro de que el libro llegue hasta su muy buscado lector y el lector encuentre en una historia el mejor de los mundos posibles, aunque por el acontecer de la vida diaria a veces este anhelado hallazgo nos parezca absolutamente imposible.

Pero si la biblioteca, ideal o normal, estuviera lejos, inaccesible, no llegará el lector a ella. Entonces será la biblioteca quien deba viajar hacia el lector. Para ello debe valerse de sus muy secretos resortes. Nuestra historia está llena de excelentes promotores de lectura, voluntarios y desinteresados, que durante años llevaron la lectura a predios insospechados. Ya ustedes estarán pensando que me refiero, por solo poner un ejemplo que viene al caso en este IV Encuentro de Lectores Tabaquería, a los lectores de tabaquería, entidad cultural que forma parte del patrimonio cultural de la nación cubana y reconocido como una de las praxis lectoras más avanzadas de su tiempo, además de su proverbial vinculación a las causas más justas de nuestra historia. Hombres cultos, de saber natural más que académico, pero de gran amor por el valor revolucionario de una buena lectura, los lectores de tabaquerías fundaron un movimiento que todavía existe. Un movimiento al que intelectuales como José Martí o Fernando Ortiz le dieron gran importancia por su papel formador de voluntades. En vano han tratado muchos de copiarles, pero la fórmula de algo no siempre es aplicable en todos los entornos. Hay experiencias fallidas de imitar a los lectores de tabaquerías en otro tipo de industrias, talleres, fábricas, pero la contaminación acústica, las condiciones no lo permitieron.

Sin embargo, ¿no sería posible instaurar bibliotecas en estas instituciones, bibliotecas móviles que fomentaran entre los trabajadores el intercambio de libros de manera gratuita? De modo tal que quien trajera una obra ya leída pudiera trocarla por otra que a su vez un colega ya conoció y de este modo cada asociado pudiera ir adquiriendo no una, sino infinitas lecturas…

La Oficina del Historiador de la Ciudad ya aplica la experiencia con sus casitas-buzones donde es posible tomar un libro dejando otro. Pero muchas entidades laborales bien podrían organizar compras de libros por efemérides de los trabajadores o fomentar la lectura de una obra y que luego en los recesos pudiera ser comentada entre ellos, quizás como sobremesa al almuerzo, en un cambio de turno, etc.

En estos momentos nuestro país se encuentra enfrascado en una cruzada por rescatar el Programa Nacional por la Lectura que desde 1989 patrocina la Biblioteca Nacional José Martí. Darle un alcance nacional a sus políticas, estrategias o campañas, permitiría tener en el futuro mejores lectores, más exigentes hacia lo que leen, más instruidos, más aventureros en el acto de ir en pos, cada día, de un libro diferente.

Un gran lector que todos admiramos fue precisamente Fidel, como le ha definido la doctora Graziella Pogolotti un lector omnívoro, un lector acucioso, exigente, ávido del saber interdisciplinario, capaz de compartir con multitudes sus vastos conocimientos. Un lector que siempre se acompañaba del libro como amigo ideal, un amigo silencioso, pero expresivo, capaz de movilizarnos en el sitio a viajar por el mundo, la Historia, el desarrollo humano de siglos y el mundo futuro que apenas nos atrevemos a atisbar. Se cuenta que antes de cualquier otra mochila, Fidel amaba tanto la lectura que prefería llevar a su espalda la de sus lecturas del momento, omitiendo medicinas, alimentos, mudas de ropa o lo que fuera. Este gran lector nos dio todo –hasta lo inimaginable- para que disfrutáramos de la cultura –y los libros quizás sean su mejor expresión por antonomasia– en una serie de obras magnas como el sistema editorial, las ferias del libro y las editoriales territoriales. Estimular el buen hábito, vicio, la necesidad de leer hoy día, no es solo superarnos, sino rendirle homenaje a ese hombre que hasta sus últimos días tuvo un libro entre manos.

Hacer que en el ambiente laboral de nuestros trabajadores el libro sea algo cotidiano no es un simple sueño sino una necesidad, sobre todo en momentos en que las transnacionales de la cultura en el mundo apuestan por una cultura que solo piensa en su mercado. El mundo está lleno de grandes libros que nadie lee, ha sentenciado más de un pensador. Vayamos a buscarlos. Cada historia tiene mucho por decirnos, incluso de nosotros mismos. El libro es una puerta, abierta al conocimiento, al mundo, a lo mejor del ser humano. No la cerremos nunca. Mantenerla abierta es apostar por el futuro.